El sueño del zorro
El final perlado de la cola de la mujer zorro rozó la barbilla de Adrien. Estaba oscuro, tanto como para que sus ojos verdes fueran la única luz visible en los alrededores. La superficie sobre la que se hallaba sentado estaba helada, húmeda y dura. El fuerte olor a moho le inundó los pulmones cuando respiró para intentar calmar su corazón desbocado.
—Una cueva —murmuró mientras la suavidad del pelaje de la cola recorría su cuello y atravesaba su hombro. Se deslizó a través de su antebrazo hasta detenerse en su muñeca. Después, unos dedos finos tomaron el lugar de la cola y retomaron el paso hasta llegar a su anillo.
—El miraculous de la destrucción —retumbó una voz femenina a través de las paredes, privada de cualquier sentimiento.
Adrien intentó cerrar el puño para evitar que aquellos dedos, que en medio de la oscuridad le parecieron tan blancos como la punta de la cola que había estado restregándose por su cuerpo, robaran su miraculous. Pero no fue capaz. Desde que había despertado en aquella negrura su cuerpo se había negado a obedecer cualquier orden que no implicara a sus ojos, boca o pulmones.
—No —susurró sin poder gritar cuando el metal del anillo salió a través de su dedo.
La huella de gato que llevaba labrada se activó, y una potente luz iridiscente donde predominaban los verdes explotó ante ambos y les hizo cerrar los ojos. Adrien fue el primero en abrirlos.
Descubrió ante él a una joven mujer desnuda que no tendría más de veinte años. El cabello negro de puntas blancas le caía despeinado hasta la cadera, cubriendo sus pechos y parte de su abdomen. Su piel era tan pálida como le habían parecido sus dedos. Toda ella era humana salvo por la cola y un par de orejas de zorro que le surgían a ambos lados de la cabeza.
Adrien también descubrió la cueva. No tenía salida. Un semicírculo perfecto cubierto de verdín y roca negra, donde el agua se condensaba formando charcos diminutos en las escasas esquinas que la rodeaban.
—¿Qué es esto? —preguntó Adrien—. ¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?
La mujer zorro, que sujetaba el anillo entre el índice y el pulgar, bajó la mirada hacia Adrien. Unos ojos azules como el hielo lo atravesaron y se vio obligado a tragar saliva.
Ella se agachó junto a él. Sus labios rozaron su mejilla. Estiró el brazo hasta agarrar su nuca y dejó caer el resto del cuerpo sobre su pelvis. Lo abrazó y Adrien sintió un extraño cosquilleo al sentir su desnudez.
—Ayúdame —dijo la joven, con unas palabras que volvieron a retumbar en el silencio eterno de la cueva—. Por favor, sálvame.
Adrien sintió un calor sofocante subiendo a través de sus mejillas cuando la mujer se apretó aún más contra él.
—¿Quién eres? —consiguió preguntar de nuevo.
Un espejo humedecido cubrió los iris congelados de la mujer zorro mientras se apartaba para observar mejor a Adrien.
—Tú no eres él —dijo, apenas transmitiendo la angustia que demostraba su mirada—. Eres otro. Otro gato.
Su pulgar recorrió los labios de Adrien mientras su rostro se acercaba al de él.
—Echo de menos a mi gato de la destrucción.
No dijo nada más antes de besarlos. Había muchas razones para que el joven no devolviera el beso, pero el sabor ácido y dulce de la boca de la mujer zorro era delicioso y se dejó llevar. El cosquilleo que había estado sintiendo desde que sus cuerpos se habían tocado se expandió a través de él. Sus dedos temblaron y él les ordenó que acariciaran la nuca de su captora. Por primera vez, obedecieron. Ella no pareció sorprendida y el beso se volvió más intenso mientras su pelvis buscaba la de él.
—Volpina —susurró mientras le apartaba el pelo de la cara.
Adrien se despertó con el estruendo del despertador, envuelto en sudor y demasiado excitado a causa del sueño. Tardó casi cinco minutos en calmar su respiración y su cuerpo. Solo había sido un beso, pero había estado a punto de convertirse en mucho más.
Se incorporó en la cama y se frotó la cara con las manos. Sintió el metal del miraculous y una parte de él se calmó. Solo había sido un sueño. Un sueño un poco subido de tono; lo normal en un hombre joven que acababa de empezar la universidad.
Pero había sido demasiado real. Y raro. La había llamado Volpina, pero aquella mujer zorro no se parecía en nada a la Volpina que él había conocido. Tenía muy claro que no era Lila. Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar que podía haber tenido esa clase de fantasía con aquella malvada cría.
Alguien tocó tres veces con fuerza la puerta de su habitación.
—¡Adrien! —dijo Nino entrando sin esperar a que le respondiera—. ¿Qué haces todavía en la cama?
—Una pesadilla —respondió Adrien saliendo de entre las sábanas de un salto y cogiendo sus muda del respaldo de la silla de su escritorio—. Dame cinco minutos.
Nino murmuró que el profesor tenía poca paciencia y menos con los alumnos ricos y guapos, y salió de la habitación dando un portazo. Adrien se vistió y se revolvió un poco el cabello para que pareciera que lo llevaba despeinado adrede. Salió al pasillo de la residencia de estudiantes con una sonrisa y siguió a su amigo a través del campus hasta el aula de bioquímica.
Aunque Nino le estuvo relatando durante el camino lo fantástico que había sido su fin de semana con Alya en Bretaña, la mente de Adrien estaba centrada en la mujer zorro de su sueño. Lo mismo le ocurrió durante las tres primeras clases, y cuando llegó el descanso, hasta Nino se dio cuenta de que le pasaba algo.
—¿Alya sigue teniendo el miraculous del zorro? —preguntó en vez de darle una respuesta directa.
Adrien era el único que seguía manteniendo su identidad superheroica en secreto, incluso de Ladybug, pero el resto de portadores habían ido revelándose poco a poco entre ellos a lo largo de los años.
—¡Baja la voz! —le riñó Nino—. Claro que lo tiene. ¿Por qué lo preguntas?
—Curiosidad. Como hace tanto tiempo que no veo a Rena Rouge en las noticias...
—¿Cómo que no? —lo interrumpió su amigo—. Si cuando volvíamos del viaje en el tren salvó a un par de ovejas que se habían perdido y estaban pastando sobre las vías. Lleva saliendo en las noticias desde ayer.
Adrien se disculpó aludiendo a que había dormido poco, lo cual no era para nada cierto.
Se preguntó si debería avisar a Ladybug, pero no le pareció buena idea por muchísimas razones. La primera de ellas era que había descubierto que era Marinette en el peor momento posible: justo cuando acababan de romper y ella había decidido empezar una relación a distancia con Luka. La revelación había venido tras una larga charla entre todos los miembros del equipo sobre la necesidad de saber quienes eran para poder proteger sus identidades humanas.
Poco antes, el miraculous de Sabrina había desaparecido mientras Ladybug estaba de viaje, y se había desatado un pequeño caos. Al final, resultó que su prima pequeña se lo había llevado mientras ella la cuidaba, pero a nadie le pareció descabellado que al menos un par de portadores conocieran las identidades de otro par en caso de emergencia.
Por aquella época, Ladybug había metido la pata en tantos asuntos que decidió saltarse la norma no escrita de que ella y Cat Noir nunca podrían desvelar sus identidades. Ella se mostró ante él tal y como era, pero Adrien no pudo quitarse el anillo. Después de todo lo que había flirteado con ella con el disfraz puesto, sobre todo tras su ruptura, le avergonzaba que descubriera quién había bajo el antifaz.
Ni siquiera se inventó una disculpa convincente. Se marchó y, a partir de entonces, la relación entre ellos se enfrió hasta convertirse en un paraje helado. Ella poco a poco le fue apartando de las misiones hasta que las aguas se calmaron en relación a los villanos de París. Tras casi un año de paz, se matriculó en un instituto de moda de Brasil para poder estar con su nuevo amado y regresar solo puntualmente a su antiguo hogar.
Desde entonces, Cat Noir se había limitado a luchar contra maleantes locales, más o menos como el resto de portadores, mientras su contrapartida adolescente acababa el instituto y empezaba las clases en la facultad de biotecnología de París.
Así que la idea de contarle algo a Ladybug sobre el sueño se disolvió tan rápido como había aparecido. Decidió tomarlo por lo que era: su imaginación hiperactiva supliendo su falta de novia desde hacía años.
Con ese pensamiento en la cabeza se dirigió a la cafetería para disfrutar de una ensalada demasiado verde, y un trozo de pollo a media cocinar. Mientras caminaba hacia la mesa junto a la ventana, la misma que siempre ocupaban Nino y él a esa hora, unos ojos azules se cruzaron en su camino.
Se le cortó la respiración y se volvió para confirmar que la propietaria de los mismos era la misma mujer que había invadido su mundo onírico apenas unas horas antes. Una mujer sin cola ni orejas de zorro y completamente vestida, que lo miraba con una sonrisa burlona mientras le guiñaba un ojo.



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