Capítulo 1
El olor a vela que impregnaba el ambiente, dejando claro el rato que tenían encendidas.
Entre el olor siempre familiar, siempre había algo más, una pequeña fragancia que no se lograba descifrar.
Había aprendido que darles nombre a las cosas las hacía reales y entre eso había muchas cosas que prefería ignorar.
Desde muy joven había aprendido que darles nombre a algunas cosas las hacía real.
Ha estado encerrado todo el día, tanto que no sabía si era temprano o tarde; el paso del tiempo era algo que en este sitio era un lujo.
Con la escasa luz del lugar, había dejado de distinguir el paso del tiempo.
Tampoco era como si lo extrañara; no se puede extrañar lo que no se ha tenido.
El tiempo siempre se le ha escurrido entre las manos, como agua, gota tras gota.
Se sentó al borde del catre, miró alrededor, un pequeño espacio en el cuarto de servicio, su lugar…
Donde fue enviado apenas cumplió doce años, como si trataran de borrar su existencia, como si de esa forma pudieran esconderlo en un rincón del mundo, esconderlo en la ya vieja mansión. Decisión tomada por su padre, ya que compartir el pasillo asignado a los familiares era humillante.
Perdido entre sus pensamientos, miró a la pared de la esquina.
—Diecisiete —contó uno a uno los ladrillos, que se asomaban entre el revestimiento de la pared; aunque ya sabía cuántos había, los contaría igualmente.
Era algo que podía hacer incluso con los ojos cerrados; lo haría hasta esos momentos donde esperaban caer víctima del sueño.
Pero el sueño nunca llegaba.
No era que se negara a dormir.
Era su cuerpo el que había aprendido; aprendió desde muy joven que dormido era vulnerable, que descuidarse era peligroso; era como una habilidad de protección.
Su sexto sentido.
Despierto, estaba alerta a cualquier sonido, ya fuese un portazo, gritos, unos pasos en el pasillo; algo así significaba cualquier cosa, y es mejor estar atento para anticiparlo.
—Diecisiete ladrillos.
Podía escuchar cómo la celebración se desempeñaba.
La fiesta continuaba.
Lo sabía porque lograba oír cómo se superponían las voces, las risas y el olor.
Aunque estaba algo alejado del sitio de la fiesta, le llenaban las fosas nasales con el olor de feromonas.
Octavio Santino hacía estas fiestas tres veces al año, algo no muy llamativo; más que una fiesta, era una reunión, no era algo muy lujoso.
Con algo de generosidad muy bien calculada, cada moneda usada era invertida de forma milimétrica.
Lo suficiente para mantener el prestigio ante los ojos de la sociedad y acallar los rumores sobre las carencias del vizcondado.
Asher conocía a la perfección esos números, entendía mejor la situación que su propio negligente padre, porque era quien se encargaba de las finanzas; lo que se suponía debía ser el trabajo de la señora, era el de él.
Administrar el presupuesto, ordenar las despensas y el pago de los empleados era lo que debía hacer Asher.
Era algo muy raro, ya que administrar la casa era la representación del estatus y de la buena educación obtenida.
Bueno, tampoco es que la gente de exterior supiese de este cambio de roles.
Era irónico porque, mientras él era quien hacía el trabajo, no podía disfrutar de la velada que estaba cerca.
Pero su madrastra Silvana seguramente recibía los halagos y el mérito por la organización; la imaginaba sonriente, haciendo alarde, tratando de lograr una conexión y haciendo el máximo esfuerzo por conseguir un prometido para su hermana Olena.
Por alguna razón en su mente era como si estuviera en el medio; aunque en realidad no estuviera allí, sentía como si estuviera haciendo algo malo, como si mintiera.
Mientras divagaba en sus pensamientos, escuchó pasos.
Y sabía que no eran de su padre, ni de ningún miembro de la familia o del personal.
Estos pasos eran distintos, eran como de alguien inseguro que no conocía su destino y estuviera divagando.
Parecía alguien que no entendía bien la distribución de la casa.
Asher no se movió ni un milímetro, aunque seguía oyendo el pausado caminar que cada vez más se le acercaba.
Pero para su sorpresa el pestillo giró y la puerta se abrió lentamente…
Lo olvidó; la puerta nunca tenía seguro.
Allí de pie, recortado entre la luz clara de las velas del pasillo, estaba un hombre que no debería de estar ahí.
Alto de hombros tan anchos que casi llenan el marco de la puerta con su sola presencia. Presencia que Asher sintió mucho antes de poder procesar lo que veía.
Camisa blanca con el botón del cuello abierto, sin su casaca, pero con un chaleco ajustado; todo en él gritaba que había caminado sin pensar claramente y lo notó al mirar las pequeñas gotas de sudor y su mirada de sorpresa que no pasó desapercibida. Quizás no pensó claramente a dónde se dirigía, puede que no pidiese ayuda a la servidumbre o probablemente no había nadie que le ayudara.
Ese hombre le miro.
Asher le mantuvo la mirada un rato; los segundos que pasaban parecían minutos entre ambos desconocidos. Ambos lo notaron en la ya oscura habitación; la luz era casi inexistente.
Asher no bajó la mirada; había aprendido que bajar los ojos invitaba a ciertas cosas y prefería correr el riesgo de parecer grosero que cualquier otra cosa.
Pero lo que encontró en esa mirada no fue lo que esperaba.
Fue una mirada de vergüenza, como la de quien hubiese sido atrapado haciendo algo indebido.
No fue desprecio.
No fue el reconocimiento rápido y el rechazo con el que la mayoría de los alfas miraba a los omegas de posición incierta.
Fue algo que Asher no supo identificar de inmediato y eso le asustó mucho más.
—Disculpe, creo que me perdí. ¿Buscaba un sitio donde pudiera fumar? No quise —su voz era baja, casi hipnótica; era tan suave como si acariciara el aire, una voz que era perfecta tanto para preferiblemente oír de cerca.
—No se disculpe —respondió Asher; se instaló un largo silencio nuevamente—. ¿Busca el salón principal? —añadió hablando—. Se alejó bastante; solo debes bajar las escaleras al final del corredor, gira a la izquierda, tercera puerta, sabrás que llegaste cuando escuches la fiesta.
El hombre no habló de inmediato. Siguió mirando alrededor, analizando la situación. Miraba a Asher con una expresión de desconcierto y reconocimiento en partes iguales.
Era una expresión nueva viniendo de alguien de género alfa; eso le hizo tener una extraña y ridícula sensación, de que lo estaba viendo.
No calculando.
No intimidando.
No lo despreciaba.
No lo ignoraba.
Solo lo miraba.
—Gracias —dijo finalmente, y se retiró de la habitación.
Asher volvió la mirada hacia la pared nuevamente, hasta que los pasos de ese hombre con quien su encuentro fue como una tormenta dejaron de oírse en el pasillo.
Miro a la puerta cerrada durante un tiempo, el cual no supo medir.
Mientras sus pies se alejaban del lugar, estaba desconcertado; recordó haberle visto antes.
Por eso estaba impactado.
No espero verlo de nuevo y, sin lugar a duda, menos en este lugar.
Entre sus pensamientos se alejó del lugar; sería mejor no ser visto rondando la mansión como si fuera un ladrón.
Este no fue su primer encuentro y sin duda tampoco sería el único.








