Vienna │Taekook por Jane en Inkitt
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VIENNA │Taekook

Sinopsis

Jungkook dejó a alguien al irse de Corea hace varios años atrás, alguien a quien nunca pudo olvidar y ahora tendrá que regresar como soldado a intentar restaurar la paz de su país y a su vez, recuperar el amor al que pertenece su corazón.

Genero:
Romance
Autor/a:
Jane
Estado:
Completa
Capítulos:
40
Rating
5.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Chicago, Estados Unidos de América, junio de 1950

Las guerras matan cuerpos, y también entierran almas.

Jungkook lo había aprendido hacía diez años, y esa noche, sin embargo, intentaba olvidarlo con una cerveza tibia y la compañía de su amigo.

El bar del centro de la ciudad estaba a reventar. El humo de los cigarrillos flotaba como niebla gris cerca del techo, y un pequeño conjunto tocaba blues lento en un rincón. En una mesa del fondo, dos jóvenes coreanos intentaban fingir que todo seguía normal.

Jimin, con su saco a cuadros demasiado grande y la corbata ya floja, golpeó la mesa con la palma abierta.

—No puedo creer que después de todo lo que pasamos para llegar aquí... ¡ahora tengamos que volver al maldito infierno! —arrastró las palabras con la voz pastosa por el alcohol.

Jungkook lo miró con una expresión era tranquila. Demasiado tranquila.

—¿Le llamas infierno al país donde nacimos? —preguntó, con una media sonrisa.

Jimin soltó una risa amarga y se tambaleó en la silla.

—Le llamo infierno al lugar que casi acaba con nuestras familias, Jungkook. Agujero negro, pozo sin fondo... lo que sea. —Se inclinó hacia adelante y bajó la voz, aunque seguía sonando demasiado alto—. No quiero ir. ¿Me oyes? ¡No quiero ir!

Varias cabezas se giraron hacia ellos. Jungkook miró alrededor con calma, evaluando quién los observaba, y luego volvió a su amigo.

—Baja la voz. Mañana nos presentamos ante el consejo, no puedes llegar oliendo a cerveza y gritando como loco.

Jimin se pasó la mano por el cabello rubio revuelto y soltó un resoplido que casi se convirtió en sollozo.

—No quiero ir... —repitió, más bajo, pero con la misma desesperación—. No quiero morir allá.

Jungkook le dio una palmada suave en la espalda.

—Nos vamos a divertir —dijo, con esa voz baja y controlada que ya usaba siempre.

—¿Divertir? —el rubio levantó la voz otra vez y golpeó la mesa—. ¡Vamos a la guerra, Jungkook! ¡Míranos! Todos aquí bebiendo como si fuéramos a volver... ¡como si fuéramos a volver!

Jungkook solo miró a su amigo, luego se levantó, dejó unos billetes sobre la mesa y tomó el sombrero de Jimin.

—Vamos. Te llevo a casa antes de que hagas otra escena.

Jimin se tambaleó al ponerse de pie y tuvo que sujetarse del brazo de Jungkook.

—No quiero ir... —murmuró otra vez, casi como un niño.

—Lo sé —respondió el pelinegro en voz baja, pasando el brazo de su amigo por encima de sus hombros para sostenerlo—. Pero iremos juntos.

Salieron del bar a la noche fría de Chicago. Las luces de neón parpadeaban sobre los charcos de la acera. Jimin se tropezó dos veces y Jungkook lo sostuvo sin quejarse, con la mirada fija al frente y la mandíbula tensa.

—Hablas como si tú no tuvieras miedo —balbuceó Jimin.

Jungkook solo siguió caminando, cargando el peso de su amigo y el peso mucho más grande que ya llevaba dentro desde hacía diez años.

Dos chicas con faldas largas de lunares pasaron junto a ellos. Una de ellas miró a Jimin con curiosidad y sonrió tímidamente antes de seguir su camino.

—¿Ves? —dijo Jungkook, dándole un codazo—. Ya tienes admiradoras y ni siquiera te has enlistado oficialmente.

Jimin soltó una risa amarga.

—No me importan las chicas. Solo me importa Sofía... y no quiero dejarla aquí sola.

Jungkook guardó silencio. Su sonrisa se desvaneció lentamente mientras caminaban por las calles oscuras.

—No respondiste a mi pregunta de antes —insistió Jimin, deteniéndose de pronto y sujetándolo del brazo—. Hablas como si tú no fueras a volver.

Jungkook se quedó mirando la luna un segundo. Luego volvió a sonreír, pero esta vez la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Es tarde. Te llevo a casa.

—No cambies de tema, Jeon Jungkook.

El pelinegro suspiró y pasó el brazo de su amigo por encima de sus hombros.

—Volveremos juntos, Jimin. Te lo prometo.

Ninguno de los dos mencionó que las promesas hechas antes de una guerra solían romperse con facilidad.

Al día siguiente se presentarían ante el Consejo del Servicio Selectivo. Ambos hablaban coreano con fluidez, estaban en buena forma física y tenían razones de sobra para ir: Jungkook, una deuda pendiente con su pasado; Jimin, el miedo a perder todo lo que habían construido.

Ninguno imaginaba todavía cuánto cambiaría esa decisión sus vidas.


—¡Cielos santos! ¿Qué pasó? —inquirió la señora Park al abrir la puerta y ver a su hijo completamente dormido sobre la espalda y hombros de Jungkook.

—Bebió de más —explicó el chico con voz baja y calmada—, pero estará bien. Solo necesita descansar.

—¿Estará bien para mañana? —cerró la puerta tras ellos, preocupada.

—Por supuesto —Jungkook sonrió con dificultad mientras ajustaba el peso de Jimin con un leve brinco—. No se preocupe, no habrá nada que nos impida ir a enlistarnos. Lo llevaré al dormitorio.

La señora Park asintió, llevándose una mano al pecho. Jungkook caminó por el largo pasillo hasta la habitación del rubio. Lo recostó sobre la cama con cuidado y soltó un resoplido al sentirse liberado de ese peso muerto.

Jimin se removió, abrazó la almohada con fuerza y abrió ligeramente los labios, dejando que sus cachetes se aplastaran contra la sábana. Jungkook se sentó a su lado y retiró con los dedos los cabellos rubios que cubrían sus ojos. Era un gesto que había repetido muchas veces a lo largo de los años.

Ese chico que dormía plácidamente era el mismo que encontró años atrás temblando de frío en el piso de la embarcación que los llevó a América. Jungkook, incapaz de dormir por el vaivén del mar, le había cedido su manta. Así había empezado su amistad.

Tomó una sábana y lo cubrió. Jimin suspiró al sentirla.

El pelinegro se levantó para salir de la habitación, pero la voz pastosa de su amigo lo detuvo.

—Tengo miedo…

Jungkook apretó los dientes y regresó, sentándose de nuevo en la orilla de la cama.

—Estaremos bien —dijo con voz firme y baja.

—No sé cómo puedes estar tan tranquilo... —murmuró Jimin sin abrir los ojos, arrastrando las palabras por el alcohol.

—Debo aprender a mantener la calma. Tú eres el nervioso, yo tengo que ser el tranquilo —respondió Jungkook, aunque su sonrisa fue breve y casi mecánica.

—Tú pareces feliz de volver a Corea... No nos queda nada allá —susurró Jimin con pesar antes de quedarse profundamente dormido.

Jungkook lo observó unos segundos Se giró, apoyó los codos en las rodillas y dejó escapar un largo suspiro.

Esa casa no era de los Park; la arrendaban junto con otros familiares mientras conseguían el dinero suficiente para tener una propia. Llevaban años en Estados Unidos y aún estaban en proceso de establecerse. Separarse de sus familias no era el plan ideal, pero era el único que tenían.

Jungkook se frotó la cara con ambas manos y metió la mano en el bolsillo interno de su saco. Sacó un viejo y arrugado sobre y extrajo de él una hoja de papel igual de desgastada.

Era una carta escrita a mano y dirigida solo a él.

Se cubrió la boca con una mano y comenzó a leerla, como había hecho tantas veces antes.

“... Espero que en algún momento nos volvamos a ver. Recuerda que siempre te llevaré en el lugar más especial de mi corazón y te voy a amar hasta que este se detenga.

Por favor cuídate.

Vienna.”

Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos. Jungkook las limpió con rapidez, casi con enojo, y se giró para asegurarse de que Jimin seguía dormido.

Dobló la carta con cuidado, la guardó de nuevo en el sobre y la colocó cerca de su corazón antes de irse a su casa.

Porque sí, Jungkook estaba feliz de volver a Corea.

A él sí le quedaba algo en aquel país.

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Diálogos potentes

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