Capítulo 1: El Lote 1000-A
INTRODUCCIÓN
UMBRAL: LA CIUDAD QUE NUNCA DEJA DE COMER
Bienvenido a Ouroboros.
Si has abierto este libro esperando una fábula de salvación o un romance convencional entre luz y sombra, detente. Aquí, la luz es solo el reflejo del sol sobre el cristal de las torres de los depredadores, y la sombra es el único refugio de una humanidad que ha dejado de ser una especie para convertirse en un inventario.
En este universo, el hambre no es una sensación; es la arquitectura misma de la sociedad. Hace siglos, el hombre dejó de ser el arquitecto de su destino para convertirse en la base de la pirámide alimenticia. En la cima, los Núkros, una casta de belleza marmórea y hambre eterna, gobiernan con una lógica de hierro dictada por el Teorema del Carnicero. Para ellos, el amor es una anomalía biológica y la piedad es un desperdicio calórico.
Lo que estás por leer es la historia de una ruptura. El encuentro entre Lord Varic Vane, un depredador hastiado de la perfección de su propia especie, y el Lote 1000-A, una mujer sin voz cuya sola existencia desafía las leyes de la oferta y la demanda.
Aquí no hay héroes, solo supervivientes. No hay amor puro, solo simbiosis. Prepárate para entrar en un mundo donde la piel es seda, la sangre es oro y el silencio es el grito más fuerte de todos.
Entra con cuidado. En Ouroboros, la carne no negocia.
Capítulo 1: El Lote 1000-A
El aire en la Casa de Subastas Vermis olía a dinero viejo, ozono y, muy por debajo de las colonias de diseño, al aroma metálico del miedo. Para Lord Varic Vane, ese era el perfume de la cena.
Varic ajustó los gemelos de ónice en sus muñecas, aburrido. A su alrededor, la élite de Ouroboros conversaba en susurros. Había vampiros de piel marmórea bebiendo copas de sintético rojo, y hombres lobo con esmóquines mal ajustados que parecían incómodos en sus propias pieles. Pero los mejores asientos, los palcos de terciopelo negro, pertenecían a los Núkros.
—¿Busca algo para la bodega, Lord Vane? —preguntó un sirviente no-muerto, ofreciéndole una carta de lotes.
Varic ni siquiera lo miró. —Busco calidad. Mi clan celebra su tricentenario. Si sirvo carne fibrosa o estresada, seré el hazmerreír del Consejo.
El escenario se iluminó. El subastador, un hombre delgado con una sonrisa demasiado amplia, golpeó el mazo. —Damas, caballeros y depredadores de gusto refinado. Hemos llegado a la joya de la noche. La Crème de la Crème de la Granja 4. Línea de sangre certificada, libre de nanobots rastreadores y contaminantes industriales.
Las cortinas se abrieron. Una jaula de cristal descendió lentamente. Dentro, iluminada como una obra de arte o un corte de carne en una vitrina refrigerada, estaba ella.
El Lote 1000-A.
Era una hembra humana. Clase A. No llevaba ropa, salvo una cinta de seda blanca atada al cuello que marcaba su estatus de “mercancía de lujo”. Su piel era pálida, inmaculada, sin las cicatrices de látigo que tenían los de Clase C, ni las estrías de parto de las de Clase B. Había sido criada en interiores, alimentada con leche de almendras y purés vitamínicos, cepillada tres veces al día.
Varic se inclinó hacia adelante. Sus fosas nasales se dilataron. Incluso a través del cristal, podía olerla. No olía a sudor sucio. Olía a vainilla, a sangre dulce y oxigenada, y a un terror sumiso y silencioso.
—Observen la estructura ósea —anunció el subastador, golpeando el cristal con una vara. La humana se estremeció, un movimiento rápido y animal, pero no huyó. Estaba entrenada—. Pequeña, huesos ligeros. Carne tierna garantizada. Nunca ha realizado trabajo físico. Su dieta ha sido puramente orgánica desde el destete.
—¿Inteligencia? —gritó un vampiro desde la segunda fila.
—Funcional —respondió el subastador—. Entiende comandos básicos: Siéntate, Ven, Quieta, Come. No vocaliza, por supuesto. Las cuerdas vocales fueron tratadas químicamente para evitar esos molestos chillidos durante el... procesamiento.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Nada arruinaba más una cena que la comida rogando por su vida en esos ruidos y chillidos que ellos deben intentaban usar como idioma.
El subastador abrió la puerta de la jaula y chasqueó los dedos. —1000-A. Sal.
La humana parpadeó ante las luces brillantes. Sus ojos eran grandes, húmedos y oscuros. Caminó hacia el centro del escenario. No caminaba con orgullo; caminaba con la cabeza baja, los hombros encogidos, las manos apretadas contra los muslos. Sabía que estaba expuesta. Sabía que estaba rodeada de dientes.
Varic sintió que su Nú-core se agitaba bajo la piel de su pecho, una picazón biológica. Sus niveles de bio-energía fluctuaron ante la proximidad de tal densidad calórica. Esa humana no era solo comida. Había algo en su fragilidad que activaba su instinto depredador al máximo nivel.
—Iniciamos la puja en quinientos mil créditos —dijo el subastador.
Varic levantó su paleta número 1. —Dos millones.
El silencio cayó sobre la sala como una guillotina. Los vampiros se giraron. Los hombres lobo gruñeron por lo bajo. Ofrecer esa cantidad por un solo humano era obsceno. Era el precio de un edificio, no de una cena.
—Lord Vane ofrece dos millones —tartamudeó el subastador—. ¿Alguien...?
—Dos millones y medio —dijo una voz arrastrada.
Varic giró la cabeza. Valerius, su rival comercial, sonreía desde el palco opuesto, mostrando un colmillo de oro. Valerius no quería la carne; quería molestar.
Varic volvió a mirar al escenario. La humana, confundida por el silencio tenso, había empezado a temblar. Soltó un pequeño sonido, un gemido agudo y lastimero, como un cachorro perdido buscando a su madre. Ese sonido golpeó a Varic en el centro del pecho. No fue lástima. Fue posesividad. Mía, rugió su bestia interior. Mi presa. Mi carne.
—Cinco millones —dijo Varic, sin romper el contacto visual con la humana.
Valerius bajó su copa, borrando la sonrisa. Nadie pagaba cinco millones por comida. Eso era locura. —Es tuya, Vane —escupió Valerius—. Espero que no te atragantes con los huesos que para el precio deben ser de oro.
—Vendida al Lord del Clan Vane.
Varic se puso de pie y bajó las escaleras hacia el escenario. Los guardias se apartaron. Al llegar junto al subastador, Varic hizo un gesto para que se alejara. Quería inspeccionar su compra.
La humana se quedó congelada cuando la sombra de Varic cayó sobre ella. Él era alto, una torre de oscuridad y elegancia letal. Varic extendió una mano enguantada en cuero negro. La humana cerró los ojos y encogió el cuello, esperando un golpe.
En su lugar, Varic agarró su barbilla con firmeza, obligándola a levantar la cara. Con el pulgar, le abrió los labios. —Abre —ordenó con voz suave, gutural. Ella obedeció por reflejo condicionado. Inspeccionó sus dientes, limpios y blancos. Pasó el dedo por su lengua rosada, sintiendo la calidez húmeda, el pulso frenético de la vida. La humana tenía los ojos desorbitados de pánico, respirando bocanadas rápidas que abanicaban el rostro del Núkro con su aroma embriagador. Bajo de su chaqueta, las puntas de sus Extensiones Sanguíneas se tensaron, ansiando perforar la piel de la criatura para probar la frescura del sistema circulatorio directamente.
—Perfecta —susurró Varic.
La soltó y ella cayó de rodillas, jadeando, frotando su mejilla contra la pierna del pantalón de él en un gesto de sumisión absoluta. Buscaba apaciguar al monstruo.
Varic miró hacia el público atónito, luego bajó la vista hacia la criatura que temblaba a sus pies. —Envolvedla —ordenó a sus sirvientes, su voz fría como el hielo—. Y llevadla a mis aposentos privados. Quiero que esta carne repose antes de decidir cómo... prepararla.
La humana no entendió las palabras, pero entendió el tono. Su nuevo dueño había hablado. Se dejó poner la correa de transporte sin resistencia, mirando a Varic con esa impronta de supervivencia estúpida y ciega de quien sabe que su vida depende enteramente del capricho de un dios hambriento.








