Frecuencia 0 por NoVX en Inkitt
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Frecuencia 0

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Sinopsis

La Frecuencia del Olvido No busques sangre en estas páginas. No busques mordidas ni gemidos de ultratumba. El horror que acabó con el mundo tal como lo conocíamos no fue ruidoso; fue un susurro eléctrico, una anomalía en el espectro que nadie se molestó en investigar. Antes de que el primer televisor mostrará la estática roja, ya estábamos perdidos. El virus no atacó nuestros cuerpos; reclamó nuestra arquitectura. Se filtró por los cables de cobre, viajó por las ondas de radio televisión incluso los teléfonos y se instaló en el espacio que hay entre una neurona y otra. Lo que vas a leer es la crónica de un joven que creyó que el conocimiento técnico era un escudo contra lo inevitable. Es la historia de cómo la esperanza puede ser la herramienta de diagnóstico más útil para un parásito digital. Si mientras lees sientes un ligero zumbido en los oídos, o si la pantalla de tu dispositivo parpadea con un ritmo que te resulta extrañamente familiar... no te preocupes. Es solo la señal ajustándose a tu frecuencia personal.

Genero:
Horror
Autor/a:
NoVX
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El error de sincronía

Mi padre siempre ha sido un hombre de rutinas. Se levanta a las 6:30 AM, silba mientras hace el café y lee el periódico con el ceño fruncido. El 3 de enero, lo hizo todo igual. Exactamente igual. Me di cuenta mientras desayunábamos. Papá estaba silbando "Yellow Submarine", pero se detuvo justo en la misma nota que ayer. Miré el reloj. 6:42 AM. Ayer, a las 6:42 AM, también se le cayó un poco de azúcar fuera de la taza. Hoy, el montón de azúcar derramada tenía la misma forma exacta de una media luna.

—¿Pasa algo, hijo? —me preguntó.

Su voz era su voz. Sus ojos eran sus ojos. Pero había algo en su parpadeo. No era humano. Los humanos parpadeamos de forma errática; él lo hacía cada 10 segundos exactos, como un metrónomo.

—No, papá. Solo tengo sueño.

—Duerme entonces —dijo él, y me dedicó una sonrisa perfecta. Demasiado perfecta. Sus dientes brillaban más de lo normal, y noté que no estaba masticando el pan. Solo lo movía de un lado a otro en la boca, simulando el proceso mecánico de comer.

Salí a la calle y el horror me golpeó. Mi vecina estaba regando sus plantas. Eran las 7:15 AM. Lo terrorífico no era verla allí; era ver que todos los vecinos de la cuadra estaban haciendo algo en sus jardines al mismo tiempo. Un ballet sincronizado de personas que fingían ser personas.

Nadie gritaba. Nadie corría. Y eso era lo que más me hacía querer gritar a mí. Estaba solo en una ciudad llena de cosas que se veían como mis amigos, pero que por dentro solo esperaban la “Gran Señal”

Caminar por la ciudad se sentía como atravesar un set de filmación donde los extras habían olvidado sus líneas. La gente en el autobús no miraba sus teléfonos; miraban al vacío con una intensidad inusual, como si solo esperarán su turno de descender más por obligación que por conciencia.

Llegué a casa de Marcos. Él siempre fue el tipo de amigo que deja la puerta sin llave y tiene el cuarto lleno de cajas de pizza. Al entrar, lo vi sentado en el sofá, jugando a la consola. La pantalla mostraba el menú principal, el sonido de la música de fondo se repetía en un bucle hipnótico.

—¡Leo! Llegas tarde para el torneo —dijo Marcos sin apartar la vista de la pantalla.

Su tono era perfecto. Demasiado perfecto. Incluso tenía ese pequeño gallo en la voz que siempre le salía cuando estaba emocionado. Me senté a su lado, con el corazón martilleando contra mis costillas. Saqué una navaja pequeña que llevaba en el bolsillo.

—Marcos, ¿te acuerdas de lo que pasó en el verano del 98? —pregunté, observando su perfil.

Él soltó una carcajada.

—¿Cuando te caíste del muelle y casi te muerde aquel perro? Claro, hombre. Casi te meas encima.

Sentí un alivio momentáneo. Los recuerdos estaban ahí. Pero luego por intuición hice una hipótesis:el virus no borra la memoria, la descarga.

—Oye, pásame el mando —le dije.

Al hacerlo, fingí un tropiezo y "accidentalmente" le hice un corte profundo en el dorso de la mano con la navaja. Esperé el grito. Esperé que me insultara, que se apartara, que sangrara con furia.

Marcos no se movió. Ni un milímetro.

Miró su mano. La sangre roja y espesa brotaba de la herida, manchando el control de la consola. Pasaron tres segundos exactos. Entonces, sus cejas se arquearon y su boca se abrió en una mueca de dolor que parecía ensayada frente a un espejo.

—¡Ay! ¡Mierda, Leo! Ten cuidado, me has cortado —dijo, pero sus ojos estaban muertos. Fríos como el mármol. No había rastro de shock, ni dilatación de pupilas. Solo... una simulación de dolor.

—Perdón, déjame ayudarte —dije, tratando de que no me temblaran las manos.

Mientras buscaba un trapo, lo vi por el reflejo del televisor apagado. En cuanto le di la espalda, la expresión de dolor de Marcos desapareció instantáneamente. Se quedó con la cara completamente plana, mirando mi nuca. Sus labios se movieron sin emitir sonido, como si estuviera procesando datos.

Entonces, el teléfono de la casa de Marcos sonó. No era un tono normal. Era una secuencia de pulsos eléctricos que me hicieron doler los dientes.

Marcos se levantó. No usó las manos para impulsarse; sus piernas se estiraron con una fuerza mecánica antinatural.

—Es el Huésped —susurró Marcos, y esta vez no era su voz. Era una frecuencia metálica que parecía salir de sus pulmones, no de sus cuerdas vocales—. Dice que ya sabes demasiado, Leo.

Corrí hacia la puerta agitado percatandome de que Marcos no me perseguía cerré la puerta de la casa con un golpe seco y seguí corriendo. Mis pulmones ardían con el aire frío de enero, pero el miedo era un motor más potente que el oxígeno.

Al llegar a la acera, me frené en seco. El mundo se había detenido.Ya no había simulación. No había vecinos regando el césped ni coches circulando. Todos los habitantes de la calle estaban allí, de pie en medio del asfalto, con los brazos caídos y la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Eran cientos de "cáscaras" en un trance profundo, sintonizando algo que yo no podía oír.

—¡Muévete, idiota! —un susurro sibilante salió de entre dos arbustos.

Antes de que pudiera reaccionar, una mano enguantada me agarró del abrigo y me arrastró hacia el callejón. Era una chica de unos veinte años, con ojeras profundas y una radio de onda corta colgada al cuello.

—No los mires a los ojos —me advirtió, su voz temblaba pero sus movimientos eran ágiles—. Están en "modo descarga". El Huésped está actualizando sus protocolos de proximidad. Si te detectan como una anomalía biológica, la señal de caza se activará.

—Marcos... él sabía mi nombre —balbuceé, todavía en shock—. Sabía cosas de mi infancia.

—El virus no borra sus archivos, Leo. Los usa como carnada — por cierto me llamo Sara— Sara sacó un mapa de la ciudad. —Tenemos que llegar a la estación de radio W-VXS. Es la única que emite en analógico puro. Si logramos sobrecargar la frecuencia con un ruido blanco de alta intensidad, tal vez podamos "reiniciar" sus cerebros o, al menos, aturdirlos lo suficiente para escapar de la ciudad.

Caminamos por las sombras, evitando las avenidas principales. Era como cruzar un museo de cera viviente. Pasamos junto al oficial de policía del barrio; estaba parado junto a su patrulla, con la boca abierta y una mosca caminando sobre su globo ocular. No parpadeó. No sintió nada.

—Están esperando la Gran Señal —susurró Sara mientras saltábamos una valla—. El Huésped principal no quiere que solo seamos zombis. Quiere que seamos una extensión de él. Una red neuronal de carne.

Llegamos a la base de la torre de radio a las 11:00 PM. El silencio en la ciudad era tan pesado que podía oír el zumbido de los cables de alta tensión sobre nuestras cabezas. Parecía que el mundo entero estaba conteniendo el aliento.

Subimos a la cabina de control. Sara conectó los cables con manos expertas.

—En tres, dos, uno... ¡Ahora!

Sara bajó la palanca principal. El monitor de frecuencia saltó, emitiendo una onda de choque sonora que debería haber hecho colapsar a cualquier infectado en un radio de cinco kilómetros.

El estruendo del ruido blanco en la cabina era ensordecedor. Sara apretó los dientes, manteniendo la palanca abajo mientras los indicadores de aguja golpeaban el color rojo en el panel.

—¡Debería estar funcionando! —gritó ella sobre el caos estático—. ¡Esa frecuencia interfiere con el sistema nervioso central! ¡Deberían estar cayendo como moscas!

Me asomé por el ventanal de la torre de control, con el corazón en la garganta. Abajo, en la plaza principal de la ciudad, cientos de esas "cáscaras" estaban bajo la luz de las farolas. Esperaba verlos retorcerse, agarrarse la cabeza o despertar del trance.

Pero no se movieron.

De hecho, ocurrió algo peor. Al unísono, las cientos de personas que estaban en la plaza levantaron la cabeza hacia la torre de radio. No estaban aturdidos. Estaban escuchando. Sus movimientos ya no eran mecánicos ni torpes; se movían con una elegancia depredadora, sincronizada.

—Sara... apágalo. ¡Apágalo ahora! —supliqué, retrocediendo del vidrio.

—¿Por qué? ¡Aún no hemos llegado al pico de la onda!

—¡No los estamos reiniciando! —grité, señalando hacia abajo—. Los estamos llamando.

En ese momento, el monitor de frecuencia, que debería mostrar una línea errática de ruido blanco, se estabilizó de golpe. La forma de la onda cambió. Ya no era estática; era un patrón rítmico, casi como un latido de corazón digital. Una voz, compuesta por miles de fragmentos de voces humanas grabadas y pegadas, salió por los altavoces de la cabina.

"Gracias por la amplificación, Leo. Gracias por el alcance, Sara."

El virus no dependía de la radio para sobrevivir; la radio era solo un megáfono. Habíamos ayudado al Huésped a enviar una señal de "Caza Global" a través de toda la región utilizando la infraestructura que nosotros mismos reparamos.

Un golpe seco retumbó en la puerta de metal de la cabina. Luego otro. Y otro. No eran golpes de zombies rabiosos; eran golpes rítmicos, constantes, como si alguien estuviera probando la resistencia del acero.

—Están aquí —susurró Sara, dejando caer la palanca. Su radio de onda corta empezó a emitir una risa infantil grabada que se repetía sin fin.

Nos escondimos bajo la consola central, en el pequeño espacio oscuro entre cables y servidores calientes. El silencio volvió a la torre, un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el sonido de la puerta cediendo lentamente.Afuera, en el pasillo, escuche la voz de mi madre Dulce, cariñosa, exactamente como la recordaba antes del 1 de enero.

—Leo, cariño... no te escondas más. El Huésped dice que ya no necesitas estar solo. Tenemos una actualización para ti.

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