Episodio I
Por varias lunas, Los viajeros no le dieron importancia al cuerpo del joven de traje a su lado que flotaba vacío sobre lago más estrecho al oeste del continente. Navegaba veloz en el manto de aguas cristalinas con ojos ciegos contemplando el oscuro firmamento. Sostenía sobre su pecho, con mano floja, una piedra cilíndrica con rasguños oblicuos trazados en su superficie. En la segunda mitad de fin de año, una pareja de campesinos —Jorraz, un hombre de túnica blanca y melena castaña, y Mirnev, una mujer robusta de pelo negro azabache—, al divisar el cadáver, se acercó a la orilla. Ellos quedaron estupefactos ante la escena.
—¡Filog! —exclamó Mirnev volviendo su mirada al hombre de larga melena ceniza sentado en una silla de caoba junto al umbral de la pequeña casa.
El hombre levantó la vista con expresión perezosa y se aproximó paciente a la pareja. Soltó un leve suspiro en el momento que vio el chico muerto en el agua. El anciano hizo un ademán con su mano y emitió un silbido que entonaba una peculiar melodía.
—¿Otro más, Jorraz? —preguntó el hombre de melena ceniza mientras el cuerpo flotaba hacia ellos
El señor de túnica blanca asintió.
—Al parecer, el Caballero Nocturno asesinó a uno de los de la casa Migeo —Jorraz señaló la letra 'M' en el dije dorado en el collar del joven inerte.
—Pero sostiene algo en su pecho —replicó Mirnev y alzó la piedra cilíndrica—. Hay una escritura muy extraña, reconocible; pero no parece pertenecer a ninguna lengua de Martem.
Filog le arrebató el artefacto a Mirnev y lo contempló en silencio.
—Observe, señora Mirnev —dijo después de un largo silencio—. Los trazos del tallado tienen una inclinación a la derecha y están enlazados entre sí , común en la tipografía 'itálica' de la Tierra de Ándrae y parece ser escrito en la lengua más común en dicho mundo.
—¿Y sabrá usted descifrarlo, Señor Filog?—dijo ella con curiosidad.
—Si no me equivoco, esto dice: “Dichos de J. Stone”.
Jorraz soltó una exclamación. Filog y Mirnev dirigieron su mirada a él para descubrir que el cadáver ya no estaba allí. En su lugar, había un montículo de arena. Filog alzó las cejas y dijo entre dientes:
—Particular, bastante particular.
—¿Qué has hecho, Jorraz? —dijo irritada la mujer.
Él parecía avergonzado y desconcertado.
—Lo siento —su cara tenía cierta culpa—. Solo lo toqué, Mirnev.
En tanto ambos trataban de entender lo sucedido, Filog revisó el montículo y extrajo el dije dorado. Tras escrutar en su mente algo que pudiera explicar todo aquello, concluyó:
—Denme una hoja y tinta: le mandaré a Sallow un pergamino e iré a sus terrenos —miró con atención a la pareja desconcertada—. Ustedes vendrán conmigo.








