Prólogo - Arriba.
Nadie recordaba con exactitud cuándo el mundo presenció su último día soleado. La memoria de la luz se había desvanecido, tragada por esa misma niebla perpetua que ahora adornaba los caminos como el sudario de una era agonizante. El cielo ya no era un lienzo infinito, sino una bóveda asfixiante que prohibía cualquier tonalidad ajena al gris de la ceniza, a la penumbra constante o al azul mortecino de las noches.
La mayoría de las personas había claudicado ante esta decadencia incomprensible; se adaptaron a sobrevivir entre las ruinas del tiempo. Otros, los menos, se resistían a la asfixia, buscando desesperadamente una grieta en el velo. Pero en un mundo que envejece lentamente, ¿de qué servía rebelarse contra el simple peso de los siglos?
Aquel bosque era uno de esos rincones donde la civilización expiraba. Adentrarse en su espesura equivalía a renunciar a la propia existencia. Allí, las raíces de los árboles viejos se entrelazaban como dedos artríticos en la tierra húmeda, indistinguibles las unas de las otras. En lo alto, el follaje se agitaba con un murmullo constante, impulsado por una brisa espectral; un viento helado que mecía las ramas muertas, pero que, de manera inquietante, no lograba sentirse sobre la piel.
Al pie de uno de los troncos más retorcidos reposaba un hombre. Yacía boca abajo sobre el barro frío. Un surco irregular en el suelo sugería que había llegado hasta allí arrastrándose —o peor aún, que había sido arrastrado por algo más—, pero el rastro se desvanecía a los pocos metros, devorado por la tierra blanda y la bruma, borrando cualquier pista sobre su origen.
Era un adulto de unos treinta y tantos años, de piel morena y curtida por la intemperie. Su rostro era un mapa de violencias pasadas: minúsculas cicatrices salpicaban su semblante, coronadas por una marca profunda que le cruzaba el rostro en diagonal, desde la ceja izquierda hasta la mejilla derecha. Su cuerpo denotaba el temple de un esfuerzo físico severo, de músculos forjados en el combate y la tensión constante, aunque ahora lucía consumido, como si llevara días sin probar bocado. Vestía ropas ásperas y desgastadas, prendas que bien podrían pertenecer a cualquier campesino ordinario.
De pronto, abrió los ojos. Eran de un azul grisáceo, tan abismales y ajenos como el cielo nocturno de aquel mundo mustio.
El primer instinto fue intentar moverse, pero la carne se rebeló. Un dolor sordo le recorrió la espina dorsal. Sentía un cansancio antiguo, encarnado en los huesos; no importaba cuánto tiempo hubiera permanecido inconsciente, sus músculos estaban agarrotados, tensos como cuerdas a punto de reventar. Una punzada pulsátil en las sienes le recordaba a la resaca de un envenenamiento lento.
Se incorporó a medias, apoyando las manos en el lodo, y miró a su alrededor. Su cerebro, movido por un instinto primitivo de supervivencia, comenzó a buscar patrones desesperadamente, intentando reconocer una hoja, la forma de una roca, la curvatura de una rama. Nada. No tenía la menor idea de dónde estaba.
La densa niebla limitaba su vista, pero un manto aún más espeso y asfixiante sepultaba su mente. Al hacer el esfuerzo por recordar el camino que lo había llevado hasta ese lugar, se topó con un abismo. Fue un golpe brutal, silencioso y demoledor que pocos hombres habrían soportado sin gritar. No había imágenes. No había ecos. Sus recuerdos simplemente no existían, o estaban tras una puerta herméticamente cerrada.
¿Su nombre? Un vacío hueco. ¿Quién era? Una pregunta imposible de articular. ¿Qué lugar era este? Ninguno que pudiera nombrar. ¿Cuánto tiempo llevaba perdido? Ni siquiera estaba seguro de si la palabra «perdido» era suficiente para describir su condición. Detenerse a pensar en ese pozo infinito amenazaba con hundirlo en la locura, así que su mente, guiada por un pragmatismo forjado en el hábito, decidió posponer las respuestas. Solo le quedaba una certeza inmediata: tenía que ponerse de pie.
Obligó a su cuerpo a obedecer, aunque la mente y la carne parecían dos entidades extrañas forzadas a reconciliarse. Al apoyarse para levantarse, sus palmas se hundieron profundamente en el lodo helado, buscando un anclaje desesperado. El proceso fue una tarea titánica; sus articulaciones crujieron con el sonido seco de la madera vieja y los tendones protestaron, ardiendo por el sobreesfuerzo acumulado.
Cuando al fin logró incorporarse, se llevó una mano a la sien, palpando la piel entumecida mientras esperaba que el vértigo cesara. Luego, su mirada se enfocó en el entorno. Estaba atrapado en las entrañas de un bosque antiquísimo. Las ramas y las raíces se entrelazaban en una red asfixiante, una maraña lúgubre de madera donde resultaba imposible distinguir dónde moría un árbol y dónde nacía el siguiente.
Sobre él, el cielo se extendía como un océano de un azul mortecino, pero era la espesa niebla la que dominaba el paisaje. Un manto pálido devoraba las distancias, desdibujando las siluetas de los troncos más lejanos y convirtiendo el horizonte en un muro impenetrable. Y, sin embargo, la luna seguía allí, suspendida en la bóveda. Era un astro pálido e inmenso que parecía devolverle la mirada con una indiferencia cósmica. Su luz fría y lechosa era lo único que evitaba que el mundo fuera tragado por la oscuridad absoluta.
Dio un paso. Luego otro. Su memoria estaba en blanco, pero, para su alivio, el cuerpo poseía sus propios recuerdos. Al principio, sus movimientos fueron torpes, los pasos inestables de un hombre aprendiendo a caminar sobre una tumba. Un mareo repentino lo obligó a detenerse y recostarse contra la corteza áspera y supurante de humedad de un tronco cercano, inhalando el olor a tierra mojada y a siglos de podredumbre.
Tras unos segundos de tregua, se empujó hacia adelante. Continuó caminando. No tenía idea de hacia dónde se dirigía, ni qué clase de pesadilla oscura era este mundo, pero su instinto le dictaba que quedarse quieto significaba rendirse. Y él, fuera quien fuese, sentía en lo más profundo que no iba a rendirse.
Su avance tomó un ritmo propio, casi hipnótico, como si la memoria de sus músculos hubiera usurpado el control de sus piernas. Sobre su cabeza, el aleteo sigiloso de un búho cortó la pesada quietud de la bruma. Bajó la vista justo a tiempo para observar a un roedor escabullirse frenéticamente entre las raíces, huyendo de una muerte silenciosa. Por un instante, se sintió idéntico a aquella criatura minúscula; una presa vulnerable moviéndose a ciegas. Sin embargo, aquel simple acto de cacería le otorgó un extraño consuelo: este mundo gris, al menos, no era un páramo sin vida.
Fue entonces cuando las vio. Un rastro de delicadas flores blancas crecía aferrado a la base de un inmenso roble, naciendo precisamente en la penumbra, allí donde el follaje denso parecía prohibirles el beso de la luz lunar.
Avanzar por aquella espesura exigía un tributo de dolor constante. El bosque era un laberinto de troncos titánicos y raíces nudosas que emergían de la tierra como costillas de bestias olvidadas. Tropezó en repetidas ocasiones, traicionado por la humedad del fango, y se vio obligado a rodear víboras que siseaban desde la maleza. Su único mandamiento era simple: mantenerse alejado de las zonas donde la sombra se volvía absoluta.
Continuó la marcha hasta que, al bajar la mirada para asegurar su siguiente paso, notó un cambio en la textura del suelo bajo sus botas. Ya no pisaba tierra salvaje, sino piedra tallada. Era una antigua calzada. La naturaleza la había devorado casi por completo, reclamando los adoquines bajo un manto de musgo y raíces, pero la línea trazada por manos humanas era innegable. Siguiendo esa cicatriz en el paisaje, encontró un poste torcido. Del madero colgaba un cartel podrido, con la superficie carcomida por la humedad y el abandono. La inscripción era un mosaico astillado, pero alcanzó a distinguir unos pocos caracteres tallados a fuego: «K…gen… …70… ...t…os ...r…te».
Su mente, hambrienta de orden, intentó rellenar los vacíos. Una dirección y un recorrido. No podía tratarse de un destino demasiado lejano; carecía de sentido colocar un indicador para un lugar a cientos de leguas en medio de la nada.
Estaba absorto en aquel rompecabezas cuando un crujido seco, similar al chasquido de un hueso al romperse, estalló a su espalda.
Se giró de golpe. El pulso le latió con fuerza en las sienes. No había nada. Absolutamente nada, o al menos eso parecía a simple vista. Pero entonces, la niebla se arremolinó, perezosa, y por una fracción de segundo juró ver una silueta antinaturalmente alta recortándose entre la oscuridad de los troncos.
No esperó a que la bruma le confirmara sus sospechas. Para un hombre desarmado, abandonado a su suerte en un mundo incomprensible, la curiosidad era la forma más estúpida de suicidio. Retomó su camino por la calzada de piedra, apretando el paso y sin mirar atrás.








