Capítulo 1. Bajo el mismo cielo.

No era un gris oscuro, de tormenta, ni uno de esos cielos pesados que parecían anunciar que el mundo estaba a punto de venirse abajo. Era un gris parejo, casi inmóvil, extendido sobre la ciudad como una manta demasiado grande. Una llovizna fina se adhería al vidrio del ómnibus y deformaba las luces, los edificios y los autos que avanzaban lentamente por la calle.
Vera apoyó la frente contra la ventana fría.
A su alrededor, los pasajeros comenzaban a moverse. Algunos se incorporaban para sacar sus bolsos de los compartimentos superiores; otros revisaban sus teléfonos o se acomodaban los abrigos antes de bajar. Ella permaneció sentada unos segundos más, con la mochila apoyada entre las piernas y una mano sobre el asa de su valija color crema.
La valija había sido de Laura.
Su madre la había comprado muchos años atrás, antes de que naciera Clara, para un viaje que finalmente nunca hizo. Tenía una marca pequeña en uno de los costados y las ruedas no giraban del todo bien, pero estaba limpia y era lo suficientemente grande para guardar casi toda la ropa que Vera necesitaría durante las primeras semanas.
—Después vemos si te compramos una nueva —había dicho Gabriel mientras intentaba cerrar el cierre la noche anterior.
—Esta está perfecta —respondió ella.
No quería otra. Aquella valija le hacía sentir que llevaba una pequeña parte de su casa con ella.
El ómnibus se detuvo por completo y una voz anunció la llegada a la terminal de Tres Cruces. Vera respiró profundamente.
Ya estaba.
Había imaginado ese momento durante meses. Se había visto bajando del ómnibus con una seguridad casi cinematográfica, caminando entre desconocidos como si supiera exactamente hacia dónde dirigirse. En su imaginación nunca había dudado, nunca le había pesado la valija y jamás había sentido aquel nudo incómodo en el estómago.
La realidad era distinta.
Al ponerse de pie, la mochila se le enganchó con el apoyabrazos. Tuvo que girar torpemente para liberarla, mientras un hombre esperaba detrás de ella. Murmuró una disculpa, tiró del asa de la valija y avanzó por el pasillo.
Al bajar, la terminal la recibió con voces mezcladas, ruedas golpeando contra el suelo, anuncios que apenas comprendía y personas que caminaban en todas direcciones. Había familias que se abrazaban, niños que se quejaban por el cansancio, viajeros que buscaban carteles y hombres que sostenían vasos de café mientras miraban el reloj.
Vera se detuvo junto a una columna.
Por un instante tuvo la sensación de que todos sabían qué hacer menos ella.
Sacó el teléfono y leyó nuevamente el mensaje de Laura.
Cuando llegues, avisanos. No importa la hora.
Habían pasado menos de tres horas desde que se había despedido de ellos, pero ya le parecía mucho más. Recordó a Clara abrazándola con tanta fuerza que casi le había impedido subir al ómnibus. Recordó a su madre acomodándole el cuello de la campera y preguntándole por quinta vez si llevaba todos los documentos. Recordó a Gabriel colocando la valija en la bodega y dándole dos golpes suaves, como si quisiera asegurarse de que también ella llegaría sana y salva.
Vera escribió:
Llegué. Está lloviendo, pero estoy bien.
Laura respondió casi de inmediato.
¿Segura?
Vera sonrió.
Sí, mamá. Segura.
Guardó el teléfono, se ajustó la mochila y comenzó a caminar.
La llovizna la alcanzó apenas salió de la terminal. No era suficiente para justificar abrir el paraguas que llevaba enterrado en la valija, pero sí para humedecerle el cabello y dejar pequeñas gotas sobre sus lentes. Se los quitó para limpiarlos con la manga y levantó la vista.
El cielo seguía gris.
Aun así, sintió algo parecido a la alegría.
No una alegría completa ni liviana. Era una emoción atravesada por la nostalgia, el miedo y una sensación de irrealidad. Montevideo se levantaba frente a ella enorme, ruidosa y desconocida. En algún punto de aquella ciudad estaba la facultad donde comenzaría Ingeniería Mecánica. También estaba la habitación que sería su casa, al menos durante ese año, y una vida que todavía no tenía forma.
Vera miró las gotas que caían sobre el pavimento.
Había querido estar allí.
Lo había elegido.
Sin embargo, eso no significaba que no pudiera sentir ganas de volver corriendo al ómnibus.
El conductor del taxi bajó para ayudarla con la valija.
—¿Primera vez en Montevideo? —preguntó, después de indicarle que subiera.
Vera vaciló.
—He venido antes. Pero es la primera vez que me quedo.
El hombre asintió, como si aquella respuesta explicara algo.
—¿A estudiar?
—Ingeniería.
—Mirá vos.
No dijo nada más. Vera se alegró. No tenía ganas de conversar. Se sentó junto a la ventana y observó cómo la terminal quedaba atrás.
Los edificios le parecían demasiado altos. Las avenidas, demasiado anchas. Había personas corriendo bajo paraguas, ómnibus llenos, motocicletas que se abrían paso entre los autos y semáforos que cambiaban antes de que ella hubiera terminado de entender hacia dónde se dirigía cada calle.
En Durazno, Vera conocía las distancias. Sabía cuánto demoraba caminando hasta el liceo, en qué esquina se acumulaba agua cuando llovía y qué vecinos sacaban las sillas a la vereda durante las tardes de verano. Incluso los sonidos le resultaban familiares: el motor del auto de Gabriel entrando al garaje, la puerta de la escuela donde trabajaba Laura, el ladrido del perro de la casa de enfrente.
Montevideo no se parecía a nada de eso.
Mientras el taxi avanzaba, Vera apoyó una mano sobre la mochila. Allí llevaba su computadora, una libreta, su cámara de fotos y un pequeño llavero con forma de kart que Clara le había regalado.
—Para que no te olvides de nosotras cuando seas famosa —había dicho su hermana.
Vera se había reído.
No quería ser famosa.
Todavía no sabía exactamente qué quería ser.
La pensión estaba ubicada en una casa antigua de dos plantas. La fachada era clara, aunque la humedad había dejado algunas manchas oscuras cerca de las ventanas. Sobre la puerta había un pequeño cartel de madera con letras blancas.
La dueña se llamaba Mercedes y parecía haber estado esperándola detrás de la puerta.
—¡Vera! —exclamó apenas la vio—. Entrá, querida, que te vas a empapar.
Mercedes era una mujer de unos sesenta años, de cabello corto y anteojos sujetos con una cadena. Hablaba deprisa y se movía aún más rápido. Antes de que Vera pudiera reaccionar, ya había tomado uno de los extremos de la valija.
—Pesa muchísimo. ¿Trajiste todo Durazno ahí adentro?
—Más o menos —respondió Vera, sonriendo con timidez.
El interior de la casa olía a madera, café y productos de limpieza. Un corredor largo conducía hacia una cocina compartida. En las paredes había fotografías de Montevideo, calendarios antiguos y un tablero donde los estudiantes dejaban notas.
Comprar detergente.
No olvidar apagar el calefón.
Parcial de Cálculo: jueves. Sobreviviremos.
Vera leyó aquella última frase y tragó saliva.
—Somos seis muchachas este año —explicó Mercedes mientras subían la escalera—. Dos estudian Medicina, una Derecho, otra Psicología y hay una que está haciendo no sé qué cosa con computadoras. Vos sos la de Ingeniería.
La de Ingeniería.
Todavía le parecía extraño escucharlo.
Su habitación estaba al final del pasillo. Era pequeña, pero tenía una ventana que daba hacia los techos de las casas vecinas. Había una cama de una plaza, un escritorio, una silla, un armario estrecho y un estante colocado sobre la pared. La colcha tenía flores azules y las cortinas eran demasiado largas, tanto que se acumulaban sobre el piso.
—No es un palacio, pero vas a estar cómoda —dijo Mercedes—. La cocina es compartida. El baño también. A las once intentamos no hacer mucho ruido. Si necesitás algo, me avisás. Yo vivo abajo.
Vera recorrió la habitación con la mirada.
—Está bien. Me gusta.
Mercedes sonrió.
—Al principio todas dicen eso con cara de susto.
—No estoy asustada.
—Claro que no.
La mujer le dio una palmada cariñosa en el brazo antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó de golpe.
Vera permaneció de pie en el centro de la habitación. Escuchó unos pasos en el corredor, el murmullo lejano de una televisión y el ruido de la lluvia contra la ventana.
Entonces comprendió que estaba sola.
No sola durante una tarde, ni mientras su familia hacía compras o visitaba a algún pariente. Sola en una ciudad que no conocía, dentro de una habitación donde ningún objeto le pertenecía todavía.
Dejó la mochila sobre el escritorio y se sentó en la cama. El colchón se hundió más de lo que esperaba.
Sacó el teléfono.
Tenía siete mensajes de su madre, tres de Clara y uno de Gabriel.
El de su padre decía solamente:
¿Todo en orden?
Vera tomó una fotografía de la habitación, procurando que pareciera más amplia de lo que era, y la envió al grupo familiar.
La videollamada llegó antes de que pudiera agregar un mensaje.
—¡Mostrá todo! —gritó Clara apenas Vera atendió.
La imagen se movía tanto que apenas podía distinguir sus caras.
—Clara, quedate quieta —ordenó Laura desde algún lugar fuera de cámara—. Me vas a marear.
Gabriel apareció detrás de ellas.
—¿Cómo está la habitación?
—Bien.
—¿La ventana cierra?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, papá.
—Fijate si entra agua por abajo.
—Gabriel, dejala llegar —intervino Laura.
Vera recorrió la habitación con la cámara. Mostró la cama, el escritorio, el armario y la ventana. Evitó enfocar la mancha de humedad que había visto cerca del techo.
—Es linda —dijo Clara—. Aunque mi cuarto es más grande.
—Gracias, Clarita. Me hacés sentir mucho mejor.
—Podés poner mis dibujos en la pared.
—Voy a hacerlo.
—¿Ya extrañás?
La pregunta la tomó desprevenida.
Vera miró a su hermana. Clara sostenía el teléfono demasiado cerca del rostro, por lo que sus ojos parecían enormes.
—Recién llegué.
—Eso no responde.
—Un poco —admitió.
Laura sonrió, pero sus ojos se humedecieron.
—Nosotros también.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Vera sintió que, si seguían mirándose en silencio, iba a llorar. Se puso de pie y comenzó a abrir la valija.
—Tengo que ordenar todo. Y después quiero mirar cómo llego a la facultad.
—¿No empezás mañana? —preguntó Gabriel.
—El viernes de noche tengo la primera clase.
—¿De noche?
—La parte introductoria, papá. Ya te conté.
—Sí, ya sé. Solo preguntaba.
Laura le lanzó una mirada que Vera conocía bien. La que decía que debía dejar de interrogarla.
—Comé algo —ordenó su madre—. Y avisá cuando salgas. También cuando llegues. Y cuando vuelvas.
—Mamá, voy a estar todo el día avisando.
—Perfecto.
Cuando terminó la llamada, la habitación volvió a quedar en silencio, pero ya no parecía tan vacía.
Vera abrió la valija.
Colocó la ropa dentro del armario, acomodó los libros sobre el estante y dejó la cámara encima del escritorio. En el fondo encontró un pequeño paquete envuelto en papel de diario.
No recordaba haberlo guardado.
Lo abrió con cuidado.
Era una fotografía de ella a los diez años, sentada dentro de un kart demasiado grande para su cuerpo. Llevaba un casco rojo y levantaba el pulgar hacia la cámara. Gabriel aparecía detrás, inclinado sobre el vehículo, con una sonrisa orgullosa.
En el reverso, su padre había escrito:
Para que recuerdes que siempre supiste avanzar. Incluso antes de saber hacia dónde.
Vera pasó un dedo sobre las letras.
Se sentó nuevamente en la cama y sostuvo la fotografía entre las manos durante un largo rato.
El viernes llegó demasiado rápido.
Vera pasó la mañana aprendiendo a moverse por el barrio. Encontró un supermercado, una papelería y una parada de ómnibus que, según la aplicación, debía llevarla cerca de la facultad. Almorzó algo sencillo en la cocina de la pensión y conoció brevemente a dos de las otras estudiantes.
Una se llamaba Sofía y estudiaba Medicina. La otra, Romina, estaba en segundo año de Derecho.
—Ingeniería Mecánica —repitió Romina cuando Vera se presentó—. Qué valiente.
—¿Por qué?
—Porque yo veo una ecuación y siento que me están insultando.
Vera se rio.
Había escuchado comentarios parecidos durante toda su vida. Para ella, las ecuaciones no eran amenazas. Eran problemas con reglas claras. Si algo no cerraba, significaba que faltaba información o que había que mirar desde otro ángulo.
Las personas le resultaban mucho más difíciles.
Antes de salir, se cambió tres veces de ropa.
No quería parecer demasiado arreglada, pero tampoco descuidada. Finalmente eligió un jean oscuro, championes blancos, una remera gris y una campera azul marino. Se recogió el cabello y dejó algunos mechones sueltos a los lados del rostro.
Se observó en el pequeño espejo del armario.
No había nada extraordinario en la imagen que le devolvía. Era una muchacha baja, de cuerpo normal y expresión seria. Sus lentes se deslizaban ligeramente por la nariz cada vez que bajaba la cabeza.
Pensó en todos los estudiantes que conocería aquella noche. Jóvenes de Montevideo, de otras partes del país, quizá personas que ya supieran mucho más que ella. Durante años había sido la mejor de su clase. Allí, probablemente, estaría rodeada de personas que también lo habían sido.
La idea le produjo miedo.
Y también curiosidad.
La facultad era más grande de lo que había imaginado.
Llegó con cuarenta minutos de anticipación y pasó casi quince buscando el salón correcto. Los pasillos parecían repetirse, unidos por escaleras que conducían a otros corredores idénticos. Había carteles de agrupaciones estudiantiles, anuncios de cursos, fórmulas escritas sobre pizarrones y jóvenes sentados en el suelo con computadoras y termos y el eco de las conversaciones parecía llenar todo el edificio.
Vera caminó lentamente, observándolo todo.
Nadie parecía prestarle atención.
Esa invisibilidad le resultó extrañamente tranquilizadora.
Cuando encontró el salón, ya había algunas personas adentro. Eligió un lugar en la tercera fila. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Sacó la libreta, un bolígrafo y la computadora, aunque después decidió guardarla nuevamente.
Un muchacho alto se sentó a su lado.
—¿Es Introducción a la Ingeniería? —preguntó.
—Eso espero.
—Me perdí dos veces.
—Yo tres.
Ambos sonrieron.
El muchacho se llamaba Tomás y venía de Maldonado. Antes de que pudieran conversar más, un profesor entró al salón. Era un hombre de cabello entrecano, delgado, con una carpeta bajo el brazo. Dejó sus cosas sobre el escritorio y miró a los estudiantes durante varios segundos.
Las conversaciones se apagaron poco a poco.
—Buenas noches —dijo—. Algunos de ustedes llevan años soñando con estar acá. Otros todavía no saben por qué vinieron. Y unos cuantos probablemente eligieron Ingeniería porque alguien les dijo que eran buenos en Matemática.
Vera se acomodó en la silla.
—Durante los próximos meses —continuó el profesor— van a descubrir que ser buenos en Matemática no es suficiente. Tampoco alcanza con ser inteligentes. La ingeniería exige paciencia, disciplina y una tolerancia bastante alta a equivocarse.
Escribió una frase en el pizarrón.
UN PROBLEMA NO ES UNA PARED. ES UNA PREGUNTA MAL FORMULADA.
Vera la copió.
El profesor habló durante casi dos horas. Explicó cómo se organizaría la carrera, cuáles serían las materias iniciales y por qué tantos estudiantes abandonaban durante el primer año. No intentó suavizarlo. Habló de noches sin dormir, parciales difíciles, frustración y dudas.
—La mayoría de ustedes está acostumbrada a que las cosas le salgan bien —dijo—. Acá van a tener que aprender qué hacer cuando no sea así.
Por primera vez desde que había llegado a Montevideo, Vera sintió que alguien le hablaba directamente.
No porque el profesor supiera quién era. No sabía su nombre, ni sus calificaciones, ni cuántas veces había recibido diplomas en el liceo. Sin embargo, describía algo que ella conocía demasiado bien: la obligación de hacerlo siempre bien y el miedo a no saber quién sería cuando dejara de conseguirlo.
Al terminar la clase, los estudiantes comenzaron a guardar sus cosas.
—¿Qué te pareció? —preguntó Tomás.
Vera observó la frase del pizarrón.
—Difícil.
—Yo iba a decir aterrador.
—También.
Salieron juntos del edificio. La noche estaba fría y el cielo seguía cubierto, aunque ya no llovía. Vera respiró el aire húmedo y miró hacia atrás.
Dentro del edificio, algunas luces permanecían encendidas.
No sabía si sería capaz de superar todo aquello.
Pero, por primera vez en días, tampoco sintió deseos de volver a casa.
El domingo se despertó antes de que sonara la alarma.
Durante unos segundos no recordó dónde estaba. La luz gris entraba a través de las cortinas y dibujaba formas extrañas sobre la pared. Después escuchó una puerta cerrarse en el pasillo y la realidad regresó.
Montevideo.
La pensión.
Ingeniería.
La carrera.
Vera tomó el teléfono. Eran las siete y doce de la mañana.
El Gran Premio comenzaba a las ocho.
Se levantó, se puso un pantalón deportivo y una sudadera amplia. Llevó el mate, el termo y una bolsa de bizcochos hasta la sala común, donde había un televisor pequeño frente a un sofá gastado. Afortunadamente, nadie más estaba despierto.
Encendió la pantalla.
La transmisión ya había comenzado. En la pantalla aparecía un plano aéreo del circuito mientras, en la esquina superior, se leía: “Gran Premio de Japón”. Las tribunas estaban completamente llenas y el rugido de los motores apenas dejaba escuchar a los comentaristas. El cielo allí era completamente distinto: azul, limpio, atravesado por un sol brillante.
Vera subió el volumen.
Los autos se encontraban sobre la parrilla. Los mecánicos realizaban los últimos ajustes y los ingenieros revisaban datos detrás del muro de boxes. Las cámaras pasaban de un piloto a otro.
—Bienvenidos al Gran Premio de Japón, una de las fechas más esperadas de la temporada —anunció uno de los comentaristas.
Erik Krüger apareció con el uniforme negro y dorado de Titan. Tenía la mandíbula tensa y la mirada fija hacia el frente.
Después mostraron a Victor Larsen, de Orion, hablando con uno de sus ingenieros.
Finalmente, la cámara llegó a Luca Moretti.
—Moretti llega como uno de los favoritos este fin de semana —comentó el relator mientras la cámara lo mostraba ajustándose el casco.
No llevaba puesto el casco. Solo el pasamontañas negro cubriéndole parte de la cabeza y el cuello. Sus ojos estaban clavados en la pista. No sonreía.
Vera lo había visto cientos de veces en entrevistas. Allí siempre parecía relajado, dispuesto a bromear con los periodistas o a saludar al público. Pero en la parrilla se veía distinto. Más serio. Más joven también.
Durante apenas un segundo, Luca levantó la mirada hacia la cámara.
Después se colocó el casco.
Las luces rojas se encendieron.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Se apagaron.
Los veinte autos aceleraron al mismo tiempo.
Vera se inclinó hacia delante.
La carrera fue intensa desde la primera vuelta. Krüger tomó la punta, Luca quedó segundo y Victor perdió dos posiciones después de un contacto menor en la primera curva. Orion cambió la estrategia, retrasó la parada de Luca y apostó por neumáticos más duros.
Vera seguía cada detalle.
No miraba únicamente los tiempos. Observaba la forma en que los mecánicos se movían cuando un auto entraba a boxes, cómo los ingenieros discutían frente a las pantallas y cómo una decisión tomada en segundos podía cambiar el resultado de toda la carrera.
Luca salió de su última parada detrás de Krüger.
Quedaban doce vueltas.
—Tiene neumáticos más nuevos —dijo uno de los comentaristas—. Pero deberá encontrar la forma de acercarse.
Vera apretó el mate entre las manos.
A falta de cinco vueltas, Luca estaba a menos de un segundo.
Krüger se defendía en cada curva. Luca atacaba, se alejaba para enfriar los neumáticos y volvía a intentarlo. En la penúltima vuelta, se colocó a su lado en la recta principal, pero el alemán mantuvo la posición.
—No va a poder —murmuró Vera.
No sabía si deseaba que ganara Luca o que ganara Orion. Quizás ambas cosas eran lo mismo en aquel momento.
En la última vuelta, Krüger frenó tarde. Demasiado tarde.
El auto negro y dorado se abrió apenas en la curva.
Luca vio el espacio.
Se lanzó por dentro.
Los dos autos quedaron lado a lado durante unos segundos que parecieron mucho más largos. Titan intentó recuperar la trayectoria, pero Orion salió mejor posicionado de la curva.
Luca tomó la delantera.
Vera se puso de pie sin darse cuenta.
—Vamos, vamos, vamos…
El auto azul marino y plata cruzó la meta.
Los mecánicos de Orion saltaron desde sus asientos. Algunos se abrazaron; otros golpearon el muro con las manos. En la radio se escucharon gritos, felicitaciones y una voz que repetía:
—¡Lo hiciste, Luca! ¡Lo hiciste!
Él respondió algo que la transmisión no alcanzó a distinguir.
Después guardó silencio.
La cámara siguió el auto durante la vuelta de regreso. Luca levantó una mano para saludar al público, pero no habló más por radio.
Cuando llegó al parque cerrado, detuvo el monoplaza frente al cartel con el número uno.
Todo el equipo de Orion esperaba al otro lado de la valla.
Los mecánicos aplaudían. Victor, que había terminado quinto, se había quitado el casco y observaba desde unos metros de distancia. Varias cámaras apuntaban hacia Luca.
Pero Luca no bajó.
Permaneció dentro del auto.
Al principio, los comentaristas supusieron que estaba siguiendo algún procedimiento. Después pasó un minuto.
Luego otro.
Dentro del casco, Luca respiraba lentamente. La cámara enfocó sus manos todavía apoyadas sobre el volante.
Vera volvió a sentarse.
El ruido de la celebración continuaba alrededor del auto, pero él parecía separado de todo. Solo. Aislado dentro de la máquina que acababa de llevarlo a la victoria.
Pasaron casi cinco minutos.
Entonces soltó el volante.
Se quitó el dispositivo de seguridad, apoyó ambas manos sobre los bordes del habitáculo y se incorporó. Apenas el casco estuvo fuera del auto, levantó los brazos.
La sonrisa apareció inmediatamente.
El equipo estalló.
Luca saltó al suelo y corrió hacia los mecánicos. Lo abrazaron, le golpearon la espalda y lo levantaron durante unos segundos. Él rio frente a las cámaras, señaló el emblema de Orion sobre su pecho y saludó a las tribunas.
Era el Luca que todos conocían.
Sin embargo, Vera no podía dejar de pensar en los minutos anteriores.
En sus manos quietas sobre el volante.
En la forma en que había permanecido dentro del auto mientras todos lo esperaban.
La transmisión mostró la repetición del adelantamiento. Luego enfocó al equipo de ingenieros celebrando frente a las pantallas. Una mujer abrazaba una carpeta contra el pecho mientras lloraba. Un mecánico sostenía una rueda levantada sobre la cabeza. El director de Orion estrechaba la mano de un integrante de Titan.
Vera miró cada rostro.
Cada computadora.
Cada uniforme azul y plata.
Pensó en la frase escrita por el profesor durante su primera clase.
Un problema no es una pared. Es una pregunta mal formulada.
Durante años había creído que su problema era haber nacido demasiado lejos de aquel mundo.
Tal vez la pregunta no fuera por qué estaba tan lejos.
Tal vez la verdadera pregunta fuera cómo podía acercarse.
Afuera, la llovizna había comenzado otra vez. Las gotas golpeaban suavemente contra la ventana de la sala. Montevideo seguía gris, fría y desconocida.
Vera tomó el mate, pero el agua ya estaba casi fría.
En la pantalla, Luca subía al podio. Erik Krüger permanecía a su lado, serio, mientras Victor observaba desde abajo junto al resto del equipo. El himno sonó sobre el circuito y una lluvia de papel plateado cayó sobre los pilotos.
Vera no miró solamente al ganador.
Miró a Orion.
Miró el muro de boxes, los ingenieros, los mecánicos y las personas que habían tomado las decisiones que hicieron posible la victoria.
Por primera vez desde que llegó a Montevideo, no sintió que se encontraba lejos de casa.
Sintió que estaba en el inicio de algo.
Se inclinó hacia delante, con los ojos fijos en la pantalla.
—Algún día voy a estar ahí.








