El Legado De Las Estrellas por T. Ascanio en Inkitt
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El Legado De las Estrellas

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Sinopsis

Tres semanas después de enterrar al amor de su vida, Vesper ve caer del cielo a un hombre con su mismo rostro- y está a punto de descubrir que el duelo que la partió en dos fue, desde el principio solo la punta del iceberg. ¿Será solo su imaginación? ¿O está metida en un problema aún más gigante de lo que cree? Una historia de T. Ascanio

Genero:
Fantasy
Autor/a:
T. Ascanio
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo uno


El olor a lirios blancos se me quedaría pegado a la piel para siempre. Eso pensé, de pie frente al ataúd de caoba oscura, con las manos heladas entrelazadas sobre la tela negra de mi vestido. No era el aire acondicionado de la funeraria lo que me hacía temblar. Era otra cosa, algo más antiguo y más cruel: la certeza absurda de que en cualquier momento Adrián iba a abrir los ojos, incorporarse despacio y decirme, con esa media sonrisa suya, que todo aquello había sido una broma de muy mal gusto.

Pero los minutos pasaban y la tapa seguía cerrada, y la fotografía enmarcada sobre el arreglo de flores blancas seguía mostrando a un hombre que sonreía como si nada en el mundo pudiera tocarlo. Conocía esa sonrisa de memoria: la había visto por primera vez hacía seis años, en la fila de una cafetería cerca del campus, cuando él se giró para decirme que se me había caído la bufanda y yo, torpe, tardé tres segundos enteros en darme cuenta de que me hablaba a mí.

Alguien me apretó el hombro. Era Camila, con los ojos hinchados detrás de un delineado que ya se le había corrido dos veces, sosteniéndome el bolso que ni recordaba haber cargado. Al otro lado, Renzo permanecía de pie con las manos hundidas en los bolsillos de un traje prestado, la mandíbula tensa, la mirada fija en cualquier punto que no fuera el ataúd, porque llevaba media hora repitiendo en voz baja que si lo miraba directamente se iba a derrumbar, y los hombres de su familia no se derrumbaban en público, decía, aunque su voz ya se hubiera quebrado dos veces intentando sostener esa mentira.

Detrás de ellos, mi madre lloraba en silencio contra el hombro de mi padre, y él mantenía una mano firme en mi espalda, como si temiera que en cualquier momento mis piernas dejaran de sostenerme. No estaba equivocado. Sentía el cuerpo como un préstamo, algo ajeno que caminaba y respiraba y se dejaba abrazar, mientras yo observaba la escena desde algún punto detrás de mis propios ojos, incapaz de habitarme por completo.

Mi mente, sin pedirme permiso, viajó un año atrás. A ese mismo parque —porque siempre volvía a ese parque— donde los últimos rayos de un atardecer de octubre le habían pintado el rostro de un naranja imposible mientras Max, nuestro golden retriever, correteaba entre las hojas caídas con una energía que parecía burlarse del frío. Adrián se había arrodillado con una torpeza que no era su estilo, las manos temblándole tanto que la cajita casi se le cae, y yo me había reído —una risa nerviosa, incrédula— antes incluso de escuchar la pregunta completa.

«Llevamos seis años», me había dicho, hincado sobre el pasto húmedo, sin importarle que estuviera arruinando el único pantalón bueno que tenía. «Seis años y todavía cada mañana me sorprende que sigas aquí. No quiero seguir sorprendiéndome solo. Quiero que sea oficial. Quiero despertar sabiendo que esto —nosotros, este desastre bonito que hemos armado— es para siempre.»

Le había dicho que sí antes de que terminara la frase. Max había ladrado como si también entendiera. Y esa noche habíamos llamado a todos nuestros conocidos desde la cama, enredados entre sábanas y risas, planeando en voz alta una boda que ahora nunca sucedería.

Un carraspeo del oficiante me trajo de vuelta al presente, a la funeraria fría, a las hileras de sillas ocupadas por rostros conocidos que me miraban con esa piedad que ya no sabía cómo recibir. Era mi turno.

Me puse de pie despacio, y las piernas —de goma, ajenas— apenas me sostuvieron el primer paso. Sentí las manos heladas, tan frías que por un instante creí que el sobre blanco se me resbalaría entre los dedos entumecidos; un frío líquido me recorrió los brazos y bajó hasta la boca del estómago, como si algo dentro de mí también se hubiera quedado tendido en aquella caja. Camila soltó mi mano solo cuando fue absolutamente necesario, y caminé los pocos metros que me separaban del atril sintiendo cada mirada clavada en la espalda, cada respiración contenida del salón entero.

La cabeza me palpitaba, un martilleo sordo detrás de los ojos que llevaba días instalado ahí, cortesía de tantas noches llorando hasta quedarme sin aire, hasta que el llanto dejaba de ser líquido y se convertía en una especie de convulsión seca que me sacudía el pecho sin soltar una sola lágrima más. Cada paso hacia el pequeño atril de madera se sentía como caminar sobre una cornisa, y el aire de la sala, cargado de cera derretida y flores marchitas, se me pegaba a la garganta como un segundo velo.

Llegué. Apoyé las manos temblorosas sobre la madera pulida y saqué el sobre que llevaba doblado desde hacía tres noches, tantas veces reescrito que los bordes ya se sentían suaves, casi gastados, como una tela vieja. Desdoblé la carta. Respiré, aunque el aire no pareció llenarme del todo. Y leí.

Adrián:

No sé escribir esto sin que se me rompa algo por dentro, así que voy a intentar hacerlo como tú me enseñaste a enfrentar las cosas difíciles: despacio, y sin mentirme.

Fuiste la persona que más rápido se sintió como casa. Seis años, un departamento que armamos mueble por mueble un fin de semana lluvioso, un perro que adoptamos porque no soportaste dejarlo en esa jaula del refugio, y una promesa que hicimos bajo un árbol hace apenas un año. Eso fue nuestra vida. Ordinaria y ruidosa y perfecta.

Quiero que todos aquí sepan que fuiste el hombre que aprendió a hacer arroz solo porque a mí se me quemaba siempre, el que cantaba desafinado en la ducha sin ninguna vergüenza, el que hablaba con Max como si fuera a contestarle algún día. Fuiste paciencia cuando yo no la tenía, y fuiste risa cuando el mundo se ponía pesado.

Y quiero decirte, aunque ya no puedas escucharme, que lo siento. Siento no haber insistido más esa noche. Siento haberte dicho que no importaba la lluvia, que llegaras con cuidado y ya. Voy a cargar esa frase conmigo mucho tiempo, quizás siempre.

No sé cómo se sigue viviendo en un departamento que todavía huele a ti. No sé cómo se le explica a Max por qué ya no vienes. Pero voy a intentarlo, porque me lo enseñaste tú: incluso los días imposibles, se caminan de a un paso a la vez.

Te voy a amar en pasado y en presente al mismo tiempo, todos los días que me queden.

Tuya, siempre.

Vesper.

Terminé de leer entre un silencio espeso, roto solo por el llanto contenido de mi madre y un sollozo ahogado que soltó Camila sin poder evitarlo. Doblé la carta de nuevo, la apreté contra el pecho un segundo, y volví a mi asiento con la sensación extraña de haber dejado algo importante sobre ese atril, algo que no iba a poder recuperar nunca. No sabía, mientras me acomodaba de nuevo entre mis padres, qué haría esa noche en cuanto cruzara la puerta de mi departamento. No sabía, honestamente, si sería capaz siquiera de girar la llave.

La recepción posterior fue una sucesión borrosa de abrazos, de manos ajenas sosteniendo las mías, de frases hechas que la gente repetía sin saber qué más decir. «Está en un lugar mejor». «El tiempo cura todo». «Si necesitas algo, cuenta conmigo». Yo asentía, agradecía, y en algún momento dejé de escuchar del todo, hasta que la voz de Renzo me sacó del sopor.

—Te llevamos a casa —dijo él, sin preguntar, con esa firmeza suya que normalmente reservaba para discutir con sus profesores y que ahora usaba, torpe pero certera, para cuidarme—. Camila ya avisó a los tuyos que se queda contigo esta noche.

No discutí. Ya no me quedaban fuerzas ni para eso.

El departamento me recibió con un silencio que dolía físicamente. Max corrió hacia la puerta al escuchar las llaves, la cola moviéndose con esperanza, y se detuvo en seco al ver que solo era yo. El perro miró detrás de mí, hacia el pasillo vacío, buscando la otra silueta que debía completar esa llegada, y después soltó un quejido bajo que se me clavó en el pecho como un cuchillo. Llevaba semanas haciendo lo mismo. Buscando. Esperando.

Camila se quedó esa noche, y muchas otras después. Renzo aparecía sin avisar con comida que apenas tocaba, insistiendo en que comiera «aunque sea la mitad, Ves, aunque sea la mitad». Mis padres llamaban cada noche a las nueve, puntuales, como si el ritual mismo pudiera sostenerme. Y yo dejaba que me sostuvieran, porque no tenía nada propio con qué hacerlo.

Las semanas que siguieron se deshicieron unas en otras sin demasiada distinción. Volví a clases dos semanas después, no porque estuviera lista sino porque el silencio del departamento durante el día se había vuelto insoportable. Cursaba el último año de la carrera, ese tramo final en el que todo el mundo habla de tesis y prácticas y futuro, y yo me sentaba en la última fila del auditorio con el cuaderno abierto en una página que nunca llenaba, dejando que la voz del profesor se disolviera en un murmullo de fondo, indistinguible del zumbido de las luces fluorescentes. Mis compañeras me acercaban apuntes que yo no pedía, cuchicheaban un «pobrecita» que alcanzaba a escuchar de todos modos, y a la salida cruzaba el campus con la vista clavada en el suelo, calculando cuánto podía demorarme antes de que volver a casa se volviera inevitable.

Porque volver a casa significaba abrir la puerta y ver el gancho vacío donde antes colgaba la chaqueta de Adrián. Significaba pasar frente al lado del clóset que Camila me había ayudado a vaciar, no porque yo quisiera, sino porque verlo lleno cada mañana se había vuelto más de lo que podía soportar. Significaba servirle la comida a Max en dos platos, por costumbre, y corregirme a mitad del gesto.

Así que, en cambio, caminaba.

Todas las noches, sin falta, mis pasos me llevaban al mismo parque. Al mismo camino de grava bordeado de árboles que en octubre soltaban las hojas como si el tiempo insistiera en recordarme la fecha. Me sentaba en la misma banca —la banca desde la que Max había ladrado su aprobación aquella tarde— y me quedaba ahí, envuelta en mi abrigo, hasta que el frío se volvía insoportable o hasta que ya no podía distinguir si temblaba por el clima o por otra cosa.

Esa noche el cielo llevaba horas gestando la tormenta. Un aguacero fino, casi tímido, había comenzado a caer justo cuando crucé la entrada del parque, pero no me importó: nada me importaba demasiado últimamente, y menos algo tan pequeño como mojarme. Caminé hasta la banca de siempre, me senté, y dejé que las gotas se acumularan en mis pestañas mientras contemplaba las nubes, plomizas y espesas, sin una sola estrella que las rasgara.

Fue entonces cuando lo vi.

Un punto de luz azulada emergió sobre el manto de nubes, apenas una chispa al principio, atravesando la oscuridad con una velocidad que desafiaba cualquier lógica conocida. Mi primer pensamiento, absurdo y automático, fue: una estrella fugaz. Pedí un deseo por puro reflejo, antes de percatarme de que ningún fenómeno celeste dejaba tras de sí una estela de ese tono, ni descendía en línea tan recta, ni se expandía con semejante furia.

El punto se transformó en mancha, y la mancha, en cuestión de segundos, en una esfera incandescente que rasgaba la lluvia con un rugido grave y creciente, como el gemido de un motor a punto de estallar. El aire mismo pareció encogerse a su paso; sentí la vibración en las costillas antes de escuchar el sonido con los oídos. Un meteorito, pensé, con el pulso acelerándose hasta convertirse en un tambor descontrolado contra mis costillas. Me incorporé de un salto, cada instinto de supervivencia gritándome que corriera, que aquella cosa venía directo hacia mí, que esa noche —después de todo lo que ya me habían arrebatado— el cielo también había decidido llevarme a mí.

No cayó sobre mí.

Se estrelló apenas unos metros más allá, sobre el mismo sendero de grava, con un impacto que sacudió la tierra bajo mis pies como el rugido de un trueno subterráneo. Un fogonazo azul me obligó a cubrirme el rostro con el antebrazo; sentí el calor lamerme la piel incluso a esa distancia, un calor extraño, eléctrico, que no se parecía en nada al fuego que conocía. Cuando bajé el brazo, un cráter humeante se abría entre los árboles, bordeado de tierra removida y grava esparcida como metralla, y del centro de aquel agujero se elevaba un vapor tenue que la lluvia iba disolviendo poco a poco.

El silencio que siguió fue absoluto. Ni siquiera los grillos, ni el viento entre las ramas: solo la lluvia repiqueteando contra el suelo y mi propia respiración, entrecortada, incrédula.

Debería haber corrido. Cualquier persona en su sano juicio habría corrido. Pero yo llevaba semanas habitando un mundo que ya me había arrebatado lo peor que podía arrebatarme, y el miedo, extrañamente, había dejado de pertenecerme del todo. Así que avancé hacia el cráter con la curiosidad torpe de quien ya no tiene nada más que perder.

El resplandor azulado se apagaba en oleadas intermitentes, como el último parpadeo de una vela, y bajo esa luz agonizante distinguí una silueta tendida entre los escombros. Un hombre. O algo con la forma de un hombre, malherido, con líneas luminosas grabadas en la piel que fulguraban tenues bajo la superficie, apagándose con cada latido que pasaba, como si tuviera un río de luz corriéndole por debajo de las venas. Me acerqué despacio, el corazón subiéndoseme a la garganta, y me arrodillé junto a él sin reparar en el lodo que me manchaba el vestido negro.

Alargué la mano para apartarle el cabello oscuro y empapado que le cubría el rostro.

Y el aire se me quedó atrapado en el pecho.

Porque las facciones que la lluvia me devolvía —perfectas hasta un extremo que dolía mirar, esculpidas con una simetría que ningún rostro humano debería poseer, pómulos altos bañados en la última luz azul, una boca entreabierta que aún respiraba— eran, sin margen de duda, las mismas que yo había visto apagarse para siempre semanas atrás. La misma línea de la mandíbula. Las mismas cejas oscuras, ligeramente arqueadas. La misma boca que me había prometido, bajo un árbol, despertar a mi lado todos los días que nos quedaran.

Solo que ahora esa belleza excedía cualquier medida humana: la piel, pálida como mármol recién pulido, parecía irradiar luz propia desde adentro, y cada rasgo —la nariz recta, el mentón firme, la curva imposible de los labios— se sentía tallado por una mano que no conocía el error ni el descuido. Era Adrián, y a la vez era algo más, algo que ningún cuerpo mortal podía sostener sin quebrarse.

No podía entenderlo. Mi mente se negaba, tropezaba consigo misma buscando una explicación que no fuera una locura: un gemelo perdido, una alucinación provocada por el duelo, un sueño del que aún no despertaba. Ninguna bastaba. Ninguna explicaba las líneas de luz bajo su piel, ni el modo en que el aire a su alrededor parecía doblarse, ni el frío antinatural que emanaba de su cuerpo pese al fuego que aún lo envolvía minutos atrás.

Entonces abrió los ojos.

Unos ojos de un azul imposible, un color que no pertenecía a ningún cielo ni a ningún océano que yo hubiera visto, con una luminiscencia propia que parpadeaba desde el fondo del iris como una brasa recién avivada. Me miró —me reconoció, con una certeza que no dejaba espacio a la duda— como si emergiera de una vida que yo no recordaba haber compartido con él.

Y comprendí, con un terror que me heló la sangre más que la lluvia misma, que aquel hombre —aquel rostro amado, aquella boca que aún conservaba la forma exacta de mis recuerdos— no era, en absoluto, humano.

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