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ECOS DEL RIO

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Sinopsis

Mateo Rivas creía conocer su vida. Hasta que una serie de acontecimientos lo obliga a enfrentarse con un pasado que nunca terminó de desaparecer. En un lugar donde los recuerdos parecen esconder más de lo que revelan, Mateo comenzará a descubrir que algunas historias no mueren con el tiempo. Hay secretos que esperan años para volver. Y hay ecos que nunca dejan de escucharse. Una historia de misterio, emociones y decisiones que pueden cambiarlo todo. A veces, para descubrir quiénes somos, primero tenemos que enfrentarnos a lo que dejamos atrás.

Estado:
hace un mes
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capitulo 1

                                       La Terminal


El colectivo 72 frenó de golpe, como si el chofer hubiese recordado repentinamente que tenía frenos.

Mateo Rivas se sostuvo del pasamanos y miró por la ventana: la lluvia caía como si el cielo estuviera exprimiendo una esponja gigante.

Córdoba en invierno. Hermoso.

—Che, maestro —gruñó una señora con un paraguas lleno de flores aplastado contra su cara—, si frena así de nuevo, me paro y lo abrazo… pero del cuello.

El chofer levantó los hombros con cara de ya fue, es lunes.

Mateo sonrió apenas. Había vuelto a la ciudad hacía apenas tres días, y ya extrañaba el silencio de la montaña.

Tres años fuera. Tres años sin volver. ¿Era buena idea?

No lo sé. Pero ya estoy acá.

Bajó del colectivo frente a un café frente a la Terminal. El vapor del asfalto mojado subía como humo espeso.

Allí lo esperaba Taco, apoyado contra la puerta metalizada del bar La Estación, mordiendo una medialuna como si le hubiera hecho algo personal.

—Mirá quién volvió del mundo de los héroes anónimos —dijo Taco con la boca llena

—. Pensé que te habías ido a vivir a una cueva con osos.

—Casi —respondió Mateo mientras acomodaba la mochila al hombro

—. Los osos eran más agradables que la gente.

—Y con menos deudas, seguramente.

Mateo rió por primera vez en semanas.

No sabía que en pocas horas estaría huyendo por una ruta oscura, con gente armada siguiéndolo y un misterio mucho mayor por resolver.

Pero ahora, solo era un tipo cansado bajo la lluvia.

Entraron al bar. El interior olía a café fuerte y piso viejo.

La tele colgada en la esquina mostraba noticias con el volumen bajo: una toma clandestina en el sur, un incendio en un depósito militar, un allanamiento fallido.

Caos habitual.

Mateo dejó la mochila a sus pies y se sentó frente a Taco.

—¿Y entonces? —preguntó Taco, levantando las cejas—. ¿Volviste porque extrañabas los choripanes o porque te rajaron?

Mateo dudó un segundo.

Decilo. No mientas.

No esta vez.

—Porque necesitaba desaparecer un tiempo —respondió finalmente

—. Y porque… pasó algo.

No puedo hablar mucho todavía.

Taco lo observó serio por unos segundos.

Un par de migas de medialuna cayeron sobre el plato.

—Bueno —dijo finalmente

—. Si viniste buscando tranquilidad, llegaste al peor lugar. Ayer se agarraron a los tiros dos bandas acá en la Terminal. Uno quiso escapar robando una trafic escolar. Se la devolvieron con agujeritos de recuerdo.

Mateo suspiró.

Perfecto. Caos. Lo único constante en mi vida.

En ese momento, la puerta del bar se abrió con fuerza y entró Luna, empapada, con una campera negra y el pelo pegado a la cara.

Miró alrededor como si buscara a alguien.

—Perdón, ¿vieron a un tipo con campera verde? —preguntó rápido

—. Necesito encontrarlo urgente.

Mateo y Taco se miraron.

Taco levantó una ceja, sonriendo.

—Mirá vos, Rivas —murmuró

—. Ni cinco minutos en Córdoba y ya te buscan mujeres desesperadas. Si esto sigue así, vas a necesitar guardaespaldas. Yo cobro poco.

Luna golpeó la mesa con ansiedad.

—No es gracioso. Ese tipo es peligroso.

Antes de que Mateo pudiera responder, se escuchó un estruendo afuera:

un auto frenó de golpe, gritos, pasos corriendo, y luego el chillido metálico de una puerta reventándose.

La calma del bar se partió en dos.

Mateo sintió cómo la adrenalina le golpeaba el pecho, algo que no sentía desde aquel día.

No otra vez… no acá.

Taco se levantó y miró hacia la ventana.

—Che, creo que tu amigo peligroso acaba de llegar.

El ruido de la puerta golpeando contra la pared hizo que todos en el bar se dieran vuelta al mismo tiempo.

Un hombre entró empapado, con el pelo pegado a la frente y la respiración agitada. Llevaba una campera verde militar, las manos temblorosas y un arma negra apuntando al frente.

—¡Todos quietos, carajo! —gritó—. ¡Nadie se mueve!

Varias tazas se resbalaron de las mesas y estallaron contra el suelo.

La moza levantó las manos temblando.

Un señor mayor se tiró bajo la mesa más rápido de lo que uno esperaría para su edad.

Taco, paralizado, murmuró:

—Mateo… decime que no es coincidencia. Porque ya tuve suficientes coincidencias para una vida.

Luna retrocedió dos pasos, pálida.

—Es él —susurró

—. Se llama Gabriel Vera. No lo miren a los ojos. Si se siente acorralado, dispara.

Mateo sintió un nudo en el estómago, pero su mirada se mantuvo firme.

Por un instante, el bar desapareció. Todo ruido se apagó.

Respirá. Contá. Uno. Dos. Tres.

No es una montaña nevada. No es aquella pista de aterrizaje. No hay explosiones esta vez.

Solo un hombre con miedo.

—Vos —dijo Gabriel, señalando directamente a Mateo con el arma

—. Levantate.

Ahora.

Taco tragó saliva tan fuerte que pareció una explosión submarina.

—Mateo, hermano, si querés decirme algo importante… tipo un testamento o la clave del Wi-Fi, este es el momento.

Mateo se levantó despacio.

Sus manos vacías, abiertas, visibles.

—Tranquilo —dijo con voz baja y serena

—. Nadie quiere problemas acá. ¿Qué pasa?

Los ojos de Gabriel temblaron, llenos de desesperación.

—Se llevaron a mi hermana. Y si no encuentro el dispositivo que dejaron escondido acá, la matan. Entienden eso, ¿no? ¡La matan!

Mateo lo observó unos segundos.

No vio un delincuente.

Vio a un hombre a punto de romperse.

—Escuchame— dijo con firmeza

—. Podemos ayudarte, pero bajá el arma. Esto no es el camino.

Luna negó con la cabeza.

—No va a soltarla. No confía en nadie. Lo torturaron y lo dejaron medio muerto hace una semana. Piensa que todos están en su contra.

Gabriel retrocedió un paso, apuntando ahora hacia Luna.

—Vos mejor callate. Si me siguen, si llaman a la poli, si alguien se hace el héroe… todos terminan muertos. ¿Quedó claro?

Hubo un silencio pesado, casi sólido.

De repente, en el exterior del bar se escucharon sirenas, cada vez más cerca.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Mierda. Me siguieron.

Taco se cubrió la cara.

—Buenísimo. Perfecto. Nada mejor que un operativo policial para bajar el colesterol.

Las luces azules y rojas iluminaron el local.

Mateo dio un paso adelante.

—Gabriel, si salís solo te matan. Si bajás el arma ahora, puedo sacarte por atrás y buscar lo que necesites. Pero decidí ya.

Gabriel dudó.

El arma tembló más fuerte.

Su respiración se quebró.

—No puedo confiar en vos… no sé quién sos.

Mateo inspiró profundo.

Decí la verdad.

No huyas más.

—Soy Mateo Rivas —dijo

—. Fuerza Internacional de Rescate. Trabajé tres años en misiones fuera del país. No estoy acá para entregarte. Estoy acá porque también perdí gente. Y no voy a ver morir a otra persona.

Gabriel lo miró como si buscara algo detrás de sus ojos.

Sirenas. Gritos afuera. Pasos corriendo.

La cuenta regresiva estaba corriendo.

Finalmente, Gabriel bajó el arma apenas un centímetro.

No suficiente para estar seguro.

Pero sí para respirar.

—Ayúdenme —dijo con la voz quebrada

—. Por favor.

Mateo extendió la mano.

—Primero salimos vivos de acá.

Y en ese preciso momento, la puerta trasera del bar estalló con una patada brutal.

Tres hombres encapuchados entraron armados, apuntando directo hacia ellos.

—Demasiado tarde —susurró Taco

—. Posta, necesito unas vacaciones.

Los tres encapuchados avanzaron sin dudar, disparando un primer tiro hacia el techo.

El estruendo hizo temblar las ventanas; la gente gritó y se tiró al piso.

—¡Agachate! —gritó Mateo, empujando a Luna detrás de una mesa.

Taco se tiró al suelo con una velocidad que no sabía que tenía.

—¡La puta madre, esto no es lo que imaginé cuando dije que quería un desayuno movido!

Uno de los hombres armados se lanzó sobre Gabriel tratando de arrebatarle el arma. Mateo reaccionó sin pensar: saltó sobre él, lo tomó del brazo y lo giró con una llave rápida.

El agresor soltó un quejido y el arma cayó al piso resonando como metal frío contra el azulejo.

Otro encapuchado corrió hacia Mateo, levantando el arma.

Mateo agarró un pava de agua caliente de una mesa cercana y se la estampó contra la muñeca.

El tipo gritó y disparó al techo, haciendo caer yeso sobre todos.

—¡Hermosa técnica, karate kid con termo eléctrico! —gritó Taco desde debajo de la mesa.

Luna tomó una botella y la estrelló contra la cabeza del tercero.

El vidrio se hizo polvo y el hombre cayó tambaleando.

—No sabía que eras tan violenta —dijo Taco, con los ojos enormes.

—Solo los fines de semana —respondió Luna, jadeando.

Gabriel recuperó su arma del suelo y retrocedió.

Sus manos temblaban, pero ahora apuntaba firme.

—¡Atrás! ¡No se acerquen más o disparo!

Los hombres armados se reorganizaron, furiosos.

—¡Nos vamos por atrás! —gritó Mateo

—. ¡a la Cocina, ahora!

Taco corrió como si la vida le dependiera, que efectivamente lo hacía.

La puerta de la cocina estaba abierta.

Mateo la cruzó primero, empujando una torre de bandejas metálicas que cayó como una avalancha ruidosa bloqueando el paso.

Los enemigos golpearon contra el metal tratando de abrirse paso.

Luna se resbaló, y Mateo la sostuvo del brazo justo a tiempo.

No voy perder a nadie más.

No esta vez.

—Gracias —susurró Luna.

—No te acostumbres —respondió Mateo, intentando sonar casual aunque su corazón le explotaba en el pecho.

Gabriel abrió la puerta trasera del bar.

La lluvia caía con furia, oscureciendo la calle como tinta derramada.

—¡Corran! —ordenó Mateo

—. ¡No se detengan!

Salieron a la calle y cruzaron el callejón, esquivando tachos de basura y charcos profundos.

Las sirenas resonaban en la avenida.

Pasos y gritos detrás de ellos.

Uno de los encapuchados logró salir y abrió fuego.

Las balas cortaron el aire rozando los hombros de Mateo.

—¡No tengo cardio para esto! —gritó Taco

—. ¡Debería haber ido al gimnasio en vez de comprar medialunas!

Mateo tomó la delantera, señalando hacia una verja de metal oxidada.

—Por acá, rápido. La saltamos y cortamos camino al río.

Gabriel negó con la cabeza.

—No puedo ir al río. Es una trampa. Nos esperan ahí.

Mateo se detuvo un segundo bajo la lluvia, empapado, respirando agitado.

Lo miró directo a los ojos.

—Entonces hablá de una vez. ¿Qué están buscando?

Gabriel dudó, mirando hacia atrás donde los pasos ya se acercaban.

Finalmente respondió.

—tengo un dispositivo. Lo escondí yo en este bolso… y si lo encuentran, pueden desatar una guerra. No solo acá. En todo el país.

Silencio.

Truenos.

La lluvia golpeando como balas.

Taco abrió la boca, impactado.

—Bueno, loco… yo solo quería café y medialunas.

Gabriel apoyó la mano en el hombro de Mateo.

—Y si ustedes me ayudan, les juro que puedo evitar que todo explote.

Mateo respiró profundo.

¿Otra misión imposible?

Sí.

Pero esta vez… no estoy solo.

Mateo miró a Luna y Taco.

—Entonces vamos . Pero primero… sobrevivamos a estos tipos.

Los encapuchados doblaron la esquina.

—¡Corran! —gritó Mateo.

Y los tres se lanzaron nuevamente a la noche empapada, con el destino empujándolos hacia algo que ninguno de ellos podía imaginar.

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