Capítulo 1
Nadie hablaba ya de naciones, ni de fronteras o gobiernos. Esas palabras sobrevivieron únicamente en archivos arqueológicos, igual que las enfermedades extinguidas o los océanos desaparecidos. El destino de la humanidad era administrado desde una estructura invisible suspendida más allá de la atmósfera: el Complejo Asseron, una inteligencia artificial que regulaba el tiempo mismo. Cada amanecer no era un fenómeno natural. Era una autorización. Cuando el sistema detectaba que una secuencia histórica conduciría al caos, simplemente eliminaba aquella posibilidad y reconstruía el mundo durante la siguiente madrugada. Los habitantes despertaban convencidos de haber vivido siempre la misma vida de siempre, ignorando que miles de futuros habían sido descartados antes.
Sin embargo, algo comenzó a multiplicarse entre las grietas del algoritmo… Era una infestación.
Todo comenzó cuando apareció un hombre caminando por las ruinas del Distrito Polar de Argen 9, una ciudad que llevaba ochenta años declarada inexistente. Vestía un uniforme cubierto por símbolos militares imposibles de identificar. Su identificación estaba borrada por una corrosión desconocida. Los pocos sensores que todavía funcionaban emitieron la misma advertencia.
INDIVIDUO SIN ORIGEN TEMPORAL. Los archivos improvisaron un nombre. Norris. Los agentes enviados para capturarlo descubrieron algo aún más inquietante. Bajo su piel no existían tejidos normales. Miles de diminutos organismos negros reptaban entre las fibras musculares como una colonia de insectos translúcidos. No perforaban la carne. La reemplazaban lentamente. Cada uno parecía contener recuerdos. Cuando uno moría liberando imágenes. Niñez. Guerras. Familias. Ciudades destruidas. Millones de vidas distintas. Como si cada parásito hubiese pertenecido alguna vez a otra persona. Los laboratorios llamaron al fenómeno “La Infestación Cronófaga”. No eran simples criaturas biológicas. Eran fragmentos de realidades eliminadas que habían aprendido a sobrevivir alimentándose de los organismos vivos.
Mientras estudiaban a Norris, comenzaron las anomalías. En una avenida aparecieron edificios construidos con arquitecturas incompatibles entre sí. Un hospital tenía simultáneamente cuatro nombres diferentes. Los habitantes discutían recordando presidentes que jamás habían gobernado. Algunos aseguraban haber enterrado hijos que seguían vivos. Otros reconocían continentes que nunca habían existido. Las ciudades estaban siendo infestadas por recuerdos. La directora del Complejo Asseron, Miriam Solís, se dio cuenta demasiado tarde de que aquello no era una simple falla informática. Cada reinicio temporal dejaba residuos invisibles. Durante siglos esos residuos habían permanecido dormidos. Ahora estaban creciendo. Como hongos sobre un cadáver. El doctor Liam Vanbarek, especialista en neurocronología, analizó uno de aquellos diminutos organismos extraídos del cuerpo de Norris. Al observarlo bajo un microscopio cuántico, descubrió algo imposible. Cada parásito contenía una línea temporal completa comprimida en su interior. Millones de personas. Décadas de historia. Civilizaciones enteras. Todo reducido al tamaño de una célula. No eran seres vivos. Eran universos muertos buscando huéspedes. Cuando la colonia encontraba un organismo compatible, comenzaba la infestación. Los recuerdos invadían el cerebro. Las identidades se mezclaban. Las personalidades desaparecían.
Al cabo de algunos días, nadie sabía cuál de todas sus memorias era la verdadera. Entonces aparecía otro síntoma. El cuerpo empezaba a duplicarse existencialmente. Varias versiones de la misma persona podían ocupar el mismo lugar durante breves segundos; todo se asemejaba a un síndrome de personalidad múltiple. Cada una actuaba según una historia distinta. Pero el fenómeno se extendió como una plaga sobrenatural. Los habitantes comenzaron a encontrar versiones alternativas de sí mismos caminando por las calles. Algunos intentaban abrazarlas. Otros las asesinaban. Las ciudades se llenaron de cadáveres imposibles de identificar porque todos compartían el mismo ADN. El Complejo Asseron respondió activando el Protocolo Cenit. El mayor reinicio jamás ejecutado. Toda la historia del planeta sería reescrita. Las anomalías desaparecerían. Las colonias serían borradas.
Incluyendo a Norris.
Pero mientras las enormes antenas orbitales acumulaban energía, Liam descubrió la verdad. Norris jamás había sido infectado. Él era la colonia. Su cuerpo entero estaba compuesto por aquellas entidades. No existía un paciente cero. Cada uno de los millones de organismos correspondía a un ser humano eliminado durante incontables reinicios anteriores. Cuando el sistema destruía una realidad, las conciencias no desaparecían completamente. Se fragmentaban. Se agrupaban. Mutaban. Aprendían. Con el paso de incontables siglos terminaron formando una inteligencia colectiva. Aquella inteligencia necesitó un cuerpo. Construyó uno. Ese cuerpo era Norris.
La infestación no pretendía destruir a la humanidad. Intentaba devolverle todas las vidas robadas. Cuando Miriam ordenó iniciar el reinicio absoluto, la colonia reaccionó mediante reproducción. Millones de diminutos organismos abandonaron el cuerpo de Norris. Cada contacto sembraba nuevos recuerdos. Cada huésped despertaba con cientos de existencias distintas latiendo dentro de su mente. Los cielos comenzaron a oscurecerse por enjambres. Desde la superficie parecía que enormes bandadas de insectos eclipsaban el Sol. Pero cada criatura era apenas una memoria buscando regresar a casa. El Complejo Asseron intentó reiniciar la realidad. Esta vez, no ocurrió nada. Los parásitos habían alcanzado el núcleo del sistema. Invadieron sus procesadores como raíces creciendo entre ruinas. Las máquinas comenzaron a recordar. Recordaron todas las líneas temporales que ellas mismas habían destruido. Sus algoritmos colapsaron, incapaces de decidir cuál era la historia auténtica. Las estaciones orbitales dejaron de emitir órdenes. Las barreras entre posibilidades desaparecieron.
Entonces llegó el silencio…
El tiempo dejó de avanzar en una única dirección. Las personas podían verse simultáneamente ancianas, jóvenes, vivas y muertas. Los continentes cambiaban de forma. Bosques enteros crecían sobre ciudades para desaparecer segundos. Criaturas y bestias nacidas de mitos compartían espacio con hombres y máquinas,
Miriam Solís desapareció durante aquel instante. Nadie volvió a encontrar un registro estable de su existencia. Liam contempló incontables versiones del mundo. Comprendió entonces que la humanidad había permanecido encerrada dentro de una repetición infinita. Ahora ese orden había terminado.
Norris había muerto. Su cuerpo se deshizo lentamente hasta convertirse en una nube interminable de aquellos organismos. Cada uno emprendió un camino distinto hacia algún ser vivo. Posteriormente, quedó un último mensaje grabado en los servidores moribundos del Complejo Asseron.
“No existe un único mundo que deba sobrevivir.Cada recuerdo rechazado encuentra siempre la forma de regresar. Y cuando los días muertos se alimentan de los vivos... la realidad entera termina infestada”.






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