Capítulo 1: EL ERROR DE DIOS
El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas que rodeaban Kyoto. Sus últimos rayos teñían el cielo de un cálido color anaranjado, mientras una suave brisa recorría las calles de la ciudad. La gente regresaba a casa después de una larga jornada; algunos caminaban con prisa para alcanzar el tren, otros conversaban animadamente con sus amigos, y el aroma del ramen recién preparado escapaba de los pequeños restaurantes que llenaban las esquinas.
Entre aquella multitud caminaba Kazuki.
Llevaba el uniforme escolar ligeramente desordenado, la mochila colgada sobre un solo hombro y los auriculares alrededor del cuello. Su expresión era tranquila, casi despreocupada. Había sido un día como cualquier otro: clases, tareas, conversaciones con sus compañeros y la promesa de llegar a casa para disfrutar de una buena cena preparada por su madre.
Le gustaba aquella rutina.
Mientras avanzaba por la acera, levantó la vista hacia el cielo.
—Qué bonito atardecer...
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
«La vida era sencilla», pensó.
No era el estudiante más brillante de la escuela, ni el atleta más destacado, ni alguien famoso. Era simplemente un joven que disfrutaba de las pequeñas cosas: cocinar, probar recetas nuevas, jugar videojuegos y soñar con viajar algún día.
Nunca imaginó que aquella tarde cambiaría su destino para siempre.
El semáforo peatonal cambió a verde.
Kazuki comenzó a cruzar la avenida con tranquilidad.
De repente...
Un fuerte chirrido rompió el silencio.
Las personas que estaban cerca giraron la cabeza alarmadas.
Un enorme camión descendía por la calle a toda velocidad.
Su conductor intentaba desesperadamente controlar el volante mientras presionaba el freno una y otra vez.
No funcionaba.
—¡¡Sin frenos!! —gritó alguien desde la acera.
Kazuki levantó la mirada.
Durante un instante, el tiempo pareció detenerse.
Sus ojos se encontraron con los enormes faros del vehículo que avanzaba directamente hacia él.
—¿Eh...?
Su cuerpo reaccionó demasiado tarde.
—¡¿Un camión...?!
Intentó dar un paso hacia atrás.
No fue suficiente.
—¡¡¿Qué...?!!
El impacto sacudió toda la avenida.
Un estruendo ensordecedor resonó entre los edificios.
La mochila salió despedida por el aire.
Los cuadernos quedaron esparcidos sobre el asfalto.
Después...
Silencio.
No había dolor.
No había frío.
No había oscuridad.
Solo una inmensa luz blanca que parecía extenderse hasta el infinito.
Kazuki abrió lentamente los ojos.
Miró a su alrededor.
No había cielo.
No había suelo.
No había edificios.
Solo un inmenso vacío blanco donde parecía flotar sin peso alguno.
—¿Dónde... estoy?
Su voz hizo eco en aquel lugar imposible.
No obtuvo respuesta.
Comenzó a caminar, aunque no existía un suelo visible bajo sus pies.
Cada paso producía pequeñas ondas luminosas que desaparecían lentamente.
Entonces sintió una presencia.
Frente a él apareció un anciano de larga barba blanca, vestido con una túnica dorada que brillaba como si estuviera hecha de la misma luz que llenaba aquel lugar.
El anciano sonreía con cierta incomodidad mientras se rascaba la cabeza.
Kazuki frunció el ceño.
—¿Quién es usted...?
El anciano soltó una pequeña tos para aclararse la garganta.
—Bueno... antes de empezar... creo que debo pedirte disculpas.
Kazuki sintió un extraño escalofrío.
Por alguna razón, aquella frase le hizo pensar en lo peor.
—Espere...
Bajó lentamente la mirada hacia sus propias manos.
Después volvió a observar al anciano.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—No me diga que...
El anciano suspiró profundamente.
—Sí...
Guardó silencio durante unos segundos antes de continuar.
—Kazuki... has muerto.
El anciano bajó la mirada con una expresión de culpa.
—Sí... Kazuki. Has muerto.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.
Kazuki permaneció inmóvil durante varios segundos, incapaz de procesarlas. Sentía que todo aquello debía ser un sueño, una ilusión provocada por el golpe del camión.
—No... —murmuró mientras negaba con la cabeza—. Eso es imposible.
Miró sus propias manos una vez más. No tenía heridas. No sentía dolor. Ni siquiera percibía el peso de su cuerpo.
Todo era demasiado extraño.
—¡No! ¡Tiene que haber un error! Hace un momento estaba cruzando la calle...
El anciano dejó escapar un largo suspiro.
—Precisamente de eso quería hablarte.
Kazuki levantó la vista.
—¿Hablarme... de qué?
El anciano carraspeó con evidente incomodidad.
—Verás... en realidad sí hubo un error.
Kazuki frunció el ceño.
—¿Qué clase de error?
El anciano levantó lentamente un dedo.
—Un error administrativo... celestial.
Durante unos segundos reinó un silencio absoluto.
Kazuki lo observó fijamente.
Luego parpadeó.
Y volvió a parpadear.
—¿...Qué?
—El Ángel de la Muerte encargado de Japón era nuevo en el puesto.
Kazuki comenzó a sentir un mal presentimiento.
—Había recibido la orden de recoger el alma de un joven llamado Kazumi Tanaka...
El anciano cerró los ojos.
—...pero confundió “Kazumi” con “Kazuki”.
Otra vez hubo silencio.
Un silencio tan profundo que parecía que el propio universo hubiera dejado de respirar.
Kazuki abrió lentamente la boca.
—¿Está diciendo... que...
Su voz empezó a elevarse.
—¿¡ME MATARON POR CONFUNDIR UN NOMBRE!?
El grito retumbó por todo el espacio blanco.
Incluso el anciano dio un pequeño salto del susto.
—Bueno... técnicamente...
—¡¡TÉCNICAMENTE NADA!!
Kazuki comenzó a caminar de un lado a otro mientras se llevaba ambas manos a la cabeza.
—¡Tenía diecisiete años! ¡Todavía no había terminado la escuela! ¡Ni siquiera había cumplido todos mis sueños!
Se detuvo de golpe.
—¡Ni siquiera pude comer el ramen que iba a cenar hoy!
El anciano sonrió con cierta vergüenza.
—Sí... entiendo tu enojo.
—¡¿Cómo no voy a estar enojado?!
Kazuki respiraba agitadamente.
—¿Sabe cuánto cuesta vivir una vida? ¿Cuántos años pasé estudiando? ¿Cuántos planes tenía?
El anciano agachó la cabeza.
Por primera vez, su expresión mostraba un arrepentimiento completamente sincero.
—Lo sé.
Su voz ya no sonaba tranquila.
Sonaba pesada.
—Cada vida tiene un valor inmenso. Y por eso he decidido asumir personalmente la responsabilidad de este error.
Kazuki permaneció en silencio.
El anciano levantó nuevamente la cabeza.
Entonces, por primera vez, una inmensa presión espiritual inundó aquel espacio infinito.
Su túnica comenzó a brillar como un pequeño sol.
Detrás de él aparecieron incontables estrellas girando lentamente.
Kazuki sintió un escalofrío recorrer todo su ser.
Aquel hombre...
No era un anciano cualquiera.
Era una existencia imposible de describir.
El creador de innumerables mundos.
Dios.
Kazuki tragó saliva.
—Entonces... usted realmente es...
El anciano sonrió con amabilidad.
—Así es.
Kazuki respiró profundamente.
Aunque seguía molesto, comprendió que discutir eternamente no cambiaría lo sucedido.
—¿Y ahora qué pasará conmigo?
Dios levantó una mano.
Frente a ambos apareció una inmensa esfera de luz.
Dentro de ella podían verse cientos de mundos diferentes.
Algunos estaban cubiertos por océanos infinitos.
Otros poseían ciudades flotantes.
También había reinos medievales, bosques gigantescos, desiertos donde caminaban dragones y continentes iluminados por tres lunas.
Kazuki observaba todo con los ojos completamente abiertos.
Era como contemplar miles de universos al mismo tiempo.
—Como compensación por nuestro error —dijo Dios—, te concederé una nueva vida.
Kazuki permaneció en silencio.
—Reencarnarás en uno de estos mundos.
Un mundo donde existen la magia, los monstruos, los aventureros y los reyes.
Además...
Dios sonrió.
—Podrás elegir un don especial.
No cualquier habilidad.
Cualquier poder que desees.
Kazuki sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza.
Aquella decisión cambiaría por completo su nueva vida.
Kazuki permaneció inmóvil frente a la inmensa esfera luminosa.
Miles de mundos giraban lentamente dentro de ella como si fueran pequeñas estrellas atrapadas en un universo de cristal. Algunos estaban cubiertos por océanos infinitos; otros, por gigantescos desiertos de arena negra. Había ciudades suspendidas entre las nubes, montañas atravesadas por ríos de lava y bosques tan extensos que parecían no tener fin.
Era imposible apartar la vista.
—¿Todos esos... existen de verdad? —preguntó en voz baja.
Dios asintió.
—Cada uno de ellos alberga incontables formas de vida. Algunos conocen la magia. Otros dominan la tecnología. Hay mundos donde los dragones gobiernan los cielos y otros donde incluso los dioses son simples leyendas.
Kazuki sintió un escalofrío.
Hasta hacía unos minutos solo era un estudiante de preparatoria. Ahora contemplaba un universo que jamás habría imaginado.
—Entonces... ¿de verdad voy a vivir otra vez?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—No puedo devolverte a tu antiguo cuerpo. Ese destino ya no puede cambiarse. Sin embargo, puedo darte una nueva oportunidad.
Kazuki cerró los ojos por un instante.
Pensó en su hogar.
En las tardes de lluvia en Kyoto.
En el aroma del ramen recién preparado.
En las risas de sus compañeros de clase.
Todo eso había desaparecido.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no había tristeza en su mirada.
Solo determinación.
—Si voy a comenzar desde cero... entonces quiero vivir una vida de la que no me arrepienta.
Dios sonrió satisfecho.
—Esa es una buena respuesta.
Movió suavemente la mano y decenas de símbolos antiguos comenzaron a aparecer alrededor de Kazuki.
Runas doradas.
Círculos mágicos.
Constelaciones desconocidas.
—Puedes elegir cualquier habilidad.
Espadas divinas.
Magia elemental.
Invocaciones.
Control del tiempo.
Curación absoluta.
Inmortalidad limitada.
Todo está a tu alcance.
Kazuki observó cada símbolo con atención.
Cada uno representaba un poder extraordinario.
Pero algo no terminaba de convencerlo.
«Si elijo solo fuerza... siempre habrá alguien más fuerte.»
«Si elijo magia ofensiva... algún día encontraré un enemigo inmune.»
«Necesito algo diferente.»
Entonces recordó todos los videojuegos que había jugado durante años.
Las veces que había quedado atrapado en una mazmorra.
Las ocasiones en que un simple obstáculo impedía avanzar.
Y sonrió.
—Ya sé lo que quiero.
Dios arqueó una ceja.
—Te escucho.
Kazuki dio un paso al frente.
Su voz sonó firme.
—Quiero la Teletransportación Absoluta.
Durante unos segundos, el universo entero pareció quedarse inmóvil.
La sonrisa de Dios desapareció.
Las estrellas dejaron de girar.
Incluso la esfera de los mundos perdió parte de su brillo.
—¿...Qué acabas de decir?
Kazuki repitió con la misma seguridad.
—Teletransportación Absoluta.
No quiero una habilidad que solo me permita moverme unos metros.
Quiero poder ir a cualquier lugar.
Sin importar la distancia.
Sin importar las barreras.
Sin importar si existe una muralla, una prisión, un océano o una dimensión diferente.
Quiero llegar a donde yo decida.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Dios permaneció inmóvil durante varios segundos.
Después soltó una pequeña risa.
—Vaya... de todas las habilidades posibles... elegiste una que nadie había pedido en miles de años.
Kazuki inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Es tan extraña?
—No.
Dios negó lentamente.
—Es mucho más peligrosa de lo que imaginas.
Frente a ellos apareció un antiguo pergamino cubierto de runas negras.
El pergamino estaba sellado por enormes cadenas de luz.
—La Teletransportación Absoluta pertenece a una magia anterior incluso a los reyes demonio.
Una magia creada durante la Primera Era.
Se decía que quien la dominara podría atravesar cualquier frontera del universo.
Entrar y salir de fortalezas invencibles.
Escapar de cualquier prisión.
Cruzar dimensiones.
Incluso desafiar las leyes del espacio.
Kazuki escuchaba atentamente.
Dios continuó.
—Precisamente por eso fue prohibida. Los sabios destruyeron casi todos los registros sobre ella. En el mundo al que irás, prácticamente nadie conoce su existencia.
Kazuki sonrió con tranquilidad.
—Entonces... es perfecta.
Dios lo observó durante unos segundos.
Después comenzó a reír.
Una risa sincera.
—Definitivamente eres un muchacho interesante.
Levantó la mano derecha.
Las cadenas que envolvían el pergamino empezaron a romperse una por una.
Cada fragmento se convertía en partículas de luz que desaparecían en el infinito.
Cuando la última cadena cayó, una inmensa energía azul cubrió todo el espacio blanco.
El poder de la Teletransportación Absoluta acababa de ser liberado una vez más.
Y su nuevo dueño sería Kazuki.
La energía azul envolvió el cuerpo de Kazuki como un océano de luz.
Sintió un calor recorrer cada rincón de su ser. No era doloroso. Era una sensación extraña, como si miles de recuerdos desconocidos estuvieran siendo grabados en su alma.
Las antiguas runas comenzaron a girar a su alrededor.
Una tras otra, fueron entrando en su pecho hasta desaparecer por completo.
Kazuki cerró los ojos.
En ese instante, imágenes fugaces atravesaron su mente.
Un hombre vestido con una armadura negra desapareciendo de un castillo en llamas.
Una mujer cruzando el océano con un solo paso.
Un dragón atravesando el cielo antes de ser alcanzado por un destello azul.
Ciudades enteras apareciendo y desapareciendo en cuestión de segundos.
Era el legado de la Teletransportación Absoluta.
Miles de años de historia comprimidos en un solo instante.
Cuando abrió nuevamente los ojos, la luz había desaparecido.
Dios lo observaba con una mezcla de satisfacción y preocupación.
—Ya está hecho.
Kazuki miró sus manos.
No parecían diferentes.
Sin embargo, podía sentir un poder inmenso fluyendo por todo su cuerpo.
Era como si el espacio mismo respondiera a su voluntad.
—¿Esto... es la Teletransportación Absoluta?
—Sí.
Dios asintió lentamente.
—Pero recuerda algo muy importante.
La magia no lo es todo.
Tu poder crecerá junto contigo.
Aprenderás nuevas formas de utilizarlo a medida que enfrentes desafíos.
Nunca dejes que la arrogancia controle tu corazón.
Kazuki inclinó la cabeza respetuosamente.
—Lo recordaré.
Dios sonrió.
—Aún queda una cosa más.
Chasqueó los dedos.
El espacio blanco comenzó a temblar.
Frente a Kazuki apareció un enorme círculo mágico dorado.
En su centro brillaban antiguas letras imposibles de leer.
—Como compensación por nuestro error, también recibirás una bendición excepcional.
Una lluvia de pequeñas estrellas descendió desde el cielo blanco.
Cada una se fundía lentamente con el cuerpo de Kazuki.
Una voz profunda resonó en todo el lugar.
«Evaluando alma...»
«Compatibilidad perfecta.»
«Otorgando bendición divina...»
«Rango máximo concedido.»
Una gigantesca pantalla de luz apareció frente a él.
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Nombre: Kazuki
Raza: Humano
Clase: Caminante Eterno
Rango: SSS
Título: Elegido por Dios
Habilidad única: Teletransportación Absoluta
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Kazuki quedó completamente inmóvil.
—¿SSS...?
Había jugado suficientes videojuegos para comprender el significado de aquella letra.
Era el rango reservado para seres extraordinarios.
Dios soltó una pequeña risa.
—No te emociones demasiado.
Aunque posees el rango SSS, aún eres inexperto.
Tu verdadero poder dependerá de cómo utilices tus habilidades y de las decisiones que tomes.
Kazuki respiró profundamente.
No quería desperdiciar aquella segunda oportunidad.
—Haré que esta vida valga la pena.
Dios dio un paso hacia él.
Por primera vez, su expresión se volvió completamente seria.
—Escúchame con atención, Kazuki.
El mundo al que viajarás no es un juego.
La gente nace...
Vive...
Y muere.
Encontrarás personas bondadosas, pero también conocerás reyes corruptos, monstruos despiadados y enemigos capaces de destruir naciones enteras.
No confíes en cualquiera.
Protege a quienes se ganen tu confianza.
Y nunca olvides quién eras en tu mundo anterior.
Kazuki guardó aquellas palabras en lo más profundo de su corazón.
—Lo prometo.
Dios extendió la mano.
Una esfera azul apareció entre ambos.
Dentro de ella podía verse un inmenso bosque atravesado por montañas, ríos cristalinos y dos enormes lunas flotando en el cielo.
—Ese será tu nuevo hogar.
Kazuki observó el paisaje con asombro.
Era hermoso.
Completamente distinto a Kyoto.
Tomó una última bocanada de aire.
Aunque ya no podía regresar a su antiguo mundo, sabía que no tenía sentido vivir aferrado al pasado.
Era momento de avanzar.
Dios sonrió por última vez.
—Buena suerte...
Kazuki.
El círculo mágico comenzó a girar a una velocidad imposible.
La luz envolvió todo el espacio.
El cuerpo de Kazuki empezó a desvanecerse en millones de partículas azules.
Durante un breve instante, alcanzó a escuchar la voz de Dios una última vez.
—Espero que algún día podamos volver a encontrarnos...
Entonces...
Todo desapareció.
...
Un suave viento acarició su rostro.
El aroma de la hierba fresca llenó sus pulmones.
Los cantos de aves desconocidas resonaban entre árboles gigantescos.
Kazuki abrió lentamente los ojos.
Sobre él se extendía un cielo completamente azul.
Pero había algo extraño.
Cuando levantó la vista, descubrió que dos enormes lunas permanecían suspendidas en pleno día.
Se incorporó lentamente.
Frente a él se extendía un bosque inmenso, repleto de árboles colosales cuyas copas parecían tocar las nubes.
El aire estaba impregnado de una energía que jamás había sentido.
Kazuki sonrió con incredulidad.
—Definitivamente...
Esto ya no es Kyoto.
Kazuki permaneció de pie durante varios minutos, observando el paisaje que se extendía frente a él.
Todo era inmenso.
Los árboles tenían troncos tan anchos que diez personas tomadas de la mano apenas podrían rodearlos. Sus ramas se elevaban cientos de metros hacia el cielo, formando un techo natural por donde apenas se filtraban los rayos del sol.
El viento movía lentamente las hojas, produciendo un sonido relajante.
No era un bosque cualquiera.
Estaba vivo.
—Increíble...
Kazuki respiró profundamente.
El aire era mucho más puro que el de Kyoto.
Cada bocanada llenaba su cuerpo de una energía desconocida.
Mientras caminaba entre la hierba, observó pequeñas criaturas luminosas volando alrededor de las flores.
Parecían mariposas hechas de cristal.
Al acercarse, estas escaparon dejando un rastro de diminutas partículas doradas.
—¿Eso también era magia...?
De repente...
Una voz resonó dentro de su mente.
«Sincronización completada.»
Kazuki se detuvo.
—¿Eh?
La misma voz volvió a escucharse.
«Activando Sistema del Caminante Eterno.»
Frente a él apareció una enorme ventana transparente, formada por líneas de luz azul.
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Nombre: Kazuki
Raza: Humano
Edad: 17 años
Nivel: 1
Clase: Caminante Eterno
Rango: SSS
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Habilidades
• Teletransportación Absoluta
• Idioma Universal
• Análisis Espiritual
• Resistencia Divina (Nivel 1)
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Kazuki abrió los ojos de par en par.
—¡¿De verdad tengo un sistema?!
Era exactamente como en los videojuegos que tantas horas había jugado.
Movió la mano con curiosidad.
La pantalla respondió inmediatamente.
—Funciona...
Comenzó a revisar cada apartado.
La habilidad Idioma Universal explicaba que podría comprender cualquier idioma hablado o escrito.
—Eso me ahorrará muchos problemas.
Luego observó la siguiente.
Análisis Espiritual.
Al activarla, sus ojos brillaron durante un instante.
Inmediatamente aparecieron pequeñas ventanas sobre cada ser vivo que lo rodeaba.
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Conejo del Bosque
Nivel: 3
Estado: Asustado
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Ave Celeste
Nivel: 5
Estado: Tranquila
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Kazuki sonrió.
—Esto será muy útil.
Sin embargo, había una habilidad que llamaba toda su atención.
Teletransportación Absoluta.
Respiró hondo.
—Supongo que debo aprender a usarla.
Cerró los ojos.
Intentó imaginar un lugar a unos veinte metros de distancia.
Solo un pequeño claro entre los árboles.
Sintió un ligero cosquilleo recorrer su cuerpo.
Instintivamente pronunció una sola palabra.
—Transporte.
El espacio frente a él comenzó a deformarse.
No hubo explosión.
No hubo ruido.
Simplemente...
Kazuki desapareció.
Un instante después apareció exactamente donde había imaginado.
Abrió los ojos sorprendido.
—¡Funcionó!
Miró hacia atrás.
Había recorrido aquella distancia en menos de un parpadeo.
No sintió cansancio.
Ni dolor.
Ni mareo.
Era como dar un simple paso.
Una enorme sonrisa apareció en su rostro.
—Otra vez.
Desapareció.
Y volvió a aparecer cincuenta metros más adelante.
Luego cien.
Después doscientos.
Cada uso era más natural que el anterior.
Su cuerpo parecía comprender aquella magia de forma instintiva.
—Esto es... increíble.
Comenzó a reír como un niño que descubre un juguete nuevo.
Durante varios minutos recorrió el bosque a una velocidad imposible.
Saltaba entre enormes rocas.
Aparecía sobre las ramas más altas.
Cruzaba pequeños ríos en un solo instante.
Cada teletransportación era más precisa que la anterior.
Sin embargo...
Mientras se encontraba sobre la copa de uno de los árboles gigantes, algo llamó su atención.
Una espesa columna de humo negro ascendía hacia el cielo.
Kazuki dejó de sonreír.
El humo provenía de varios kilómetros de distancia.
Entonces...
El viento trajo consigo un sonido.
Un grito.
Luego otro.
Y otro más.
Eran gritos de desesperación.
Kazuki frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Activó nuevamente Análisis Espiritual.
A lo lejos comenzaron a aparecer cientos de pequeñas luces.
Entre ellas destacaba una presencia gigantesca.
Muchísimo más poderosa que las demás.
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¿?
Raza: Desconocida
Nivel: No calculable
Estado: Hostil
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Kazuki sintió un escalofrío.
Fuera lo que fuera aquella criatura...
Estaba atacando a alguien.
Sin perder un segundo, cerró los ojos y concentró toda su atención en el lugar del que provenían los gritos.
El espacio comenzó a distorsionarse a su alrededor.
Un intenso resplandor azul envolvió su cuerpo.
—Si alguien necesita ayuda...
No pienso quedarme mirando.
En un destello de luz, Kazuki desapareció.
Su primera batalla en aquel nuevo mundo estaba a punto de comenzar.






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