📻 La radio aún funciona.
La carretera se extiende oscura frente a él mientras las luces de la ciudad quedan cada vez más lejos en el espejo retrovisor.
Felix ya no sabe cuándo empezó a conducir por costumbre.
Quizás fue después de los treinta, quizás mucho antes.
Solo sabe que hace años dejó de sentirse como alguien que iba hacia algún lugar.
Los días comenzaron a parecerse unos a otros igual que las rutas. Los sueños que alguna vez marcaron destinos terminaron convirtiéndose en recuerdos, y los recuerdos, con el paso de los años, en algo parecido a canciones que evitaba escuchar.
Por eso conduce casi por inercia.
La radio permanece encendida únicamente para romper el silencio del habitáculo cuando una canción comienza a sonar entre la estática.
Felix no reconoce los primeros acordes de inmediato; reconoce la sensación.
Esa presión extraña bajo las costillas que solo provocan ciertas cosas: una fotografía olvidada en un cajón, un perfume que no debería seguir existiendo o una melodía que creía enterrada hacía mucho tiempo.
La lluvia golpea el parabrisas mientras las luces de la ciudad se deforman sobre el cristal y, por un instante, Felix cree que el cansancio le está jugando una mala pasada.
Hasta que el sonido cambia. No la lluvia; lo hace el mundo.
Las gotas dejan de deslizarse sobre el cristal moderno de su automóvil y comienzan a resbalar sobre otro parabrisas mucho más antiguo, pequeño y familiar.
Felix parpadea, confundido: el tablero ya no es el mismo.
Las luces anaranjadas, las perillas gastadas, el cuero envejecido por el sol… y ese olor a chicle de menta, cigarrillo y aire nocturno. Como veranos que deberían haberse quedado décadas atrás.
—¿Ves? Te dije que esta lluvia no iba a detenernos.
La voz llega antes que la comprensión y el corazón de Felix falla un segundo en su ritmo.
Gira la cabeza de forma abrupta, sin pensarlo, sin entender lo que está viendo y vuelve al frente casi de inmediato como si eso pudiera corregirlo.
Parpadea con fuerza. No es posible.
Lentamente, como si su propio cuerpo no confiara en él, vuelve a girar la cabeza otra vez.
—¿Chan…?
La sonrisa que recibe es exactamente la misma que recuerda, despreocupada, divertida, imposible de encajar en este momento.
—¿Vas a seguir mirándome así o piensas disfrutar el viaje?








