Capítulo uno: ¿Quién es Karol?
Después de que mi esposa murió, no quise volver a enamorarme ni juntarme con nadie, ya que tenía una gran responsabilidad a cargo y a alguien que me necesitaba: mi amado hijo Matheo.
Todo mi tiempo era para él, pero un reencuentro inesperado con alguien que me marcó e hizo sentir cosas en mi adolescencia se hará realidad. Lo peor es que tal vez esa persona no se quiera alejar, y lo peor aún es que yo tampoco quiero que lo haga. ¿Pero qué pasaría si las emociones o aquello que pensé enterrado volvieran a brotar?.
Karol, una mujer con enormes curvas, piel canela, labios rojos, tacones altos y una abundante y ondulada melena que le cae como una hermosa cascada, se encuentra frente a mí. Aquella niña escuálida, pero de gran inteligencia, estaba ahora delante de mi escritorio sonriendo. Llevaba un conjunto ajustado, digno de una secretaria: una camiseta blanca de manga corta que dejaba un poco al descubierto sus pechos y el encaje color rojo que combinaba con sus carnosos labios. Aunque llevaba un saco negro a juego con su falda, esta tenía un pequeño corte del lado izquierdo que se ceñía a su silueta.
—Como le comenté, estoy graduada con honores y en una de las mejores universidades, además de que pude hacer mis prácticas fuera del país. Hablo tres idiomas: inglés, español y alemán —me dijo mientras sonreía.
Por un segundo me quedé como un idiota o más bien, por más de un segundo, así que rápidamente me aclaré la garganta.
—Sí, en el currículum está, pero mi pregunta es: teniendo una carrera tan brillante, ¿por qué se interesa en una empresa que ni siquiera está establecida?
Ella acomodó un mechón de su melena detrás de la oreja, un gesto rápido pero que provocó que mi vista se fijara de nuevo en la curva de su cuello. Su sonrisa no se desvaneció; al contrario, adquirió un matiz un poco más juguetón, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando en mí.
—Porque conozco al dueño —respondió sin titubear, apoyando ambos brazos sobre el borde de mi escritorio y reclinándose apenas un poco hacia adelante—. Y sé de lo que es capaz cuando se propone algo. Esta empresa puede no estar consolidada aún, pero sé que va a crecer. Prefiero estar desde los cimientos.
El perfume a vainilla y madera dulce que desprendía inundó de repente el espacio entre los dos. Era el mismo aroma de años atrás, solo que ahora se sentía más intenso, más maduro. Igual que ella.
Traté de mantener la postura recta en mi silla de piel y entrelacé las manos sobre la madera clara del escritorio para disimular la tensión en mis hombros.
—Karol, esto no es un juego —dije, intentando que mi voz sonara con la autoridad de un director general y no con la un hombre acorralado—. Es un proyecto real. La carga de trabajo va a ser pesada, el sueldo al inicio no se va a comparar con lo que te ofrecerían en una transnacional y los horarios serán impredecibles.
—No le tengo miedo al trabajo duro, jefe —dijo, haciendo un énfasis provocativo en la última palabra—. Además, las grandes empresas son aburridas. Aquí hay margen para construir algo propio.
Se puso de pie despacio y el conjunto de vestuario se acomodó a su figura mientras rodeaba la silla donde se había sentado. Caminó un par de pasos hacia la ventana de mi oficina, desde donde se veía el movimiento de la ciudad, y se giró para mirarme directamente a los ojos.
—O dime la verdad... ¿te molesta que trabaje aquí?
La pregunta quedó flotando en el aire. Sabía perfectamente a qué se refería. No se trataba de las horas de trabajo ni de la empresa. Se trataba de nosotros, de lo que no fue en el pasado y de la bomba de tiempo que significaría tenerla a menos de dos metros todos los días.
Pensé en Matheo, en la rutina tranquila que me había costado tanto construir tras la muerte de mi esposa, y en el muro que levanté alrededor de mi corazón. Tener a Karol aquí era tirar ese muro a picotazos desde el primer día.
—No me molesta —mentí, tragando saliva—. Simplemente quiero asegurarme de que es la decisión correcta para ambos.
—Lo es —afirmó ella, dando dos pasos de vuelta al escritorio y extendiéndome la mano con formalidad impecable, aunque con una chispa en la mirada que lo decía todo—. Entonces, ¿cuándo empiezo?








