Por Favor, Vuelve
No entiendo cómo demonios una casa de tamaño normal puede agigantarse bajo mi mirada, tan solo por el pánico que estar estacionada aquí me provoca.
Vamos, Liv, es tu familia… No van a devorarte por visitarlos.
Una risa seca me trepa la garganta ante mi propio pensamiento. Dejo caer la cabeza hacia adelante, sobre el volante.
Quizá podría creerme eso. Si no fuera por el pequeño detalle de que es la primera vez que los visito en ocho años, podría salir del puto auto y tocar la puerta.
Una risita amarga se me escapa.
¿En qué momento pensé que regresar sería una buena idea? De ninguna manera esta mierda puede terminar bien.
Giro la cabeza para echar un nuevo vistazo a la casa en la que crecí, como si verla una vez más pudiera cambiar algo.
Jamás pensé que volver sería incluso más difícil que marcharme.
Mi mano viaja hacia la manija de la puerta y se cierra allí. Aplico tanta fuerza al agarre que mis nudillos se vuelven pálidos.
Necesitas salir, Liv.
No me doy cuenta del momento en que he cerrado los ojos y el clic de la puerta abriéndose me obliga a separar los párpados.
El frío característico del pueblo me golpea el rostro nada más poner un pie fuera de mi auto.
Las puntas de mis dedos hormiguean y la piel bajo el abrigo me pica. Cada paso que doy en dirección al porche flaquea, y soy capaz de ver mi propio aliento entrecortado frente a mis ojos.
La casa parece alejarse con cada paso tembloroso que trata de acercarme a ella.
Me cuesta moverme, es como si tuviera que pedirle permiso a mi cuerpo para hacerlo. Como si no tuviera control sobre mí misma.
En un instante, mi visión se nubla y mis mejillas arden. Me paralizo, confusa, dándome cuenta de que estoy llorando.
A tres escalones y cinco pasos de la puerta principal, el cuerpo entero se me sacude. Ni siquiera sé si es por el frío, o sencillamente que no tengo fuerzas.
A pesar de la debilidad repentina que me azota, sigo caminando. Subo las escaleras, los escalones crujen bajo mi peso y la madera del porche igual.
Me planto frente a la entrada, toda yo quiere salir corriendo.
Levanto la mano y me preparo para llamar.
—¿Olive?
Esa voz…
El temblor y el color abandonan mi cuerpo. No consigo moverme aunque una parte de mí quiere con todas sus fuerzas salir disparada a ese punto tras mi espalda, de donde provino la voz. La otra sabe perfectamente que aquello no es sensato.
Me giro lentamente, recuperando poco a poco el control. Barro la tierra húmeda hasta detener mis ojos expectantes en el par de botas pesadas.
Recorro el pantalón oscuro, las manos ocultas en los bolsillos, la sudadera roja, los hombros tensos y, por último, su rostro. Ha cambiado tanto, y al mismo tiempo sigue siendo el mismo.
El estómago se me aprieta, como si en cualquier momento algo me fuera a golpear el abdomen.
—Mason —mi voz es un hilo, dudo que desde su lugar haya podido oírme pero no me importa. Sus ojos atlánticos atrapan los míos, llenos de decepción. Mi espalda golpea la puerta de pronto; no puedo sostenerme en pie.
Los bordes de mi visión se deshacen lentamente. Él corre en mi dirección, sin embargo, se mueve muy lento. Y siendo incapaz de mantenerme despierta, junto mis párpados, dejándome arrastrar por la oscuridad.
La luz me encandila la vista en cuanto abro los ojos de golpe, me llevo la mano a la cabeza; punza.
Me tomo un momento para acostumbrarme a la iluminación y me incorporo sobre la superficie mullida en la que me encuentro.
—¿Qué…? —intento preguntar, recorriendo el lugar con los ojos entornados. Sin embargo, no tengo la necesidad de terminar la pregunta; reconozco perfectamente este lugar.
Miro las paredes rosas, chillonas, como si fuera la primera vez aunque no lo es. La cómoda junto a la entrada, imagino que todavía está llena. El clóset en la pared frente a la cama. El ventanal con las cortinas cerradas que no impiden para nada que se cuele la luz del sol…
Es justo como lo recuerdo.
Me dejo caer sobre la ridícula montaña de peluches de felpa a mis espaldas, permitiendo que el letargo me envuelva un poco más.
Debo aprovecharlo antes de tener que enfrentarme a mi madre, a Rowan…, a Mason.
Repaso la habitación con los ojos por segunda vez, casi deseando que algo, por más mínimo, haya cambiado. No tengo éxito, lo único en estas cuatro paredes que ha cambiado un montón, soy yo.
Suspiro con desgana, resignándome, preparándome en total silencio para dar la cara al ruido. Me siento al borde de la cama, observo mis pies y hago uso de cada segundo para posponer el momento un minuto más.
Tienes que hablar con ellos, tienes que pedir perdón.
Una sonrisita triste, que no me llega a los ojos, se dibuja en mi cara. Él me trajo aquí arriba, se preocupó por mí incluso después de ocho años de silencio… ¿Me odiará? Quizá no, pero tal vez no le agrade volver a tenerme cerca.
Me digo a mí misma, mientras me dirijo a la puerta, que debo darle las gracias, ofrecerle unas disculpas y mantenerme al margen de su existencia porque así es mejor para los dos.
Dos… dos no suena bien.
Así es mejor para él y para mí.
Giro el pomo de la puerta, siendo deliberadamente lenta al abrirla.
Rowan también debe de estar furioso. Solo imagínate ver a tu mejor amigo entrar a casa con tu hermana menor en brazos, desmayada como la debilucha que es, después de que un día tomó la acojonante decisión de largarse al otro lado del maldito país. Después de que te trató como lo peor que habría nunca en su vida. No sé tú, pero yo no se lo perdonaría. La cuestión es que me ha tocado ser a mí la ingrata, la que pide perdón. Y, joder, necesito que lo acepte.
Salgo al pasillo. Me encuentro con las paredes, en las que antes colgaban fotografías familiares, vacías. Este lugar se siente tan frío como el bosque que rodea la casa. A medida que avanzo, dejando atrás las puertas cerradas de las habitaciones, percibo que el frío viene de ellas. Parece que se cuela por las hendijas.
Llego al primer escalón y miro abajo, espero oír las risas, las bromas, las quejas… pero solo hay silencio. Sepulcral. Es en ese momento, cuando empiezo a descender, dubitativa, que me doy cuenta de todo el daño que he causado.
¿Ella será capaz de sostenerme la mirada? Yo no creo poder.
Sus ojos verdes vienen a mi mente y, junto con ellos, una oleada de recuerdos eufóricos me golpea. Mi vista se nubla otra vez debido a las lágrimas que mis propias emociones desencadenan.
Mi mano palpa la pared junto a mí y no me detengo. No hasta que, antes de dejarme ver incluso, oigo unos murmullos en el estar.
—¿Cómo se lo vamos a decir, Evelyn? —su voz baja me envía corrientazos por todo el cuerpo, no por lo que odiaría admitir luego, es aquello que dice lo que me estremece.
¿Decirme qué?
Mi mente vuela de inmediato. En cualquier otro momento habría irrumpido en la sala para soltar alguna estúpidez sin sentido, pero su tono es demasiado serio como para siquiera mover el culo del lugar.
—No lo sé, Mae —la voz de mi madre suena más vieja, cansada… Mis mejillas vuelven a arder por el recorrido que hacen mis lágrimas desde mis ojos hasta mi mandíbula—. Dices que se desmayó de solo verte, no sé qué sucederá si se entera de lo de… —la frase se le quiebra a la mitad.
Y escucho ese característico gruñido bajo trepando la garganta de Mason, esos que solo soltaba cuando no encontraba una solución para los problemas.
Quizá es ese detalle el que me empuja a plantarme bajo el umbral del estar, apoyada del marco porque de algún modo mi equilibrio y fuerza me han abandonado.
—¿De qué hablan? —escupo.
Ambos están sentados mirando hacia la chimenea, dándome la espalda hasta que se giran para verme como si no pudieran creer que estoy ahí.
No recibo una respuesta.
—¿De qué hablan? —pregunto de nuevo, más brusca. Mis ojos se clavan en los de mi madre, que están llenos de una profunda tristeza.
Al instante me arrepiento de mi tono, que es más irreverente de lo que ella merece; es decir, ninguno. Sin embargo, el que no se expliquen me desespera.
—¡¿De qué demonios hablan?! —chillo entonces, mi cuerpo se dobla hacia adelante por un mareo repentino. Percibo el intento de Mason de acercarse, pero lo detengo en el acto levantando una mano.
—Dime ya mismo, Mason, de qué mierda están hablando —exigo entrecortado, apretando tan fuerte el marco que mis uñas se clavan en la madera.
Silencio.
Detesto hacer esto. Odio que me obliguen a convertirme en mi peor puta versión y no respondan. Necesito saber qué carajos pasa con Rowan, y necesito saberlo ya.
Pero él no dice nada. Mi madre no dice nada. Solo me miran, ambos, con lástima, como sí supieran que justo esto es lo que pasaría.
El pecho me aprieta; hay algo en esta ausencia de respuestas que no me gusta. No es solo que no digan nada. No son solo sus actitudes preventivas. Es que puedo sentir el peso de algo que aborrezco flotando en el aire.
—Mason —insisto.
Sé que estoy siendo una maldita. Que la estoy cagando antes de arreglar el daño previo. Me estoy ganando el destierro de esta casa, ¿por qué sencillamente no me dicen qué pasa?
Lo miro a los ojos, tratando de hallar la respuesta. Y al igual que siempre, no puedo leerlo; ese azul es indescifrable.
Giro sobre mis talones abruptamente y me dirijo a la salida con la prisa guiando mis pasos, con la rabia bombeando desde el corazón.
Estiro la mano para agarrar la perilla pero una mano ajena me sujeta el brazo.
—¡Suéltame! —grito, fuera de mí.
No aprieta, pero me es imposible zafarme. Entonces lanzo mis puños en cualquier dirección con los ojos apretados de la ira, todos impactan contra su cuerpo pero no me suelta.
—Olive —me llama, muy bajito—. Olive.
No le hago ni caso, sigo sacudiéndome cuanto puedo mientras él me apresa contra su pecho.
Ambos terminamos en el piso.
—No está aquí —murmura junto a mi oído, mi cuerpo hecho un manojo de temblores bajo su fuerza.
No alcanzo a comprender del todo sus palabras, y él parece darse cuenta porque añade: —Rowan desapareció.








