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La Arquitecta de la Eternidad

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Sinopsis

Liv Olsen lo había perdido todo, refugiando su dolor humano tras el frío cristal de su billonario imperio arquitectónico. Áedán Ruadh llevaba catorce siglos de inmensa soledad, esperando en silencio a que su reloj celular colapsara y lo redujera a cenizas. Ninguno de los dos esperaba el milagro biológico de los Primeros Humanos. Cuando un legado de sangre pura despierta la inmortalidad de Liv y desencadena un embarazo milagroso, las reglas de la sociedad vampírica saltan por los aires. Su encuentro en una pista de baile no es romance; es una detonación celular masiva. El reconocimiento predestinado los arrastra a un deseo animal e insaciable, pero la naturaleza impone un muro de cristal: no pueden mezclar su sangre ni sellar su vínculo hasta que la heredera nazca. Condenados a once meses de frustración territorial y un sexo tan explícito como devoto, la Arquitecta y el Constructor deciden unir sus corporaciones para poner de rodillas a la economía global. En un mundo donde la élite inmortal se escuda en la magia y las viejas tradiciones, Liv y Áedán demostrarán que la verdadera letalidad reside en un coeficiente intelectual supremo, una lealtad inquebrantable y un amor forjado a base de sudor, intelecto y pasión pura.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

El timbre del teléfono corta el denso silencio de mi despacho como una cuchilla afilada. Es 31 de enero, pasadas las once de la noche, y la pantalla de mi terminal parpadea proyectando un número desconocido sobre la mesa de cristal. Deslizo el dedo por la pantalla con un movimiento autómata, esperando la típica crisis de abastecimiento de acero de algún proveedor europeo inútil, pero lo que encuentro al otro lado de la línea es una voz estéril, monótona y cargada de una formalidad burocrática que me congela la sangre en las venas. Es un oficial de policía.

No me llames de usted, joder. Dime qué ha pasado de una vez. Las palabras del agente se arrastran por el auricular, pesadas y definitivas. Un accidente. Un conductor borracho que se saltó un semáforo en rojo a ciento veinte kilómetros por hora en una intersección de la capital. El amasijo de hierros retorcidos en el que se ha convertido el modesto utilitario de mi familia.

Mi respiración se detiene en seco. El oxígeno abandona mis pulmones mientras el oficial pronuncia los nombres de mi madre y de mi hermano con una frialdad clínica y forense. Cierro los ojos, apretando los párpados con tanta fuerza que veo destellos blancos detrás de las pupilas, mientras mis dedos, súbitamente adormecidos, dejan resbalar el teléfono de última generación, que se estrella de lleno contra el inmaculado parqué de mi oficina. No hay lágrimas. No todavía. Solo un abismo negro, inmenso y asfixiante que se traga mi jodido mundo entero en una sola fracción de segundo.

El 2 de febrero amanece bajo un cielo plomizo, un techo de nubes grises, densas y opresivas que amenazan con aplastar la ciudad bajo su peso. El viento helado de la mañana azota mi rostro con violencia en el cementerio, pero no me permito el lujo de temblar. Llevo un abrigo negro de corte arquitectónico, estructurado, carísimo y letal; una armadura de alta costura diseñada específicamente para mantener a raya al resto de la humanidad. Mi postura es milimétrica, una línea recta de compostura inquebrantable que no admite piedad, acercamiento ni consuelo de los asistentes que murmuran hipócritamente a mis espaldas.

Observo en absoluto silencio cómo los operarios descienden los dos ataúdes hacia la tierra oscura. A mi alrededor, las caras de los socios minoritarios de mi firma, los grandes constructores de la industria y los chupatintas de la alta sociedad se difuminan en una mancha irrelevante. Sé exactamente lo que están pensando. Todos esperan que la gran Liv Olsen se derrumbe, que la reina de hielo muestre una fisura por la que puedan meter sus sucias garras, pero mi mandíbula está apretada con tanta fuerza que la tensión me recorre el cuello y mis dientes amenazan con astillarse.

Mirad todo lo que queráis, panda de buitres. No vais a ver ni una sola lágrima salir de mis ojos. Mantengo la barbilla alta, estoica, filtrando el inmenso dolor a través de una barrera de pura voluntad mental. Mis ojos verdes y felinos barren a la multitud con una frialdad calculadora, disuadiendo con una sola mirada asesina a cualquiera que tenga la estúpida intención de acercarse a darme el pésame o posar una mano sobre mi hombro. En este instante, rodeada de tumbas y falsas condolencias, soy una estatua tallada en hielo, absolutamente intocable y aterradora.

Pero bajo esa coraza de titanio impenetrable, el dolor me devora viva. Es un ácido corrosivo que me quema las entrañas, trepando por mi garganta con cada latido errático de mi corazón de treinta y siete años. Mientras el primer puñado de tierra húmeda golpea la caoba del ataúd de mi madre con un ruido sordo, el sonido reverbera en el interior de mi cráneo, arrastrándome bruscamente al pasado. Recuerdo de repente el penetrante olor a lejía y amoníaco que siempre impregnaba sus manos, las profundas grietas en su piel reseca después de limpiar tres malditas casas diferentes en un solo día solo para poder ponerme un miserable plato de comida caliente sobre la mesa.

Luego, mi mirada baja hacia el féretro idéntico de mi hermano. Mi pecho se contrae violentamente al recordar la textura áspera de sus dedos, curtidos, quemados y llenos de pequeñas cicatrices por el aceite hirviendo de la cocina en la que se dejó la vida. Tenía solo diecisiete años cuando renunció a cualquier ápice de juventud, partiéndose el lomo en jornadas interminables de hostelería para que yo pudiera pagar la matrícula, concentrarme en mis estudios universitarios y sacarnos de aquella miseria asfixiante que nos ahogaba.

Todo este imperio global, todas las propiedades, estos jodidos billones de euros... los construí para vosotros. ¿De qué me sirve ahora ser la dueña del mundo si no estáis aquí para disfrutarlo conmigo? La culpa, venenosa y punzante, se entrelaza con la devastación en la boca de mi estómago, formando un nudo físico y pesado que amenaza con hacerme vomitar mi propio ácido gástrico allí mismo, frente a todos, sobre la nieve sucia que decora el cementerio.

El eco rítmico y constante de las palas arrojando tierra sobre la madera me obliga, casi en un acto de autoflagelación, a comparar esta agonía insondable con la última vez que pisé un camposanto. Fue en junio de 2004. El día exacto en que enterramos a mi padre. Busco en los rincones más profundos de mi memoria algún rastro de este desgarro visceral, de esta asfixia que me impide respirar, pero solo encuentro oscuridad, apatía y un vacío enorme respecto a él.

Cuando el corazón de aquel hombre dejó de latir, consumido hasta la médula por las drogas pesadas y pudriéndose de sobredosis en una asquerosa celda de prisión, no sentí ni una sola pizca de pena. Sentí un oscuro, inmenso y avergonzante alivio. Su muerte fue la gloriosa liberación de un yugo, el fin definitivo de los gritos a medianoche, del caos absoluto, de los golpes y del miedo constante a que empeñara nuestros abrigos para pagarse su próxima dosis en algún callejón.

Tú no merecías nuestras lágrimas, viejo. Solo fuiste un jodido parásito que nos chupó la energía hasta el último aliento. El luto por mi padre fue una simple formalidad fría, un trámite legal y burocrático para cerrar un capítulo lleno de podredumbre en nuestra historia. Pero esto… perder a mi madre y a mi hermano de una sentada, y por culpa de otro maldito borracho, es abismalmente diferente. Es una amputación sin ningún tipo de anestesia. Es el silenciamiento rápido y sangriento de las únicas dos personas en todo el planeta que me mantenían unida a mi propia humanidad.

En el momento en que la ceremonia termina, abandono el cementerio sin mirar atrás y me subo a la parte trasera de mi coche oficial. En la penumbra del asiento de cuero, el mecanismo de supervivencia de mi cerebro de superdotada toma el control absoluto del sistema. Me encuentro completamente sola en el mundo. No me quedan vínculos de sangre vivos, no me quedan anclas terrenales, y el dolor amenaza con volverme loca. Así que, con una frialdad matemática implacable, localizo la puerta de mi verdadera personalidad en mi mente y le echo la llave blindada.

Aquella Liv inmensamente cariñosa, la mujer profundamente táctil que adoraba colgarse del cuello de los suyos y abrazarlos hasta asfixiarlos; la bromista de humor afilado y escandaloso que siempre buscaba sacar una carcajada sincera a su familia en los peores momentos… esa Liv muere hoy, aquí mismo, enterrada bajo tres metros de tierra en las mismas fosas que ellos. No me puedo permitir sentir ternura, compasión ni calidez, porque la ternura me abrirá en canal y me destrozará por completo.

Nadie volverá a entrar. Nunca más. El amor es solo una enorme y asquerosa vulnerabilidad que el puto universo utiliza para masacrarte por la espalda. Apoyo la sien contra el cristal helado de la ventana del vehículo, observando con apatía las calles grises de la ciudad desfilar velozmente frente a mis ojos. Mi expresión se vacía de cualquier rastro de calidez, cristalizando mi aura en una frialdad absoluta, cortante e inaccesible. Si el destino me ha arrebatado mi luz, yo me convertiré en la oscuridad más densa que los engulla a todos.

A partir de ese día, el imponente edificio de cristal de mi estudio de arquitectura se convierte en mi monasterio de purga, mi refugio y mi campo de batalla. Utilizo mi coeficiente intelectual humano de 150 no como un don intelectual, sino como un arma de destrucción masiva contra mi propio cerebro. Mi mente privilegiada se acelera, capaz de procesar planos estructurales enormemente complejos, analizar desvíos de costes de rascacielos al milímetro y diseñar fachadas vanguardistas imposibles en puras fracciones de segundo para ahogar el eco de las voces de mi familia.

Me sumerjo obsesivamente, casi con una adicción enfermiza, en el trabajo corporativo. Opero mi vasto imperio como la CEO billonaria intocable que soy, encadenando reuniones maratonianas de catorce horas sin pestañear, devorando informes financieros globales de madrugada y cerrando contratos internacionales con una voracidad robótica que roza la demencia. Los números, las cotizaciones y la geometría pura son mi mejor anestesia; ellos no sangran, no mueren en accidentes de tráfico en intersecciones heladas, simplemente encajan a la perfección si los alineas bien.

Mantén la puta mente ocupada, Liv. Calcula la fuerza de compresión del hormigón de esa torre en Dubai. Revisa los presupuestos de fundición de acero inoxidable de Seúl. Si te detienes un solo segundo, si dejas de calcular... el silencio te volverá loca. Es una huida cobarde hacia adelante, una arquitectura psicológica de extrema contención para mantener intactos los muros de mi propia cordura, erigiendo rascacielos de cristal y metal por todo el globo mientras mi interior se pudre y se desmorona a pedazos sin que nadie lo vea.

Mi nivel de exigencia hacia mis empleados se vuelve tiránico, asfixiante y abiertamente despiadado. Exijo la misma perfección matemática e implacable que yo misma entrego cada día, sin el más mínimo margen para el error humano... ni para el vampírico. Mi firma multinacional emplea tanto a mortales comunes como a inmortales, vampiros plenamente integrados en la sociedad gracias al tratado, y no hago distinciones de especie a la hora de triturar sus egos y sus carreras si no cumplen mis salvajes expectativas.

Durante una revisión de proyecto en la sala de juntas principal, un prestigioso arquitecto vampiro de más de trescientos años de antigüedad me presenta una maqueta digital con un desvío estructural del uno y medio por ciento en la base de sustentación de carga. Aunque él posee la musculatura de un depredador y los sentidos hiperdesarrollados de su especie, alzo lentamente mi mirada verde y felina hacia él desde la cabecera de la mesa, dejando que el peso absoluto de mi autoridad caiga sobre su pecho. Involuntariamente, su postura se encoge; su biología inmortal retrocede instintivamente ante mí, subyugado en secreto por la sangre primigenia que corre latente por mis venas, aunque en mi mente humana yo asuma que es puro terror a mi poder corporativo.

—¿De verdad esperas que apruebe esta auténtica basura estructural y ponga mi firma en ello, o es que estabas demasiado ansioso por demostrarme que tres siglos de miserable existencia en este planeta no te han servido para aprender trigonometría básica? —escupo, y mi voz es un látigo bajo, arrastrado y letalmente frío que hiela la sala entera.

El vampiro asiente apresuradamente, humillando la mirada hacia el suelo.

—L-lo siento, señora Olsen. Lo recalcularé ahora mismo —murmura. El terror hace que su pulso palpite erráticamente en la vena de su cuello.

—Rehaz este puto plano de inmediato. Tienes exactamente dos horas antes de que te despida y hunda tu carrera en el fango —sentencio, apartando la mirada con desdén hacia mis papeles. No me importa los siglos que lleves vivo o lo que seas capaz de cazar. Aquí dentro, yo soy el Dios al que le rezas.

Pero el trono de hielo corporativo tiene un precio altísimo, y la factura siempre se cobra de madrugada, en la desoladora inmensidad insonorizada de mi ático de lujo. Cuando las pesadas puertas del ascensor privado se cierran con un clic metálico y me quedo a solas rodeada de mil quinientos metros cuadrados de mármol de Carrara y arte contemporáneo exclusivo, la armadura de titanio por fin se resquebraja. El silencio que impera en la casa es tan absoluto y pesado que aplasta mis pulmones.

El primer gran ataque de ansiedad me golpea a traición en la inmensa cocina abierta. El aire abandona mi tracto respiratorio abruptamente, mis rodillas ceden como si fueran de papel y caigo bruscamente, golpeando mis huesos contra el suelo helado. Me agarro el pecho de la camisa de seda con ambas manos, hiperventilando salvajemente como un animal herido, mientras las primeras lágrimas traicioneras, esas mismas que no derramé en el cementerio, amenazan con quemarme las retinas y estallar de mis ojos.

Respira, joder, respira. No te vas a morir. Es solo un maldito ataque de pánico. Controla tu sistema nervioso central, Liv. Pero mi mente brillante me traiciona y es inútil. Miro a mi alrededor desde el suelo, observando aturdida los muebles minimalistas, el lujo desorbitado y las vistas panorámicas de la ciudad iluminada a cientos de metros bajo mis pies. Comprendo, con una crudeza devastadora que me arranca un sollozo ahogado, que mis billones carecen del más mínimo sentido. Mi fortuna incalculable no puede comprar un retroceso en el puto reloj. No puede sacar a mi madre y a mi hermano de debajo de la tierra. Soy, en teoría, la mujer más poderosa e intocable de la ciudad, y al mismo tiempo, soy la criatura más patética, diminuta y sola de este jodido mundo.

Las únicas personas en todo el planeta que se atreven a intentar cruzar las infranqueables defensas de mi fortaleza mental son mis amigas. Freya y Astrid —a quienes conozco y trato con absoluta normalidad como vampiras desde hace años, gracias a la integración social— se presentan repetidas veces en mi estudio en un intento desesperado de actuar como mi red de salvación. Astrid entra siempre como un vendaval rubio, enfundada en alta costura y dispuesta a pelear; mientras Freya me envuelve con su mirada de tormenta gris, tranquila y empática, casi adivinando la magnitud exacta de mi fractura interna gracias a sus instintos desarrollados.

—Tienes que parar de una maldita vez, Liv —me pide Freya, acercándose lentamente a mi escritorio. Su voz es un arrullo suave y aterciopelado que me revuelve el estómago por la insoportable ternura que encierra—. Estás trabajando veinte horas al día. Tu ritmo cardíaco es un absoluto desastre, cariño, Eirik y yo podemos oírlo crujir desde la puerta del pasillo. Te estás matando lentamente.

—Y si no te mueres por el agotamiento crónico, te mataré yo misma por obligarnos a subir en estos putos ascensores de humanos a velocidad de tortuga todos los días solo para vigilar que no te hayas tirado por la cristalera —añade Astrid, apoyando las manos enguantadas sobre mi mesa, con esa actitud provocadora y fiera que utiliza para intentar provocarme una reacción.

Levanto lentamente la vista de las tres pantallas que iluminan mi rostro, blindando cualquier resquicio de emoción tras una máscara de supremo aburrimiento, y preparo mi lengua afilada para escupir mi mejor veneno, el único mecanismo de defensa que me queda para empujarlas lejos.

—Agradezco vuestra desinteresada preocupación, de verdad que sí. Es francamente conmovedor ver a dos inmortales jugando a ser las enfermeras de mi agenda personal —respondo, arqueando una ceja perfecta con un sarcasmo gélido—. Pero a menos que alguna de las dos sepa cómo recalcular la maldita tensión de este arco de titanio para la ópera de Sídney, os sugiero amablemente que volváis a vuestras fascinantes ocupaciones inmortales y me dejéis trabajar en paz. Alejaos de mí. Si me tocáis con amabilidad, si me dais un solo abrazo ahora mismo, me romperé en mil pedazos aquí mismo y nunca podré volver a unirme.

A medida que avanza el oscuro y frío mes de febrero, mi frágil biología humana comienza a pasarme una factura implacable. Mi cuerpo de treinta y siete años, por muy tonificado, caro y bien cuidado que estuviera, no está diseñado genéticamente para soportar este nivel de estrés celular continuo, un luto tan devastador y una privación del sueño que roza las técnicas de interrogatorio y tortura. La absoluta falta de descanso nocturno me provoca pequeños temblores imperceptibles en las extremidades, obligándome a apretar los puños de forma violenta bajo la mesa de la sala de juntas para que nadie lo note.

Cuando estoy a solas, me miro fijamente en el inmenso espejo iluminado del baño ejecutivo de mi suite privada. Mi reflejo, implacable, me devuelve la imagen de una mujer al borde de un colapso sistémico multiorgánico. He perdido demasiado peso rápidamente, provocando que mis pómulos se marquen en el rostro con una dureza casi cadavérica; unas profundas y asquerosas ojeras violáceas ensucian el contraste verde y felino de mis ojos. Mi piel, antes cuidada con los mejores tratamientos del planeta, ha perdido cualquier tipo de brillo humano, luciendo cetrina, opaca y dolorosamente enferma.

Mírate. Eres simplemente patética. La gran CEO billonaria que pone a los hombres a sus pies, consumiéndose poco a poco como una puta vela barata en un rincón oscuro. Abro el grifo de diseño y me lavo la cara con brusquedad usando agua helada, sintiendo el latido agónico y errático de mi corazón humano protestando dolorosamente contra la pared de mis costillas. Estoy exhausta, operando al límite de supervivencia absoluto de mi capacidad física y mental, acercándome a pasos de gigante y de forma inevitable a un quiebre biológico definitivo. Y la peor parte es que sé perfectamente que toda mi fortuna no podrá salvarme cuando finalmente mi cuerpo se apague.

Capítulos
1. Chapter 1
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