War Of Arcane Throne: El Precio Del Duelo por WMS en Inkitt
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War of Arcane Throne: El Precio del Duelo

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Sinopsis

Un joven espadachín es contratado por un noble para que le represente en un duelo de honor. Sin embargo el pago por este combate no será como otros y más que solucionar su vida abrirá un camino a una más peligrosa y desafiante.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
WMS
Estado:
Completado
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El Beso del Amante

El sol se filtraba a través de las cortinas de seda carmesí, dibujando rayos dorados sobre el suelo de mármol. La habitación olía a vino, a rosas y a algo más... a cuerpo sudado, a placer compartido. Botellas vacías yacían esparcidas por el suelo junto a prendas arrugadas: un corsé de encaje, una capa de terciopelo, una camisa de seda desgarrada.

Valerius d'Pharion abrió los ojos lentamente. El techo de su dormitorio estaba decorado con frescos que representaban batallas de antiguos héroes, y por un momento se quedó mirando la figura de un guerrero que alzaba una espada hacia el cielo. Luego giró la cabeza.

Tres cuerpos femeninos yacían desnudos a su lado, enredados entre las sábanas de lino blanco. Reconoció a la hija del mercader Emeric, su cabello castaño extendido sobre la almohada como una cascada de seda. A su lado, la noble de una pequeña casa de Valdrisburgo, de tez pálida y labios carnosos. Y al final, una de las sirvientas que había servido vinos y manjares durante el banquete.

Todas dormían profundamente, los rostros relajados por la fatiga.

Valerius se incorporó con la gracia de un felino. Su torso desnudo era delgado pero musculoso, esculpido por años de entrenamiento y combate. En su piel no había cicatrices: un logro para cualquiera que se ganara la vida con los duelos de honor.

Sus dedos rozaron el borde de una botella medio vacía. La levantó, sintiendo el vidrio frío contra la palma, y bebió un largo trago. El vino era dulce y picante, con regusto a frutos rojos y especias. Caro, por supuesto.

Se levantó con cuidado, sin despertar a las mujeres, y caminó descalzo hacia los enormes ventanales. Apartó una cortina y observó el paisaje: casas de piedra y mortero, techos de tejas, ventanas adornadas con enredaderas. Una belleza simple. Él deseaba otra, no tan simple.

Recordó el banquete de la noche anterior. La pequeña corte del rey era conocida por sus excesos, y él había sido invitado como de costumbre. Tal vez porque su apellido caído en desgracia le hacía gracia al rey, tal vez para comprar su espada si alguien se pasaba de la raya.

A Valerius no le importaban ni la reputación de su difunto padre ni las intrigas de aquel nido de ratas. Solo le interesaban las miradas de las mujeres que lo seguían a todas partes, sus dedos rozando su brazo, susurrándole cumplidos.

La hija del mercader había sido la más insistente. «Dicen que eres el mejor espadachín de la cohorte —le había dicho, inclinándose para que su escote dejara poco a la imaginación—. ¿Es verdad que nunca has perdido un duelo?». La noble, más sutil pero no menos directa, había dejado caer su abanico justo cuando él pasaba, y al recogerlo sus dedos se habían enredado con los suyos. Y la sirvienta... esa había sido la más audaz, esperándolo en los pasillos oscuros del palacio después de la medianoche.

Todo aquello le hacía sentir vivo, le daba sentido a una vida que de otro modo sería lúgubre. Se lo agradecía cada día a la tumba de su padre, un borracho que nunca tuvo lo que se debía tener.

Valerius sonrió, bebiendo otro trago. Pero él no era su padre. Su nombre era conocido en toda Valdrisburgo y su esgrima, temida. Las mujeres llegaban a él con la misma facilidad que los desafíos. Todo tenía un precio, y él no era barato.

Dejó la botella sobre una mesa de caoba tallada y se puso unos pantalones de cuero ceñido. Cuando estuvo vestido, acarició el pomo de su espada. Sintió el frío del metal y sonrió con orgullo. El oro, las mujeres y el vino corrían como agua de un manantial, pero no eran suficientes. Quería más. Quería que su nombre resonara en la capital, que los poderosos del 11vo supieran quién era Valerius d'Pharion. ¿A cuántos más debía desangrar sobre las losas de mármol de aquel nido de ratas?

La puerta se abrió de repente. El sonido de las bisagras mal engrasadas rompió el silencio, y una mujer entró con la gracia de una bailarina.

—Valeria... —dijo él, y su voz se suavizó.

Era su hermana. Menor que él por apenas dos años, pero con una presencia que eclipsaba cualquier habitación. Su cabello, del mismo negro que el de Valerius, caía en ondas sueltas sobre sus hombros desnudos. Vestía una túnica de seda azul claro que apenas cubría sus curvas, y sus pies descalzos apenas hacían ruido al pisar el mármol.

Valeria se acercó con movimientos lentos y deliberados, como una pantera que ha localizado a su presa. Sus dedos rozaron el pecho desnudo de Valerius, trazando un camino invisible desde su clavícula hasta el centro de su torso.

—Anoche no me dejaste dormir —dijo, y su voz era un susurro acusador—. Entre el ruido y la envidia, destruiste mi hora de sueño. Tendrás que compensarme luego por esta... transgresión.

Valerius rio, una risa baja y cálida.

—Val..., me has tenido para ti toda la vida —dijo, y sus dedos encontraron los de ella, enredándose—. ¿Tan malo es que tu hermanito se divierta un poco?

Valeria inclinó la cabeza, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.

—Dime, hermano —susurró, y su mano descendió lentamente por su torso—. ¿Te gusta que otros toquen tu espada?

Valerius miró el estoque que descansaba en su cinturón. La guarda de oro y joyas, una obra de arte que había costado una pequeña fortuna, destelló por un breve instante.

—En vida nadie podría tocarla —respondió, y su voz era un gruñido de posesión.

—Es lo mismo —dijo Valeria, y su mano se deslizó por encima del pantalón de cuero, encontrando su entrepierna con una familiaridad que solo una amante experimentada podría tener. Apretó con suavidad, y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios mientras susurraba contra su oído—. Es exactamente lo mismo.

Valerius se quedó rígido, atrapado por el gesto audaz. El calor de su mano se filtraba a través del cuero, y él sintió cómo su cuerpo respondía al contacto, incluso mientras su mente intentaba procesar lo que estaba pasando.

Ella se separó de él con la misma lentitud con que se había acercado.

—Alguien ha venido a verte. Uno de los viejos de la cohorte de nuestro «amado» rey.

—¿Quién?

Valeria se detuvo en el umbral de la puerta y lo miró por encima del hombro. Su sonrisa era pura promesa.

—Lord Sebastian Voss. Dice que necesita hablar contigo urgentemente. Está muy nervioso, solo entendí de sus parloteos algo de un duelo, una doncella y un duque palatino. Suena como un trabajo para ti, hermanito. Mamá estaría tan orgullosa...

Dijo con sarcasmo mientras salía, dejando la puerta entreabierta.

Valerius se quedó inmóvil, sintiendo aún el calor de la mano de su hermana, sus dedos recorriendo su pecho, sus palabras vibrando en sus oídos.

«Es exactamente lo mismo.»

Sacudió la cabeza y se puso una camisa de seda negra, de cuello abierto, y unas botas de cuero fino hasta la rodilla. Salió de la habitación no sin antes dedicar una larga mirada a las muchachas que dormitaban en su cama.

Descender por la escalera de la vieja casa d'Pharion era como caminar por un museo. Las paredes estaban cubiertas de cuadros de antepasados que lo miraban con ojos severos: hombres y mujeres de rostros pálidos vestidos con ropajes de épocas pasadas, algunos con espadas, otros con libros. En los nichos, floreros de porcelana oscura sostenían rosas negras y violetas. El aroma a incienso y a rosas viejas flotaba en el aire, mezclado con el polvo de los años.

En la sala de espera, un hombre se levantó al oír sus pasos. Era de mediana edad, de barba recortada y canosa, y vestía ropas que debieron ser caras hacía una década. Su rostro estaba pálido y su frente perlada de sudor, y sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su capa.

—Señor d'Pharion —dijo, y su voz denotaba esperanza.

A su lado, en una silla de respaldo alto, Valeria servía al visitante una copa de vino.

Valerius descendió los últimos escalones y se detuvo frente al hombre nervioso.

—Lord Sebastian Voss, supongo —dijo con cortesía distante—. Disculpe la demora. ¿En qué puedo servirle?

Lord Voss tragó saliva y le estrechó la mano con una fuerza que desmentía su apariencia temblorosa.

—Es usted la viva imagen del oficio de su familia —dijo, casi reverente—. He visto crecer su leyenda, señor d'Pharion. Si sigue honrando el oficio de sus antepasados, hará brillar el apellido d'Pharion como en los viejos tiempos. Su padre...

—Mi padre es un tema del que prefiero no hablar, mi lord —lo interrumpió Valerius, la voz cortante—. Si está aquí, supongo que no es para recordarme glorias pasadas. Le han retado a un duelo de honor. ¿Verdad?

Lord Voss abrió la boca, pero las palabras se atascaron. Fue Valeria quien habló:

—Lord Voss anoche cometió una pequeña transgresión —dijo con énfasis en «pequeña»—. Durante la fiesta, mientras tú estabas... socializando, él se vio envuelto en un escándalo con un enviado de la capital.

Lord Voss palideció aún más. Se dejó caer en una de las sillas de caoba y bebió un largo trago de vino.

—Siéntese, por favor —dijo, indicando la silla frente a él—. Esto requiere algo de explicación.

Valerius tomó asiento con la gracia de un predador, cruzó una pierna sobre la otra y apoyó los brazos en los reposabrazos.

—Estoy escuchando, mi lord. Tiene toda mi atención.

Lord Voss bebió otro trago antes de comenzar.

—Anoche, durante el banquete, cometí un error. Vi a una joven entre la multitud y, creyendo que no era más que una sirvienta, hice un comentario inapropiado. Una broma, solo una broma, señor d'Pharion. Pero la joven resultó ser la hija del duque palatino Aldrec.

Valeria levantó una ceja con una sonrisa fría.

—¿Solo un comentario, lord?

Voss palideció al recordar cómo había tocado descaradamente a la chica en medio de la fiesta.

—Ya veo —dijo Valerius—. Ahora el duque exige satisfacción por su exceso de entusiasmo. ¿Verdad?

—Exige un duelo —confirmó lord Voss, la voz apenas un susurro—. Su campeón es un hombre llamado Drakan. Le llaman «El Carnicero de Asbrel». He oído que nunca ha perdido un combate. Que ha matado a más de veinte duelistas en el último año.

—Sí, he escuchado de ese sinvergüenza. Tengo entendido que tiene un estilo muy callejero.

Lord Voss dejó la copa y se inclinó hacia adelante, los ojos brillando con desesperación y esperanza.

—Usted es uno de los mejores duelistas de la corte, señor d'Pharion. Si alguien puede vencer a Drakan, es usted.

Valerius se reclinó en su silla con la mirada de un estafador profesional.

—He de informarle que el duque Aldrec ya ha honrado esta casa con algunos regalos en el pasado —dijo, y su mentira hizo dudar a Valeria—. Si intercedo por usted, podría perder el favor de una figura tan augusta. No es un riesgo que tome a la ligera, mi lord.

Lord Voss tragó saliva. Sus dedos temblorosos extrajeron del interior de su capa una daga envainada en cuero oscuro. La empuñadura era de plata, con incrustaciones de piedras negras que brillaban incluso en la penumbra.

—Esta es una reliquia de mi familia —dijo—. Podría haberla tenido yo, pero elegí el camino del mercader. Nunca tuve lo que se debía tener para ser un hombre violento.

Valerius resopló con una sonrisa desdeñosa.

—Es solo una daga de parada, mi lord. Tengo decenas de esas en mi ático.

Sebastián sonrió, y por primera vez algo de confianza brilló en sus ojos. Deslizó la funda con cuidado.

Una niebla púrpura comenzó a descender de la hoja, retorciéndose como serpientes de humo. La luz de la sala se atenuó, como si la hoja misma absorbiera la claridad.

—Estoy seguro de que ninguna como esta.

Valeria se inclinó hacia adelante en su silla, los ojos grises fijos en la hoja púrpura.

—Arcanita —susurró—. Es un arma de Arcanita.

Lord Voss asintió lentamente.

—Su nombre es «Beso del Amante» —dijo con voz reverente—. Perteneció a un gran amigo de mi abuelo. Un gran duelista que se labró un camino en la senda del 11vo. De pequeño soñaba ser como él, pero temprano descubrí que aquella no era mi vocación.

Sus ojos se encontraron con los de Valerius, y el miedo en su rostro fue reemplazado por una certeza profunda.

—Pero alguien como usted... alguien como usted podría hacerlo. Imagínelo, señor d'Pharion. La gloria. El poder. La fama. Con un arma así, con su talento, su nombre resonaría en los salones de la capital. La corte del Amante le aceptaría gustoso.

Valeria se levantó con la gracia de una felina y se acercó a su hermano, las uñas aferrándose a su hombro.

—Es algo sumamente arriesgado. Pero también podríamos venderla por una enorme suma. He escuchado que son escasas y poderosas; hay quienes pagarían una fortuna por tener una. Podríamos evolucionar a otra vida con una suma así.

Valerius la miró, y el orgullo y la ambición lucharon en su pecho como dos bestias enjauladas.

Lord Voss observó el intercambio con una sonrisa temblorosa. Sabía que Valerius mordería el anzuelo.

—La daga es suya —dijo colocando la vaina de nuevo—. Si acepta representarme en el duelo.

Valerius tomó la daga y la sostuvo frente a él. Se sentía pesada, más que cualquier daga de parada que hubiera usado, pero conocía el potencial que encerraba. Este podía ser un nuevo comienzo, la llave para librarse de aquella patética vida y del estigma de su apellido.

—Todo tiene un precio, lord Voss. Puede dormir tranquilo ahora. Mi espada le pertenece.

Sonrió. La sonrisa de un hombre que sabe que ha hecho un buen trato y que solo debe cumplir su parte, y esa para él era la mejor parte.

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