Capítulo 1 • Rutinas que no deberían existir
El sonido de mi teclado era lo único que se oía. No apartaba la mirada de la pantalla, concentrado. No solo el trabajo me mantenía así; también era mi jefe, Noel Noa, CEO de la empresa donde trabajo y... mi novio.
No hace mucho que esto empezó a ser algo más. Me costaba creer que mi mente estaba siendo perturbada por él. Todo el control que antes presumía tener, Noa lo borraba en un instante. Podía sentir su presencia aun estando él en su oficina, con la puerta cerrada. Esa presión silenciosa que no necesitaba palabras para imponerse.
— Isagi —oí detrás de mí.
Al voltear, lo vi. Noa.
Que dijera mi nombre con ese tono neutro bastaba para hacerme obedecer. Me detuve un momento antes de responder y suspiré.
— Sí, señor Noa —dije. Formal. Correcto. Distante. Como debía ser.
Como siempre... cuando había más personas alrededor.
Me puse de pie y caminé a su oficina. Cada paso parecía firme, pero en mi mente todo era inestable. Sabía por qué me llamaba. Cerré la puerta detrás de mí.
Había demasiado silencio.
Noa estaba de pie, revisando unos documentos. Ni siquiera me miró al principio, como era típico en él. Siempre hacía eso: me hacía esperar.
No por crueldad... sino por costumbre. Por control.
— Llegaste dos minutos tarde hoy —dijo. Su voz era tranquila. Demasiado.
Tragué saliva.
— El tráfico...
— No te pedí una explicación —interrumpió.
Bajé la mirada, sintiéndome apenado.
— Lo siento —dije finalmente.
Noa dejó los documentos sobre el escritorio, y pude sentir su mirada sobre mí.
— No vuelvas a hacerlo —ordenó. No sonaba como una amenaza, solo como un hecho.
Asentí.
El silencio volvió a llenar la oficina, pero este era distinto. Más denso. Más peligroso.
Noa caminó hacia mí hasta quedar frente a frente.
Demasiado cerca para ser apropiado.
Demasiado cerca para ser accidental.
— ¿Almorzaste? —preguntó.
Me quedé en shock ante la pregunta.
— ...No —respondí al recuperarme.
Noa suspiró, demostrando su desaprobación.
— Eres descuidado —dijo—. Si te desmayas, sería un problema.
Me sonrojé al oír eso.
— No volverá a pasar —respondí rápido.
— Eso espero.
Y entonces—
Un gesto breve.
Dos dedos levantando ligeramente mi barbilla.
Obligándome a mirarlo.
Su expresión fría me hacía dudar si hice bien en trabajar para él.
— Cuando estés aquí... —dijo— concéntrate en lo que importa.
— Sí —respondí.
Sabía que no se refería al trabajo.
Nos quedamos así unos segundos, como si evaluara mi reacción. Luego me soltó, se giró y volvió a su escritorio. Tomó unas hojas y, sin mirarme, indicó que podía retirarme.
Al salir y cerrar la puerta, sentí que podía respirar de nuevo.
Regresé a mi lugar, pero ya no podía escribir.
Ese encuentro...
Apreté los labios, molesto.
— ...Esto es un problema —murmuré.
Porque trabajar para Noel Noa ya era complicado, pero estar con él...
En secreto, eso no era solo complicado.
También era peligroso.
— Y lo peor de todo... —dije, apoyando la frente en mi mano—.
— ...no quiero que termine.








