CAPÍTULO 00
Corea del Sur, Junio de 2012
La gira mundial con la banda había sido tan exhaustiva como emocionante.
Tras recorrer más de veinte países, estaban cerca de cerrar una etapa inolvidable. Su música había sacudido los cimientos del pop contemporáneo, convirtiéndose en algo que los llenaba de orgullo.
Apenas cuatro horas atrás habían aterrizado en Corea, listos para presentarse en un concierto público en Busan. Jungkook, sentado en el sofá con su libreta en mano, luchaba contra su frustración. Intentaba escribir una nueva canción, pero la inspiración parecía haberse esfumado de repente.
Recordaba los inicios de la banda, cuando sus letras hablaban de juventud y amor con una pasión que ahora se le escapaba. Ni siquiera las sugerencias de Yoongi lograban ayudarlo con su creatividad.
—Tal vez deberías descansar un poco —sugirió Hoseok desde el otro sofá, afinando su guitarra con calma—. Has estado sobre escenarios sin parar, es normal que te sientas bloqueado.
—Déjalo ser, a veces la inspiración llega cuando menos lo esperas —añadió Yoongi, sin levantar la vista.
—Quiero presentar esta canción el último día de la gira, en Londres y aún no está lista —gruñó Jungkook, lanzando su cuaderno al otro lado de la habitación.
—Controla a tu lobo —lo reprendió Nam al entrar en la habitación donde todos se hospedaban.
—Espero que no tengamos nada programado para hoy, estoy muerto —murmuró Jin, con la voz adormecida, tirado en la cama como si fuera parte del mobiliario y al escuchar la voz de su representante, se incorporó como si alguien hubiese activado un interruptor.
—En realidad no... —vaciló Nam mientras hojeaba su agenda. Los chicos soltaron un suspiro de alivio, pero él continuó—. El presidente del Ministerio de Cultura les ha enviado un obsequio.
Sacó cuatro tarjetas que parecían entradas. Jungkook fue el primero en levantarse para tomarlas, entregando una a cada compañero mientras fruncía el ceño, preguntándose qué significaban.
—Solo tiene un título y una hora ¿Qué se supone que es esto? —espetó Yoongi.
—Quiere que asistan al teatro esta noche. Dice que presenciar algo de arte podría ayudarles a relajarse —explicó Nam, encogiéndose de hombros.
—Relajación para mí es dormir todo el día —refunfuñó Jin, arrojando la tarjeta a un lado antes de volver a enterrarse en la almohada.
—Yo sí voy. Me intriga eso de “evento exclusivo” —musitó Hoseok.
—Si no hay omegas en tangas, paso. Estoy demasiado cansado —bromeó Yoon, sin moverse del sofá.
—Yo me apunto también. No hay lugar más tranquilo que una aburrida presentación de teatro —dijo Kook con serenidad.
—Perfecto, confirmaré la asistencia —anunció Nam con entusiasmo, saliendo de la habitación.
Jungkook lo siguió con la mirada, luego se dejó caer en el sofá con más comodidad y cubrió su rostro con el antebrazo. Antes de salir esa noche, pensaba dormir aunque fuera un par de horas.
La noche cayó sobre Busan silenciosamente.
Las luces de la ciudad titilaban como estrellas mientras los miembros de la banda se preparaban para asistir al misterioso evento. Contra todo pronóstico, Jin y Yoongi habían decidido acompañarlos, movidos por la curiosidad.
El teatro se encontraba en el corazón de la ciudad con una fachada clásica iluminada por reflectores dorados. Al llegar, fueron recibidos como si fuesen dignatarios de otro mundo. Una alfombra carmesí los guiaba desde la entrada hasta el vestíbulo, donde el personal vestido de gala los saludaba con reverencias y sonrisas amables.
—¿Esto es normal? —susurró Jungkook, ajustándose la chaqueta mientras observaba los candelabros de cristal y las columnas de mármol.
—No lo sé, pero me gusta —respondió Hoseok mientras tomaba una copa de champán ofrecida por un camarero.
Nam intercambió unas palabras con el encargado del evento, quien los condujo a un palco privado en el segundo nivel. Desde allí, tenían una vista perfecta del escenario, decorado con cortinas de terciopelo y luces cálidas.
—No esperaba esto —admitió Jin, acomodándose en su asiento con una expresión de sorpresa—. Pensé que sería algo aburrido, pero esto tiene estilo.
—Tal vez esto nos inspire —murmuró Yoongi a su lado, sacando discretamente su libreta para anotar una frase que acababa de cruzar su mente.
Cuando las luces se atenuaron y el telón comenzó a subir, todos guardaron silencio en aquel enorme salón.
Una melodía comenzó suave y lenta, y las luces del teatro se apagaron una a una, hasta que solo quedó un haz dorado iluminando el centro del escenario.
Desde las sombras emergió un hombre de cabellera rubia impecable, vestido con ropajes blancos y holgados que flotaban a su alrededor como si fueran parte del aire. Cada paso que daba hacia el centro parecía coreografiado y lleno de elegancia.
Jungkook se inclinó hacia adelante, instintivamente, como si sus ojos no pudieran captar del todo lo que tenía frente a él.
La música cambió de tono, volviéndose más profunda, más íntima. El joven en el escenario comenzó a moverse, lento y preciso, como si cada gesto contara una historia. Su rostro estaba parcialmente cubierto por una tela translúcida que no ocultaba, sino que acentuaba la intensidad de sus ojos claros, brillantes y casi irreales.
La danza se volvió más poderosa.
El cuerpo del bailarín parecía flotar y Jungkook sintió cómo su corazón se aceleraba sin permiso. Algo dentro de él, algo más allá de lo racional, se agitaba. El lobo que habitaba en su interior aullaba con desespero como si reconociera aquello que sus ojos contemplaban como si fuera suyo.
Fue solo el primer baile, pero no el último.
Cada vez que aquel joven regresaba al escenario con una nueva vestimenta, un sentimiento distinto se apoderaba de Jungkook. El alfa no podía evitarlo; cada aparición del rubio era como una melodía que resonaba en su pecho con una intensidad que no sabía cómo contener.
Cuando el espectáculo llegó a su fin y las luces se encendieron, Jungkook fue el primero en ponerse de pie. Aplaudió con fuerza y admiración genuina y el joven en el escenario hizo una reverencia elegante para luego desaparecer entre las cortinas hacia los camerinos.
Jungkook no lo pensó dos veces.
Guiado por su lobo interior, comenzó a caminar decidido a encontrarlo. Quería hablarle, decirle lo que había sentido, lo que había despertado en él. Pero antes de que pudiera avanzar más, una mano firme lo detuvo.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó Nam con voz baja pero cortante—. El presidente del Ministerio de Cultura estará aquí en cualquier momento.
—Solo quiero ir al baño —mintió Jungkook, sin siquiera intentar sonar convincente.
—Controla a tu lobo —musitó Nam, apretando el agarre—. No te desvíes del camino. No más escándalos amorosos. Lo prometiste.
—¿Qué te hace pensar que voy a hacer algo así ahora?
—Porque al igual que nosotros, él también lo notó —intervino Jin, cruzado de brazos detrás de Nam—. Tus ojos se tornaron amarillos cuando lo mirabas.
—Casi te babeaste —añadió Yoongi, limpiándose el labio con burla.
Jungkook gruñó, molesto y se soltó del agarre con un movimiento brusco.
—Solo voy al baño —repitió, con la mandíbula tensa y el corazón latente.
Sabía que no podía explicar lo que sentía, pero algo dentro de él se había encendido y no iba a dejar que se apagara tan fácilmente.
Caminó por los pasillos del teatro con pasos decididos, ignorando las miradas curiosas de los técnicos y asistentes que recogían los últimos detalles del espectáculo. El lobo dentro de él no se callaba, rugía con una necesidad que no entendía del todo, pero que no podía ignorar.
Al llegar a la zona de camerinos, el aire cambió y un aroma dulce y embriagador lo envolvió de pronto. Frutos rojos, frescos, intensos, como si alguien hubiese abierto una cesta de bayas en plena primavera. Jungkook se detuvo un segundo, atontado por la fragancia y su cuerpo reaccionó antes que su mente.
La puerta entreabierta del camerino dejaba ver una figura de espaldas, quitándose con delicadeza la tela que había cubierto su rostro. El rubio giró lentamente al escuchar los pasos y sus ojos claros se encontraron con los de Jungkook.
Fue como si el tiempo se detuviera.
—Hola —dijo musitó el alfa, con una voz más suave de lo que esperaba—. No quiero asustarte. Tu presentación fue… increíble.
El omega lo observó con una mezcla de sorpresa y tranquilidad. Su rostro era aún más hermoso de lo que Jungkook había imaginado. No era solo su piel suave o sus rasgos delicados, era la forma en que su presencia llenaba el espacio, como si el mundo se ajustara a su ritmo.
—Gracias —respondió el joven, con una sonrisa leve—. No esperaba que alguien viniera a buscarme.
—Soy Jungkook —se presentó, dando un paso más cerca—. En este momento y fan de…
—Jimin —dijo el omega, bajando la mirada por un instante antes de volver a encontrar sus ojos—. ¿Viniste solo?
—No exactamente, pero ahora estoy aquí solo —admitió con una sonrisa nerviosa—. Porque sentí curiosidad por ti…
Jimin parpadeó, sorprendido por la sinceridad de Jungkook y este se rascó la nuca nervioso.
—¿Te gustaría tomar algo? No sé, un café, un té… lo que sea que te guste.
Jimin lo miró por unos segundos que se sintieron eternos y luego asintió con una sonrisa que parecía iluminar el pasillo.
—Me encantaría…








