Introducción
Diciembre, 2023
—Oyabun. —Jungkook escuchó, aunque sus ojos sólo pudieron recorrer el intenso color rojo que bañaba el rostro del hombre que alguna vez había amado, mirándolo como quien mataba a su primer cervatillo en una cacería por el bosque—. Sé lo que parece, pero… Pero esto no significa que no te ame.
Era interesante. Toda esa locura lo era.
En sus treinta años de vida, Jungkook jamás había hincado la rodilla, ni siquiera una vez. No recordaba haberlo hecho y saltó de pensamiento en pensamiento tratando de encontrar un recuerdo que le hiciera sentir cierta familiaridad con la humillación a la que su marido y padre de su hijo lo estaba sometiendo en ese momento, en medio de la oscuridad, en el salón donde había juramentado su lealtad, donde había besado el anillo de su líder meses antes fallecer y de tomar su lugar. La oscuridad deformaba las formas de las obras de arte que adornaban la sala y la sangre había hecho de cada lienzo un agregado imperfecto y morboso que para Jungkook le daban cierta personalidad, captando más su atención incluso en medio de su sometimiento, aunque sin duda lo que más atraía su atención era la actitud de su verdugo, de su cazador, ese que ya tenía a la presa más grande a su merced y parecía más preocupado por fotografiar el asesinato que en terminar el trabajo.
Tenía un sabor amargo en la boca que deseaba disipar con el último cigarrillo que podría fumar, pero su cajón estaba completamente fuera de su alcance y junto a él, el cuerpo de aquel político cuyo nombre sólo Dios lo sabía se encontraba ahí, con una cortada en el cuello de extremo a extremo y enterrada en su abdomen, la hoja de la katana que le había dado muerte con sus huellas en el extremo de la empuñadura. Todo en esa habitación parecía gritar a los cuatro vientos un crimen que él no había cometido, pero sabía que un policía con cuatro dedos de frente lo adivinaría de inmediato. Ese alfa cuyo dedo meñique estaba cercenado y que se movía de un lado para otro robando documentos, había logrado ponerlo en jaque y no precisamente porque fuese muy listo.
Sino porque le había dado entrada a su vida unos cuatro años atrás, cuando le había dado el primer beso en esa misma oficina.
—Ahora entiendo por qué los romances en el trabajo no están permitidos. —comentó Jungkook con frialdad, mirando de reojo al alfa, el cual se tensó mientras cerraba su maletín—. En lo que llegan tus amigos de la policía, no me quiero ir sin saciar mi curiosidad, ¿Qué pretendes sacar de todo esto, YuGyeom? Ya compraste a los hombres necesarios, tomas el control del clan Sumiyoshi-kai, un par de imbéciles se van a cortar el dedo meñique como lo hiciste tú frente a mí, pero, ¿Qué les dirás al resto de los clanes? Si alguno se entera de esta jugada sucia que hiciste contra tu líder… —Hizo una mueca— dudo mucho que te inviten a comer para felicitarte.
—Me aceptarán. —afirmó YuGyeom, señalando el cadáver en la silla—. Les entregaré a quien buscaban.
Jungkook dejó escapar una risa baja, áspera, impropia de alguien que sabía perfectamente que estaba jodido, pero que no iba a desperdiciar sus últimos momentos de libertad para mofarse tanto de su propia ingenuidad como de la de su cazador.
—Ese imbécil sólo estaba molesto porque no lo dejé comprarse su casita en las islas vírgenes y como berrinche movió influencias para matar a los míos. Déjame ver si entiendo tu plan, les vas a llegar a los demás con la noticia de que tú acabaste con esos idiotas, incluyéndome; vas a hacerles pensar que todo este tiempo fui yo quien mandó a matar a los míos como moscas, vas a tirarme a los muertos trajeados que le hacían los mandados al diputado, vas a echarme la culpa a mí de todo para lavarte las manos y hacerme ver como un traidor. Me llevan a la cárcel por la muerte de Los hombres de negro, me extraditan a Corea, y supongo que te irás de putas para celebrar. Eres tan predecible que creo que adiviné todos tus planes de este viernes.
—Me harta que me subestimes de esa manera. —escupió YuGyeom exasperado—. ¿O qué? ¿Lo único que te duele de todo esto es que te enamoraste de mí? —Jungkook permaneció impávido, ocultando bien lo bajo que había sido ese golpe para él—. Todos te creían invencible, Jungkook —soltó una risa—, será divertido contarles que tu única debilidad está en tu cama.
Jungkook alzó las cejas y esbozó una sonrisa amarga.
—Si lo haces, no omitas las partes donde finjo el orgasmo. —dijo. YuGyeom apretó la quijada y en ese momento las sirenas de policía comenzaron a escucharse a lo lejos—. Te voy a decir algo, porque creo que aquí es donde nos separamos. Te aconsejo que disfrutes mucho, demasiado tu nueva vida como Oyabun, ve a los mejores clubes, conoce a los mejores omegas, bebe los mejores licores… Vive la vida al máximo, YuGyeom, porque cuando menos lo esperes vas a terminar muerto.
YuGyeom soltó una carcajada seca, apretando el maletín entre sus dedos.
—Vas directo a una cárcel de máxima seguridad, ¿Puedes prometerme eso?
— ¿Debo hacerlo? —cuestionó el omega, mirando de reojo hacia la ventana. YuGyeom se estremeció cuando las luces azul y rojo iluminaron la mirada frívola de Jungkook—. Los hombres como tú nunca mueren por culpa de sus enemigos, mueren porque todos vienen del mismo nido de cucarachas, tu sólo te alejaste un poco de las cañerías. Te crees que has matado a un pez gordo, cuando sólo te llevaste por delante a una trucha cualquiera. —Jungkook miró de reojo al diputado muerto—. Compraste capitanes. Vendiste información. Manipulaste a la policía… Diría que es la suerte del principiante, el poder te va a sentar como un disparo en el pie.
— ¿Y tú con qué derecho hablas? —cuestionó YuGyeom, acercándose a él, apartando un mechón rojizo de cabello de su frente—. No tienes hombres, no tienes pruebas. En cinco minutos te van a tratar como el autor de unos crímenes atroces, mientras yo consigo un imperio, tú te quedas sin nada. Así es como funciona, a esto aspiré… Y con este fin me encargué de atacarte en el único lugar donde se sabe que se encuentra la debilidad de un omega: En el corazón. Sé que te afecta, incluso si tratas de aparentar que no, si no te afectara tus últimas llamadas no habrían sido dirigidas a NamJoon para que se llevaran a nuestro hijo. No te preocupes, será a los primeros que busque cuando tome tu lugar, los que alguna vez te obedecieron, me obedecerán a mí. Acepta que estás acabado, Jungkook.
Jungkook escuchó cómo las puertas de su mansión cedían bajo el impacto del ariete hidráulico del equipo especial de la policía japonesa. El estruendo recorrió los pasillos de madera como un trueno, haciendo vibrar los paneles de papel de arroz y sacudiendo el polvo de las vigas centenarias. Luces blancas comenzaron a barrer el jardín, filtrándose entre los pinos cuidadosamente podados y proyectando sombras irregulares sobre las puertas corredizas de la oficina. Los destellos azules y rojos de las patrullas teñían los muros, mezclándose con el rojo oscuro de la sangre que aún goteaba desde el cuello del diputado y se deslizaba por las paredes.
—¡Policía Metropolitana de Tokio! —gritaron.
YuGyeom inmediatamente se preparó para su huida, tomando el maletín para después abrir la ventana. Se ajustó la corbata y se colocó en el borde de la ventana, dejando que la brisa fría ondeara en su cabello y que llevara a Jungkook a incorporarse, apoyando su mano en su costado ensangrentado, recordando en ese momento que tenía esa herida abierta y goteante.
—Reza. —dijo Jungkook, deteniendo por un instante la huida de YuGyeom, que lo observó desde la ventana—. Reza mucho. Reza para que yo no me levante, reza para que los siguientes años sean prósperos para ti, reza para que todos a tu alrededor se crean tu cuento. Reza a todo lo que creas porque este sea nuestro último encuentro, porque te juro que lo último que vas a sentir será arrepentimiento por convertirme en el hombre más peligroso que hayas dejado con vida.
YuGyeom no dijo nada, quizá porque no había tiempo, quizá porque la saliva que tragó se había llevado su réplica por completo. Jungkook lo vio marcharse y suspiró, mirando de soslayo la fotografía de su pequeño hijo que estaba sobre su escritorio, manchada de sangre también y con resignación alzó las manos, escuchando los pasos de las botas de los policías hacer vibrar el suelo hasta que la puerta se abrió con brusquedad.
Lo que vino después era todo lo que Jungkook pudo esperar. Escuchó gritos mientras su cuerpo se iluminaba con ases de luz, hasta que sintió un fuerte golpe que le robó el aliento. Su pecho rebotó contra el suelo ensangrentado a la vez que sentía una presión contra su cabeza, mirando impotente hacia la alfombra mientras lo esposaban desde los pies hasta las muñecas a la vez que recitaban un listado de delitos de los cuales se quiso se reír, pero lo único que consiguió fue derramar dos lágrimas impotentes ahora que se encontraba en completa soledad. Jadeó al momento en que fue alzado y echó la cabeza hacia atrás, rebelando a los oficiales una fracción de los tatuajes que adornaban su piel, mirándolos con desdén incluso cuando fue arrastrado fuera de allí, viendo por última vez la fotografía de su hijo.
Su arresto se convirtió en un circo mediático tan pronto como puso un pie fuera, sintiéndose ahora sí como el animal moribundo que había sido abatido, pero cuyo verdugo ya no estaba allí para sonreír para las cámaras. Los oficiales no comprendieron el valor de su pellejo como para exponerlo un poco más y lo único que Jungkook recibió fue el golpe en la frente cuando lo metieron sin cuidado al auto blindado.
De lo único que estaba seguro era de que su imagen ya estaba recorriendo todas las pantallas del mundo y Jungkook esperó porque su cachorro al menos lo viera y entendiera que no lo había abandonado por gusto, en una parte de él esperaba que lo entendiera, incluso si no había sido capaz de explicarle el estilo de vida que llevaba.
Lo que sí podía dar por sentado era de que su imagen sí había dado la vuelta al mundo, llegando a la pequeña televisión de un restaurante de fideos en Daegu, donde un joven alfa de cabellos rizados miraba la noticia con aburrimiento mientras esperaba por el pedido que debía llevar a una unidad residencial en su bicicleta.
—La yakuza es como un dragón de tres cabezas. Cortas una y salen otras veinte. —comentó el despachador, entregando al alfa el pedido—. ¿Tú qué piensas, TaeHyung?
—Pienso que es una pena que alguien tan lindo desperdicie su vida en esas tonterías. —contestó TaeHyung mientras metía el pedido en su mochila, subiéndose a su bicicleta, activando el GPS de su teléfono dentro de la aplicación—. Ya me voy.
—Oye, mocoso, llega temprano. Tu madre me quemó el teléfono ayer buscándote, regresa a casa con tu familia, por Dios. No puedes pretender llevarle fideos a todos los hikikomori del país, trata de descansar, ¿Sí?
—Que sí. —resopló TaeHyung—. Nos vemos.
El despachador chasqueó la lengua y negó con la cabeza, viendo a TaeHyung pedalear rápidamente hasta que lo perdió de vista, soltando un suspiro.
—Es un buen muchacho. —murmuró, mirando hacia la pantalla, viendo la noticia, negando con la cabeza—. Ah, sí es lindo. Qué desperdicio.
Y dicho eso, apagó la televisión.









amoooo se viene una buena historia, bienvenidos nuevos personajes 💗💗💗💗
Como siempre ya me atrapaste con la historia. Nunca fallas, este es un gran comienzo de esta historia.
espero que kook se vengue de la peor manera