Prólogo
Anastasia
Cuando mi padre decidió que era una molestia para la nueva vida que quería formar con mi madrastra y me envió a este pueblo, donde el invierno parece ser eterno, con la intención de deshacerse de mí, no creí que correría peligro de muerte en mi primer día.
Siempre he sido una buena chica. Enfocada en mis estudios, con buenas calificaciones, buen comportamiento y excelentes modales. Mis compañeros de clases me adoraban y los vecinos hablaban muy bien de mí. He sido querida por muchas personas, menos por mi padre.
Pude haber sido capitana de las porristas, la novia de algún futbolista o la abeja reina de mi escuela, pero decidí continuar siendo una «solitaria popular». Eso nunca me ha resultado un problema, solo me hace sentir un poco vacía.
Llegar a este pueblo no fue del todo una imposición. Me pude haber rehusado, abandonar la casa de papá y encontrar un empleo que me sostuviera hasta encontrar algo más independiente y estable. No fue el caso. El tío Jake me recibió en su casa con los brazos abiertos y prometió que me daría apoyo financiero.
También me dio algunas instrucciones para asegurar mi estadía y supervivencia en Wellfirst, algunas personas del exterior lo llaman «el pueblo de la eterna nieve».
El tío Jake me dijo que el Bosque de Blanco, un lugar ubicado cerca de la montaña, estaba lleno de lobos de tamaños atemorizantes y un instinto asesino hacia los forasteros. Me advirtió sobre lo que pasaría si me acercaba demasiado a su territorio. Un solo paso dentro y sería comida para lobos. Probablemente le habría hecho caso y me habría asustado lo suficiente si se quedaba con esa versión de la historia. Pero eso no fue lo que sucedió, sino que también tuvo que contarme la versión de los pueblerinos. La leyenda de los hombres lobos.
Todos conocemos a los hombres lobos. Criaturas mitad bestia mitad humano. O humanos ardientes y musculosos que se transforman en grandes lobos que se enamoran de humanas como yo. Por lo menos eso ocurre en los libros juveniles y películas románticas.
Estoy segura de que este no es el caso.
Frente a mí no hay un lobo que se convertirá en un chico sexy que me prometerá amor eterno.
Muy al contrario, hay una manada de bestias con un pelaje tan negro que va en contraste con la nieve que cae sobre mi abrigo y cubre mi rostro. Uno de ellos, el más grande, se cierne sobre mí de manera amenazante, mostrando sus colmillos ensangrentados. El pánico me recorre con un escalofrío agudo y helado.
Me encuentro tan débil que ni siquiera intento correr. Estoy paralizada. Y extremadamente cansada. No he dormido y no he comido en un aproximado de diecisiete horas. Soy incapaz de defenderme. O de creer que puedo hacerlo.
Estoy muerta. Y ya. Es mi único pensamiento.
Nunca debí salir de la casa de mi tío y mucho menos tomar una decisión tan estúpida como huir al bosque en la montaña.
El lobo me gruñe y yo retrocedo. Mi espalda choca contra un árbol. No tengo salida. Toda la manada me rodea. Hay al menos unos ocho lobos que me acechan como si fuera su merienda. Harán destrozos conmigo.
Cierro los ojos y espero a que mi muerte sea menos dolorosa de lo que piensa mi cabeza.
El lobo da unos pasos hacia mí. Siento su aliento caliente golpearme la cara y contengo la respiración. Mi pecho sube y baja. Mi corazón late rápido y doloroso contra mi pecho.
Entonces, lo escucho. Un aullido. Un imponente aullido de lobo que me pone los nervios de punta y eriza mi piel de una forma extraña.
Abro los ojos lentamente.
Y lo veo.
Unos intensos ojos azules que gritan un montón de promesas aterradoras.