EL ASALTO
Pocos saben que Miguel Ángel Buonarroti dejó un secreto en la Capilla Sixtina. Una tortura, más que un privilegio. Le asignaron una pared: el Mural de San Pedro. El maestro hizo los bocetos en la Capilla Quinta. Un pintor mediocre terminó el trabajo años después. El óleo muestra una carnicería. Apóstoles y ángeles contra las visiones del Apocalipsis. Esa obra inspiró a la Orden de Matías. Es de los pocos lienzos donde el joven Matías sustituye a Judas Iscariote.La atracción es casi invisible para el turismo. Queda a la par de la puerta que baja a las tumbas papales. Un corredor cerrado al público. Luz tenue. Lúgubre. Solemnidad para ilustres muertos. De noche, la oscuridad devora el pasillo. Un hilo de luz apenas permite caminar sin tropezar.
Esa noche, dos sombras cruzaron frente al mural de San Pedro. Bajaron las gradas. Recorrieron el pasillo. Iban directo a la bóveda de la Orden de Matías.Un hombre custodiaba el umbral. Baltazar. Cuarenta y cinco años. Pelo cano. Metro ochenta y cinco de estatura. Atlético. Piel blanca y vista de halcón. Un caballero de la Orden. Sentado frente al escritorio, sostenía un rosario con la mano izquierda. Pasaba las cuentas mientras leía la Biblia.Llevaba veinte años en el puesto. Compartía el turno con un solo colega. Baltazar se sentía más un bodeguero que un guardián. Nunca pasó nada. Ningún intento de robo. Aun así, se mantenía alerta. Su sangre vieja pedía acción. Quería demostrar por qué cargaba el rango de caballero.
El momento llegó.
Baltazarvio las dos sombras de reojo. Una mujer y un niño. El segundo apenas alcanzaba el metro de altura. El caballero soltó el rosario. Enrolló las cuentas entre sus dedos. Dejó que la cruz descansara en su palma izquierda. Rezó el Credo de los Apóstoles.Al pronunciar elamén, besó su puño.
El suelo reaccionó. Baltazar quedó en el centro de una estrella de David dibujada en luz. El pasillo se encendió en un celeste tenue. La habitación quedó al descubierto. La silueta de la chica se vio nítida. Al verse expuesta, saltó detrás de un mausoleo. De la sombra pequeña no quedó rastro.Baltazarse preparó para cazar a la intrusa. Repitió el Credo. Una cruz resplandeció en celeste sobre sus dorsos. Dio un paso al frente. El mármol crujió de forma extraña. Había una delgada capa de polvo arenoso en el suelo. Muy fino. Se agachó. Tocó el residuo con la yema de los dedos. Lo olfateó. Lo probó.
Ceniza.
Estaba rodeado. Sobre el polvo, diminutas huellas de pies descalzos rodeaban su posición.Fue lo último que vio antes de que el mundo se apagara.
Despertó dos horas después. La alarma de la Orden reventó el silencio del Vaticano. Los superiores ordenaron el inventario de emergencia. El reporte final confirmó el desastre. Faltaban tres piezas clave.
Los tres aretes de Francisco Javier López, alias “el Catrín”.
Los dos anillos de Carlos Eduardo Mancía Lara.
El pomo de oro del bastón de Marcus.








