Me sangran los pezones (de la emoción)
La pensión se llamaba El Paraíso, aunque en realidad era un infierno
con goteras. El piso crujía como si tuviera artritis y el inodoro del baño
común hacía un ruido que parecía un dragón con bronquitis.
Santi gritó a las siete de la mañana, un lunes. Y no fue un gritito, no. Fue
un grito digno de final del Bailando por un Sueño.
—¡Me sangran los pezones de la emoción, boludo! —chilló, envuelto en
su bata de leopardo y con ruleros flúo que parecían antenas para captar
señales de ovnis.
Dani, el enano, salió de su cuarto arrastrando una pantufla.
—¿Otra vez soñaste que eras Madonna?
—¡Peor! ¡Me desperté y soy yo! —dijo Santi, y alzó una hoja de diario
como si fuera el testamento de Perón.
—¿Qué carajo es eso?
—¡Un concurso de talentos, nene! Cien mil pesos. Bah, dólares. No sé,
el flyer es medio trucho, pero el premio es grande. ¡Es nuestra chance!
René, el boliviano, se asomó desde la cocina con un paquete de yerba
en la mano.
—¿Esto no lo organiza la CIA, no?
—No, René, no todo es una conspiración, hermano. Ya te lo dijimos: ni la CIA ni la NASA te quieren robar el celular. A nadie le importa tu Nokia.
—Mentira, ese Nokia tiene secretos del altiplano.
Wang, el chino, estaba friendo algo que olía a guerra biológica.
—Yo canto “Despacito”, pero en versión karaoke mandarín —dijo sin girar la cara.
Lucas apareció desde el fondo, vestido con una sábana y un colador en la cabeza.
—El Papa me dijo que es el camino a la redención.
—¿El Papa?
—Sí. El que vive en el ventilador del baño. Está un poco enojado porque le bajaron el gas.
Santi miró al grupo, con brillo en los ojos y las pestañas postizas torcidas.
—Chicos… esto no es un chiste. ¡Podemos triunfar!
Dani se cruzó de brazos.
—¿Y qué pensás que vamos a hacer? ¿Una coreografía de La Tota
Santillán?
—¡Algo mejor! ¡Una performance con música, baile, luces y emoción!
¡Un número que haga llorar hasta a Tinelli!
Se hizo un silencio.
—Yo me prendo —dijo Wang—, pero el coreógrafo no puede ser Lucas.
El otro día hizo bailar al lavarropas.
—¡Ese lavarropas entendía la samba mejor que ustedes! —gritó Lucas, ofendido.
Y así, sin saber cómo ni por qué, comenzó la mayor locura de sus vidas:
formar un grupo de artistas imposibles para ganar un concurso que probablemente ni existía.
Pero a ellos no les importaba.
Porque por primera vez en mucho tiempo, tenían algo que perder.Y eso, en El Paraíso, ya era un montón.








