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𝗪𝗔𝗟𝗞-𝗜𝗡 𝗖𝗟𝗢𝗦𝗘𝗧𝗦 || 𝘉𝘦𝘭𝘭𝘮𝘰𝘳𝘢

Sinopsis

Solía decirse que todos los famosos tenían una doble cara: que ante las cámaras eran una persona y tras las paredes otra. Gilberto Mora, ciego de inocencia en su juventud, aprendió a las malas que no siempre se debía confiar en el ídolo de la infancia.

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Prólogo

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01 de julio, Ciudad de México.

7:48 a. m.

Hace apenas un día que el Tri había logrado pasar los dieciseisavos de final contra la Selección Ecuatoriana en el infame estadio Azteca. Las transitadas calles estaban repletas de vasos vacíos que antes estuvieron llenos de cerveza o tequila; había confeti de los colores patrios esparcido por todos los alrededores y la vibra mundialista se sentía en el aire sin importar dónde se estuviera.

Gilberto Mora veía desde el gran ventanal del comedor del hotel el desastre absoluto que causó la victoria de su selección la noche pasada.

Sus brazos se mantenían cruzados sobre su pecho. Parecía tenso, a pesar de la expresión serena que adornaba su rostro. Sin embargo, la emoción que persistía en sus ojos y parecía no desaparecer mostraba una imagen completamente distinta. Un adolescente invadido por el estrés y el cansancio, pero lo suficientemente motivado para afrontar cualquier dificultad que le pusiera el destino enfrente.

Y el destino, que solía unir caminos y dar bellas sorpresas inesperadas, también podía ser muy cruel.

Dentro del área exclusiva del hotel, la repentina llegada y charla entre gritos moderados de Alexis Vega y Roberto "Piojo" Alvarado destruyó la poca tranquilidad presente. El dúo daba la impresión de seguir con la euforia de ganar un partido de eliminación directa después de quedar descalificados en la fase de grupos en el Mundial de Catar 2022.

Por detrás de ellos venían Johan Vázquez, Raúl "Tala" Rangel, Armando "Hormiga" González, Brian Gutiérrez y Santiago Giménez. Más atrás estaba Raúl Jiménez, recargado sobre los hombros de Julián Quiñones, quejándose entre lamentos por su terrible resaca. Luego, Guillermo "Memo" Ochoa apenas iba bajando del décimo piso, donde se hospedaban todos.

La escena era reconfortante a ojos de Mora. Un calor inesperado le envolvió el pecho, como el cariño inocente de un niño pequeño hacia sus tíos favoritos o hacia sus primos preferidos.

Los saludos mañaneros no se hicieron esperar, en conjunto con burlas no malintencionadas. «¿Y ese milagro que te levantaste temprano, chamaco?», fue lo primero que le preguntaron con una exageración marcada. Normalmente, el número diecinueve de la Selección Mexicana solía despertar veinte o treinta minutos después de la hora designada por el cuerpo técnico, pero eso ya era suficiente para ser objetivo de señalamientos.

Entonces Gilberto dio una excusa barata como respuesta. Era una mentira sucia y bien planeada que se deslizó por sus labios tal cual mantequilla derretida, o como si fuera un experto de toda la vida en engañar a la gente que lo rodeaba.

Los que estaban presentes se fueron directo en contra de Alvarado, que ya se estaba sentando en un sillón cercano al comedor. Aquel bullying sobrellevado entre amigos fue inevitable cuando la joven promesa de México acusó al dichoso "Pistaches en salsa verde" de roncar demasiado fuerte desde la sala adjunta en el décimo piso.

Eso era cierto, sí; incluso había testigos que también empezaron a reclamar entre burlas por los estruendosos ronquidos de Roberto. Sin embargo, no era exactamente la razón por la que Mora tenía unas espantosas ojeras bajo sus ojos almendrados.

A consideración propia del adolescente, la verdad era tan vergonzosa que, si la decía, se convertiría en la causa de risas cariñosas de todo el equipo. Ellos no eran molestos, por supuesto que no, pero no quería lidiar con algo que no pararía incluso hasta el día siguiente de la concentración.

Entre chistes malos, Mora se hundió en su propio mundo después de acomodarse en una silla a los extremos de la larga y vacía mesa de cedro oscuro. Su mente juvenil se centraba en una sola cosa: Jude Bellingham y el partido que tendría contra la RD Congo dentro de pocas horas, ese mismo día, en el estadio Mercedes-Benz.

Gilberto deseaba con toda la emoción posible del mundo que la Selección Inglesa ganara. Y, aunque él sabía que eso podía perjudicar el sueño de todo México de llevarse la Copa del Mundo por primera vez en mucho tiempo, su anhelo inocente de jugar como rival del número cinco del Real Madrid y su mayor ídolo desde, al menos, los doce años de edad, en los octavos de final competía fervientemente en contra de esa esperanza nacional que se convirtió en una sola pregunta que estaba ilusionando al país entero.

El ambiente, que hace minutos fue un caos de risas y burlas pesadas, pasó a volverse tranquilo conforme empezaban a servir el desayuno.

La mesa se llenó de bowls de fruta picada, platillos diferentes y balanceados para cada jugador, pero, sobre todo, de nuevas charlas tranquilas entre cada uno de ellos.

Gilberto Mora ya estaba fuera de su trance para ese entonces, pero su atención seguía centrada en ese inglés que fue la razón exacta de su poco descanso y su ejemplo a seguir desde que inició su carrera en el fútbol profesional.

No era obsesión, era admiración. Esa devoción casi ciega lo empujaba a llegar más lejos para posicionarse en lo más alto de una jerarquía no escrita del fútbol, donde los reyes eran aquellos que podían vender su contrato por millones de euros a un buen club europeo y los peones, los que terminaban hundidos en un mar de frustraciones por no poder sobreexplotar sus propias carreras.

En la podrida industria futbolística, dentro de esa pirámide de superiores e inferiores, Jude Bellingham se posicionaba en lo más alto como el jugador de élite que era.

Confiado, competitivo, autoexigente, seguro de sí mismo y, sobre todo, arrogante. Su imagen pública era perfecta así.

Lo veían como una buena persona que cada día se esforzaba más para ser mejor, solo por demostrar el más mínimo carisma o empatía. Pero, dentro de las cuatro paredes de su propia privacidad, el personaje que había hecho la prensa de él desaparecía.

Como si fuera un rey de la antigua Nueva España, su personalidad se distorsionaba hasta volverse un completo narcisista con complejo de superioridad.

Egoísta, apático, violento y manipulador.

Un hipócrita en toda la extensión y concepto de la palabra misma.

Bellingham terminaba de ser ese tipo de persona que, si veía a alguien mejor que él, con talento o incluso potencial, no tardaría en destruirla en un juego dolorosamente simple, pero tortuoso.

Gilberto no sabía que veía con un destello orgulloso a un hombre así de podrido y despiadado. Mucho menos que ese mismo individuo lo viera como un potencial peligro para su propio estatus.

Y mientras él reía entre sorbos cortos de café con una inocencia genuina y digna de su edad junto a Armando "Hormiga" González, sentado a su lado, en Estados Unidos, específicamente en el centro de Atlanta, la estrella de Inglaterra sostenía entre sus manos su celular con un semblante casi depredador.

Los dedos del mediapunta se deslizaban sobre la pantalla optimizada a brillo bajo. Videos cortos, estadísticas, jugadas clave marcadas en asistencias y luego en goles, entrevistas. Jude Bellingham se había vuelto un auténtico analista de la joven joya de México, que ya consideraba como una amenaza directa en la cancha.

Lo veía jugar con meticulosa atención conforme pasaba cada cortometraje grabado de los partidos. Era bueno a sus ojos, con un talento digno de pulirse en las grandes ligas de Europa, pero dejarlo triunfar significaba cederle, poco a poco, un lugar al lado de su trono como jugador prodigio.

Eso, para Jude, era permitir que alguien igual de bueno llegara a opacarlo. Y él siempre se escogería a sí mismo por encima de los demás.

Luego de lo que fueron apenas unos minutos, se detuvo en una entrevista que parecía haber sido grabada hacía unas semanas. Las preguntas eran triviales, como las que le hacían a cualquier jugador en ascenso.

Bellingham iba a pasar de largo con un simple deslizamiento. Sin embargo, la respuesta a una de esas tantas cuestiones le llamó la atención.

— ¿Alguien con quien quisieras jugar por el resto de tu vida? — preguntó el entrevistador y luego le pasó el micrófono al talentoso adolescente.

— Con Jude Bellingham.

Fue una respuesta rápida, consciente y sincera. Uno de sus peores errores, por cierto.

El inglés, que detuvo el video justo cuando Mora sonreía sutilmente al terminar de responder a la pregunta, había encontrado una manera de hundirlo, como a los demás jóvenes estrellas que terminaban alejados del deporte que poco los acogía. Pero su mente empezó a hilar una alternativa todavía más perversa, incluso más divertida y efectiva.

No le importaba el partido de mañana porque, con toda la arrogancia, sabía que lo ganarían. Su único objetivo en mente, a largo plazo, era Gilberto Mora, ese niño que salía a jugar con profesionales a sus juveniles diecisiete años y lo admiraba con orgullo.

Jude Bellingham apenas curvó los labios. No había rastro alguno de felicidad en su expresión; solo una frialdad implacable y un brillo de anticipación en los ojos ante algo que prometía ser sumamente entretenido durante meses o incluso años.

El astro inglés no solo planeaba ganarle a México en los octavos de final; quería quitarle a esa selección tricolor a uno de sus jugadores más preciados y luego quebrarlo en mil pedacitos abundantes de dolor mezclado con agonía.

Mora, que ahora jugaba pádel en una cancha exclusiva con una sonrisa cargada de genuina inocencia adolescente, ni siquiera sabía que acabó siendo el blanco de algo tan cruel y monstruoso que culminaría con su propia paz mental y psicológica.

Y porque el destino ya lo había escrito como un juramento sagrado, así sería.

Gracias por leer.

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