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La Sonrisa Fija

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Sinopsis

En el antiguo reino de Porcelania, la perfección tiene un precio. Lira siempre creyó que lo peor que podía pasar era perder a su hermana Elira. Pero cuando una misteriosa energía llamada Ojo Porcelana despierta dentro de ella, descubre que su familia está conectada con un poder capaz de cambiar el destino de todo un reino. En su búsqueda por recuperar a Elira, Lira llegará a Thalorin, una ciudad donde las personas desaparecen, los recuerdos se rompen y la porcelana guarda secretos que nadie debería descubrir. Junto a un anciano que conoce los horrores del pasado, un joven marcado por un pacto imposible y aliados que han decidido desafiar al reino, deberá enfrentarse a la Doctora y al legado del antiguo Rey Porcelana. Pero la porcelana no concede deseos gratis. Cada poder exige un sacrificio. Cada intento de salvar a alguien puede destruir algo más. Porque cuando intentas crear un mundo perfecto... lo primero que debes perder es aquello que te hace humano.

Genero:
Horror
Autor/a:
cristoper134
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prólogo

— Lo que quedó de Porcelania

Antes de que existiera Thalor, antes de que Thalorin alzara sus torres o de que Valdegris tuviera nombre siquiera en el mapa de un cartógrafo olvidado, hubo otro reino. Nadie recuerda hoy dónde estaba con exactitud. Algunos dicen que sus cimientos aún respiran bajo la tierra que pisan los mismos que lo olvidaron, que si uno se arrodilla en ciertos campos del sur y presiona la oreja contra el pasto, todavía puede oírse algo latir ahí abajo, despacio, como un corazón que no sabe que debería haberse detenido hace siglos. Se llamaba Porcelania, y durante mucho tiempo fue lo más cercano a la perfección que el mundo llegó a conocer.

Sus habitantes no nacían como los demás. Nacían ya unidos a una fuerza antigua —la Energía Porcelana— capaz de moldear la materia como quien moldea el barro entre los dedos, de detener el paso de los años, de convertir el dolor en apenas un recuerdo lejano, casi ajeno. Construyeron ciudades enteras de porcelana blanca y dorada que se reparaban solas cuando algo las quebraba, como si la piedra misma tuviera memoria de su propia forma. Sus cuerpos, heridos, volvían a cerrarse antes del anochecer. No conocían la vejez. No conocían la enfermedad. El arte, la arquitectura y la magia eran, para ellos, una sola cosa: una forma elegante y minuciosa de negarle al tiempo cualquier poder sobre lo que amaban.

Y en el centro de todo aquello estaba el Rey. No solo gobernaba: encarnaba lo que su pueblo veneraba por encima de cualquier otra cosa. Era quien mejor sostenía el equilibrio entre el poder que los hacía casi eternos y la humanidad —cada vez más delgada, cada vez más parecida a un hilo a punto de romperse— que aún les quedaba entre las manos.

Porque había un precio. Siempre lo hay, aunque tarde generaciones en presentarse a cobrar.

Con los siglos, la Energía Porcelana mostró, poco a poco, su verdadero rostro. Lo que había sido un don se convirtió en un hambre silenciosa y paciente. Los cuerpos empezaron a rigidizarse en los bordes: los dedos primero, después las muñecas, como si el frío avanzara desde afuera hacia el centro de cada persona. La piel, antes cálida, se volvía fría y brillante, con esa luminosidad opaca y perfecta de la loza recién horneada. Los sentimientos se apagaban uno por uno, como velas en un pasillo demasiado largo para que alguien note cuándo empezó la oscuridad. Primero se perdían los recuerdos pequeños —el sabor de una fruta de verano, el nombre que le habían puesto a un perro hacía treinta años—, después las emociones que sostenían esos recuerdos, y por último la capacidad misma de sentir dolor o placer, deseo o pérdida. La perfección se estaba comiendo, lentamente y con extrema paciencia, todo lo que alguna vez los había hecho estar vivos de verdad.

El Rey lo vio venir antes que nadie, porque él lo sentía primero y con más fuerza que su pueblo: era quien más Energía Porcelana llevaba dentro, y por lo tanto quien primero empezó a notar los huecos. Y en lugar de rendirse a lo inevitable, como tantos otros ya habían empezado a hacer con una calma que no era paz sino vaciamiento, buscó una salida. Una que nunca debió buscarse.

Creyó —con la certeza absoluta de quien ha gobernado durante siglos y ha olvidado lo que se siente estar equivocado— que si lograba concentrar toda la Energía Porcelana del reino en un único punto, en su propio cuerpo, y purificarla ahí dentro, podría contener lo que ya no podía detenerse desde afuera. Convertirse él mismo en el cauce, en el filtro, en el Ser Perfecto que después devolvería a su gente una versión controlada, estable, mansa, del poder que los estaba vaciando por dentro. Reunió a sus mejores magos y artesanos, a quienes aún conservaban suficiente de sí mismos como para trabajar con las manos y no solo con la memoria de haber tenido manos alguna vez. Durante años prepararon, en absoluto secreto, un ritual que el mundo —cualquier mundo— no estaba hecho para soportar.

La noche en que por fin lo hicieron, Porcelania entera brilló con una luz blanca que no proyectaba sombra sobre nada, como si hasta la oscuridad se hubiera negado a participar de lo que estaba por ocurrir.

Y el ritual falló.

No de la forma silenciosa en que fallan los hechizos menores, que simplemente se apagan y dejan a su conjurador con las manos vacías. Falló de manera violenta, absoluta, irreversible. La energía no se concentró en el Rey como debía. Se desató, entera, hacia todas partes a la vez. Las calles se agrietaron como el hielo bajo un peso demasiado grande para sostenerse. Miles de habitantes se convirtieron en porcelana en el tiempo que dura un grito que nunca llega a completarse —algunos quedaron atrapados en posturas de terror puro, los brazos alzados frente a un rostro que ya no podía cerrar los ojos; otros, de un modo mucho más insoportable de mirar, quedaron congelados en posturas que se parecían al éxtasis, como si en el último instante hubieran creído, de verdad, que aquello era la salvación prometida. El suelo se abrió bajo el peso de su propio poder desatado, y el reino entero —ciudades, campos, ríos que corrían blancos y dorados— fue tragado y sellado bajo capas de tierra y de una magia que nadie, desde entonces, ha sabido nombrar del todo.

El Rey no murió. Eso, quizás, habría sido una piedad que no mereció.

Su conciencia se rompió en pedazos, como todo lo demás aquella noche, y de esos pedazos nació algo que ya no era del todo un hombre ni del todo un recuerdo de haberlo sido: el Rey Porcelana. Una presencia fragmentada, hambrienta, condenada a arrastrarse por los siglos con el único deseo de terminar lo que empezó, sin cuerpo fijo donde anclar ese deseo, sin rostro único con el cual mirarlo. La mayor parte de la Energía Porcelana quedó sepultada junto a las ruinas de su reino, dormida, contaminada por el fracaso, esperando bajo tierra a que alguien, algún día, cometiera el mismo error con otro nombre.

Pero no toda.

Un único fragmento logró escapar del desastre, puro todavía, sin tocar por la corrupción que devoró a los demás. Vagó durante generaciones enteras, sin cuerpo propio, sin nombre que alguien pudiera pronunciar, buscando un lugar donde por fin anidar. No buscaba a cualquiera. Buscaba —como había buscado siempre la Energía Porcelana, desde su primer y más antiguo origen, cuando una conciencia sin nombre sintió asco por primera vez ante el cambio, el dolor y la muerte, y en un acto de pura negación intentó detener el mundo entero para no tener que sentirlos nunca más— un lugar ya parcialmente vacío. Un vacío hecho, de forma casi cruel, a su medida exacta.

Lo encontró, al fin, en la mirada de una niña que un día decidió, en silencio y por puro amor hacia otra persona, dejar de sentir miedo.

Así nació, en este siglo, mucho después de que Porcelania se convirtiera en polvo y en advertencia, el Ojo Porcelana.

De lo que quedó bajo tierra —los restos contaminados y rotos de aquel primer intento de perfección absoluta— nadie volvió a hablar con claridad. Se convirtió en leyenda entre los pocos que la recordaban, después en advertencia susurrada a los niños que no querían dormir, y por último en puro silencio, del tipo que se instala cuando ya no queda nadie vivo que haya visto lo que pasó de verdad. Hasta que alguien, no hace demasiado tiempo, encontró la forma de romper el sello.

Porcelania no es solo la historia de un reino que se perdió bajo la tierra. Es la prueba, escrita en piedra agrietada y en cuerpos que nunca más pudieron llorar, de que la perfección, cuando se persigue sin límite y sin miedo a lo que cuesta, no salva absolutamente nada. Solo vacía. Vacía despacio, con la paciencia de quien tiene todo el tiempo del mundo porque ya dejó de necesitarlo.

Y lo que una vez se vació de verdad, tarde o temprano, siempre vuelve a buscar algo con qué llenarse.

El Rey Porcelana sigue ahí, en algún lugar entre las grietas del mundo, fragmentado, débil pero paciente, esperando el momento en que alguien —quien sea, no le importa el nombre— termine lo que él no pudo completar aquella noche en que todo un reino brilló de blanco antes de desaparecer.

No tuvo que esperar mucho más.

En un pueblo pequeño y húmedo llamado Valdegris, donde nadie sabía nada de Porcelania ni de reyes fragmentados ni de energías que aprenden a esperar, una niña de cabello castaño oscuro y una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda estaba a punto de descubrir que su hermana mayor llevaba, desde hacía años, algo despertando dentro del ojo derecho.

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