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Pétalos y Colmillos (Bruma y Dani)

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Sinopsis

En el barrio de Las Alondras, donde el calor pega como un castigo y las veredas huelen a jazmín y asfalto, Bruma Lencina abre todas las mañanas su florería. Detrás del mostrador es la mujer que vende ramos a las viejas del barrio y a los pibes enamorados. Delantal floral, sonrisa breve, manos grandes que cortan tallos con precisión. Pero cuando cierra la puerta, Bruma se saca todo. El cuerpo enorme, la panza suave, las tetas pesadas, el pelaje rojizo y ese olor a tierra mojada que no se puede fingir. Dani solo quería dejar un sobre de semillas. Entró sin hacer ruido y se encontró con algo que no estaba preparado para ver: Bruma sola, sudada, entregada a su propio placer en el fondo del local. Desde ese momento, el pibe no vuelve a ser el mismo. La imagen se le queda clavada detrás de los ojos, le late entre las piernas y le llena la cabeza de preguntas que nunca se atrevió a hacerse. Lo que empieza como una visita inocente se transforma en un entrenamiento lento, húmedo y peligroso. Bruma no solo vende flores. Cultiva otra cosa: el deseo que florece donde nadie mira, el cuerpo que se abre como un capullo, y un pibe que descubre, temblando, que le gusta ser cultivado. En “Pétalos y Colmillos” el calor no es solo del verano. Es el de una jabalí que sabe exactamente lo que quiere… y de un muchacho que, sin darse cuenta, ya está listo para florecer.

Genero:
Erotica
Autor/a:
PumpkinNoir
Estado:
Completado
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Mañana de Jabalí en Celo

A las seis y media de la mañana el cielo de Las Alondras todavía era de ese azul oscuro que parece que no quiere amanecer. El cartel de “Pétalos y Colmillos” titilaba con una luz floja, como si también estuviera medio dormido. Bruma ya estaba de pie, desnuda, con el pelo medio revuelto atado con una gomita vieja que había encontrado en el piso de la cocina. No usaba ropa para dormir. Nunca. Le gustaba sentir el roce de las sábanas contra la piel, el peso de las tetas cuando se daba vuelta, el aire fresco de la madrugada rozándole los pezones gordos y el vello del pubis. A veces, si se movía demasiado, se le paraban solos y le daba risa.

—Che, boluda, mirá cómo te despertás… —murmuró mirándose al espejo del pasillo mientras se rascaba la panza—. Parecés una potranca que se levantó de mal humor.

Se rió con esa risa ronca que le salía de adentro del pecho. El cuerpo le pesaba rico. La panza redonda se le movía un poco con cada paso, las caderas anchas balanceaban el culo y las tetas le golpeaban suaves contra el torso. Entró a la cocina, abrió la canilla y se echó agua fría en la cara. El chorrito le cayó por el cuello, le bajó entre los pechos y se le perdió en el vello del estómago. Se quedó un segundo quieta, disfrutando del contraste.

El café lo hizo bien cargado, casi amargo. Mientras esperaba que saliera, se sentó en la silla de madera con las piernas abiertas y se pasó una mano despacio por el muslo interior. El vello rojizo le hacía cosquillas en la palma. Pensó en la noche anterior: se había quedado hasta tarde montando el dildo más grueso que tenía, el que le hacía abrir la boca y echar la cabeza para atrás. Todavía le quedaba un leve escozor agradable entre las piernas.

—Sos una puta de mierda, Bruma… —se dijo en voz alta, sonriendo—. Y encima te gusta.

Tomó la medialuna fría de ayer, le dio un mordisco y se le cayó una miguita entre las tetas. La buscó con el dedo, se la metió a la boca y se chupó el dedo con lentitud, mirando al vacío. La radio estaba prendida bajito, un bolero viejo que hablaba de amores imposibles. Ella tarareaba desafinando a propósito.

A las siete y media ya estaba vestida… más o menos. Un vestidito de lino gastado, sin corpiño, sin bombacha. Las tetas le pesaban libres debajo de la tela fina y se le marcaban los pezones apenas hacía un movimiento. El delantal con flores bordadas le quedaba un poco chico en la panza, pero no le importaba. Se miró de nuevo en el espejo de cuerpo entero del pasillo y se dio una palmada en un cachete del culo.

—Listo, monstruo. A laburar.

Abrió la florería. El olor a tierra mojada, jazmín y un poco de humedad vieja la envolvió como un abrazo. Prendió el ventilador (el aire acondicionado seguía roto hacía semanas) y se puso detrás del mostrador. Las primeras clientas llegaron temprano: doña Rosa, que siempre pedía claveles blancos para el cementerio, y un muchacho delgado que venía a buscar una rosa sola, medio avergonzado.

—Para la novia, ¿no? —le preguntó Bruma con una sonrisa torcida.

El pibe se puso colorado.

—Sí… digamos.

—Decile que si no te la come bien, me avisas y le mando un cactus al orto.

El muchacho se rió nervioso y se fue. Bruma se quedó mirando la puerta un segundo, relamiéndose el labio. Le gustaba hacer ese tipo de comentarios. Le gustaba ver cómo se incomodaban. Después se reía sola, se acomodaba las tetas con las dos manos y seguía acomodando los ramos.

A media mañana el calor ya era una bestia. El vestidito se le pegaba a la espalda. Cada tanto se pasaba la mano por debajo del delantal y se tocaba un poco, solo un dedo, despacio, para no mojarse demasiado. Pensaba en Dani. El hámsterito bajito, de pelaje suave, que había empezado a aparecer por la florería con cualquier excusa. Semillas, “entrenamiento”, “pasaba por acá”. Siempre con esos shortcitos que se le metían entre el culo y esa carita de “no sé qué estoy haciendo pero me gusta”.

Bruma se imaginó agarrándolo de las orejitas redondas, sentándolo en el mostrador y abriéndole las piernas ahí nomás, con la puerta entreabierta. Se le escapó un gemido bajito.

—Uff, qué ganas de romperlo… —murmuró.

A las doce cerró por una hora. Bajó la cortina, trabó la puerta y se sacó el vestido de un tirón. Quedó completamente desnuda en medio del local. El ventilador le daba de frente y le movía los pezones. Se miró otra vez en el espejo del pasillo. La panza, el vello, las tetas pesadas, el culo ancho, los muslos que se tocaban. Se pasó las dos manos por la panza, bajó despacio y se abrió los labios con los dedos. Estaba mojada. Claramente.

—Mirá lo que sos… una jabalí en celo a las doce del mediodía.

Se fue al fondo, al patio chiquito donde tenía el gimnasio casero. Colchoneta, pesas, una bolsa de boxeo y un cajón lleno de juguetes que olían a silicona y a ella. Sacó el dildo grueso, el que tenía base de ventosa, lo clavó en el piso y se arrodilló encima. Se lo frotó primero entre los labios, lento, disfrutando el frío del juguete contra el calor de la concha. Después se fue bajando centímetro a centímetro, jadeando, con las tetas colgando hacia adelante y la panza apretada.

—Así… así, puta… —susurró entre dientes.

Empezó a moverse. Lento al principio, después más fuerte. El sonido mojado llenaba el patio. Cada vez que bajaba del todo, las tetas le golpeaban la panza y le salía un gruñido. Pensaba en Dani otra vez. En cómo se pondría si lo viera así. En cómo le temblarían las patitas si ella lo agarraba, lo ponía de rodillas y le hacía lamer mientras se montaba el dildo. Se rió en medio de un gemido.

—Te voy a hacer florecer, hámsterito de mierda… te voy a abrir como un tulipán.

Se tocó el clítoris con dos dedos mientras cabalgaba. El orgasmo le llegó pesado, profundo, sacudiéndole toda la panza y las piernas. Se quedó un rato quieta, respirando fuerte, con el dildo todavía adentro y un hilo de saliva cayéndole del hocico. Después se bajó despacio, se limpió con una toalla vieja y se quedó tirada en la colchoneta, mirando el cielo.

—Qué día de mierda más hermoso…

Se levantó, se puso solo el delantal (nada más) y volvió al local. Todavía tenía las piernas un poco flojas y la concha sensible. Abrió de nuevo a la una. Las clientas de la tarde llegaron y ella las atendió con esa mezcla de firmeza y calor que la caracterizaba. Cada tanto se pasaba la mano por debajo del delantal y se tocaba un poquito más, solo para mantenerse al borde.

Pensó en Dani otra vez. En cómo iba a venir, seguro, con esa carita tímida y el bultito marcándose. Y esta vez no se iba a contener tanto.

Bruma sonrió, se acomodó una teta que se le había salido un poco del delantal y miró la puerta.

—Vení cuando quieras, pichoncito… ya estoy lista.

Y el ventilador seguía girando, moviendo el olor a tierra, a flores y a jabalí caliente por todo el local.

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author

Qué bien me ha caído la señora. No tiene reparos en expresar lo que le gusta ^^

6 días
1

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