Capítulo 1 "EL AGUJERO"
“La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.”
— Juan 1:5
Al salir del trabajo, caminaba varias cuadras antes de llegar a casa. Siempre por el mismo lugar, siempre a la misma hora. No porque fuera la ruta más corta, sino porque la conocía de memoria. Podía anticipar cada poste de luz, cada árbol y cada grieta de la acera sin necesidad de mirar. Mis pies hacían el recorrido por pura costumbre mientras mi cabeza se ocupaba de cualquier otra cosa.
Quizá por eso nunca presté atención a lo que había enfrente.
Las luminarias de ese lado llevaban tanto tiempo apagadas que ya formaban parte del paisaje. Las ramas de unos árboles viejos se extendían unas sobre otras hasta cubrir casi por completo el cielo, formando una masa oscura que absorbía la poca claridad de la noche. Desde donde yo caminaba, aquel lado de la acera me parecía un lugar ajeno, como si la oscuridad hubiera encontrado allí un rincón eterno donde residir.
Siempre avanzaba por el lado iluminado. Era más una costumbre que una decisión.
Fue una noche de luna llena lo que lo cambió todo.
La tenue luz de la luna, que estaba en todo su esplendor, barrió el muro del frente durante el corto instante en que pasé por ahí; fue solo el tiempo suficiente. La luz se reflejó justo sobre esa parte de la pared y ahí estaba: un hoyo limpio, vertical, de proporciones casi humanas, como si alguien hubiera extraído un fragmento del muro sin dejar escombros, sin marcas, sin explicación alguna. Un segundo después, salí del ángulo de aquella iluminación y la oscuridad volvió a apagar el brillo.
Pero yo ya lo había visto. Me detuve. No porque quisiera observarlo, sino porque algo dentro de mí esperaba reconocerlo.
Mi memoria hizo un esfuerzo extraño, casi doloroso. Intenté recordar si aquel agujero había estado siempre allí. Cerré los ojos un instante, repasando mentalmente todas las veces que había recorrido esa calle. Fueron muchas. Tal vez cientos. El recuerdo no aparecía y, sin embargo, tampoco podía asegurar que antes no hubiera estado.
Seguí caminando. Pero durante el resto del trayecto tuve la extraña impresión de haber olvidado algo importante. No sabía qué era. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, el camino de regreso a casa había dejado de sentirse seguro y conocido.
Los días siguientes fueron distintos.
A partir de esa noche, al acercarme a ese tramo de la calle, algo en mi pecho me oprimía antes de que mis ojos siquiera llegaran a ese punto. Era un miedo insano, lo sabía. Me lo repetía a mí mismo: «Es solo un agujero en una pared vieja, un hueco que probablemente sea una obra sin terminar, algo que tiene una explicación simple». Pero por alguna razón que no lograba entender, ese misterio había convertido mi cómodo caminar en una profunda angustia.
Y, aun así, mis ojos giraban hacia ese lugar antes de llegar. No miraba el suelo, ni el teléfono, ni el cielo; instintivamente mi mirada se clavaba en ese agujero. Me aterraba la idea de pasar por ahí o acercarme siquiera, pero no podía dejar de verlo... quería verlo.
Pero lo que realmente me inquietaba no era el hecho de observarlo. Era lo que sentía cuando lo veía.
Una corriente. Eso es lo más cercano a cómo puedo describirlo. Algo que no era viento ni temperatura, sino una especie de presión suave, casi gentil, que parecía orientada directamente hacia mí.
No era una sensación amenazante. Era peor que eso: era paciente. Como si aquella abertura supiera que yo volvería a pasar y estuviera dispuesta a esperar todas las noches que hiciera falta. Como si me estuviera invitando. Tentando. Como si al otro lado de esa oscuridad hubiera algo que me conocía y aguardaba con una calma inimaginable.
Algunas noches casi me detenía a observarlo por un breve momento. No por valentía, sino porque por un instante quería tener alguna respuesta, cruzar hacia ese lugar y dejar mi zona de confort. En esos segundos, dar el paso parecía la cosa más natural del mundo. Era como si mi cuerpo lo considerara antes de que mi mente pudiera prohibírselo.
Luego aceleraba el paso y no miraba atrás. Pero el alivio nunca duraba, porque sabía que al día siguiente volvería a pasar por ahí. El agujero volvería a estar en su sitio, tentándome con esa paciencia silenciosa que me resultaba más inquietante y placentera que cualquier amenaza expresa.
Aquel viernes salí tarde. Unas horas extras que no había pedido y que no me habían dejado de buen humor. Cuando llegué a ese tramo de la calle, ya lo había decidido: esta vez no miraría. Esta vez pasaría de largo sin pensar en ello. Era tan tarde que casi nadie transitaba por ese camino y no me podía permitir exponerme a algo sobre lo que no tenía el control.
Y lo habría logrado, quizás, si no fuera por lo que sucedió a continuación.
Al casi llegar a mi destino, divisé a tres figuras que caminaban sospechosamente hacia donde yo estaba. Avanzaban despacio, sin prisa, ocupando el ancho de la acera con ese aspecto peligroso que se detecta de inmediato. Me detuve. Calculé. Sabía a qué venían; sus intenciones eran más que obvias. Me giré rápidamente para volver por donde había venido.
Y al voltear, detecté que ya había otros dos sujetos detrás de mí.
No corrí de inmediato; el cuerpo siempre tarda un segundo en entender lo que la mente ya sabe. Luego, el pánico me impulsó. Crucé la calle sin pensar, sin elegir dirección, guiado únicamente por mi instinto de supervivencia.
Pero no llegué muy lejos.
Sentí un tirón brusco en la espalda que me lanzó contra el suelo. El aire escapó de mis pulmones con un golpe seco y, antes de que pudiera reaccionar, varias manos se aferraron a mi ropa y a mis brazos. Intenté de nuevo incorporarme, pero una rodilla pesada se hundió sobre mi espalda, inmovilizándome por completo.
Me revolví con todas mis fuerzas. No pensaba, solo luchaba.
Mis manos arañaban el pavimento buscando un punto de apoyo. Sentía el áspero concreto desgarrándome las palmas mientras trataba de empujar mi cuerpo hacia arriba. Un brazo consiguió soltarse por un instante, pero enseguida otra mano volvió a sujetarme con rudeza. No sabía cuántos eran; solo sentía su peso abrumador.
El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que el mundo comenzaba a desdibujarse a mi alrededor. El aire no me bastaba. Cada respiración era un esfuerzo desesperado por llenar unos pulmones que parecían negarse a funcionar.
Entonces ocurrió. No sé de dónde saqué la fuerza.
Con un movimiento desesperado, impulsado más por el instinto salvaje que por la razón, logré girar el cuerpo y empujar con todas mis fuerzas a los que me sujetaban. Bastó un instante de desconcierto por parte de ellos. Un solo segundo. Fue suficiente.
Me incorporé de un salto y eché a correr sin mirar atrás. Corría como nunca lo había hecho en mi vida.
No buscaba escapar de algo en particular; buscaba seguir vivo. Las luces de la calle pasaban convertidas en manchas borrosas, el suelo desaparecía bajo mis pies y el aire me quemaba la garganta. Mis piernas avanzaban por pura desesperación mientras mi cabeza era incapaz de procesar un solo pensamiento coherente.
Solo cuando mis piernas perdieron por completo las fuerzas y mis pulmones exigieron un descanso, me detuve. El aire dejó de entrar correctamente y terminé inclinándome hacia adelante, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Permanecí así varios segundos, tosiendo con violencia, intentando recuperar una respiración que parecía haberse agotado para siempre.
«Me rindo», pensé. Esperé el impacto de un golpe por parte de ellos o una mano sujetándome otra vez para tirarme al suelo. Un empujón, cualquier cosa... pero nunca ocurrió.
El tiempo siguió pasando. Demasiado tiempo.
Levanté la cabeza con la intención de incorporarme, pero un intenso mareo me obligó a detenerme. Cerré los ojos un instante y respiré hondo.
Algo no estaba bien. Esperaba sentir el viento refrescándome el rostro, pero esto no ocurrió. No podía sentir la fría brisa de la noche. Parpadeé varias veces, intentando enfocar la vista. No distinguía el resplandor de los postes ni las luces lejanas de la ciudad. Solo había oscuridad.
Y entonces lo percibí: un olor húmedo, rancio... como si algo llevara mucho tiempo descomponiéndose en un rincón cerrado. Un escalofrío helado me recorrió la espalda. Fue en ese preciso momento cuando comprendí que.
ya no estaba en el lugar donde debía estar.
Y había ingresado al lugar que más temía; el único rincón del mundo que todo este tie había intentado evitar».
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