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Se comenta (agus giay x valen barco)

Sinopsis

En donde Valentín (con ayuda de su grupito de amigos) le hace bullying a Agustín. O mejor dicho, en donde Agustín se cansa del acoso. ✧sexo ✧contenido de violencia física y verbal ✧consentimiento dudoso ✧homofobia ✧colegio au

Genero:
Erotica
Autor/a:
milanguchito
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

one-shot


Se comentaba en los pasillos que el nuevo pibe era raro. Y lo que se comentaba en los pasillos, en menos de una hora, lo sabía todo el colegio. Así fue siempre, pero se intensificó en los últimos dos años.

Agustín estaba en la biblioteca leyendo un libro, ni siquiera le interesaba de qué se trataba. Había sonado el timbre hacía un ratito, pero se quedaba boludeando, haciendo tiempo antes de volver al aula. Era el tercer recreo de un lunes, tenían clases con el viejo choto de economía política. Dos horas.

Los profesores siempre lo retaban por llegar tarde, pero prefería mil veces eso, que tener que soportar al grupito de boludos que lo jodían todo el día.

—Otra vez tarde Giay, ¿me puede decir dónde se metió? –pronunció con un vozarrón insufrible.

—Estaba en el baño –dijo rápido sentándose en su lugar, delante de todos en la última fila de bancos. El peor lugar.

—Mentira profe, estaba chamuyándose al kiosquero –la voz grave sonó en el silencio mortal y unas risas empezaron a retumbar por el salón.

—Basta Barco, compórtese –comentó el profesor, mientras seguía–. Giay, ya estamos grandes, último año por favor. Si vuelve a repetirse…

—Ya sé, ya sé, va a llamar a mi mamá –soltó hinchado los huevos. Siempre lo mismo.

El profesor se dio vuelta y empezó a escribir cosas en el pizarrón a las que no le dio bola mientras hablaba sin parar. A veces se preguntaba si la vida lo odiaba, porque aunque no creía en el karma, mucho menos en las energías ni en esas cosas astrales que no entendía, comenzaba a sospechar que el universo tenía algo en su contra. O que alguien lo mufó, como cuando se le cayó ese espejito a los 8 años, o pasó por debajo de las escaleras en una construcción.

—Qué pasa boludito –sintió el golpe molesto en su cabeza con un objeto que no identificó, tomó una respiración honda e ignoró al imbécil que tenía atrás-. ¿Sos sordo tarado? Te estoy hablando.

El castaño se giró con mala cara, y procedió a agarrarse un huevo izquierdo siendo algo sutil. No era supersticioso, pero el colorado yeta que se sentaba detrás de él, no solamente podría reencarnar en la definición de mala leche, sino también, en su peor pesadilla.

Conoció a Valentín Barco en quinto de secundaria, el año pasado. Agustín hasta ese momento, era un chico relativamente feliz, y estaba conforme con su vida en Santa Fe, no tenía ninguna queja. Pero como se dijo antes, la suerte nunca estuvo con él, y fue cuando los problemas arrancaron. Su vieja y su viejo se empezaron a llevar mal por razones desconocidas, la tensión en la familia crecía y las peleas eran todos los días. Evidentemente terminó en un horrible divorcio para nada pacífico, bastante traumante. El hermano mayor se había ido de casa lavándose las manos del quilombo. Agus y su hermanito chiquito, al ser los menores, quedaron a la expectativa de qué corno iba a pasar con ellos. Se determinó que su mamá se hacía cargo de la completa tenencia de ambos, y en algún momento sin consultarles se tomó la decisión de que los tres iban a mudarse a Buenos Aires para empezar una nueva vida desde cero.

El castaño no quería mudarse. Si le preguntaban, estaba conforme, tenía a sus amigos ahí y prácticamente toda una vida hecha. Su padre no tomó voz ni voto en el asunto, se borró. Así que dedujo que tuvo algo que ver en esa separación de causa desconocida, y efectivamente. Entendía a su vieja, él tampoco se quedaría al lado de un hombre que le había metido los cuernos pero, ¿era necesario la mudanza a otra provincia?

Así fue como, en un caluroso verano, Agustín Giay se mudó a Buenos Aires. Su nuevo hogar: una vieja casa de la abuela materna. Era chiquita pero de dos pisos con linda vista al tendedero de los vecinos que colgaban calzones de vieja. Lo anotaron en un colegio privado de doble turno y aunque no quería saber nada de su papá, extrañaba ver con él los partidos de San Lorenzo, su casa, sus amigos y otras cosas que nunca mencionó. Fue muy difícil adaptarse. Y cuando empezó quinto año, La modalidad era economía, no entendía un carajo y le chupaba un huevo el sistema de información contable, materia que había leído en el plan de estudios del colegio. Pero quedaba relativamente cerca de su casa, era privado, tenía buen nivel y lo recomendaban. A todos les era más conveniente (menos para Agus, claro).

Intentó no ser un problema para su mamá, hizo todo sin quejarse. Lo que menos quería era ser una carga para la vieja, que se partía el lomo por él y su hermanito. Así que, a pesar de que sentía que su vida estaba medio en picada, siguió en la suya.

Si pensaba que no podía empeorar, empeoró. El primer día perdió el colectivo, llegó tarde y no lo dejó pasar el portero; encima el uniforme le quedaba un poco apretado. Cuando encontró el salón, ya estaban todos los alumnos acomodados y se sentó en el primer banco que encontró vacío delante de todo, solo. Eran muchos varones, vio pocas mujeres a pesar de ser colegio mixto. No conocía a nadie, y en el recreo se dió cuenta que ellos parecían conocerse bien y desde hace años. Los grupos estaban bien conformados y él solo sobraba.

Nunca lo habían excluido con tantas ganas, jamás se había sentido perdido en un lugar. Tan desconectado. Aunque no se consideraba tímido ni introvertido, no podía congeniar con nadie. Ni un solo amigo pudo hacer. Y eso pareció molestar a los demás, especialmente a un grupo de tarados de turno que se la agarró con él, (dedujo por exceso de aburrimiento), liderado por un pelirrojo con cara de culo apodado “El Colo”; un enano pelo largo con vincha (que en su opinión le quedaba como el orto) al que le decían Luka. Redondo, típico cheto con aires de grandeza que flasheaba ser un príncipe porque vivió cinco años en europa; el español con acento deformado apellidado Garnacho, o como le decía él por dentro, Garchando; Puch, un rugbier que parecía un tanque patotero y por último, no podía faltar en este gran cúmulo de enfermedades, el pibe chamuyero de minitas, el fantasma que estaba en todos lados, Matías Soulé. Ahí estaba el grupito completo, que de casualidad se sentaba detrás de él ocupando tres bancos en su misma fila. Una especie de pelotón de pelotudos.

—Dejalo Colo, debe estar pensando en el kiosquero el trolo este ‐dijo la voz molesta que reconoció enseguida, era el más enano del grupo que estaba sentado justo detrás de él.

—Qué asco Lukita, no lo digas en voz alta mirá si se contagia –soltó el pecoso con tono de burla.

—Tenés razón, no te vayas a infectar.

—No me gusta que me ignoren mientras estoy hablando, ¿me escuchás pelotudo? –el colorado procedió a patearle la silla molestándolo como hacía siempre. Todos los santos días.

Agustín estaba acostumbrado a esto. No quería meterse en quilombo, cada vez que pasaba algo respiraba hondo, pensaba en cómo evadirlos o evitarlos. Nunca le dijo a ningún directivo de los abusos, porque sabía que eso era un problema asegurado. No quería problemas, no podía ser una carga para su mamá, ni llevar quilombo a casa. Así que fingía que nada le importaba, mientras pensaba, o creía que estaba desarrollando habilidades de paciencia inimaginables. Solo tenía una cosa en mente, que lo fortaleció estos casi dos años: terminar la secundaria (le quedaba solo medio año) para recibirse y poder conseguir un trabajo decente. Con mucha suerte, el castaño podría volver a mudarse a Santa Fe nuevamente, y estudiar allá alguna carrera que le guste.

Cada vez que se angustiaba y estaba a punto de estallar, iba corriendo a la pieza de su mamá para recibir el apoyo que necesitaba y contarle todo. Pero algo siempre lo frenaba. Se acordaba de su vieja llorando en las noches, por todo el estrés de lo que estaba viviendo también. Era muy difícil, para todos.

Las burlas venían de todos lados y por cualquier cosa, por ejemplo Redondo le decía que siempre usaba las mismas zapatillas, tratándolo de pobre. Es verdad, con suerte podían pagar la cuota del colegio suyo y de su hermanito. Garnacho más de una vez le metió la traba en el pasillo sin querer. Soulé se burlaba porque no tenía amigos pero los peores sin duda eran Valentín y Luka. Especialmente Barco, ese pecoso de mierda le tenía las bolas llenas, sabía que dirigía la batuta. Se la había agarrado con él, seguramente por estar solo y ser el nuevo. Los otros lo secundaban, si el colorado empezaba a joderlo, los demás lo seguían como si fueran un séquito de boludos subordinados por una zanahoria con cara de moai.

Al final del ciclo lectivo de quinto año empezó lo que sería su delirio. No sabe quién comenzó el rumor, pero de un día para el otro, en los pasillos lo empezaron a mirar mal. Y es que en algún momento, todos se enteraron de que le gustaban los chicos. Al parecer le habían sacado el teléfono y los hijos de puta se lo revisaron (dudó, pero estaba seguro que fue en educación física cuando lo mandaron a guardar las pelotas y dejó la mochila contra la pared). Ahí tenía un par de fotos, como cualquier adolescente. También se chamuyaba con algunos pibes (ex compañeros que dejó en Santa Fe).

Si creía que vivía un infierno, se equivocó. El infierno empezó en sexto, su último año.

Pensó que ya era mucho: una vez entre todos, le rompieron el uniforme del colegio a propósito. Lo encerraron en un salón con llave, le escondieron incontables veces la cartuchera. También le escribían los cuadernos, entre las situaciones más simples que tenía que soportar. Abusos físicos, verbales, y obviamente se vivían metiendo con su sexualidad.

Cuando pasaba a escribir al pizarrón, los imbéciles le chiflaban. Especialmente el colorado yeta, que se encargaba de hacer el mayor bardo posible para dejarlo como el culo y avergonzarlo frente a toda la clase. Le tenía una bronca infundada. (Y por si alguno se pregunta, no, nadie hacía nada. Parecía que todos le tenían miedo al grupo de seis energúmenos sin neuronas funcionales).

—¿Así es como entregás la cola puto de mierda? –la voz del líder lo tenía harto.

—No responde el trolito, es un cagón, dejalo –acotaba Luka siempre a los insultos del colorado entre risas.

El preceptor de ese momento, un pibe joven llamado Lisandro, intervino en ocasiones y le advirtió varias veces “No está bueno lo que está pasando. Deberías hablar con el profesor, o los directivos Agus. Ya me parece suficiente, si no hacés algo lo voy a hacer yo”

Giay casi se puso de rodillas, rogó que no dijera nada. Prometió que algo iba a hacer, necesitaba tiempo, pero no quería que se metiera nadie. Le puso de excusa lo de su mamá, su hermanito, el divorcio y por alguna razón lo convenció con pena. Licha, ese era su apodo, se mantuvo al margen.

Pero todo tenía un límite. La primera vez que Agustín reaccionó mal, fue en un partido de fútbol. El castaño nunca jugaba con sus compañeros, no tenía ganas y tampoco quería que lo cagaran a patadas a propósito. Esta vez, el profesor de educación física, lo obligó a jugar porque debido a la lluvia habían faltado varios alumnos. No tenía la opción de quejarse. Para qué.

Giay jugaba, y lo hacía bien. Corrió y dejó a varios del grupo que lo molestaban con la boca abierta. Las caras de sorprendidos bajo la suave llovizna le subieron el ego (ya inexistente).

—No sabía que los putos podían jugar al fútbol –gritó Barco enojado, el equipo del mayor le estaba ganando 2 a 0. Agus dejó pasar eso y siguió jugando, ganar se sentía mejor que nunca.

Se comió un empujón de Puch, Garnacho le puso la traba, Luka le tiró de la remera innecesariamente fuerte para hacerlo caer, Redondo lo pisó sin querer, Matías se reía de todo y Barco estaba empezando a perder los estribos. Eran todos ellos contra un tragasable de cuarta. Un homosexual de mierda como ese no podía jugar así. La sangre le hervía de la bronca que se acumulaba en sus venas.

Cuando el castaño metió el tercer gol, todo se quebró. Barco, como un nene malcriado, había tenido suficiente. La lluvia se había intensificado un poco más, mezclándose con el sudor de correr por casi una hora.

—Yo no juego más con este trolo asqueroso, me da asco. Me tocó y no me quiero enfermar, me voy a pegar una ducha –procedió a salir del predio pateando cosas como un histérico. Los amigos, es decir, su séquito de súbditos mononeuronales, lo siguieron murmurando cosas que no se llegaban a escuchar.

—Este trolo de mierda te vacunó con tres goles –gritó Giay por primera vez contestando después de casi dos años resistiendo a sus impulsos agresivos internos.

El colorado frenó su caminata fuera de la cancha y se giró. La cara que tenía era un poema. No sabía si estaba sorprendido, enojado o confundido. Automáticamente volvió dando pasos agigantados para pararse frente al más alto debajo de la lluvia. El otro no se achicó ni un minuto.

—¿Cómo me dijiste pedazo de puto reventado? –masculló entre dientes con una ira incontenible. El grupete se quedó tieso mirándolos a lo lejos, algo en el aura de Barco gritaba no se acerquen.

—¿No escuchaste? dije, –repitió el mayor dando un paso adelante chocando el pecho amplio que tenía con el del menor–. Que este puto reventado te rompió el orto.

El pecoso no retrocedió ni un paso.

—Mirá si un asqueroso como vos me va a romper el orto, animal. Hacete tratar, enfermo. Andá a jugar con las minas a las barbies mejor –varias veces lo había insultado pero nunca con ese tono tan despreciable. Como si realmente fuera una basura. Agustín se había hartado, pero esta vez en serio.

El más alto no tardó ni dos segundos en agarrarlo del cuello de la camisa, levantándolo con fuerza. Barco automáticamente le clavó las uñas en las muñecas sorprendido por la reacción.

—¡Dejame, trolo de mierda! –pronunció el más bajo con bronca, pero sin soltarse. Las dos miradas se habían cruzado, por fin el castaño no bajó la cabeza ante el pelirrojo. Sus ojos claros se clavaron en los marrones opacos del otro y el Colo, por un momento ínfimo, sintió flaquear sus piernas.

La primera trompada la dió Agustín, directo a la mandíbula. El colorado retrocedió hasta caer hacia atrás sobre su culo en el pasto mojado. Se limpió la boca que sentía desencajada. La respiración del más alto estaba agitada, su cara desfigurada con un gesto descomunal. El grupito de la comitiva barata se quedó sorprendido y congelado sin hacer nada, como expectantes de una función. Barco automáticamente se paró y se le tiró encima devolviéndole la piña bien puesta en el mismo lugar. El castaño no llegó a reaccionar, y cayó al suelo. En seguida el de piel pálida se le subió encima sin darle respiro, pegándole un zurdazo en la barbilla. El hincha de San Lorenzo sintió la sangre dentro de su boca brotar.

—Quién te pensás que sos maricón –Barco se acomodó como pudo y nuevamente le metió otra trompada. El tercer golpe mareó al castaño, pero el cuarto no llegó. Agustín lo frenó: había una realidad y era que el cuerpo del más alto era mucho más grande y fuerte. En menos de un segundo lo dio vuelta quedando sobre él y fue su turno de cagarlo a piñas. Su puño se impactó en el pálido pómulo pecoso, haciendo al otro gemir de dolor. Una, otra vez. Valentín luchó, sintiendo una curiosa electricidad por su cuerpo, pero no pudo sacarse de encima al mayor que estaba desenfrenado.

En ese momento fue cuando cayó el séquito de enfermos a separarlos, la adrenalina eufórica de Giay no lo hizo pensar, había perdido la mente por primera vez en su vida. Ignacio Puch, lo sostenía pasando sus brazos por debajo de las axilas del castaño. Lo levantó y lo hizo retroceder costándole bastante, pesaba. Matías había corrido buscando al profesor de educación física, Redondo se fijaba si el colorado estaba bien. Luka aprovechó la posición en la que lo sostenía el rugbier para patearlo en el estómago, pero no duró nada. En seguida apareció el profesor, gritando. Giay empezó a ver borroso, no sabía si era la lluvia sus lágrimas o el odio que lo estaba consumiendo.

Cuando volvió en sí, estaba en la oficina de dirección sentado con Barco al lado. Ambos tenían las heridas relativamente curadas. Valentín se ponía hielo en el ojo y la mejilla, tenía la mirada hacia abajo. Agus se colocaba hielo en el labio inflamado. El semblante del director era sombrío, daba miedo. Sus facciones estoicas asustaban, y sus pómulos filosos resaltaban en la luz del lugar. Frotaba sus manos mirándolos, callado. Después de un minuto de silencio, acarició su frente como cansado, exhausto.

—¿Entonces me van a decir qué pasó? O tengo que…

—El puto de mierda me pegó una piña y me defendí –comentó Barco con la voz rota.

Agustín tenía la mirada perdida en un punto del escritorio. Le dolía todo, le dolía mucho.

—No me importa quién empezó qué, ya tienen 18 años. Las peleas están prohibidas y lo saben bien. Quedan suspendidos una semana, los dos –corto y al pie. El director Scaloni no le daba vueltas al asunto nunca, y era bien reconocido por su carácter. Andaba ocupado, y parar sus actividades por pendejos de mierda no era algo que tenía planeado sumar en su extensa lista de diligencias.

Antes de que el castaño pudiera saltar a quejarse, angustiado, entró el vicedirector agitado como si hubiera corrido hasta ahí.

—Lionel, ya llegué. ¿Qué pasó? –comentó preocupado viendo la situación frente a sus ojos intentando conectar cables.

—No creo que deba explayarme mucho más –soltó señalando el aspecto de los dos jóvenes‐. Una semana suspendidos, y mañana a primera hora citación con sus padres.

—Por favor, por favor. No puedo molestar a mi mamá, está ocupada trabajando…

—Entonces tendrá que venir su padre, señor Giay.

—Mi papá… –hizo una pausa mortal–. No va a venir. No lo veo desde hace más de un año. Por favor, no va a volver a repetirse, hago lo que sea. Pero no llamen a mi vieja, por favor. Por favor -Rogó como loco desesperado.

Pablo Aimar, el vicedirector, cerró la puerta con suavidad escuchando las súplicas y mirando a los dos con cautela.

—Si no tengo mal entendido, no es la primera vez que vemos al señorito Barco por acá. Me parece precipitado suspenderlos a ambos tanto tiempo sin saber bien qué es lo que pasó.

—Ya sabés cómo son las reglas Pablo, para algo tienen que firmar un código de convivencia.

—Lo sé, y la violencia es lo que más odio. Me conocés bien, vamos a conversar y los llamamos. Váyanse, y como se vuelva a repetir me encargo yo personalmente –advirtió con una voz muy distinta, nada amable como la que usó al principio.

Primero salió Barco disparado, y después Agustín a un paso más lento y relajado.

—Lo que me faltaba Pablo, ahora vos tomás decisiones por mí.

—Hacía tiempo no pasaba esto, ¿no? –lo observó parado frente a él de brazos cruzados–. Además, ¿vas a estar mañana en la reunión de mínimo una hora con los papás?

—No sé qué… –hace una pausa y lo mira. Estaba cansado y tenía razón, hablar con los papás de sus alumnos no era algo que quería a las ocho de la mañana.

—¿No sé qué? Creo que ya entendieron los pibes, no hay necesidad de darle vuelta.

—Pero Barco siempre está metido en algún problema… hay que hacer algo con eso. Este es el colmo, ya bastante le dejamos pasar.

El vice sonrió asintiendo y el director lo miró con cara de pocos amigos. Cerró los ojos exhausto, necesitaba vacaciones urgentes.

Los días pasaron y a Agustín no lo llamaron nunca, a Valentín, en cambio, sí. Notó que las burlas y las joditas que le hacían habían disminuido, como una pausa temporal. El grupo de imbéciles lo miraban de reojo, y mal pero era solo eso. Lo empujaban, capaz lo llevaban puesto o lo pisaban, pero nada más.

Nunca supo qué habló el pecoso con el director, se enteró porque ”Barco terminó en la dirección” era lo único que se comentaba en el momento.

Después de la calma, viene la tormenta. Y qué tormenta.

Era la tercera hora del viernes, el profesor de derecho había faltado, por lo que todos estaban en hora libre. El preceptor Lisandro había salido pidiendo que se quedaran tranquilos, porque lo estaban llamando urgente desde la dirección. En el momento que salió, el salón se revolucionó. Y claro, el grupo de mierda no tardó un segundo en molestar a Agustín, que estaba solo en una esquina quedándose dormido con los brazos cruzados. Lo acorralaron entre los cinco, Luka, Redondo, Puch, Garnacho y Matías. La paz sólo había durado cuatro días de mierda.

—Mirá, maricón. A vos te falta educación y te vamos a tener que enseñar, lo que pasó la otra vez… –Luka lo había encarado poniendo una mano en el banco con fuerza asustando al castaño que intentaba descansar sin joder a nadie.

—¿Qué pasa? ¿Te hacías el capo allá y ahora no decís nada? –Habló Redondo altanero, con esa voz de mierda irritable.

Agustín después de días de paz, no estaba preparado mentalmente para volver a soportar esto. Y cuando iba a saltar furioso como la vez anterior, se mantuvo quieto, acumulando, aguantando. Le prometió al vicedirector Aimar que no iba a meterse en otro conflicto. Cerró los ojos fingiendo que nadie estaba a su alrededor rompiéndole las pelotas.

—Maricón de mierda, ¿tanta pija te dejó sin voz? –procedió Lukas. Miró de reojo y en el banco del profesor estaba Barco recostado observando la escena con una sonrisa asquerosa en el rostro. Quería agarrarlo y destrozarlo. Se dio cuenta, boludo no era. Lo estaban provocando para que saltara y se enojara, a Barco lo protegían porque seguro ya había recibido alguna advertencia. No iban a conseguirlo, Giay era mucho mejor que eso. Evadió a todos y se puso de pie, retirándose del acorralamiento. En ese momento el grupo siguió gritando cosas.

—Se va a buscar al preceptor, seguro que se lo quiere coger también –gritó Luka que iba a seguirlo. Las risas de todo el curso retumbaban al igual que los silbidos, Agustín ya había salido del aula dirigiéndose al pasillo ignorándolos a todos con mucha bronca. Si se quedaba un segundo más, alguno iba a recibir otra cagada a trompadas. Tenía que pensar en frío. O iban a conseguir lo que querían.

El grupo se miró entre ellos al verlo irse. Iban a ir a buscarlo pero el colorado se puso de pie y los frenó.

—Yo me encargo, no necesito que estén atrás, ¿entendieron? –acotó mientras se abrigaba con un camperón de boca, que infringía el código de vestimenta del uniforme. Le chupaba un huevo, claramente.

—Pero te dijeron que si volvías a… –el pecoso lo frenó y negó con la cabeza saliendo–. Si el preceptor pregunta me fui a comprar, no sé. Le inventan algo y lo entretienen.

Furioso era poco. Iba a cobrarse la de la última vez, Barco se sintió débil. Como si el puto de mierda le hubiera ganado. Lo odiaba, le tenía mucha bronca desde la primera vez que lo vio cruzar la puerta. No podía permitir eso, su orgullo estaba en el piso. Le costó dormir cada noche, aceptar que un homosexual de mierda le haya dejado la cara como la tenía… imposible. No iba a quedar así. Pensó que si mandaba a la patota a provocarlo, Agustín se iba a ir y efectivamente es lo que hizo. Parecía ser muy correcto, como cualquier afeminado.

El castaño estaba entre ir a la biblioteca o al baño. Pero la biblioteca quedaba en el primer piso, y ellos estaban en el último. Siguió caminando hasta el fondo del pasillo, eligiendo la segunda opción. Hacía un poco de frío así que tenía el uniforme de invierno, pero igual se olvidó de abrigarse bien antes de salir. Necesitaba calmarse, estaba muy enojado. Se encontraba harto de tener que esconderse siempre, de ser molestado, de recibir insultos. Pensó que después de lo último iba a mejorar, pero evidentemente no. Rezaba que llegara el viaje a Bariloche y tener sus diez días de paz (obviamente él no iba a viajar), pero parecían nunca llegar. La paciencia se le agotaba cada vez más rápido.

Entró al baño, se miró al espejo y vio que tenía las ojeras un poco marcadas, el pelo algo revuelto, largo. Se mojó la cara con agua helada y tembló. Cuando se estaba secando, la puerta del baño se abrió y vio por el gran espejo que ocupaba la pared a Barco entrar y quedarse parado mirándolo sin decir nada, con esa cara estoica que odiaba. Se dirigió al mingitorio a mear. Ninguna palabra se había pronunciado, y el más alto decidió irse.

—¿Qué pasa? ah, cierto que sos puto. ¿Te calienta ver chabones meando? Enfermito –Barco terminó de hacer pis y se subió el cierre del pantalón para irse a lavar las manos.

Agustín no podía más. Pensó en matarlo en ese mismo instante, imágenes horrendas le pasaron por la cabeza que ni puede mencionar. Una película de terror. Cuando estaba por salir, el colorado se adelantó y cerró la puerta del baño. El más bajo volvió a pararse frente al espejo. Giay hizo dos puños con sus manos a sus costados. Respiró fuerte por sus fosas nasales. Uno… dos… tres…

—A mi no me gusta que me peguen, y que por culpa de un maricón… –no terminó la frase que el más alto lo agarró del camperón estampándolo contra los azulejos, fuerte. Estaba acorralándolo con su gran cuerpo.

—¡BASTA! –gritó con una voz grave y aterradora. Valentín se sobresaltó–. No te imaginás las ganas que tengo de hacerte mierda hijo de puta, me cagaste la vida –farfulló entre dientes a centímetros de su rostro, con una furia desbordante. Volvió a estamparlo–. Si no fuera por mi vieja, te juro que te hubiera hundido un metro bajo tierra. Te odio tanto…

La cercanía puso nervioso a Valentín, sin embargo continuó.

—No sabés el miedo que me da que un tragaleche me amenace –el mayor golpeó la frente con la del otro, volviéndolo a estampar contra la pared.

—No te estoy amenazando, pelotudo. Me tenés las bolas llenas, ya me agotaste. No te hice nada para que me hagas toda la mierda que me hacés vos y los otros forros. Tengo las pelotas llenas.

—¿Te parece poco existir? Los chabones como vos me dan asco, deberían desaparecer –dijo con la voz temblando.

El mayor tuvo un cortocircuito mental. La furia lo cegó por completo y está seguro que vio rojo por un segundo. Era como esa frase: “tanta agua va al cántaro, que al final se rompe”. Había perdido los estribos, y su mirada clara dulce, ya se había opacado, totalmente intimidante. Cuando Barco se encontró con esos ojos, por primera vez sintió algo de miedo real. Su corazón empezó a palpitar, jamás lo habían enfrentado de esta manera y menos le dijeron cosas de este estilo. Algo en su cuerpo, que ya había experimentado antes, le recorrió toda la espina dorsal.

—¿Tanto asco te doy? –el mayor en un movimiento rápido se metió entre sus piernas, presionando el cuerpo del otro, agarrándolo de las muñecas con una de sus manos para inmovilizarlo. Con la otra, tomó las hebras naranjas del pelo y lo tiró con fuerza hacia el costado. El colorado forcejeó como pudo–. Te voy a cagar tanto a trompadas que no te vas a poder mover. Ahí sí me vas a tener asco.

—S-soltame ¡Ah! –se le escapó al menor ante el tirón. Sus ojos se abrieron. No podía creerlo. No podía estar pasando eso. La piel se le erizó, su vientre tembló ante la voz alta y ruda del castaño.

Agustín sintió congelarse. Sus caderas se estaban chocando un poco, pero por la cercanía, él quería aplastarlo contra la pared. La pierna derecha rozó las caderas del menor.

—Se te paró –soltó el más alto, primero atónito y después lo miró a los ojos. Valentín parecía un ciervo desorientado, asustado que no entendía qué estaba pasando. Miró hacia abajo temblando.

—N-no sé qué mierda decís, s-soltame –amenazó con la voz más patética que escuchó de sus propios labios.

Agustín lo empujó más contra la pared de azulejos sintiendo la erección contra su pantalón. Algo en su sistema empezó a funcionar distinto. Sus hormonas se alteraron, el enojo, la adrenalina y el odio que sentía por el chico que tenía debajo de su cuerpo se mezclaron para hacerlo resoplar y tragar con dificultad.

—Me decías puto a mi, pero mirá como te pusiste por este maricón. Mirá hijo de puta –frotó su cadera sin delicadeza contra la del otro presionando la erección, simulando una embestida.

—¡Aah! –gimió el pelirrojo con los ojos cerrados ante el movimiento. Un espasmo le recorrió todo el cuerpo, quería morirse ahí mismo. Sí, se había excitado. No entendía, no había nadie que lo pudiera ayudar, los otros boludos estaban en el salón…

—¿Qué pasa putita? ¿Te gusta que te traten mal?

—N-no asqueroso de mierda, s-soltame y-ya, ¡ah! –Giay volvió a frotarse sobre el bulto de Barco, que solo crecía y se hacía más grande. El castaño se estaba comenzando a excitar también por la situación. No podía creer lo que estaba pasando.

—¿Asqueroso yo? Mirá lo sadomasoquista que resultaste ser, y te la das de líder machito, ¿qué querías? ¿Que te agarrara contra la pared? Por eso me estabas buscando tanto…

—D-dejame b-basta ¡Ah! –la mano del más alto dejó las hebras de pelo y bajó a manosear por sobre la tela del pantalón el bulto con lentitud. Barco intentó zafarse cada vez con menos fuerza–. ¡Ah!

—Qué dura que tenés la pija, no te mereces esto, pero soy tan benevolente que te voy a ayudar, Colito.

Giay, sin mucho preámbulo metió la mano libre dentro del pantalón de jogging que estaba usando el otro, palmeando la erección por sobre la tela del bóxer. Todavía lo seguía sosteniendo por las muñecas sobre su cabeza con una solidez descomunal. El menor temblaba y se sacudía con violencia para evitar cualquier otro tipo de roce, pero era imposible. Agustín le ganaba en tamaño, en fuerza y en altura.

—Mirá, tenés toda la punta mojada con nada, que vergüenza que das, ridículo –metió la mano dentro del boxer húmedo y empezó a masturbarlo descuidadamente.

—S-soltame enfermo o voy a g-gritar –gimió débil y entre jadeos entrecortados.

—Dale, trolita. Gritá fuerte. Así todos te pueden ver, con la poronga mojada por mi, el puto del colegio. Hacelo, dale, ¿qué esperás? –el más alto juntó el líquido que se acumulaba en la cabeza de la punta para esparcirlo por toda la longitud, era muy fácil masturbarlo de esa manera. Los niveles de excitación que manejaba no los estaba pudiendo controlar. Barco jamás había estado así de caliente toda su vida.

—¡Aah! la p-puta madre –tiró la cabeza hacia atrás cerrando los ojos cuando Agustín presionó la punta roja e hinchada entre sus dedos pegajosos.

El hincha de San Lorenzo sin soltarlo lo llevó con brutalidad hasta la mesa de mármol donde estaba el espejo y las canillas. Le estampó el culo contra el borde. Barco se veía tan deplorable, débil y sumiso frente a él que la pija de Giay palpitaba emocionada.

—Miralo al líder macho y hetero, ¿estás viendo como te chorrea la garcha mientras te toco? Mirá –presionó más el glande haciendo que un poco de líquido preseminal saliera del orificio.

—D-dejame ir ¡Ahh! –Barco cerró los ojos. No podía aceptar la situación, era una pesadilla y en cualquier momento tenía que despertar. Salió de su nube de placer cuando el mayor lo agarró con brutalidad de la barbilla y le levantó la cara.

—Abrí los ojos, putito ¿Cuántas veces lo tengo que repetir? Quiero que veas todo lo que voy a hacer, ¿entendiste? –el pecoso tembló ante la insistencia de hablarle en ese tono tan hostil que le revolvía las entrañas de placer.

—N-no quiero, basta, basta, basta –suplicó entre sollozos mientras su pene seguía escurriendo el líquido transparente y se volvía hiper sensible por todos lados.

Agus al ver que el otro bajó la guardia lo dio vuelta enfrentándolo al espejo y le sacó el camperón tirándolo por ahí, Barco intentó luchar una vez más pero cedió al resto de las prendas que le fue quitando como un salvaje. Solo quedó con la camisa del uniforme a medio desabrochar y los pezones al aire. El mayor empezó a morder el cuello y a chuparlo, era tan pálido e impoluto, con algunas pequeñas pecas en esa piel inmaculada que lo volvía loco. Quería llenarlo de marcas y moretones. La cara del colorado estaba totalmente ruborizada, cuando sintió los besos húmedos, los chupones y las mordidas solo se limitó a cerrar los ojos y disfrutar de la sensación. El mayor sabía usar la lengua.

—Qué linda piel que tenés –acarició el pecho, abdomen y terminó de sacarle el jogging y el calzoncillo de un tirón. Mordió su oreja y el más bajo tembló de placer haciendo que sus ojos se cerraran en el acto. Agustín le apretó el culo bien formado y redondo.

—Por favor… –la mente nublada del colorado ya no sabía que pedía. Si que lo dejara ir o que haga algo más. Estaba a punto de explotar.

—Mirá como me pusiste a mi también, sos una trolita de mierda, como me gustan a mi –el castaño se desabrochó el pantalón con exaspero. Le apoyó la pija grande en el culo desnudo y pálido simulando que se lo estaba cogiendo sobre el mármol donde frente al espejo —¿Me estabas provocando en el vestuario? ¿Me mirabas la chota cuando me cambiaba? dale, decime -le levantó nuevamente la barbilla con brutalidad para verlo a los ojos a través del espejo esperando a que le responda.

La realidad es que El Colo no podía hablar de lo abrumado que se sentía por todas las sensaciones nuevas en su cuerpo. Era un estado en el que nunca había estado antes. Agustín le habló al oído con una voz grave.

—¿En qué pensás mientras te pajeas? ¿Que te cojo en el vestuario después de entrenar? ¿O que te atraganto con mi pija en el salón cuando todos se van? Decime dale, decímelo. Te quiero escuchar Valentín.

El pecoso negó mientras se le formaban lágrimas en los ojos.

En otro movimiento rápido, Agustín dio vuelta a Barco para tenerlo frente a su cara nuevamente. Por los hombros lo forzó a agacharse a la altura de su miembro parado y palpitante. El colorado terminó de rodillas ante él sin poner fuerza.

—Chupá, a ver si así te callás un poquito y dejás de decir boludeces –le tiró del pelo obligándolo a poner el rostro frente a la pija–. Dale.

Barco corrió la cara evitando que le metiera la poronga enorme dentro de la boca.

—N-no… quiero…

—Abrí dale –ordenó con un tono autoritario y serio. Le puso el glande húmedo sobre los labios suaves. El cuerpo pálido tembló sin parar.

A regañadientes abrió la boca sacando la lengua y lamió la punta. Tenía un sabor salado y extraño. Todo fluyó como esperaba, las pestañas coloradas temblaban mientras de a poco metía el pedazo de carne caliente en su cavidad bucal. Succionó la punta y después se animó a bajar por la longitud, o algo así porque la mano grande lo guiaba con un poco de rudeza apretando la nuca. Le gustaba. Ya no podía fingir que no quería hacer esto. Colocó ambas palmas pálidas a los costados de la cadera bronceada para sostenerse mejor. El más alto, que no se había desvestido, levantó su suéter marrón dejando ver el torso bien tonificado. Barco lo miró desde abajo y no pudo evitar el quererse masturbar ante tremenda imagen. Los ojos pardos estaban opacos, perdidos por la lujuria siguiendo cada movimiento que hacía el colorado en su pene. La cara del castaño tenía el ceño fruncido del placer, le provocaba cosas que no podía describir ni mentalmente. Los ruidos sucios de la saliva escurriéndose y su lengua eran casi sinfónicos.

—Aaah… mirá que bueno que sos chupando pija –le pasó el pulgar por el cachete ruborizado y húmedo limpiando el agua salada–. La próxima ya sé cómo callarte me parece.

En un movimiento brusco, Agustín lo empujó hasta el fondo de la garganta largando un fuerte gruñido que llenó el silencio. Colo gimió y se ahogó queriendo retroceder. El mayor no se lo permitió disfrutando un poco más de ahogar con pija al hijo de puta que le hizo la vida imposible estos últimos años. La nariz pecosa se hundía en el vello púbico recortado que le daba cosquillas. Giay tenía un aroma agradable, como siempre que le pasaba al lado o lo tenía cerca. Un perfume que le gustaba. El hincha de San Lorenzo tiró del pelo corto y lo sacó de su pene haciendo que el menor tomara una bocanada de aire desesperado, tosiendo. Las lágrimas le caían por las mejillas, tenía un hilo de fluidos que conectaba sus labios hinchados con la poronga totalmente mojada y parada.

Con algo de dificultad, el castaño lo levantó y nuevamente lo dio vuelta apoyando la espalda pálida sobre su pecho bronceado. Barco podía verse en el espejo totalmente destruido, no llegó ni a hablar que sintió la punta rozando su agujero de arriba hacia abajo, tentándolo. Jugando con su paciencia. Ya no daba más, ya no podía. No sabía qué quería pero necesitaba que terminara esta tortura ahora.

—¿Qué pasa? ¿La querés? ‐Agus le lamió el cuello y mordió el lóbulo de su oreja, tironeando del arito metálico. El xeneize no soportaba más. Ya no pensaba con claridad. Sentía como le frotaba la punta en la entrada presionando sin meterla.

—¡S-sí! La quiero, dámela por favor, metemela –rogó entre sollozos mientras lagrimeaba. Agustín sonrió victorioso, se sentía el dueño del mundo por primera vez en mucho tiempo.

La chota del castaño estaba muy húmeda con su pre semen y los fluidos que Barco le dejó pero igual se tomó la molestia en escupir saliva en la punta para presionarla en la entrada del otro, apretada. Sin mucho preámbulo, fue introduciendo de a poco la cabeza, hasta que entró por completo en una estocada. Agustín no tuvo ni un gramo de compasión o pena. El grito de Valentín resonó por todo el lugar, y posiblemente, si alguien pasaba, lo hubiera escuchado a metros. Agradecía que el baño estuviera escondido al final del pasillo.

El mayor presionó la delgada cadera hundiendo los dedos en la piel que se marcaba de nada, y miraba al menor a través del espejo ya que lo tenía de espalda. Nunca había visto un cuello y una nuca tan bonita como la de Barco, aprovechó mientras esperaba que el otro se acostumbrara a la intromisión, para meter su nariz en el húmedo pelo corto del colorado.

—¿Q-que esperás? –los ojos del más bajo estaban cerrados. Sentía dentro de su interior la pija gruesa palpitar. Le dolía un poco, pero estaba ansioso. Jamás se había sentido así con nadie.

Agustín no comentó nada de lo apretado que estaba el Colo o lo sofocante que se sentía su interior. No tenía idea si era su primera vez, si había estado con alguien antes y todo lo anterior era un acting por su homofobia internalizada. Dejó de importarle cuando salió y volvió a penetrarlo con fuerza. Barco soltó un grito agudo y apoyó los codos en la mesada para no caerse.

El castaño no tardó ni dos minutos en empezar un vaivén lento pero profundo, cada estocada era dura y certera. Sentía la presión en su miembro asfixiarlo. El ceño fruncido de Barco era lírico, se estaba mordiendo con fuerza el labio inferior para no soltar gritos. Las manos las tenía cerradas en puños, los sonidos que se escuchaban salir de su garganta eran exquisitos. La piel bronceada chocaba contra la pálida formando un contraste hermoso, especialmente para Agus, que tenía la mejor vista desde ahí. Salía para entrar nuevamente una y otra vez. Al notar que se acostumbró tomó un ritmo constante y más rápido, acelerando las embestidas.

Cuando Barco largó un alarido que no pudo contener hundiendo la cabeza entre sus brazos, Giay supo que había encontrado el punto especial y sonrió victorioso. El pecoso ya no podía pensar en nada, acababa de sentir una corriente eléctrica tan fuerte que ni siquiera podía mantenerse erguido. La oleada de calor repentina lo hizo estremecer con ganas. Sollozó ante semejante sensación de placer que le abarcaba desde la cabeza hasta los pies, haciéndolo temblar como nunca. Estaba avergonzado de sí mismo, se daba asco. Pero quería más, quería volver a sentirlo nuevamente.

Sin delicadeza ni dejar de penetrarlo tironeó del pelo para levantarlo de la mesada y pegarlo nuevamente a su pecho aún vestido. Envolvió los brazos alrededor del pálido torso presionando y haciendo que el pecoso sí o sí tenga que observarse al espejo. Quería ver la cara del menor contraerse cada vez que le pegaba en la próstata con ganas.

—¡Ah! ¡a-ahí! –dijo entre jadeos cortos. Le costaba mantener los ojos abiertos y la boca cerrada por las sensaciones tan fuertes.

—Mirate, quiero que veas como este maricón te va a hacer acabar así –gimió el más alto en su oído mientras dirigía la mirada hacia la puerta. Tranquilamente podrían ser descubiertos en cualquier momento y eso lo excitaba, ya no le importaba nada más que poder alcanzar el orgasmo que se estaba formando en su vientre con cada empujón–. Ojalá entraran tus amiguitos, así les das un espectáculo también, trolita.

—M-morite asqueroso –fueron las palabras más patéticas que pudo soltar en la neblina mental que tenía. Palabras, si se le podía decir así. Eran sollozos rotos y lamentables.

Agustín sintió como al decir aquello el colorado yeta apretó el interior con más ganas y fuerza.

—Encima te calienta, vos sos el asqueroso de mierda hijo de puta –detuvo las embestidas repentinamente soltando una risa al ver la cara de pánico del menor por frenar sus movimientos. No se necesitaron más palabras–. Rogame, dale.

Barco estuvo a nada de aniquilarlo, pero se estaba sintiendo tan bien, que como cualquier ser con instintos primitivos empezó a removerse por su cuenta. Giay lo sostuvo para que no se moviera. Amagó con salir del culo pero en seguida el otro gritó desesperado, rindiéndose de una vez.

—¡D-dale! seguí dale… por favor –el hilo de voz daba pena ajena. Pero no podía más.

Agustín sonrió y retomó las embestidas, ahora más erráticas y brutales. Se acercaba al límite, y por cómo se contraía alrededor de su pija, el otro estaba en las mismas.

—¿T-tanto te gusta como te cojo? –mordió su nuca tironeando de la piel. Sintió al menor asentir como loco.

—¡Sí!, ¡si!, ¡si!

—Pedime que te deje acabar entonces.

—Dejame acabar Agustín, por favor –No lo pensó dos veces. Rogó como una puta desesperada fuera de sí. Estaba tan pero tan cerca…

Era la primera vez que el hincha de San Lorenzo escuchaba su nombre salir de los labios del menor. Su vientre palpitó y gruñó por lo bajo acelerando las embestidas con la última fuerza que le quedaba.

El castaño giró con fuerza el rostro pecoso con una mano mientras buscaba sus labios intentando besarlo. Si no hacía eso, los gritos que largaba iban a resonar por todo el colegio. El otro, completamente entregado a este punto, le devolvió el beso sin rechistar ahogando los gemidos en la lengua húmeda del mayor. Sin dejar de embestir le comió la boca con ganas.

—¡Ah! Ah, ah, ah –ya no podía soportarlo más. Su cuerpo tuvo un espasmo en donde todo se puso negro mientras su vientre mandaba una fuerte electricidad a todas sus extremidades.

Efectivamente Valentín acabó sin tocarse sobre la mesada y un poco en el piso. La imagen en el espejo de su pene manchando todo mientras se lo cogían se iba a quedar grabada por siempre en su cabeza. El mayor al sentir las contracciones en su pene, se vino un segundo después acabando adentro con un gruñido bajo.

Una vez que los espasmos en el cuerpo del mayor mermaron salió de adentro y lo soltó haciéndolo caer de golpe. Por suerte, Barco tuvo los reflejos suficientes para agarrarse de la mesa y no romperse los dientes contra el mármol. El Colo se tiró en el piso boca arriba viendo las luces del techo con los ojos entrecerrados y los oídos tapados.

Agustín se empezó a arreglar la ropa mientras veía las marcas rojas aparecer en el cuello pálido. Le tiró la campera de Boca encima del cuerpo inmóvil y desnudo. Antes de salir, dijo con una sonrisa irónica pintada en el rostro:

—Vas a tener que usar ese camperón varios días me parece. Igual, al pedo, seguro te cagás de frío.

Valentín no dijo nada. Quedó destrozado, lleno de semen de un puto y tirado en el baño del colegio por la persona que más odiaba. No sentía las extremidades y las piernas le temblaban. Todavía tenía las réplicas del orgasmo a través de sus músculos. Su pecho subía y bajaba con dificultad. Estaba confundido, angustiado, extasiado, pero tenía una cosa clara en su mente a pesar de la nube post orgasmo: Fue la mejor cogida que tuvo en su vida.

Barco nunca más volvió a molestar a Giay; misteriosamente el grupito tampoco.

Se comenta en los pasillos que Valentín y Agustín ahora se llevan mejor. Tanto, que a veces van al baño juntos.

Lo que se comenta en los pasillos, esta vez, se queda en los pasillos.

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