Prólogo.
Las cintas amarillas temblaban con el viento de la madrugada, envolviendo la casa del detective Nico Hülkenberg. Las luces rojas y azules de las patrullas pintaban destellos violentos sobre las paredes mientras los vecinos observaban desde lejos, murmurando entre ellos.
Nico frenó el auto de golpe y bajó casi tropezándose.
-¡Detective Hülkenberg! -gritó mostrando la placa-. ¡Déjenme pasar!
Uno de los oficiales intentó detenerlo, pero al reconocerlo se hizo a un lado. Nico avanzó corriendo... y entonces lo vio.
La camilla.
La bolsa negra.
Un mechón del cabello de Egle escapando apenas por un costado.
-No... no, no... -su voz se quebró al instante.
Los paramédicos levantaron el cuerpo para subirlo a la camioneta forense y Nico cayó de rodillas sobre el pavimento húmedo, sintiendo que el aire desaparecía de sus pulmones.
-¡Egle! -gritó con desesperación-. ¡Egle, mírame... por favor!
Pero no hubo respuesta. Solo el sonido seco de las puertas del forense cerrándose.
Detrás de él se escucharon pasos apresurados. Era Esteban Ocon, su compañero en la división de homicidios. El francés se detuvo a unos metros, con el rostro pálido y la mandíbula tensa.
-Nico... -dijo en voz baja-. Lo siento mucho.
Nico levantó la mirada lentamente. Sus ojos estaban llenos de furia y confusión.
-¿Qué pasó? -preguntó casi sin voz-. ¿Quién hizo esto?
Esteban tragó saliva antes de responder.
-La encontramos en la cocina... tenía un disparo en la sien. Muerte instantánea.
El detective apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
-Había un mensaje escrito con su sangre en la pared -continuó Esteban-. Era para ti.
Nico lo miró fijo.
-¿Qué decía?
Esteban dudó unos segundos.
-"Esto es por encarcelar al esposo de Fernando Alonso... Lance Stroll."
El mundo pareció detenerse.
Nico abrió los ojos con asombro.
-¿Qué...? -susurró-. Pero yo no encarcelé a Lance... ni siquiera estoy en esa división.
Se puso de pie de golpe, respirando agitado.
-¡Eso no tiene sentido! ¡Yo nunca firmé esa orden!
Esteban frunció el ceño.
-Entonces alguien quiere hacerte responsable... o alguien manipuló el caso desde dentro.
Nico giró lentamente hacia su casa, observando las luces policiales reflejadas en las ventanas rotas. Y por primera vez en años, el detective sintió algo peor que miedo.
Sintió que alguien había comenzado una guerra contra él.
Unos días después el cielo estaba cubierto por nubes grises, pesadas, como si incluso el clima entendiera que aquel día no debía existir sol.
El funeral de Egle fue pequeño.
Demasiado pequeño solo con familiares y amigos de la pareja.
Las flores blancas rodeaban el ataúd cerrado mientras el sacerdote hablaba a lo lejos, pero Nico apenas escuchaba una sola palabra. Todo sonaba amortiguado, distante... como si estuviera atrapado bajo el agua.
A unos pasos detrás de él estaba su madre, sosteniendo un pañuelo húmedo entre las manos. Más cerca del féretro permanecían Esteban Ocon y Arvid Lindblad, ambos detectives de la división de homicidios junto a Nico.
El silencio duró hasta que los padres de Egle se acercaron.
La madre de ella tenía los ojos hinchados de tanto llorar. El padre, en cambio, llevaba la furia marcada en cada músculo del rostro.
Nico levantó apenas la mirada.
-Señor... señora... yo-
El hombre lo interrumpió empujándolo del pecho.
-¡No te atrevas a hablarle como si todavía fueras parte de esta familia!
Nico no respondió.
El padre de Egle lo señaló con rabia temblorosa.
-¡Ella murió por tu culpa!
-No fue así... -murmuró Nico con la voz rota.
-¡Claro que sí! -gritó la madre entre lágrimas-. ¡Esa gente iba por ti, no por ella!
Y entonces ocurrió.
El padre de Egle escupió directamente al suelo frente a Nico.
-Debiste ser tú quien terminara en esa tumba.
Esteban dio un paso al frente de inmediato.
-¡Oiga, ya basta! -dijo con firmeza.
Pero Nico levantó una mano deteniéndolo.
No discutió.
No se defendió.
Porque una parte de él... comenzaba a preguntarse si tenían razón.
Los padres de Egle se marcharon poco después, alejándose entre los árboles del cementerio sin volver a mirar atrás. La madre de Nico intentó acercarse a su hijo, pero él apenas negó con la cabeza.
-Necesito estar solo.
Ella asintió lentamente antes de irse también.
Quedaron únicamente Esteban, Arvid y él.
El viento movía las flores sobre la lápida recién colocada.
Egle Hülkenberg
Amada esposa.
Arvid observó a Nico unos segundos antes de hablar.
-No tienes que cargar esto tú solo.
Nico soltó una risa seca y vacía.
-¿No? Porque parece que todos ya decidieron quién es el culpable.
Esteban se acercó.
-Nosotros no, somos tus amigos y lo único que queremos es tu bienestar.
Nico bajó la mirada hacia la lápida.
-La dejé sola esa noche...
-Nico -dijo Esteban con firmeza-, el asesino es quien apretó el gatillo.
El detective no respondió.
Se quedó inmóvil frente a la tumba, con las manos dentro de los bolsillos negros del abrigo mientras el viento helado agitaba su cabello.
Poco después sus amigos se fueron dejándolo solo, Nico se tiró al pasto mientras las lagrimas caían y juro que esto no quedaría impune.
1 mes después.
Había pasado un mes desde la muerte de Egle.
Treinta días de cafés fríos olvidados sobre la mesa.
Treinta noches durmiendo apenas unas horas.
Treinta días evitando entrar a la habitación porque todavía olía a ella.
La estación de policía se sentía distinta aquella mañana. Más silenciosa. Más pesada.
Hülkenberg caminó por el pasillo con un sobre bajo el brazo y el rostro agotado. Algunos oficiales levantaron la vista al verlo, pero nadie dijo nada. Las noticias corrían rápido en lugares como ese.
Cuando llegó a la oficina del capitán, tocó dos veces antes de entrar.
Su jefe levantó la mirada.
-Hülkenberg.
Nico dejó la placa sobre el escritorio.
Después el arma.
El sonido metálico resonó como un disparo.
-Vengo a entregar todo, mi placa y mi arma.
El capitán frunció el ceño.
-¿Estás seguro de esto?
Nico soltó una pequeña risa amarga.
-No recuerdo la última vez que estuve seguro de algo.
El hombre suspiró, recargándose en la silla.
-Egle no querría que abandonaras tu vida.
Nico tardó unos segundos en responder.
-Egle estaría viva si no fuera detective.
El silencio cayó como concreto húmedo entre ambos.
El capitán tomó la placa lentamente.
-Siempre fuiste uno de los mejores hombres de esta división.
-Y aun así no pude proteger a mi esposa.
No hubo forma de responder a eso.
Nico salió de la oficina sin mirar atrás.
En la entrada de la estación lo esperaban Esteban y Arvid.
Esteban tenía las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta, mientras Arvid sostenía dos cafés que ya empezaban a enfriarse.
-Entonces sí lo harás... te vas a retirar de la fuerza-murmuró Arvid.
Nico asintió.
-Ya no puedo seguir aquí.
Esteban dio un paso al frente.
-Esto no fue tu culpa.
Nico lo miró directamente.
-Tal vez no. Pero cada persona cercana a mí termina pagando el precio de mi trabajo.
El francés negó con frustración.
-¿Y qué vas a hacer ahora?
Nico observó la lluvia fina caer sobre las calles.
-Desaparecer un tiempo.
Arvid intentó sonreír un poco.
-Suena dramático incluso para ti.
Eso logró sacar una sombra de sonrisa en Nico... pequeña y cansada, como una chispa a punto de extinguirse.
Luego Esteban abrió los brazos y lo abrazó fuerte.
-No hagas tonterías, ¿sí? Te vamos a visitar.
Nico cerró los ojos apenas un instante.
-Lo intentaré.
Después Arvid lo abrazó también.
-Si necesitas algo, llamas.
-No lo haré -respondió Nico.
-Ya lo sé -contestó Arvid rodando los ojos.
Los tres soltaron una risa breve. Frágil. Dolorosa.
La clase de risa que existe justo antes del vacío.
Nico tomó una pequeña caja con sus pertenencias y comenzó a caminar hacia la salida de la estación.
No volteó atrás.
Porque ya había tomado una decisión.
Nunca volvería a permitir que alguien muriera por estar cerca de él.
Y ahora tenía una misión cobrar venganza por la muerte de Egle.
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Nuevo fic aquí dejare el prólogo y me iré lentamente pronto el capítulo 1. ✨️💚
Abril 💜








