6 Historias De Amor En Estambul por José M Rengel en Inkitt
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6 Historias De Amor En Estambul

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Sinopsis

Estambul. No es únicamente una ciudad, es una herida hermosa en este mundo. Está dividida por el agua de un Bósforo que abarca un pie en Asia y otro pie en Europa. El aire huele a sal, a incienso y a la modesta presencia de siglos. Y el Bósforo no separa, sino que une. Entonces el amor en Estambul es como la unión de opuestos, allí donde se encuentran en la Cisterna Basílica, donde lo oscuro es muy oscuro y donde un disparador que no es creyente va necesariamente a tener que dejar de lado la lógica para creer en el destino. El amor se presenta en el Bazar De Las Especias, donde un tendero y una química hacen valedero lo que el amor puede ser en su acepción justo para los que sí creen firmemente en que amor es aquello que puede no ser posible a partir de una mezcla propia de ciencia y de alma. Estambul te hace mirar hacia atrás para comprender el hoy. Una violonchelista suiza descubre el amor en la melodía del Tranvía Tünel antiguo. La misma le incorpora que la pasión es más importante que la perfección. Un arquitecto de Kadıköy descubre que el amor es como el mar, porque enseña a dejarse llevar, enseña a flexibilizarse. Una restauradora de arte pone el amor en capas de pintura de Santa Sofía. La historia excava un mensaje de amor tolerante, amor prohibido, amor que desafía divisiones. Cualquier rincón de Estambul guarda un secreto. Los cafés de Çukurcuma son el lugar donde un hacker y una experta en literatura saben que el amor más grande es aquel que no se puede programar. Este libro es un conjunto de seis historias donde personas van en busca de algo a Estambul y dan con el destino. Bienvenidos a 6 Historias De Amor En Estambul donde cada latido enseña que el amor no tiene fronteras sólo la de cruzar el agua.

Genero:
Romance
Autor/a:
José M Rengel
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El Bazar De Las Especias

La humedad de Estambul se pegaba a Amélie como una segunda piel. Amélie se pasó la mano por la frente, intentando contener el sudor que le resbalaba por la nuca. Se miró el pelo, recogido en un moño perfecto, con cuidado de no despeinarlo. Amélie nunca había conocido otra vida que no fuera la de ama de casa. Al levantarse de la mesa del laboratorio de perfumería de París, su mirada se detuvo en las botellas ordenadas meticulosamente sobre el mueble, las pipetas nuevas y la balanza de precisión.

Ella no era así. Amélie nunca podía entenderlo.

El bazaar estaba abarrotado de gente que hablaba en turco, entreteniendo a los turistas con sus gritos. Amélie se detuvo junto a un grupo de turistas que se abrían paso entre carretillas, intentando averiguar dónde se encontraba exactamente «La Tienda de Kervansaray». Su abuela le había contado la historia de esa tienda en cientos de ocasiones antes de morir. «El Jardín del Sultán», la fragancia que su abuela había intentado recrear a partir de las notas olfativas que había captado en su viaje a Estambul. Solo quedaban pocos extractos en el bloc de notas que la abuela le había regalado.

Cuando Amélie entró en la tienda, el ruido de fondo se atenúa mientras se acerca a la puerta de madera. A Amélie le latió más fuerte el corazón. El aire alemán olía a mirra, a cera de abeja y a algo que ella no podía identificar.

El dependiente de bigote y barba roja, con los ojos igual de oscuros que el pelo que le caía sobre la frente, se detuvo junto a la barra de madera. Amélie lo miró con una mezcla de recelo y curiosidad. Por un momento, ni siquiera se dio cuenta de que sus manos temblaban. El dependiente levantó la mirada de la botella de cristal que sostenía en las manos.

«Buenos días», dijo con un acento extranjero. «O iyi günler, si preferís el turco».

Amélie se acercó a la barra con paso firme. Se había adentrado en el mundo de la perfumería ancestral por sus propios medios, desde los laboratorios de París hasta este lugar desconocido. No iba a dar marcha atrás solo porque esta tienda de antigüedades le resultara intimidante.

«Hablo inglés, gracias. Necesito ver al propietario de Kervansaray. Me han dicho que aquí se conservan las mejores bases de aceites tradicionales de la ciudad».

El hombre puso la botella sobre la barra de madera con un golpe seco. «Me llamo Emir Aksoy, y esto no es una tienda de suministros para elaborar perfume, señorita...».

«Dubois. Amélie Dubois. Soy química especializada en perfumería».

Emir alzó una ceja en señal de sorpresa. «Ah, una científica. Me alegro de que por lo menos haya alguien aquí a quien le preocupe lo que contienen mis botellas».

«No me preocupa lo que contienen tus botellas, Emir Aksoy. Me preocupa lo que contienen tus recetas. Necesito encontrar las notas olfativas utilizadas en la fragancia que tu abuela creó para el Jardín del Sultán. Sé que su receta se conserva aquí, en Kervansaray. Mi abuela me ha dicho que las bases de aceite de esta tienda son, sin duda, únicas».

Emir soltó una carcajada. «Tu abuela también es una tramposa, ¿no? Es evidente que el Jardín del Sultán no fue creado por una sola persona».

«No estoy aquí para discutir con un vendedor sobre la historia de la perfumería, Emir. Estoy aquí para recomponerlo todo, para llevar a cabo la investigación científica necesaria y hacer del Jardín del Sultán una fragancia real».

«Tu investigación sobre la química de las materias primas tradicionales solo te llevará a concluir que mis aceites son demasiado primitivos para que alguien como tú los utilice».

«La investigación demuestra que, si no se almacenan de forma adecuada, tu azafrán pierde su pureza en un plazo de tres semanas. Además, tus métodos tradicionales de extracción no pueden garantizar la estabilidad de la fragrancia resultante debido a la variabilidad de la materia prima. La ciencia puede utilizarse para garantizar la estabilidad del Jardín del Sultán».

«La eficiencia es la muerte del arte, Amélie Dubois. La fórmula que buscas no se encuentra en las ruinas de una civilización olvidada. No es una receta escrita en papel. Es algo que debe sentirse».

«Esa actitud es lo que impide que los perfumistas modernos lleguen a crear fragancias verdaderamente atemporales, Emir. La ciencia puede utilizarse para demostrar que las técnicas tradicionales son la clave para elaborar perfumes estables a largo plazo».

«Si supieras sentir, no estarías aquí, en esta tienda antigua, hablando de azafrán y rosa. Podrías haber nacido en el siglo XIX y haberte criado entre incensarios de cobre».

«Es difícil creer que una persona que no utiliza instrumentos de medición ni técnicas bioquímicas modernas pueda producir aceites estables y duraderos. Tu azafrán rojo oscuro es conocido en todo el mundo por su aroma inolvidable. Si no utilizas ningún tipo de auxiliares olfativos para modificar las notas, significa que tu producto es lo bastante potente como para resistir el paso del tiempo. Estoy aquí para ayudarte a demostrarlo».

«Y yo estoy aquí para demostrarte que no puedes depender de la ciencia para hacerte rico e importante, Amélie Dubois. Tu laboratorio de París no te ha preparado para esto, ¿verdad? Tu corazón late más rápido cuando sales de esa habitación de mármol blanco y te adentras por primera vez en el laberinto de especias que es el bazaar de Estambul. Tu nariz olfatea las fragancias a kilómetros de distancia, pero no puedes identificar ninguna de ellas con ningún grado de certeza. Esta es la verdad, no la química que llevas en esa maleta herméticamente cerrada».

Amélie se acercó lo más posible a Emir. No podía dejar este lugar sin haber obtenido lo que buscaba. «Demuéstrame que puedo confiar en ti, Emir. Deja que intente extraer el azafrán rojo oscuro de tu tienda. Si consigo mejorar tus técnicas de extracción, obtendré la oportunidad de estudiar las notas de perfume utilizadas por tu abuela en la fragancia del Jardín del Sultán».

Por un momento, a Amir se le quebró la máscara de arrogancia. Sus ojos se posaron en la mano de Amélie, que aún sostenía la manilla de la maleta. «Tu mano temblaba, Amélie Dubois. ¿Tan desesperada eres por encontrar la fragancia de tu abuela? ¿Tan desesperada eres por encontrar tu propio camino?».

«Pregúntame eso de nuevo cuando tenga la oportunidad de demostrarte que la ciencia moderna puede utilizarse para mejorar tu azafrán».

El laboratorio de Emir era un lugar caótico. Amélie observó las botellas organizadas en el mostrador de madera, junto a sus termómetros y su balanza. A un lado, el laboratorio de Amélie parecía un hospital, con su mezcladora de precisión y sus numerosos vasos de laboratorio. «No me gusta el orden», respondió Amélie a la pregunta de Emir sobre sus métodos de trabajo. «Preferiría tener una enfermedad terminal antes de perder el control de mi vida».

«Lo has dicho como si eso te afectara a ti también», comentó Emir mientras se acercaba a la nevera del laboratorio. «Bueno, no se puede tener todo. ¿Prefieres el orden o la libertad?».

«El control», respondió Amélie. «Quiero controlar esta vida que he creado para mí misma. Controlar los ingredientes utilizados en la fragrancia que he imaginado. Controlar las notas olfativas que quiero que predominen en mi mezcla».

«Entonces, Amélie Dubois, te presento la libertad». Emir señaló varias cajas repartidas por el suelo del laboratorio. «Todo esto perteneció a mi bisabuela. Especialmente este pequeño lote de azafrán rojo oscuro y estas flores de rosa Damasca».

«Necesito una muestra de tu azafrán», dijo Amélie, sacando un termómetro digital del interior de su maleta. «Quiero analizar la pureza de la esencia y determinar el punto de destilación que ofrecerá la mejor concentración de aroma».

«El azafrán debe macerarse en agua y destilarse en un alambique de cobre», explicó Emir. «Es una técnica muy antigua, pero es la única forma de extraer el máximo aroma sin alterar las propiedades de la esencia».

«Utilizaré una temperatura de 34 grados Celsius durante el proceso de maceración», anunció Amélie mientras colocaba sus guantes de látex sobre la mesa de madera. «Es importante que la temperatura no varíe durante el proceso de extracción, ya que las grasas de la piel pueden alterar la pureza del extracto».

«El azafrán debe macerarse al calor del sol», dijo Emir, ignorando por completo el termómetro de Amélie. «Mi abuela siempre lo dejaba sobre el porche hasta que el aire húmedo le confirió un color rojo oscuro. Entonces lo trasladábamos al interior, hasta que las paredes de la casa lo calentaron lo suficiente como para que pudiéramos comenzar la destilación».

«No puedes utilizar el calor del sol para destilar el aceite, Emir. No es un método científico ni preciso en absoluto».

«Tienes razón, no es científico ni preciso. Es tradicional, Amélie Dubois. Es el método que utilizaban nuestros antepasados para garantizar que las fragancias se conservaran durante siglos. La esencia de la fragrancia se guarda en el aroma de la tradición».

«Tu tradición está llena de imprecisiones», respondió Amélie mientras calibraba el termómetro. «Es imposible garantizar la pureza del extracto si no se utiliza un método científico».

«Entonces, Amélie, ¿prefieres el orden al control?»

Era ya la tercera semana de trabajar en el laboratorio de Emir. Amélie no podía creer que hubiera llegado tan lejos. Había pasado de ser una química frustrada a convertirse en una estudiante entusiasta. Amélie nunca admitiría que tenía razón, pero había comenzado a aceptar la idea de utilizar los métodos tradicionales para ayudar a Emir a modernizar la fragrancia ancestral. «Me pregunto si las flores de rosa Damasca se maceran de la misma manera que el azafrán», murmuró Amélie para sí misma mientras ponía en marcha la máquina de destilación. «Probablemente no, teniendo en cuenta que las flores son más delicadas que las hebras de azafrán. Tendré que destilarlas al vapor para evitar que se deterioren».

«La rosa es una planta herbácea caducifolia», leyó Emir en voz alta desde un libro de perfume antiguo que había encontrado entre las cajas polvorientas del rincón del laboratorio. «Las flores de rosa Damasca son muy conocidas por su aroma floral y afrutado, que se intensifica aún más cuando se utilizan sus matices terrosos».

«Me pregunto si el proceso de extracción será diferente al de la esencia de azafrán», dijo Amélie, observando las flores de rosa Damasca que reposaban en el alambique. «Tendré que tener mucho cuidado con la temperatura durante la destilación, ya que es muy fácil que las flores se deterioren».

«Tu laboratorio de París te ha preparado bien para este trabajo», comentó Emir. «Aunque me pregunto cómo reaccionará a la idea de utilizar un método tradicional para extraer el aceite de rosa».

«Puedes utilizar el mismo proceso que empleaste con el azafrán rojo oscuro», dijo Amélie. «Ya sabes cómo funciona, así que no hay razón para no utilizarlo de nuevo».

«Ese es el problema, Amélie. Ni siquiera estoy seguro de que ese proceso funcione bien con las flores de rosa Damasca».

«Entonces, ¿por qué lo estás preguntando?». Amélie se acercó a él, preguntándose qué le pasaba. «¿Cuál crees que sea el proceso adecuado para extraer el aceite de rosa Damasca?».

«Mi abuela solía decir que las flores de rosa Damasca deben macerarse al sol hasta que adquieren un ligero tono rosado. Entonces, las ponía en un alambique de cobre y destilaba el extracto con el mismo proceso que utilizamos para el azafrán rojo oscuro».

«¿Crees que ese proceso es eficiente?». Amélie se sorprendió ante su propia pregunta, pero no podía dejar de pensar en lo que Emir había dicho.

«¿Crees que la eficiencia es lo que nos une a ti y a mí, Amélie Dubois?».

La semana siguiente, Amélie y Emir estaban en pleno proceso de destilación de las flores de rosa Damasca. «Nunca he visto una fragancia que pudiera rivalizar con esta», susurró Amélie, observando las gotas de esencia que caían en el vaso de colecto. «Me pregunto si la esencia de azafrán rojo oscuro se mezclará bien con este extracto de rosa Damasca».

«La esencia de azafrán rojo oscuro aportará una profundidad terrosa a la fragrancia», dijo Emir. «Mientras que la rosa añadirá suavidad y frescura a la mezcla».

«Me pregunto si la fragrancia resultante será más afrutada o más floral», murmuró Amélie. «También me pregunto si la mezcla resultante tendrá una mejor capacidad de retención que cualquiera de las esencias por separado».

«Tu laboratorio de París te ha preparado bien para esto», comentó Emir. «¿Tienes alguna otra pregunta?».

«¿Cómo crees que se sentirá nuestra fragrancia final?».

«Esa es una pregunta que solo tú puedes responder, Amélie Dubois».

El resultado final de la fragrancia de Amélie era, en efecto, impresionante. La fragrancia se sentía más afrutada que floral, con un aroma inconfundible a suelo rocoso. «¿Cómo crees que se sentirá nuestra fragrancia final?», le había preguntado Amélie a Emir mientras miraba las gotas de esencia que caían en el vaso de colecto. «Ella no sabe qué pensar», pensó Emir mientras observaba el semblante de Amélie. «Pero pronto lo sabrá».

«Se sentirá como encontrar algo que has estado buscando todo tu vida», respondió finalmente Emir. «Se sentirá como el compromiso que has estado buscando hacer todo este tiempo».

«¿Qué compromiso?», preguntó Amélie.

«El compromiso entre la tradición y la modernidad», dijo Emir. «El compromiso que has estado buscando hacer todo este tiempo».

Amélie miró a Emir con asombro. «¿Crees que esa es la única forma de sentirnos conectados con nuestro pasado?».

«No», dijo Emir. «Pero es una buena manera de empezar a sentirnos conectados con nuestro futuro».

«¿Crees que puedo llevar a cabo este compromiso?».

«Sí», respondió Emir. «Pero no lo hagas por mí. Hazlo por ti misma».

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