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Y Dios la llamó pecado

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Sinopsis

Algunos monstruos tienen colmillos. Otros llevan sotana. Y algunos observan desde el Cielo. A punto de abandonar el convento donde creció, Vera solo desea comenzar una vida que por fin le pertenezca. Pero alguien está dispuesto a matarla antes de permitir que eso suceda. Vera sobrevive. El problema es lo que despierta en su lugar. Convertida en vampiro y bajo la protección del enigmático Dorian, Vera descubre que las criaturas que protagonizaban sus peores pesadillas son apenas una pequeña parte de un mundo que siempre permaneció oculto ante sus ojos. Vampiros. Antiguas jerarquías. Pactos. Seres que recuerdan épocas que la humanidad convirtió en leyendas. Y secretos capaces de poner en duda todo lo que alguna vez creyó sobre el bien, el mal y aquellos que habitan entre ambos. Porque en ese nuevo mundo todos parecen saber algo que Vera ignora. Incluso Dorian. Y mientras intenta descubrir quién la convirtió y por qué, una verdad mucho más peligrosa comienza a perseguirla: quizá los monstruos nunca estuvieron tan lejos de Dios como le enseñaron.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
MAF3R
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 La llave

«Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron.»

— Apocalipsis 12:7-8

A Vera le gustaban las llaves.

No por lo que abrían, sino por lo que prometían.

Las había observado toda su vida colgando de cinturones, escondidas en bolsillos o descansando sobre las mesas del convento. Pequeñas para armarios, gruesas para puertas antiguas, doradas para habitaciones a las que nunca tenía permitido entrar.

Siempre pertenecían a alguien más.

Una llave significaba que existía un lugar al que uno podía entrar sin pedir permiso.

Vera nunca había tenido una.

Por eso había dibujado una en la esquina de su libreta, junto a tres palabras que llevaba meses leyendo como una oración:

Estudiar.

Trabajar.

Apartamento.

Debajo había una cifra.

La tachó.

Hizo nuevamente la cuenta.

También la tachó.

Sigue siendo demasiado —murmuró.

La habitación permanecía a oscuras. Las demás chicas todavía dormían y faltaba media hora para que sonara la campana.

Vera guardó la libreta bajo el colchón.

Once días.

Después de dieciocho años, once días parecían ridículamente pocos.

Se levantó y caminó hasta el pequeño espejo.

Su cabello castaño oscuro le llegaba casi a la cintura. Intentó trenzarlo, se equivocó, deshizo el nudo y volvió a empezar.

Sus ojos verde grisáceos encontraron su reflejo.

Vera sabía que era hermosa.

Se lo habían recordado demasiadas veces como para fingir lo contrario.

También había aprendido demasiado pronto que ser hermosa no siempre era algo bueno.

—¿Otra vez admirándote?

Vera reconoció la voz de Marta detrás de ella.

—Estoy arreglándome el cabello.

—Claro.

Vera terminó su trenza sin responder.

—¿Cuánto falta? —preguntó Marta.

No sé.

—Once días.

Vera se giró.

—Entonces ¿para qué preguntas?

Marta levantó las cejas, sorprendida.

Vera también.

Normalmente había descubierto que responder solo prolongaba las burlas. Pero últimamente era diferente.

Quizá porque cada comentario venía acompañado de un pensamiento tranquilizador:

pronto no volveré a verte.

—Vas a regresar —dijo Marta.

Vera tomó su suéter.

No contestó.

Pero mientras abandonaba la habitación pensó:

No.

Aunque tuviera que trabajar limpiando mesas. Aunque compartiera una habitación diminuta con desconocidas. Aunque tardara años en poder estudiar.

No regresaría.

La capilla era uno de los pocos lugares que Vera sabía que extrañaría.

A aquella hora estaba prácticamente vacía. La luz de la mañana atravesaba los vitrales y dejaba manchas de colores sobre los bancos.

Vera se sentó cerca de la puerta.

Siempre elegía lugares desde donde pudiera ver una salida.

Cerró los ojos.

—Gracias —susurró.

No pidió nada. Daba las gracias por estar viva, por los once días, por la posibilidad de que existiera algo después de aquellas paredes.

Vera creía en Dios.

Lo que ya no sabía era si creía en todas las personas que aseguraban hablar en su nombre.

Si Él le había dado una mente, pensaba, no podía ser pecado utilizarla.

—Buenos días, Vera.

Su cuerpo se tensó.

No necesitó abrir los ojos para reconocer la voz.

—Buenos días, padre.

Marko Kovač se encontraba al final del banco.

A sus cuarenta y dos años, era uno de los sacerdotes más apreciados por las religiosas.

Amable. Culto. Cercano con los jóvenes.

Siempre sabía qué decir.

Y siempre sonreía.

—¿Puedo?

Vera asintió.

Marko se sentó a su lado.

Ella desplazó discretamente una pierna en dirección contraria.

—Sor Ivana me dijo que sigues decidida a marcharte.

—Sí.

—He estado pensando en lo que hablamos.

Vera bajó la mirada.

—Padre...

—Solo quiero que consideres todas tus opciones. Aquí tienes seguridad. Una comunidad.

Personas que se preocupan por ti.

—Lo sé.

—Y tienes vocación.

Otra vez.

—No quiero ser monja.

El silencio posterior hizo que Vera levantara la mirada.

La sonrisa de Marko continuaba allí.

—La vocación no siempre aparece como uno espera.

—Pero creo que debería quererla.

Por primera vez algo cambió en su expresión.

Duró apenas un instante.

—El mundo exterior no es sencillo, Vera.

—Lo sé.

—Podrías descubrir que la libertad no se parece demasiado a lo que imaginas.

Vera juntó las manos.

—Quiero descubrirlo yo.

Marko la observó.

Vera sintió inmediatamente el impulso de retractarse.

No lo hizo.

—Siempre has sido una muchacha inteligente —dijo finalmente.

Extendió una mano hacia ella.

Vera se levantó antes de que pudiera tocarla.

El banco rechinó contra el suelo.

Demasiado rápido.

Marko miró primero su mano y después a Vera.

—Tengo que ayudar con el desayuno.

—Por supuesto.

Vera dio un paso hacia el pasillo.

—Vera.

Se detuvo.

—Mi puerta seguirá abierta estos once días. Si necesitas hablar de cualquier cosa.

Cualquier cosa.

Vera tragó saliva.

—Gracias, padre.

Salió de la capilla.

No corrió.

Nunca corría cuando sabía que él podía verla.

Aquella noche volvió a sacar la libreta. Abrió el pequeño sobre que escondía junto a ella y contó sus ahorros.

No era suficiente.

Pero sería suficiente para empezar.

Volvió a las tres palabras.

Estudiar.

Trabajar.

Apartamento.

Pensó unos segundos y añadió una cuarta.

Comprar una llave.

Sonrió y la tachó inmediatamente.

No se compraban llaves sin puertas.

Aun así, dejó la palabra visible.

Desde la ventana podía distinguir una pequeña parte de la carretera que llevaba fuera del convento.

Un automóvil pasó.

Después otro.

Personas desconocidas dirigiéndose a lugares que Vera nunca había visto.

Apoyó la frente contra el cristal.

Once días.

Por primera vez en su vida, el futuro parecía más grande que aquellas paredes.

Vera cerró los ojos.

Sonrió.

Y no vio al hombre que permanecía al otro lado de la habitación.

Cassiel la contempló en silencio.

Había estado allí cuando aprendió a caminar.

Cuando pronunció su primera oración.

Cuando lloró pensando que nadie podía escucharla.

Y estaría allí cuando atravesara aquellas puertas dentro de once días.

Vera pensaba que finalmente estaría sola.

Cassiel sabía que nunca lo había estado.

Miró hacia el cielo.

Después volvió los ojos hacia ella. Y, por primera vez en mucho tiempo, deseó que los días pasaran deprisa.

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