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Santino ◇ Alias "El siciliano"

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Sinopsis

Una vida financiada por la Bratva es una que no te pertenece. Eso lo entendió Katerina de la peor manera cuando su hermano, el pakhan, la visitó solo para entregarla al sicario de los Mancuso. Santino Mancuso es el brazo armado de la familia. Su pasado turbio estuvo cerca de empujarlo a una vida inmaculada, pero la realidad de su gente le hizo comprender que para protegerles eran más útiles las balas; y en lugar de los votos sagrados, eligió los de su familia. En una batalla constante entre el espectro de su padre y el deseo de romper la maldición que impuso su muerte, Santino se prometió nunca casarse; sin embargo, si para cuidar a los suyos debe portar una alianza, entonces la portará. La rusa y el siciliano avanzan al altar mientras una conspiración se hila, silenciosa, entre los invitados. Un antagonista emerge de las sombras luego de la derrota y ahora no piensa fallar. El tablero se coloca una vez más, y en un extremo, dos rivales ansían la caída de los Mancuso.

Genero:
Romance
Autor/a:
Ale M.
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Su paciente más peculiar era un hombre sobrado de palabras que en realidad era reservado. Sí, dos extremos habitando al mismo individuo.

Charlaba hasta el cansancio y bromeaba y reía y aplaudía y hacía ademanes y dramáticas expresiones, como si la voz le fluyera también en las facciones y en los huesos además de la boca; y sin embargo, ninguno de esos discursos tenía sustancia. Él estudiaba cada línea antes de que goteara fuera de su garganta y ya no fuera posible editarla.

Era muy hábil, había perfeccionado la técnica de hablar sin decir nada, de explayarse en opiniones y anécdotas sin revelar nunca nada de sí mismo, de la melancolía escondida en lo profundo. Era tan bueno en la conversación vacía como lo era manejando las armas. Había entrenado ambas disciplinas al mismo tiempo desde muy joven. Ahora era un profesional.

Pero esa habilidad al charlar era en sí misma una revelación, aunque eso a él no le gustaría aceptarlo.

Ese jueves, sin embargo, estaba distinto: silencioso. Insólito.

La pausa ya contaba su segundo minuto de duración y él no parecía tener intención de decir algo. Permanecía en la misma postura: derrumbado en el sofá individual, piernas extendidas, tobillos cruzados y con la mano derecha jugaba con la medalla dorada en su cuello, la frotaba entre las yemas del índice y el pulgar, mientras sus ojos de marrón claro se perdían en un punto invisible.

—Hoy está más brillante —comentó ella luego de ver en el reloj de pared que el tercer minuto se había cumplido.

Santino la miró entonces con las cejas fruncidas.

—Tu medalla —le señaló la psicóloga—. ¿Es nueva?

—No —murmuró sentándose derecho y rígido, cosa poco usual para él. Solía tirarse en ese sofá como si en realidad fuera ella la que llegaba a visitarlo a la sala de su casa y no él quien iba a su consultorio.

Contadas veces había visto su postura tan recta y en todas esas fue antes de decirle algo serio.

Así que esperó.

—La llevé a uno de esos lugares que limpian joyería —continuó él, hablando sin mirarla—. ¿Ha visto esos videos? Parece que exorcizaran a las cosas. —Dejó escapar una risa corta, pero su boca pronto se cerró de nuevo y su semblante cayó en la reserva—. Quise aprender a hacerlo —confesó elevando las pupilas para encontrar las suyas. La psicóloga le dirigió una mirada interrogante—. Exorcizar. Cuando era niño. No tenía permiso de ver películas de terror, como todos, pero una vez, pasando los canales, se me cruzó una. Un hombre de sotana recitaba algo en un idioma raro y tocaba a esta persona monstruosa. La liberaba y ella volvía a ser humana.

Cerró los labios y desvió el rostro, su gesto mostró una batalla silenciosa; sus ojos, vergüenza. Y cuando volvió a verla, habló como si escupiera algo que le amargaba la lengua:

—Quería exorcizar a mi padre. Al ver eso recuerdo pensar: "Eso es lo que pasa. Papá no es bueno porque tiene un demonio dentro. Si se lo sacan, será bueno". —Sus comisuras se fueron curvando en una sonrisa de lástima—. Pensé en decirle mi brillante idea a mi tío, pero el demonio se adelantó: se fue y se llevó a mi madre con él.

Con un movimiento brusco, tomó a prisas el vaso de agua en la mesa de centro y bebió a grandes tragos que hicieron su garganta doler, todo con tal de deshacer el nudo que amenazaba con quebrarle la voz.

—¿Imagina... —susurró sin alejar el vaso de su rostro— el terror que fue crecer y ver al demonio aparecer cada vez más claramente en el espejo? La pubertad fue una mierda. Tony no fue un demonio siempre... o tal vez sí, no lo sé; pero es claro que explotó cuando se hizo mayor. Yo sentía esa bomba de tiempo dentro de mí. Yo era la maldición de mi familia.

Se acabó el agua de golpe y dejó el vaso en la mesa como si el vidrio le quemara los dedos. Se frotó el rostro con las palmas y encorvó la espalda, apoyando los codos en los muslos, en una posición que encerraba cansancio y derrota. Cuando apartó las manos de su cara fue similar a quitarse una máscara para decirle:

—Pensé muy seriamente convertirme en un sacerdote.

La psicóloga abrió los ojos, un cambio minúsculo en su cara analítica que Santino notó y agradeció que fuera así: casi indetectable, porque sabía el modo en el que una persona normal reaccionaría al enterarse que un asesino como él meditó una vez entregar su vida a la iglesia.

—Cuando era un adolescente, con mi corto entendimiento, creí que era el mejor modo de proteger a mi familia. Pero después entendí que ellos necesitaban otro tipo de protección. Una más terrenal. Y no digo que no crea en el escudo divino, no, Dios me perdone. —Se apresuró a murmurar alzando fugazmente la mirada al techo—. Pero en este mundo necesitas todas las defensas posibles. Si te atacan con plomo, debes defenderte con plomo si quieres sobrevivir y que los tuyos sobrevivan también. Las oraciones de un padre de poco les iban a servir para su modo de vida. —Meneó la cabeza, decidido—. No. Si era una maldición, debía sacarle provecho. Cuando mi tía murió... cuando la mataron —rectificó en tono grave—. Mi tío estaba destrozado, mis primos estaba destrozados, mi familia estaba adolorida. Era como cuando mamá murió otra vez. Ya no quería repetir ese día de nuevo.

Elevó la cara al techo, ya no para dirigirse a Dios, sino para contener la sal que se acumulaba en sus ojos y que hacía que sus claros iris marrón parecieran ambarinos.

La psicóloga, con movimientos lentos y silenciosos, empujó la caja de pañuelos sobre la mesa hacia él y esperó callada.

Él se secó los ojos con brusquedad, antes de que alguna traicionera lágrima le tocara la mejilla y continuó:

—Le dije a mi tío que no entraría al seminario. Que quería aprender a disparar. Creo que tuvo miedo de que yo estuviera planeando vengarme o algo así. Lo vi en sus ojos, él pensaba en la maldición. Nunca lo admitió para mí, no lo hizo por amor, para no lastimarme, pero yo sé que en esos años tenía miedo. Así que le juré de rodillas que jamás la vengaría, ni a nadie más sin que él o Neilan me lo permitieran.

La risa se coló en la oscuridad de su voz, con tinte de burla y contradictoria tristeza.

—A veces pienso que soy un matón, pero tengo las costumbres de un sacerdote. No me malentienda, no soy un casto, pero luego de tantos años solo creo que he vuelto a ser virgen —confesó soltando una carcajada—. Me gusta el whisky, pero no tengo un vicio; y aunque tengo gustos caros, no peco comprando lo que no necesito. Jamás quise una esposa, ni una familia aparte de la que ya tengo. Mi vida se resume en un propósito: servirles. Y lo hago con gusto. No me quejo de mi situación: Yo la elegí y soy feliz así. Los amo y ellos me aman. Tengo todo lo que deseo. Es suficiente. Jamás ambicioné nada más que la felicidad con ellos. Pensé que ya había llegado a mi meta.

Soltó un largo suspiro a medida dejaba la espalda caer y su cuerpo volvía a la posición holgazana que tenía por costumbre.

—Pero la vida no me deja salirme con la mía. —Sonrió divertido—. No sé por qué será. Señor, hay otros seis mil millones de habitantes, no solo yo. ¡¿Qué tengo yo, padre?! —Rió, mirando hacia arriba—. Felicíteme. —Cruzó los brazos y elevó la barbilla, esperando con un orgullo actuado.

—¿Y eso por qué? —inquirió ella, con una sonrisa tirando la esquina de su boca.

—Voy a casarme.

—Oh —musitó involuntariamente. Santino echó a reír.

—Esperaba algo peor. Puede opinar con libertad, no me ofenderé.

No era trabajo de ella opinar. Tenía mucho que decir respecto a un sicario con su trasfondo familiar y que inicialmente no pretendía casarse, comprometiéndose así, de repente. No obstante, se guardó sus inquietudes y decidió cambiar de enfoque.

—¿Cómo la conociste?

La diversión deslumbró en la cara de Santino, su dentadura brilló en una sonrisa gigante mientras negaba entre risas.

—No la conozco —respondió con igual buen humor—. Sí, es una situación jodida. —Asintió encogiéndose de hombros—. Pero bueno... uno hace lo que debe.

—¿Dirías que te molesta o te entristece esta decisión?

—Ya debe imaginarlo —dijo retomando la triste seriedad—. Ni lo uno ni lo otro. Esto me aterra.

—Pero tú decidiste ser diferente. Eres diferente. Y, sobre todo, sabes lo que no quieres ser, cómo no quieres actuar y que errores no quieres cometer.

—Sí —susurró.

Desvió la vista al reloj en su muñeca. La aguja pequeña marcaba las diez de la mañana. Su hora semanal de terapia había acabado. Se puso de pie sin demora.

—Seré un buen marido, señora Corsi. —Aseguró a la psicóloga—. Soy un hombre de palabra; esos votos no se rompen. Y uno nunca sabe, tal vez ella sea agradable y podamos ser amigos. —Se aventuró a decir con los hombros escogidos y una sonrisilla pícara—. Nos vemos. Cuídese. —Avanzó a la salida luego de agitar la mano.

—Cuídate, Santino.

—De mí se cuidan —bromeó él sonriéndole con malicia antes de cerrar la puerta. Corsi sacudió la cabeza, más no lo contradijo.

En el consultorio vacío esperó que ese peculiar paciente suyo pudiera encontrar algo similar a la paz en el futuro.

—Ya está muy cansado —le dijo a ese ser divino al que Santino solía hablarle—. Ya merece ser feliz. No es el más santo, pero tampoco más malvado, ¿no crees?

Suspiró. Esa sesión solía agotarla y esa tarde más que las anteriores.

Santino casado.

Vaya sorpresa.

A ver cómo resultaba eso. Estaba segura de que sería bien informada de los detalles.

●●●.

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