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La Voz de la Montaña

Sinopsis

En el riguroso invierno de 1377, el joven copista Mateo llega a la Abbatia Silentii Divini, un cenobio aislado en los Alpes donde rige la estricta regla del silencio absoluto. Sin embargo, la aparente paz se quiebra cuando las paredes de piedra comienzan a "hablar", articulando murmullos que desencadenan una trágica oleada de muertes. Tras la misteriosa caída del monje Lucio y la irrupción del Inquisidor Fray Anselmo de Ruán, Mateo se alía con la hermana Clara para desentrañar el enigma. Juntos descubren un secreto prodigioso: la abadía entera fue diseñada décadas atrás por un maestro arquitecto como un colosal órgano acústico impulsado por el viento de la montaña. Atrapados entre el fanatismo del abad Hugues -empeñado en destruir el lenguaje humano- y las piras del Santo Oficio, Mateo y Clara deberán arriesgarlo todo para salvar la memoria y la verdad antes de que el cenobio colapse sepultado por su propia voz.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Noel
Estado:
Completado
Capítulos:
29
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo I

Capítulo I

El voto de las sombras

"Dios habló una vez; el resto lo dijeron los hombres. Por eso algunos prefirieron taparse los oídos."

Llegué a la Abbatia Silentii Divini al caer el invierno, cuando el aire parecía hecho de ceniza y la montaña guardaba silencio incluso del viento. Había caminado tres días siguiendo la senda que los pastores olvidan al primer soplo de escarcha, guiado solo por el tañido lejano de una campana cuyo rumor llegaba roto, agónico, como el pulso de un moribundo atrapado entre los riscos. El paisaje que cercaba el monasterio era un reino de muerte blanca y negra: picos dentados de granito que se alzaban como guardianes mudos, envueltos en jirones de niebla que descendían desde las cumbres como sudarios sobre una pira extinta. Abajo, en el fondo del abismo, un lago glaciar reflejaba el cielo de plomo; su superficie inmóvil parecía un espejo roto, salpicado por bloques de hielo ceniciento que crujían en la quietud con la cadencia de huesos al fracturarse.

A la vista de la mole de piedra, sentí que el mundo exterior se replegaba y moría. Las murallas, elevadas sobre la roca viva, estaban ennegrecidas por siglos de niebla, liquen amarillento y hollín de antorchas. Apenas se distinguía la torre del campanario, que sobresalía hacia las nubes plomizas como un dedo petrificado señalando un cielo mudo. No había canto de aves, ni saludo de centinelas, ni presencia humana visible. Desde los parapetos se divisaban los enormes contrafuertes que sostenían la abadía contra las avalanchas del invierno, y más allá, el paso angosto custodiado por ventisqueros perpetuos. Solo un puentecillo de madera podrida y hierro forjado unía el mundo de los vivos con el portón principal, suspendido sobre una garganta profunda donde el río rugía ahogado por la nieve.

Cruzarse con la sombra de las puertas fue cruzar el umbral de la tierra. Allí me recibió el prior, fray Tomás. Era un hombre de rostro seco y pálido, con pómulos tan afilados que parecían a punto de rasgar la piel cetrina, y unos ojos oscuros que me observaron sin pestañear, vacíos de curiosidad o bienvenida. No pronunció palabra. Extendió una amplia tablilla de madera de boj, cubierta con una fina capa de cera negra y con inscripciones latinas grabadas con punzón:

"Hic tacet corpus ut anima loquatur"

(Aquí calla el cuerpo para que hable el alma).

Con un gesto severo, fray Tomás me entregó un estilete de hueso para que firmara debajo, aceptando la regla. Al rozar el metal helado de su túnica y hundir el punzón en la cera, entendí que mi voz había quedado del otro lado del abismo. Mi nombre, mi pasado en las escuelas del sur y las palabras con las que solía defender mis ideas quedaban sepultadas bajo aquel manto helado.

Me condujo por un pasillo abovedado donde el único sonido era el chasquido de sus sandalias de cuero sobre las losas de piedra. El aire dentro del monasterio olía a cera vieja, humedad añeja y un fondo acre de resina. Me entregaron ropas de lana áspera y sin teñir que picaban sobre la piel como una penitencia constante, una lámpara de hierro con un hilo de aceite amargo y un puesto al fondo del scriptorium.

La estancia era colosal. Altos ventanales enrejados dejaban pasar una luz cenicienta que no proyectaba sombras claras, sino una penumbra uniforme. A lo largo de la sala, alineados en dos filas perfectas, decenas de pupitres de roble albergaban a los monjes copistas. Nadie alzó la cabeza al vernos entrar. Ningún cuello se giró. Trabajaban encorvados sobre los atriles, respirando al compás de sus plumas con una disciplina casi aterradora. Nadie tosía, nadie suspiraba. Solo el roce metódico del cálamo raspando el pergamino seco formaba una música monotona, quieta, una liturgia de rasguños sobre piel muerta.

Fray Tomás señaló mi pupitre con un golpe seco de su nudillo sobre la madera. Sobre la mesa me aguardaba un pliego de pergamino antiguo y un tintero de cuerno cargado de tinta ferrogálica densa. Mi primera tarea era simple y devoradora: copiar las genealogías del Génesis.

Tomé la pluma. La primera línea requirió un esfuerzo insoportable; mis dedos, entumecidos por la travesía y la congelación del ambiente, temblaban al trazar las letras. La tinta tardaba tanto en secarse en aquella humedad gélida que cada palabra me parecía una condena suspendida en el tiempo. Miré de reojo a mis vecinos. A mi izquierda, un monje anciano de manos deformadas por la artritis perfilaba iniciales doradas sin que un solo músculo de su rostro delatara dolor; a mi derecha, un novicio con los labios apretados hasta volverse blancos fijaba la mirada en su texto como si temiera que las letras escaparan si pestañeaba.

Por las ventanas altas del scriptorium, el paisaje exterior parecía un cuadro estático: ventisqueros que descendían lentos como lenguas de hielo vivo y, en la lejanía, un cielo de plomo que amenazaba con sepultarnos bajo más nieve, más aislamiento, más silencio eterno. El mundo de afuera se disolvía a cada trazo de tinta.

Sin embargo, a medida que la luz de la tarde comenzaba a extinguirse y las primeras lámparas de aceite se encendían en los atriles, percibí algo ajeno a la rutina. No era un sonido claro, sino un leve temblor en la piedra bajo mis pies, un rumor microscópico que se filtraba entre el rascado de las plumas. Al principio creí que era el viento de los Alpes colándose por alguna grieta de la mampostería, pero al contener la respiración noté una cadencia, un pulso que no pertenecía a la naturaleza.

Miré a fray Tomás, que recorría el pasillo central supervisando las líneas de los copistas. El prior se detuvo un instante justo al lado de la gran columna del muro norte. No miró la pared, pero su mano se cerró con fuerza sobre el rosario de madera que llevaba en el cinto hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Esa noche, mientras soplaba la mecha de mi lámpara en la celda y sentía cómo el frío atravesaba la manta de lana, una certeza inquietante se apoderó de mi mente: en la Abbatia Silentii Divini, el silencio no era la ausencia de voz, sino la prisión donde la habían encadenado.

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