Hogar, dulce hogar
Eco De Una Pérdida
Capítulo 1: hogar, dulce hogar
Mientras miraba a través de la ventana del tren, un pensamiento cruzaba su cabeza: ¿por qué? Después de tantos años, Jack estaba volviendo a su pueblo a visitar la tumba del hombre que arruinó su vida durante años: su padre. Su único aviso de su partida fue una mísera carta escrita por él mismo que ni se molestó en terminar.
Con cada segundo que pasaba se cuestionaba esto, para qué molestarse después de tanto tiempo en ir a ver la piedra de quien más odiaba en todo el mundo. Y aun así, algo lo hizo venir: un sentido de deber, no con su padre, sino consigo mismo. Un viaje que se debía desde hace mucho para cerrar un capítulo que tuvo que terminar mucho antes.
Y si hay una cosa positiva de este viaje son los paisajes: esas hermosas planicies con pinos y claveles, y el sol brillando con un esplendor naranja mientras se pone. Eso sí que es hermoso, una de las pocas cosas que extrañaba del pueblo.
¡CHUUUUU!
El intempestivo sonido del silbato del tren lo abstrajo de sus pensamientos con un susto, pero por fin la espera terminó. Agarró su pequeña maleta y navegó los vagones vacíos con rapidez hasta llegar a la estación, igual de sucia y venida abajo como siempre, con baldosas que se salen y ventanas que han sido el inodoro de todo el mundo animal.
Jack decidió jugarla directo, sin rodeos, derechito al cementerio a visitar al viejo. No lejos de donde estaba, en los límites del pueblo, llegó al cementerio, cuidado por un hombre tan viejo que cualquiera juraría que tenía cien años.
—Disculpe, señor… —se acercó a él hasta tocarle el hombro.
—¿Un joven por acá? Hace años que los jovencitos dejaron de venir acá —dejó el escobillón a un lado y saludó haciendo un gesto con su gorra—. ¿En qué lo puedo ayudar?
—Sí, yo estoy buscando la tumba del señor Frederick Blackwell.
—¿El viejo Black? Está a un lado de la estatua de la Virgen —dijo mientras le dio un segundo vistazo a la cara del muchacho, y ahí hizo click—. ¡Pero por supuesto! Eres su hijo, el pequeño Jack.
—El único (por desgracia). Pensé que le debía esto a mi viejo, por lo menos.
—Por supuesto, hijo. ¡Pasa, pasa! No dejes que el desvarío de este anciano te detenga —al terminar le dio unas palmadas, casi forzándolo a entrar al lugar.
Caminó con los pies pesados, uno a la vez, hasta la tumba. En ella, una simple inscripción con el nombre y nada más.
Un nudo se le formó en la garganta, incapaz de decir algo. Eran tantas cosas que surgieron a la vez que se quedó tenso, inmuto. Su primer instinto fue gritarle, recriminarle por todos esos años de sufrimiento y negligencia. Entonces se dio cuenta de que era una roca nada más. El tiempo para ese tipo de cosas ya había pasado.
En vez de eso, se acercó a la tumba, se agachó y le susurró:
—Que sepas que siempre te odiaré y nada me va a hacer cambiar. Si dependía de mí, ni lápida tendrías.
Así se dio media vuelta y se dirigió a la salida, no sin antes saludar al anciano, el cual se encontraba al teléfono y lo saludó así nomás. De ahí fue directo al hotel, el único que tenía el pueblo.
Cuando cayó muerto en la cama aún sentía el enojo del cementerio, un fuego quemándole la cabeza, pero no estaba seguro de por qué. Después de todo, el viejo ya estaba muerto y ya le dijo lo que necesitaba, ¿no? ¿Qué más quería? Pero ya era muy tarde para ese tipo de preguntas, demasiado cansado para torturarse buscando respuestas. Una vez más relajado, entró en un sueño profundo enseguida.
Su mente deriva hasta terminar en el pasado, en una noche lluviosa y de truenos. Escuchó el portazo de una puerta e inmediatamente después a sus padres discutir; con gritos e insultos se dijeron de todo aquella noche. El pequeño Jack no se atrevió a salir de su cuarto, pero recuerda claramente una parte de la conversación:
—¡Esto no puede continuar así! Un día cometerás un error y…
—Eso no va a pasar.
—No sabes eso.
—María, necesito que confíes, todo está bien.
—¡NO, NO ESTÁ BIEN! ¡MI ESPOSO ESTÁ MEDIO MUERTO!
—María…
—¿Qué hubiera pasado si no volvías? ¿Qué hubiera pasado conmigo? ¿¡Con tu hijo!? En algún momento le tendrás que decir, Fred.
—Ya tuvimos esta conversación. Él no necesita saber nada, y punto.
—Pero…
—¡No, María! Al chico no le incumbe esto, y punto final.
¡RIIIIING!
De repente, el teléfono de la habitación lo despertó. Se levantó para contestar, aún con la voz ronca, y al levantarlo escuchó:
—Disculpe la molestia, señor Blackwell, pero tengo a un abogado en la recepción que desea verlo.
…esos años de sufrimiento y negligencia. Entonces se dio cuenta de que era una roca nada más. El tiempo para tal tipo de cosas ya había pasado.
En vez de eso, se acercó a la tumba, se agachó y le susurró:
—Que sepas que siempre te odiaré y nada me va a hacer cambiar. Si dependía de mí, ni lápida tendrías.
Así se dio media vuelta y se dirigió a la salida, no sin antes saludar al anciano, el cual se encontraba al teléfono y lo saludó así nomás. De ahí fue derecho al hotel, el único que tenía el pueblo. Cuando cayó muerto en la cama aún sentía el enojo del cementerio, un fuego quemándole la cabeza, pero no estaba seguro de por qué. Después de todo, el viejo ya estaba muerto y ya le dijo lo que necesitaba, ¿no? ¿Qué más quería? Pero ya era muy tarde para ese tipo de preguntas, demasiado cansado para torturarse buscando respuestas. Una vez más relajado, entró en un sueño profundo enseguida.
Su mente deriva hasta terminar en el pasado. En una noche lluviosa y de truenos escuchó el portazo de una puerta e inmediatamente después a sus padres discutir; con gritos e insultos se dijeron de todo aquella noche. El pequeño Jack no se atrevió a salir de su cuarto, pero recuerda claramente una parte de la conversación:
—¡Esto no puede continuar así! Un día cometerás un error y…
—Eso no va a pasar.
—No sabes eso.
—María, necesito que confíes, todo está bien.
—¡NO, NO ESTÁ BIEN! ¡MI ESPOSO ESTÁ MEDIO MUERTO!
—María…
—¿Qué hubiera pasado si no volvías? ¿Qué hubiera pasado conmigo? ¿¡Con tu hijo!? En algún momento le tendrás que decir, Fred.
—Ya tuvimos esta conversación. Él no necesita saber nada, y punto.
—Pero…
—¡No, María! Al chico no le incumbe esto, y punto final.
¡RIIIIING!
De repente, el teléfono de la habitación lo despertó. Se levantó para contestar, aún con la voz ronca, y al levantarlo escuchó:
—Disculpe la molestia, señor Blackwell, pero tengo a un abogado en la recepción que desea verlo.
—¿Abogado? Pero yo no tengo abogado.
—El señor insiste en que viene de parte de su padre y que no puede esperar.
—…Por supuesto, ahora bajo.
Ahora que el interés lo despertó del sueño, se arregló rápidamente y bajó a la recepción.
Una vez abajo, el abogado se le acercó de inmediato y le dio un saludo frenético.
—¡Señor Blackwell! Soy Higgs, abogado de su padre. Por fin nos conocemos. Venga, por favor, tome asiento.
Ambos se sentaron en los sillones acolchados del vestíbulo. El hombre no tardó en sacar un puñado de documentos y, antes de que pudiera continuar, Jack lo interrumpió:
—Mire, no sé de qué se trata esto, pero yo no tengo nada que ver.
—Me temo que es todo lo contrario, mi amigo. Vengo a darte tu herencia.
—¿Herencia? Sí, creo que se equivocó de persona. No puedo ser yo —se levantó, listo para irse.
—No, no, no, mire —le acercó el testamento de su viejo, y ahí estaba, en la primera línea:
“A mi único hijo, Jack Blackwell, he de dejarle todo mi patrimonio y pertenencias”.
Jack tomó asiento nuevamente, sin aliento, perdido, sin saber qué decir.
Higgs rápidamente se le acercó y le explicó:
—Disculpe la prisa y el lugar, pero tengo un día ajetreado hoy. Verá, su padre le dejó todo a usted. Tenemos una casa, tres docenas de libros de gran variedad, algunas joyas y oro en el testamento —procedió a dejar sobre la mesa un juego de llaves—. Estas son las llaves de su nueva casa, jefe. Ahí también encontrará la colección de libros —luego le dio un papel con combinaciones y contraseñas—, y eso es para retirar el resto del banco cuando desee.
—Yo no sé…
Higgs se levantó y le dio una gran palmada en el hombro.
—¡Vamos, alégrate! Uno no puede presumir algo así todos los días.
—Claro, sí, por supuesto —dijo en un tono incómodo.
—En fin, suerte con la vida, muchacho. Yo tengo que irme —rápidamente lo saludó y se fue por donde vino
Jack estaba por decirle algo, pero ¿qué le iba a decir? Este descubrimiento simplemente lo dejó mudo. Que su viejo tuviera un testamento y que, de todas las personas, él fuera el único heredero fue un giro inesperado.
¿Qué es lo que iba a hacer con este descubrimiento? Esa era una pregunta para el Jack del futuro. Si estaba seguro de una cosa, no había forma de que volviera a poner un pie en esa casa. El infierno se congelaría el día que eso pasara.
Ahora mismo su único problema era qué mierda iba a comer. Y solo había una respuesta correcta a esa pregunta: el viejo resto bar de Pablo.
Sin más demora, se fue de una al lugar de los manjares.
Mientras tanto, en otra parte del pueblo, el doctor Higgs se encontraba en su estudio atendiendo una llamada de lo más preocupante.
—…Sí, el muchacho se encuentra hospedado en el hotel.
—¿Ya lo hablaste con él?
—No, no lo hice. Hay cosas más urgentes que eso.
—¿Sos pelotudo o qué? Esto puede ser la diferencia entre ganar o morir. Nada es más importante.
—Tal vez necesite recordarte que hay un ASESINO SUELTO EN EL PUEBLO y que era tu trabajo cazarlo.
—No exageremos. Nos está jugando un juego nada más.
—Hace una semana que no duermo bien por estos juegos tuyos.
—Está bien, escuchá. Vamos a hacer esto: mañana a primera hora voy a tu casa y nos vemos con el chico este, ¿sí?
—Bueno —dijo en seco mientras se fregaba los ojos—. Te veré mañana.
Con nervios y un gran pesar en su pecho, Higgs sacó su confiable botella de whisky irlandés y se sirvió el primer vaso. A su vez, sacó de uno de los cajones un revólver. Él esperaba estar equivocado, pero todo le decía que iba a ser una noche larga.
Pasaron horas sin un solo ruido. Con el sexto vaso en la mano, Higgs paseaba por su casa con el arma en mano, con el dedo en el gatillo y un pulso errático. En ese instante, un feroz viento aullante abrió las ventanas con un estruendo que lo hizo saltar. Le tomó un momento tranquilizarse y asegurar las ventanas.
Con los ojos pesados y la botella casi vacía, terminó en el sillón del living.
Comenzó a hamacarse hacia atrás y adelante en un intento de tranquilizarse y empezó a murmurar para sí mismo.
—¿Por qué no le hablé en el momento? Tal vez no estaría como estoy ahora… —da un gran suspiro y cierra los ojos un momento—. Mañana a primera hora lo haré, me junto con don gruñón y hablamos con el chico.
Aún con el revólver pesando en su mano, con cada momento que pasaba el sueño le iba ganando, hasta que en un instante…
¡CRAAAGHHHH! ¡WOOF! ¡WOOF! ¡WOOF!
El repentino sonido del vidrio rompiéndose y los ladridos de perros hicieron que saltara del sillón. Con el corazón a mil, comenzó a merodear el living, sus ojos cruzando la sala en segundos sin encontrar nada y, aun así, repitiendo la misma emoción una y otra vez.
Entonces las luces del living se apagaron, todas excepto una. Higgs se retrajo al calor amarillo del foco cuando infló los pulmones y alzó la voz.
—¡Enfrentame, demonio! ¡Tus sucios trucos no funcionan conmigo! —dijo apuntando el revólver a todas partes.
En eso, una voz retumbó en toda la casa.
—REGOCÍJATE, WALTER HIGGS, PUES TU HORA HA LLEGADO. EL RELOJ HA MARCADO EL MOMENTO Y MI SEÑOR DEMANDA VENGANZA.
—Yo no le temo a tu maestro, demonio. Lo derrotamos una vez y lo volveremos a hacer.
—Mucho ha cambiado en cincuenta años. Solo eres un viejo canoso y desesperado —dijo la voz, susurrando, escuchándose más cerca con cada palabra.
—Yo… no soy… un…
—No temas, pues tu sangre y tu alma han de servir a la divina orden, Walter Higgs.
Higgs ni siquiera vio de dónde salió cuando, en un instante, se encontró con la hoja atravesándole el estómago. El asesino levantó la cabeza un segundo para mostrar una sonrisa siniestra y unos ojos saltones, rojizos, clamando por su presa.
—¡NO! ¡NO! ¡NOOOOOOO!
Y antes de que se diera cuenta, la hoja se encontró con su rostro y todo el bullicio murió en un silencio de ultratumba.
Cuando Higgs ya suspiró su último aliento, el asesino bañó dos dedos con su sangre y escribió en su frente: 7/9.





![Kira [Completa]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_0e6399958cd358c30469b2d86d41f0e9.jpg)


