Ser Un Héroe O Villano, No Está En Mis Planes. por Anji_Ninja en Inkitt
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Ser un Héroe o Villano, no está en mis planes.

Sinopsis

Izuku sufre NTR, Izuku se suicidó, Izuku reencarna y ya es todo el tema del fic no hay mucha ciencia en esta historia, lo único diferente es que aparecerán héroes de otros universos ya que este Izuku estará op.

Genero:
Scifi/Erotica
Autor/a:
Anji_Ninja
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prol: Reactivación

Bueno aquí les traigo un nuevo fic para mi cuenta, esta es una idea dada por ChosoChileno y como no tengo mucho que decir a empecemos.

Las imágenes utilizadas así como los derechos de los mundos, imágenes, videos, música etc... No son de mi autoría créditos a sus respectivos autores, lo único que me pertenece es la historia escrita en este fic.

Ahora sí empecémos.

•••••

La lluvia en Musutafu no poseía la delicadeza melancólica de los versos de un poeta; era una cortina de agua fría, densa y despiadada que golpeaba el asfalto con la misma indiferencia con la que la vida había tratado a Izuku Midoriya durante las últimas tres décadas. En la cima de aquel rascacielos, donde el aire se volvía ralo y el frío calaba hasta el tuétano, el viento aullaba entre las vigas de acero como un coro de fantasmas. Era un lamento constante, una burla invisible dirigida al hombre que permanecía de pie, tambaleándose al borde del abismo.

Izuku, a sus treinta y cuatro años, era una sombra deformada del joven de ojos brillantes y sueños de justicia que alguna vez recorrió con esperanza los pasillos de la Academia UA. Sus hombros, que una vez cargaron con el peso del símbolo de la paz, ahora estaban caídos, vencidos por el fardo muerto de un legado que no le había servido de nada y por las cicatrices de batallas que el mundo, en su infinita ingratitud, ya había decidido sepultar en el olvido. Sus dedos, marcados por las deformaciones de un uso excesivo de un poder que ya no residía en sus venas, temblaban levemente bajo el aguacero. No era el frío lo que provocaba aquel sismo en su piel, sino el vacío. Un vacío absoluto y devorador que se instala en el centro del pecho cuando descubres que el pilar sobre el cual edificaste cada segundo de tu existencia no era más que cristal podrido, destinado a estallar en mil fragmentos hirientes.

En su mente, grabada a fuego como una herida que se niega a cerrar, se repetía una y otra vez la misma imagen: Shouka Todoroki, la mujer que juró ser su puerto seguro, la misma a la que él había rescatado de sus propias tormentas familiares y traumas heredados, enredada en los brazos de aquel a quien alguna vez llamó "mejor amigo". Katsuki Bakugou. La ironía era un sabor metálico y amargo en su garganta, una hiel que lo asfixiaba. El hombre que le había convertido la infancia en un infierno de humillaciones, el que lo despreció por ser un "simple humano", había regresado en su madurez para arrebatarle lo último que le quedaba de dignidad: su lecho, su hogar y su fe. La traición no fue solo un acto de infidelidad conyugal; fue la demolición sistemática y cruel de su creencia en la bondad humana.

Izuku cerró los ojos, permitiendo que el agua lavara sus lágrimas, aunque no el dolor que las provocaba. El rugido de la ciudad bajo sus pies era un murmullo distante, un hormiguero de luces neón que no se detendría ni un segundo aunque él desapareciera. Había dado todo. Había entregado su cuerpo, su salud y su espíritu, perdiendo el One For All en una batalla final que se suponía traería una paz eterna. A cambio, recibió la soledad de un hombre común que ya no encajaba en un mundo de superhéroes que lo miraba con lástima o, peor aún, con indiferencia.

¿Para qué seguir luchando en una guerra donde el premio final era el despojo de tu propia identidad? La pregunta no buscaba respuesta, buscaba el final. Con un suspiro entrecortado que se perdió en el vendaval, Izuku dejó que la gravedad reclamara su derecho. El paso al vacío fue extrañamente ligero, una liberación que esperaba encontrar solo en el impacto final contra el frío concreto.

Sin embargo, el destino, o algo mucho más retorcido, tenía otros planes.

El aire a su alrededor comenzó a espesarse, volviéndose denso como el mercurio. La caída no se detuvo, pero el tiempo pareció estirarse, convirtiendo los segundos en una eternidad líquida donde el ruido de la lluvia desapareció.

—Normalmente diría que me quedaría con tu cuerpo para reemplazarte y ser un antihéroe, pero quiero ver cómo lo haces tú —una voz, cargada de una parsimonia irritante y una seguridad casi divina, rompió el silencio de su descenso interrumpido.

Izuku no sintió el impacto. En su lugar, se encontró suspendido en una nada grisácea, una dimensión de bolsillo donde las gotas de lluvia permanecían estáticas en el aire, suspendidas como diamantes geométricos. Detrás de él, apoyado contra la nada como si fuera un muro sólido, se encontraba un joven de cabello oscuro y ojos que parecían contener una profundidad ajena a ese plano existencial. Su presencia no irradiaba el aura cálida de un héroe ni la sed de sangre de un villano de rango S; irradiaba una indiferencia absoluta, una superioridad intelectual que resultaba infinitamente más aterradora.

—¿Quién...? —intentó articular Izuku, pero su voz sonó como el crujido de papel viejo quemándose.

—Sabes, por lo que pasaste no es de mi importancia —continuó el desconocido, caminando alrededor de Izuku con pasos que no generaban sonido alguno—. De todas formas, para mí eres un simple personaje ficticio, aunque eso puede cambiar si dejas de ser tan patético.

El tono era desdeñoso, cínico, cargado de una superioridad que buscaba quebrar lo poco que quedaba del espíritu del antiguo héroe. Izuku lo miró, y por primera vez en años, la tristeza fue desplazada por una chispa de irritación pura, un calor que nació en la base de su estómago. El desconocido se detuvo frente a él, una sonrisa de medio lado curvando sus labios en una expresión de burla sutil.

—¿Qué pasa, "héroe"? ¿Te arrepientes de haber seguido a la ricachona en lugar de a la pobretona? —la mención a Shouka y a sus decisiones pasadas fue como un látigo golpeando una llaga abierta—. La mente humana es tan fácil de manipular, ¿sabes? A veces incluso son fáciles de usar como jugue...

Antes de que la palabra terminara de salir de su boca, el cuerpo de Izuku reaccionó con un instinto que creía extinto tras la pérdida de sus dones. Sus manos, impulsadas por una rabia sorda y volcánica que no sabía que aún poseía, se cerraron con violencia alrededor del cuello del pelinegro. No hubo técnica, no hubo estrategia; solo la necesidad bruta y visceral de silenciar aquella voz que escupía sobre sus ruinas. Lo asfixió con una fuerza que hizo que sus propios nudillos blancos crujieran bajo la presión, pero el desconocido no opuso resistencia. Al contrario, soltó una carcajada seca, un sonido divertido que vibró directamente contra las palmas de Izuku.

—Eso es... —logró decir el joven entre risas, mientras su rostro permanecía inmutable, sin mostrar ni un atisbo de asfixia a pesar del agarre letal—. Al fin muestras ese deseo de matar a alguien. Eso te hace humano, Midoriya, no un personaje plano de un cuento de hadas que salió mal.

La falta de resistencia y la reacción casi festiva descolocaron a Izuku. Soltó el agarre, retrocediendo un paso con el pecho agitado, mientras sus pulmones ardían no por la falta de aire, sino por el esfuerzo emocional de haber cruzado esa línea interna. El pelinegro se acomodó el cuello de su ropa con una calma exasperante, como si acabara de recibir un saludo cordial en lugar de un intento de homicidio.

—Me llamo Ainz —dijo finalmente, extendiendo una mano que parecía tan real como la misma muerte—. Y te daré algo interesante, pero antes, hagamos un trato. Tú y yo, un solo cuerpo, dos almas unidas por la misma decepción. Yo seré tu guía y debes seguirme al pie de la letra. Quitaré esa moral de "no matar" que tienes, esa carga inútil y estúpida que te convirtió en el felpudo de una sociedad ingrata que te escupió cuando ya no le serviste. A cambio, te daré poderes que no conocen límites. No te diré la naturaleza exacta de mi don ahora, pero quiero que sepas que se basa en la evolución constante. ¿Aceptas el trato?

Izuku procesó las palabras con la lentitud de quien despierta de un coma. "Evolución". "Dos almas". La oferta era una aberración contra todo lo que All Might le había enseñado en su juventud, una transgresión directa a las leyes de la naturaleza y la ética que una vez rigieron su vida. Pero Midoriya ya no era el discípulo del Símbolo de la Paz. Era el hombre que acababa de saltar al vacío porque su mundo se había convertido en cenizas. La idea de regresar, de volver a ese pasado donde su madre aún sonreía sin preocupaciones, donde la inocencia todavía no había sido devorada por la ambición y la lujuria de otros, era un veneno dulce que no podía rechazar.

—Trato —respondió Izuku, y su voz no tembló. Salió firme, oscura, con el peso de alguien que acaba de vender su alma para comprar una segunda oportunidad de justicia personal.

Ainz sonrió de verdad esta vez. No era una sonrisa de camaradería, sino la de un jugador experto que acaba de encontrar la pieza perfecta para un tablero que ha decidido destruir.

—Bien. No te arrepientas, porque esta vez te haré matar villanos de verdad —sentenció Ainz, sujetando la mano de Izuku en un apreon que se sintió como hierro fundido fundiéndose con su propia carne.

En ese instante, la realidad grisácea estalló en mil pedazos de luz blanca. El frío de la lluvia y el viento del rascacielos desaparecieron instantáneamente, reemplazados por una sensación de vértigo absoluto que desgarraba su percepción. Era como si su alma estuviera siendo succionada a través de un túnel de tiempo y materia, comprimiéndose hasta el punto de la inexistencia para luego expandirse. Izuku sintió que su cuerpo se desintegraba y se reconstruía mil veces en el espacio de un parpadeo.

El conocimiento de Ainz, sus deseos de transmigrante, su genio analítico y su cinismo abrasador comenzaron a filtrarse en los rincones más profundos de la mente de Izuku, entrelazándose con sus recuerdos, alterando su percepción de la realidad. La moralidad rígida y el altruismo ciego empezaron a agrietarse bajo el peso de una lógica fría: el mundo no necesitaba héroes que salvaran a todos; necesitaba hombres que eliminaran de raíz lo que estaba podrido antes de que la infección se extendiera.

De repente, el silencio absoluto fue interrumpido por un sonido estridente y rítmico que lo devolvió a la consciencia sensorial.

Beep. Beep. Beep.

Izuku abrió los ojos de golpe. El techo que veía no era el cielo nublado de Musutafu, ni el concreto húmedo de un callejón. Era un techo blanco, limpio, con pequeñas grietas en la pintura que conocía de memoria. El aire olía a detergente suave de flores de cerezo y al aroma lejano de una cocina en pleno funcionamiento. Se incorporó con una agilidad sorprendente, una ligereza que su cuerpo de treinta y cuatro años, desgastado por la fatiga crónica y las lesiones, no poseía.

Miró sus manos. Eran diminutas, suaves y de una piel perfecta, sin las cicatrices de las peleas contra el Frente de Liberación Paranormal, sin los callos del entrenamiento intensivo con Gran Torino. Estaba en su antigua habitación. Los pósteres de All Might, con su sonrisa brillante y eterna, cubrían las paredes como un santuario, pero ahora, al mirarlos, no sintió esa admiración pueril que lo definía. Sintió una náusea profunda, un rechazo visceral ante la representación de un idealismo que, en su vida anterior, lo había llevado directamente a la ruina y al suicidio.

—¿Izuku? ¡Cariño, ya es hora de levantarse! —la voz de Inko Midoriya llegó desde el otro lado de la puerta. Era una voz joven, vibrante, llena de una vitalidad y una felicidad que él no escuchaba desde hacía décadas.

El corazón de Izuku dio un vuelco. Era ella. Su madre, antes de que el estrés de sus batallas y su eventual desaparición le marchitaran la salud. Pero no estaba sola.

—Hermanito, despierta ya, vas a llegar tarde y mamá se va a enojar —dijo otra voz que Izuku reconoció instantáneamente, una voz que pertenecía a su pasado más querido y que la traición posterior había empañado con el olvido.

La puerta se abrió con un chirrido suave. Frente a él apareció una niña de cabello verde, similar al suyo pero más largo y suave, que lo miraba con una mezcla de impaciencia y cariño. Al verla, un recuerdo bloqueado por el trauma de su vida adulta emergió con la fuerza de un tsunami. Su hermana. Aquella que siempre había estado a su lado antes de que el mundo de los héroes los separara.

Izuku se quedó inmóvil, sentado en su cama con sábanas de motivos heróicos que ahora le parecían insultantes. El contraste era abrumador: la mente de un hombre que había visto lo peor de la humanidad, que había sido traicionado por su propia esposa y su mejor amigo, ahora habitaba el envase de un niño de cuatro años. Sus sentidos, sin embargo, estaban agudizados. Podía sentir la presencia de Ainz en un rincón oscuro de su consciencia, como una sombra que esperaba pacientemente para empezar a moldear la nueva realidad.

—Izuku, ¿estás bien? Te quedaste mirando a la nada —dijo su hermana, acercándose y poniéndole una mano pequeña en el hombro.

Izuku bajó la mirada a sus manos de nuevo. No solo eran pequeñas; eran el comienzo de algo nuevo. Ya no era el Izuku que se dejaba pisotear. Ya no era el peón de un destino trágico. Ainz tenía razón: ser un héroe o un villano no estaba en sus planes. Sus planes ahora eran mucho más simples y, a la vez, mucho más ambiciosos: supervivencia, protección para los suyos y la absoluta aniquilación de aquellos que se atrevieran a cruzarse en su camino.

Se levantó de la cama, sintiendo cómo la "evolución reactiva celular" ya empezaba a trabajar en su metabolismo infantil, fortaleciendo sus fibras musculares y agudizando sus reflejos antes incluso de que su primer entrenamiento comenzara. Miró a su hermana y le dedicó una sonrisa que, aunque pequeña, carecía de la inocencia habitual de un niño de su edad. Era una sonrisa cargada de un conocimiento antiguo y peligroso.

—Estoy bien —respondió, y aunque su voz era aguda y juvenil, la cadencia tenía una frialdad que Inko notaría tarde o temprano—. Solo estaba pensando que hoy todo va a empezar de una manera diferente.

Caminó hacia el espejo del armario. Se miró fijamente. Los ojos verdes seguían ahí, pero el brillo de la ingenuidad había sido reemplazado por la mirada de un depredador que sabe que tiene el tiempo a su favor. La sombra de Ainz se proyectó momentáneamente en el cristal, un recordatorio silencioso del pacto que habían sellado en el vacío.

Izuku Midoriya había muerto en aquel rascacielos. Lo que se había levantado de esa cama era algo nuevo, algo que el mundo de los dones no estaba preparado para enfrentar. No iba a buscar a Bakugou para competir; iba a ignorarlo hasta que fuera el momento de aplastarlo. No iba a buscar a Shouka para salvarla; iba a verla como la desconocida pendeja que llegaría a ser.

El universo se había reiniciado, pero esta vez, el jugador principal conocía todos los trucos de la partida. Y tenía un supergenio cínico susurrándole al oído cómo romper el tablero.

—Vamos a desayunar —dijo Izuku, pasando por al lado de su hermana con una seguridad que la dejó momentáneamente confundida.

El prólogo de su vida anterior había terminado en tragedia. El prólogo de esta nueva existencia, sin embargo, apenas estaba escribiéndose con la sangre de aquellos que aún no sabían que ya estaban condenados.

•••••

Bueno aquí dejaré este Prólogo porque creo que está bien así y espero que les gustes, no tengo mucho que decir en esta despedida así que me despido.

Yo soy Anji_The_Maker y me despido, chao.

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