Zeykron: Entre Luz Y Oscuridad. por Irvin_Strailgh en Inkitt
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ZEYKRON: ENTRE LUZ Y OSCURIDAD.

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Sinopsis

Tras una década de constante lucha, tres hermanos herederos de una poderosa fuerza elemental deberán abrirse paso a través de un mundo sofocado por la tiranía del Imperio Anyel. Con su hogar en ruinas y la justicia aplastada, su única esperanza reside en reunir a los legendarios guerreros Zeykron para encender la chispa de una gran rebelión. Sin embargo, a medida que los sobrevivientes responden al llamado y las fronteras se vuelven inestables, una amenaza milenaria comienza a despertar en las sombras. En un conflicto donde la luz no siempre representa el bien y la oscuridad resguarda el deseo de libertad, los últimos defensores marcharán hacia el occidente para librar una batalla decisiva por el destino de su mundo

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Irvin_Strailgh
Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO I: TRES HEMANOS

La noche agonizaba en los confines del norte. Ocultos bajo los pliegues de túnicas grises, viejas y provistas de capuchas para esconder sus rostros, Asumi, Dry y Sareth ultimaban los preparativos para abandonar las ruinas que alguna vez fueron la próspera ciudad donde crecieron. Ante ellos se abría un antiguo sendero de piedra devorado por la maleza; a sus espaldas, solo quedaba un páramo de rocas, madera carcomida y los montículos de tierra de aquellos que alguna vez habitaron Yelid Abyret.

—Al fin pudimos terminar —susurró Asumi, contemplando los túmulos con una voz dulce, pero impregnada de una profunda tristeza.

—Así es. Después de diez años, al fin logramos darles un entierro digno a nuestros amigos —respondió Sareth con la firmeza que lo caracterizaba.

Ambos guardaron un silencio respetuoso frente a las cinco sepulturas improvisadas. Allí descansaban los miembros de la orden Zeykron que no sobrevivieron a la fatídica batalla que provocó la caída de Aramy. Cada túmulo tenía una espada clavada que en el pasado le perteneció a los que yacían ahí, bajo un manto de rocas colocadas a mano que recubría las sepulturas.

Asumi vio aquellas tumbas con una mirada de tristeza y remordimiento, mientras Dry apretaba sus puños y en su mente pensaba: <>.

De repente Sareth colocó la última piedra sobre uno de los túmulos y sacudió sus manos.

—Tardamos más de lo esperado —mencionó Sareth con seriedad.

—Hubiésemos terminado mucho antes si no fuera por esos malditos anyelar que no han dejado de patrullar la zona durante todo este tiempo —masculló Dry, con un marcado tono de indignación en la voz.

—Aún me cuesta creer que hayan vigilado estas ruinas durante casi una década —admitió Asumi, abrazándose a sí misma.

—Nos siguen buscando —sentenció Sareth, ajustándose la túnica—. No permitirán que ninguna amenaza latente contra su poder quede libre en este mundo.

—Entonces no sigamos tentando a la suerte. Hemos tenido la fortuna de que ningún anyel se acercara estos días, pero es hora de movernos —intervino Dry mientras recogía su vieja y desgastada bolsa de viaje. Asumi y Sareth imitaron su gesto de inmediato.

Los tres hermanos se encaminaron hacia el viejo sendero orientado al suroeste. De los tres, solo Asumi se detuvo un instante para lanzar una última mirada hacia atrás, con el corazón encogido por el pesar.

—Descansen en paz, hermanos y hermanas de Zeykron —murmuró en un soplido, dedicando la plegaria a las tumbas de sus antiguos camaradas antes de apresurar el paso para alcanzar a los otros dos.

Los tres hermanos comenzaron su viaje hacia el suroeste, con el sol despuntando a sus espaldas en el horizonte. Siguieron la orilla del enorme lago llamado Volt Iraj, u Ojo del Sur, traducido a idioma común. Uno de los dos lagos interconectados que eran llamados en conjunto, Los Ojos de la Madre, Volten Ider.

Caminaron a través del viejo Camino Carmesí, un sendero ya olvidado por muchos, y contemplaron los extensos campos donde en el pasado se sembraba y recolectaba trigo, maíz del sur, papas y una gran variedad de alimentos, tanto nativos como extranjeros, que se adaptaban al clima.

—Aún recuerdo estos campos a rebosar de grandes plantaciones… y a la gente trabajando con alegría y júbilo —comentó Asumi, deteniéndose a mirar aquella vasta planicie al sur de Yelid Abyret.

Aquel sitio solía recibir el nombre de los Campos Dorados, debido al color resplandeciente que el trigo y el maíz daban a la tierra cuando estaban listos para la siega.

—Ahora no queda nada. Ya no hay nadie que trabaje estas tierras —mencionó Dry, con una ira contenida al recordar aquellos gloriosos y pacíficos ayeres.

Sareth contempló la escena en silencio. Observó cómo los primeros rayos del amanecer acariciaban la hierba alta y seca, haciéndola brillar como si fuera oro bajo la luz matutina.

—Vamos —dijo Sareth, dando una palmada suave en la espalda de su hermana—. Debemos seguir.

Tras un tramo de caminata silenciosa, el peso del paisaje comenzó a disiparse entre los árboles.

—Y bien, ¿hacia dónde nos dirigimos ahora? —preguntó Sareth, mirando de reojo a Dry.

—Vayamos al suroeste, al reino de Cross. La reina Alyn Rendblel nos recibirá sin problemas —respondió Dry, manteniendo la vista al frente.

—Oh, ya veo... así que, a Cross, ¿eh? —intervino Asumi, con una sonrisa pícara dispuesta a aligerar la tensión del viaje.

—No empieces, hermana —refunfuñó Dry.

—¡Si yo no he dicho nada! —replicó ella en tono cantarín—. Pero es curioso. Casi nunca nos alejamos del centro y occidente del continente... ¿Quizá este repentino interés se deba a que te mueres por reencontrarte con cierta mujer?

—Lo que pasó entre ella y yo pertenece al pasado. Dejen el tema —sentenció Dry, desviando la mirada para ocultar su incomodidad ante sus hermanos, quienes contenían la risa.

—Lo que tú digas, hermano —secundó Sareth con una sonrisa burlona, cruzando una mirada cómplice con Asumi.

En ese momento, los dos adelantaron el paso. Al rebasar a Dry, Asumi juntó las manos de forma dramática y exclamó impostando la voz:

—¡Oh, mi amada Alyn, he venido a verte! ¡Ha pasado tanto tiempo y te he extrañado cada día!

—¡Asumi! —bramó Dry, visiblemente molesto, emprendiendo una carrera para atraparla.

La joven estalló en carcajadas mientras escapaba colina abajo. Sareth, observando la escena, soltó una risa ligera y negó con la cabeza antes de seguirlos.

—Ah... Tenían que ser mis hermanos —susurró para sí mismo.

Durante cinco días más el viaje continuó sin mayores contratiempos, los hermanos descansaron al aire libre bajo árboles solitarios en medio del camino o entre rocas o montículos de tierra que amortiguaran el viento helado de la noche. Hasta que en la noche del quinto día de viaje llegaron a una pequeña aldea que apenas y subsistía llamada Eltvy. Decididos a tomar un breve descanso, se adentraron en la posada local. El ambiente en el interior era pesado: el aire olía a alcohol barato y sudor, y el lugar estaba abarrotado de mercenarios, ladrones y asesinos de mirada turbia que reñían entre sí; una estampa trágica y común en aquellas tierras desoladas tras la caída de Aramy.

En cuanto los tres cruzaron el umbral con las capuchas caladas, el griterío cesó de golpe. Decenas de ojos hostiles, acostumbrados a la violencia y a la desconfianza, se clavaron en ellos como dagas. Sin inmutarse por la súbita tensión que congeló el aire, los hermanos avanzaron a paso firme, buscando una mesa apartada en el rincón más oscuro y profundo del local. No pasó mucho tiempo antes de que el tabernero —un hombre corpulento, calvo y de barba descuidada, cuyos brazos musculosos contrastaban con una pronunciada barriga —se plantara frente a ellos con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Deben de ser extranjeros —soltó el hombre con una voz ronca que arrastraba el cansancio de los años—. ¿O es que nadie les advirtió que por aquí no nos agrada la gente que esconde el rostro?

—Solo beberemos algo para mitigar el frío del camino y nos iremos de inmediato. El dinero no es un problema —respondió Sareth, manteniendo una calma gélida que resonó con autoridad.

Sin embargo, al intentar sostenerle la mirada, el tabernero captó el fulgor místico y característico que emanaba de las pupilas del guerrero bajo la sombra de la capucha. El color abandonó sus mejillas al instante y dio un respingo torpe hacia atrás.

—Ustedes... ¡Ustedes son voltrox! —tartamudeó, alzando la voz más de la cuenta.

La palabra resonó en las paredes de madera carcomida de la posada como una maldición prohibida. El silencio se volvió sepulcral. En las mesas cercanas, varios de los clientes más precavidos cruzaron miradas de pánico, recogieron sus pertenencias a toda prisa y abandonaron el lugar empujando las puertas batientes.

—Así es, somos voltroxar —repuso Dry, tomando la palabra con tono severo—. Supongo que conoces las viejas historias sobre nosotros, así que facilitemos las cosas: sírvenos dos pintas y una jarra de aguamiel.

—No quiero problemas en mi negocio —suplicó el dueño, bajando la voz mientras sus manos comenzaban a temblar visiblemente—. Por favor... Si se quedan aquí, esto se convertirá en una carnicería. Los anyelar me colgarán en la plaza si se enteran de que les serví o los dejé permanecer bajo mi techo. Tengo un hijo pequeño que mantener, tengan piedad.

Sareth lo escrutó fijamente. Sus ojos escudriñaron el rostro del hombre buscando cualquier señal de traición, pero solo detectó un terror genuino que le hacía castañear los dientes. El guerrero se puso de pie lentamente, imponiendo su imponente estatura sobre el tabernero.

—Bien. Por esta ocasión nos marcharemos —declaró Sareth, elevando la voz lo suficiente para que los mercenarios que aún quedaban en la barra lo escucharan con claridad—. Pero algún día volveremos, tabernero. Asegúrese de estar más preparado para entonces.

Asumi y Dry captaron la intención de su hermano al instante: fingir una amenaza para proteger al hombre de las represalias anyelar. Se levantaron de inmediato y lo acompañaron hacia la salida a paso firme. Una vez en el exterior, bajo el aire gélido de la noche de Eltvy, Asumi rompió el silencio.

—No tenías por qué amenazarlo de esa manera, Sareth. El pobre hombre estaba aterrado.

—Si los anyelar lo interrogan, será más creíble que nos echó del lugar bajo amenaza de muerte que a decir que nos fuimos pacíficamente —explicó Sareth con frialdad analítica—. Tal vez le den una golpiza por dejarnos entrar, pero mantendrá la cabeza sobre los hombros para criar a su hijo.

Asumi esbozó una sonrisa enternecida, conmovida por la oculta nobleza de su hermano.

—Ya veo. Siempre pensando en proteger a los demás.

Sin embargo, la tregua duró poco. Dry fue el primero en detenerse en seco al notar el comité de bienvenida que los aguardaba en mitad de la calle principal. Un grupo de aproximadamente treinta hombres bloqueaba el paso, armados con garrotes, picas y hachas oxidadas. Eran carroñeros locales, la escoria que se hacía llamar mercenarios tras la caída de Aramy y que subsistía a base de asaltar a los débiles.

—¡Miren nada más lo que la fortuna trajo a nuestro humilde pueblo! —exclamó el líder del grupo con una sonrisa codiciosa. Era un sujeto de cabello azabache desarreglado, barba corta y el cuerpo marcado por cicatrices de viejas escaramuzas—. ¡Tres voltrox! Los anyels pagan una fortuna en oro por la cabeza de uno solo... Imaginen lo que nos darán por las tres.

Dry dio un paso al frente, desprendiendo una calma gélida que contrastaba con la agitación sedienta de sangre de los delincuentes.

—Les daré una sola oportunidad —advirtió, mientras pequeños hilos de energía oscura comenzaban a danzar sutilmente entre sus dedos—. Den media vuelta ahora mismo y conservarán la vida. Si eligen pelear, les aseguro que este pueblo será su tumba.

El líder soltó una carcajada estridente, contagiando a sus hombres.

—No me hagas reír, voltrox. En la guerra de Aramy quedó demostrado que su supuesta magia no es más que un mito para asustar niños. Y, por si no te has dado cuenta... nos superan en número.

Al unísono, los tres hermanos se retiraron las capuchas, revelando sus rostros y la imponente estampa de su linaje real. El murmullo burlón de la turba se ahogó en seco.

—Jefe... —susurró uno de los bandidos en la retaguardia, con el rostro pálido como el de un muerto—. Esos rostros... Esos no son unos voltrox cualquiera. Son los antiguos príncipes de Aramy.

Antes de que el líder pudiera procesar la advertencia, Dry extendió su mano derecha. De sus dedos brotó un relámpago de energía oscura, envuelto en un aura blanca y crepitante, que impactó de lleno en el pecho del cabecilla.

—Yo también he escuchado hablar de ustedes —dijo Dry, mientras sus ojos destellaban con un odio antiguo—. Llevan años asaltando y matando en esta región sin que nadie los detenga. Para mí, no son más que basura. Y la basura debe arder.

El rayo consumió el cuerpo del hombre en una combustión rápida y atroz, dejándolo reducido a cenizas en el suelo antes de que pudiera emitir un segundo grito. Los subordinados retrocedieron en tropel, paralizados por el horror, pero una extraña desesperación los retorcía en el sitio; algo les impedía huir, un miedo superior al que le tenían a la magia del príncipe.

Asumi, aguzando sus sentidos, logró captar el susurro tembloroso de uno de los hombres:

—Solo debemos aguantar... Los anyeles del campamento sur ya vienen en camino...

—Es una emboscada, nos están usando de distracción —advirtió Asumi, tensando los músculos y buscando su arma—. Tenemos que movernos ya, o nos acorralará la guarnición militar completa.

Sareth y Dry se prepararon para abrirse paso a la fuerza, pero antes de que los mercenarios remanentes pudieran abalanzarse, el silbido del viento fue cortado por proyectiles invisibles en la oscuridad. Una ráfaga de flechas emergió de los tejados periféricos con una precisión quirúrgica. Una tras otra, las saetas atravesaron las gargantas de los hombres que bloqueaban la salida del pueblo.

—¿De dónde vienen esos disparos? —preguntó Asumi, cubriéndose por instinto.

—No lo sé, pero quienquiera que sea tiene una velocidad inhumana —añadió Dry, observando cómo la primera línea de enemigos se desplomaba sin entender qué los mataba.

—Nos acaban de abrir una brecha. ¡Andando! —ordenó Sareth.

Los tres hermanos emprendieron la huida a máxima velocidad hacia el suroeste, perdiéndose en la oscuridad del camino y calándose de nuevo las capuchas para protegerse del viento helado. A pesar de la agudeza visual propia de su linaje voltrox, ninguno de los tres logró divisar la silueta de su misterioso benefactor. Dejaron atrás el bullicio de Eltvy, adentrándose una vez más en la seguridad y los secretos de la noche.

Tras horas de una carrera frenética bajo el manto protector de la noche, los hermanos alcanzaron los límites del río Dilt, justo en el tramo donde sus aguas convergían con el imponente lago Volt Iraj. Para su desgracia, el cauce en esa zona se ensanchaba de manera desmesurada y la corriente bajaba desde las montañas con una fuerza engañosa y violenta, agitando la superficie con remolinos que hacían imposible cualquier intento de cruzar a nado.

Mientras Dry evaluaba el terreno con la respiración entrecortada en busca de una ruta alternativa, un eco sordo y rítmico rasgó el aire a la distancia: el galope de cascos pesados contra la tierra húmeda. Entre la espesura de los árboles, los destellos dorados y blancos de las armaduras del Imperio Anyel reflejaron la fría luz nocturna.

—¡Ya están aquí! —alertó Dry, aferrando la empuñadura de su arma mientras sus ojos brillaban con urgencia.

—¿Qué hacemos? Estamos acorralados contra el agua —dijo Sareth, barriendo el horizonte con la mirada y encontrando nulas opciones de escape.

—¿Y si lo intentamos nadando? —sugirió Asumi, con un tono teñido de desesperación.

—No. Aunque la superficie parezca calmada en algunos puntos, la corriente del Dilt te arrastraría al fondo en segundos —replicó Dry con firmeza—. No sobreviviríamos.

—¿Entonces qué? Si nos quedamos a pelear nos superarán por número en cuestión de minutos, y el puente transitable más cercano está a tres días de viaje por el Camino Carmesí —debatió Asumi, observando cómo la vanguardia de la caballería enemiga acortaba distancias.

En ese instante de máxima tensión, cuando el acero de los anyelar ya casi podía escucharse, una luz vacilante apareció sobre el agua. Un pequeño bote de madera, provisto de una antorcha que desafiaba a la brisa, avanzaba con parsimonia por el río. La fortuna parecía sonreírles en el último suspiro.

Los hermanos comenzaron a hacer señas frenéticas desde la orilla y, para su profundo alivio, el barquero desvió el rumbo hacia las rocas justo en el momento en que los primeros jinetes imperiales irrumpían en la llanura.

—¡Gracias por detenerse! —exclamó Sareth, ofreciéndole su mano firme al hombre para ayudar a estabilizar la embarcación.

—No sé quiénes son ustedes, pero es evidente que necesitan salir de esta orilla de inmediato —respondió el tripulante, plantando el remo con destreza para mantener el bote firme contra el oleaje.

—Llévenos a la otra orilla, por favor. Le pagaremos lo que pida —suplicó Asumi, subiendo a bordo de un ágil salto.

—Suban de prisa, no hay tiempo para negociar —apremió el hombre, ojeando los reflejos dorados que se aproximaban.

En cuanto los tres estuvieron a bordo, el barquero apoyó el remo con fuerza en el fondo del lecho del río para impulsar la barca hacia las aguas profundas y traicioneras. Al ver que sus presas se les escapaban de las manos, los soldados anyelar desmontaron a toda prisa a la orilla, descolgaron sus arcos ceremoniales y comenzaron a descargar una cerrada lluvia de flechas sobre el agua.

—¡Cúbranse! ¡En cuanto entremos en la corriente principal y la niebla del lago nos proteja, los perderemos de vista! —gritó el barquero, agachándose instintivamente.

Los hermanos se agazaparon en el fondo de madera de la barca, pero Sareth, justo antes de agachar la cabeza, presenció una escena familiar: desde la densa y oscura vegetación de la orilla que acababan de abandonar, otra ráfaga de flechas anónimas impactó con una puntería letal contra los arqueros del Imperio. Los soldados heridos rompieron filas entre maldiciones, desviando su atención hacia el bosque para buscar al misterioso atacante.

—El arquero del pueblo... Nos ha vuelto a salvar —comentó Sareth, perplejo por la oportuna intervención.

—¿De verdad? —preguntó Asumi, quien se había perdido el intercambio por cubrirse.

—Sí, aunque igual que en Eltvy, fue imposible ver dónde se ocultaba. Su camuflaje con el entorno es perfecto.

—Discutiremos sobre nuestro salvador fantasma cuando tengamos los pies en tierra firme —interrumpió Dry, incorporándose lentamente para encarar al conductor con una mezcla de gratitud y sospecha—. Por ahora, lo que me intriga es esto: ya no quedan ciudades ni asentamientos importantes en esta ruta comercial tras la guerra. ¿Quién eres y qué hace un barquero navegando por las inmediaciones de Volt Iraj a estas horas?

El hombre soltó una risa franca y rústica mientras maniobraba el remo con una destreza envidiable.

—Es natural que sospechen, amigo. Yo también tengo mis dudas sobre mis nocturnos pasajeros —respondió de buena gana—. Empezaré yo para romper el hielo: mi nombre es Cirend. Soy un simple aventurero y comerciante que se gana la vida moviendo mercancías por las zonas centrales del continente. Ahora, si no es mucha molestia, me gustaría saber a quiénes acabo de librar de una ejecución segura.

Los tres hermanos se consultaron con la mirada en un silencioso diálogo interno. Tras un leve asentimiento común, se retiraron las capuchas grises de forma simultánea. Las facciones nobles, el porte real y, sobre todo, el brillo místico e inconfundible en las pupilas de los tres, dejaron a Cirend sin aliento, congelado con el remo entre las manos.

—Mi nombre es Darakmyr —se presentó el príncipe con solemnidad—. Él es mi hermano mayor, Sareth, y ella nuestra hermana menor, Asumi.

—Por los dioses de la madre... —susurró Cirend, estupefacto—. Nunca imaginé que volvería a ver a un voltrox... y mucho menos a tres juntos.

—¿A qué te refieres con “volver a ver”? —inquirió Asumi con presteza, inclinándose hacia adelante con el corazón acelerado por una repentina chispa de esperanza—. ¿Has conocido a otro de los nuestros? ¿Quizá a algún sobreviviente de la orden Zeykron?

—Asumi, calma. No te hagas falsas ilusiones tan rápido —la contuvo Sareth de forma apacible, colocando una mano en su hombro.

—No, no, déjela, mi señor. Está en lo cierto —afirmó Cirend, recobrando el ritmo del remo—. Conocí a un voltrox e incluso viajé con él durante un tramo hasta estas tierras. Nos cruzamos cerca de la ciudad de Asky, al este; me libró de unos saqueadores de caminos y se ofreció de buena gana a escoltarme hasta Dakil. Estuvimos juntos un tiempo hasta que emprendí mi viaje de regreso. No hace más de cinco días que nos separamos.

—¿Andas diciendo que sabes hacia dónde se dirigía? —preguntó Dry, visiblemente interesado, dejando de lado su desconfianza.

—Lo último que supe es que aceptó acompañar a una anciana muy misteriosa, pero de modales extrañamente amables, hacia las profundidades del Bosque Gris. Tenía toda la pinta de ser una vieja bruja del bosque, aunque para ser justos, no parecía albergar malas intenciones.

—¿El Bosque Gris? ¿Con una anciana? —repitió Dry, frunciendo el ceño mientras procesaba la información—. Por casualidad... ¿ese voltrox no te mencionó su nombre?

—Al principio se mostró muy reservado, supongo que por pura seguridad en estos tiempos oscuros —explicó Cirend, manteniendo el rumbo del bote a través de la corriente—. Pero al despedirnos me confesó su nombre: Scard Andirath. En cuanto a la anciana, nunca me dijo cómo se llamaba, pero fue ella quien me obsequió este mismísimo bote para que pudiera moverme con mayor rapidez por el Dilt. Incluso me indicó la ruta exacta y la hora precisa en la que debía pasar por este tramo del río. Cuando quise pagarle por la embarcación, se negó rotundamente y me dijo algo que en su momento me pareció una locura: ”El pago consistirá en que ayudes a otros que lo necesiten en tu trayecto a lo largo del río; sabrás el momento adecuado“. Ahora que lo pienso... sospecho que esa mujer usó algún tipo de magia para prever que me toparía con ustedes.

Al escuchar las palabras del comerciante, la tensión acumulada en los rostros de los tres hermanos se disolvió, transformándose en sendas sonrisas de profundo alivio y nostalgia.

—Parece que, aun después de tantos años, nos sigue cuidando desde las sombras —comentó Asumi con una voz dulce y rebosante de cariño.

—Ella siempre sabe con precisión matemática cuándo estamos en verdaderos apuros —añadió Dry, negando con la cabeza—. Si no fuera por sus hilos y sus intervenciones, el Imperio Anyel nos habría encadenado hace mucho tiempo.

Sareth miró hacia el horizonte, donde la silueta brumosa y mística del Bosque Gris comenzaba a recortarse levemente contra los primeros destellos del amanecer.

—Y ahora que sabemos que Scard está con ella, creo que nuestro destino ha dejado de ser Cross por el momento. Es hora de hacerle una visita, ¿no creen?

Cirend alternó la mirada entre los tres príncipes, completamente desubicado y rascándose la nuca.

—Un momento... ¿Me están diciendo que ustedes conocen a Scard y a la anciana del bosque?

—Por supuesto —respondió Sareth, clavando sus ojos brillantes en el sorprendido comerciante—. Scard es un viejo y leal amigo de nuestra orden. Y esa “bruja”, Cirend, es una implacable guerrera raegnar llamada Miudirath Essirne... nuestra abuela.

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