THALIA
Desde la torre de control puedo ver toda la extensión de la pista y más allá el brillo zafiro de las aguas del adriático golpeando la costa una y otra vez.
Es una vista hermosa, pero no estoy aquí por las vistas.
Bajo la mirada a través del vidrio blindado hacia el avión en pista. El ruido de los motores puestos en marcha me llega con claridad y entonces veo a mi presa, corriendo como solo los cobardes saben hacerlo.
Mira sobre su hombro cada dos por tres como si esperara una emboscada. Está asustado… No, está aterrado. Sabe lo que ha hecho y conoce las terribles consecuencias.
Cuando lo veo entrar a la avioneta decido que he esperado lo suficiente, le hago un gesto a los tres hombres armados que me acompañan y empiezo a bajar las escaleras industriales que se sacuden al ritmo de nuestros pasos.
En la pista una oleada de calor asciende desde el asfalto. Estamos en el medio de la primavera y el sol brilla ofensivamente en el cielo.
Cruzo la pista rápidamente huyendo del calor asfixiante, subo a la aeronave y parpadeo ante el cambio de luminosidad. Mi presa está sentada en uno de los sillones de cuero barato, su mirada perdida en la vista fuera de la ventana, sus dedos marcan el paso del tiempo con nerviosismo contra el reposabrazos.
El sonido de mis tacones me delata y su rostro pierde todo el color cuando gira en mi dirección, un escalofrío lo recorre entero e intenta ponerse de pie.
—No te levantes—ordeno, cruzando el espacio.
Entonces, tomo asiento frente a la rata disfrazada de hombre y cruzo las piernas. Lanzo una mirada rápida alrededor, el jet es pequeño, lujoso para alguien como él.
—¿Vas a algún lado en mi avión, Rocco? —le digo a mi muy traidor contador.
Sus ojos oscuros se abren muy grandes al comprender la verdad. Al ver la trampa en la que cayó con tanta facilidad.¿En serio creía que no me iba a dar cuenta de que estaba desviando fondos, mis fondos, a sus cuentas privadas en Suiza? Durante meses le dejé creer que no lo sabía, que me estaba venciendo en mi propio juego.
Sospechaba que no se iba a arriesgar mucho más, que estaba buscando un boleto de escape e hice que llegaran a su oído rumores sobre un aeródromo en la ciudad recién adquirido por Russell Holding, una empresa británica sin nexos con la mafia y dedicada a operaciones discretas. Permití que su cabeza se llenara con fantasías de una posible huida, de una salvación. Lo que Rocco nunca supo es quien era el verdadero dueño del Holding, hasta ahora.
«Siempre caen», pienso con un suspiro.
Rocco tiembla, los ojos se le llenan de lágrimas y veo como la desesperación lo posee. Entonces hace lo más sensato y a la vez lo más inútil, cae sobre sus rodillas frente a mí mientras murmura disculpas y excusas que no me interesan.
—Yo…Donna…lo lamento—dice con un sollozo patético.
Se arrastra hacia mi entre lágrimas y plegarias y se inclina hasta besar la punta de mis Louboutin. Me aparto asqueada con su pobre intento de seguir con vida.
Debió pensarlo mejor antes de morder la mano que le dio de comer.
Debió pensarlo mejor antes de intentar joderme.
—Odio muchas cosas—le digo con una voz que no es más que hielo —. ¿Sabes qué es lo que más detesto, Rocco?
No responde, por supuesto que no. Solo se arrastra como un gusano y llora como un condenado.
Me levanto alisando la tela de mi falda.
—Qué me roben el tiempo—escupo.
Me doy la vuelta, Rocco grita por misericordia, pero no le doy ninguna.
Le hago una seña a mis hombres y salgo del avión.
El eco de los balazos suena amplificado por el metal cuando las armas son descargadas. Luego de eso, silencio absoluto.
Mientras bajo las escaleras del avión le doy un vistazo al Vacheron Constantin de oro blanco en mi muñeca. Tengo una reunión en Industrias Tavari en una hora con el alcalde de Trani. Esto fue perfectamente rápido.
Alzo la mirada y noto que la pista ya no está vacía. Hay un Bentley Continental aparcado al lado de la aeronave. Recostado contra el parachoques Vincenzo me espera, una ligera chispa de diversión le ilumina los ojos.
—¿Qué se llevó? —le pregunto a mi consigliere, mi mano derecha.
—Siete millones de euros—comenta él.
Enarco una ceja. ¿Así que Rocco planeó toda esta huida por esa cantidad? Como si no tuviera cosas mejores que hacer.
—¿Todo esto por siete millones? —digo con fastidio.
Aunque no se trata del dinero, es sobre el respeto y la reputación.
No se roba a la Sacra Corona Unita, y más importante aún no se le roba a la familia Tavari.
Vincenzo suelta una risa.
—Engreída— se burla y me abre la puerta del auto.
Si fuera otra persona perdería la lengua solo por atreverse a hablarme de esa manera. Por desgracia, su lengua me ha sido bastante útil. Cruzo el par de metros que nos separan, pero antes de subir al vehículo, él me detiene.
Ya no hay ni rastro de risa en su rostro.
—Tengo noticias—suelta.
Ese preludio me hace comprender que lo que va a decir no me va a gustar, normalmente es bastante directo. «Cazzo, ¿ahora qué?».
Hago una seña para que continue.
—Luciano Russo está muerto—deja salir.
Sus palabras hacen que el mundo se detenga por un segundo, y aunque trato de no mostrarlo en el exterior, sé que él me conoce bien.
Las implicaciones de lo que dice caen sobre mí como agua helada. Uno de los siete jefes ha muerto, no un jefe cualquiera, un Russo.
Respiro profundo. No me interesa saber el cómo, ni siquiera el cuándo de la muerte del jefe.
No, lo que me preocupa es lo que viene después de esto, porque Luciano ha muerto y eso solo puede significar una cosa.
Su hijo es el nuevo capo.
Un solo pensamiento cruza mi mente. Una palabra que me trasporta diez años, en un pasado que mantengo enterrado seis pies bajo tierra.
«Maximiliano».








