Personalizar legibilidad
Aa

La Dama y el Arquitecto

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Beatriz Aguilar lucha por mantener en pie el honor de una familia aristocrática en ruina dentro de la Nueva España colonial. Pero cuando su hermano pierde en una apuesta la última propiedad de los Aguilar, su destino queda en manos de Damián, un arquitecto brillante, ambicioso y ajeno a las reglas de la alta sociedad. Mientras Beatriz enfrenta un matrimonio de conveniencia, deudas, corrupción y el peso de un apellido que se desmorona, la cercanía con Damián despierta un vínculo peligroso que amenaza con destruir todo lo que conoce.

Genero:
Romance
Autor/a:
HABLANDO
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1: El Brillo de una Fachada Agrietada

El aire en el vestidor de la casona de los Aguilar estaba saturado con el aroma denso del polvo de arroz y la esencia de jazmín.

Beatriz permanecía inmóvil frente al espejo de cuerpo entero, una reliquia de marco dorado que había pertenecido a su bisabuela y que ahora mostraba pequeñas manchas de azogue, como pecas del tiempo sobre el cristal. El corsé, apretado con una saña casi religiosa por las manos expertas de su tía Isabel, le recordaba con cada bocanada de aire que la libertad era un lujo que su familia ya no podía permitirse.

—Un poco más, niña. No podemos permitir que el vestido de seda se vea flojo. La apariencia es lo único que nos queda cuando el oro ha volado —dijo Isabel en voz baja. Sus dedos huesudos tiraron de los cordones con una fuerza sorprendente para su edad.

Beatriz observó su propio reflejo. El vestido era de un azul profundo, el color de los océanos que sus antepasados habían cruzado para fundar aquel imperio de papel y orgullo. A simple vista, era una obra maestra de la costura colonial, con encajes traídos de Europa y bordados que imitaban enredaderas de plata. Sin embargo, Beatriz sabía la verdad que se escondía tras el brillo. Las perlas del escote no eran más que esferas de cristal pintadas, y la tela, aunque hermosa, había sido vuelta y remendada en las costuras interiores para ocultar el desgaste de tres temporadas anteriores.

La ciudad de la Nueva España, afuera de aquellos muros de piedra volcánica, bullía con el sonido de los carruajes que se dirigían al palacio de la Marquesa. Era la noche del gran baile de primavera, el evento que dictaba quiénes seguirían reinando en la pirámide social y quiénes caerían en el olvido de las deudas y el desprecio. Para Beatriz, no era una fiesta; era un campo de batalla.

—¿Está todo listo, tía? —preguntó Beatriz, con una voz que intentó no traicionar el temblor de sus manos.

—Casi. Solo falta el collar de zafiros —respondió Isabel, y se dirigió a un cofre de madera de sándalo.

Beatriz sintió un nudo en la garganta. El collar de zafiros auténticos había sido vendido hacía seis meses para pagar a los carniceros y a los proveedores de harina que amenazaban con cerrarles el crédito. Lo que Isabel extrajo del cofre era una réplica exacta, fabricada por un joyero de dudosa reputación en el callejón de los plateros. Brillaba, sí, pero bajo la luz intensa de los candelabros de la Marquesa, cualquier ojo experto notaría la falta de profundidad en el azul de las piedras.

—Si Felipe se acerca demasiado, asegúrate de mantenerte en las sombras del salón —advirtió la tía. Colocó la joya falsa alrededor del cuello de su sobrina—. Él tiene buen ojo para las piedras preciosas, y no queremos que sospeche nada antes de que el contrato matrimonial esté firmado.

Felipe. El solo nombre provocaba en Beatriz una sensación de frío metálico. Era un hombre de cuarenta años, con una posición inamovible en el consejo de la ciudad y una fortuna que crecía con cada barco que llegaba al puerto. No era un hombre cruel, pero era árido, como la tierra sin lluvia. Su interés por Beatriz no nacía del amor, sino de la necesidad de unirse a una familia que, aunque empobrecida, aún conservaba un apellido que abría puertas en la corte.

Él no busca una esposa, busca un blasón, pensó Beatriz, mientras se colocaba los guantes de cabritilla.

De repente, la puerta de la estancia se abrió de golpe. Gerardo, su hermano menor, entró con el cabello revuelto y la casaca de terciopelo desabrochada. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su respiración era errática. La tía Isabel soltó un grito ahogado y se llevó la mano al pecho.

—¡Gerardo! ¿Qué modales son estos? Estamos a punto de salir —le recriminó la mujer con indignación.

El joven ignoró a su tía y se dirigió directamente a Beatriz. Sus manos temblaban mientras buscaba algo en sus bolsillos, solo para encontrarlos vacíos.

—Se ha ido, Beatriz. Todo se ha ido —soltó Gerardo, y se dejó caer en una silla de terciopelo raído.

Beatriz sintió que el suelo se inclinaba. —¿De qué hablas? ¿Qué se ha ido?

—La escritura... la de la hacienda de los valles. La aposté en la mesa de juego esta tarde. Estaba seguro de que recuperaría lo que perdimos el mes pasado, pero el hombre... ese hombre no era un jugador común. Tenía una suerte diabólica —confesó Gerardo, y hundió la cara entre las manos.

La hacienda de los valles era la última propiedad real que poseían. Sin ella, la mansión en la ciudad pronto sería confiscada. El castillo de naipes que Isabel y Beatriz habían construido con tanto cuidado para mantener las apariencias se estaba desmoronando antes de que pudieran poner un pie en el carruaje.

—¡Imbécil! ¡Nos has condenado a todos! —gritó Isabel. Perdió por completo su compostura aristocrática—. ¿A quién se la has entregado? ¿A quién pertenece ahora nuestra tierra?

—No lo sé... se hace llamar Damián. Nadie lo conoce en el club, dicen que es un arquitecto que viene de fuera, pero juega como un profesional. Dijo que vendría a reclamar su premio mañana mismo —respondió Gerardo con la voz rota.

Beatriz cerró los ojos, en un esfuerzo por contener las lágrimas que amenazaban con arruinar su maquillaje de polvos caros. La desesperación era una garra en su pecho. Si la noticia de la pérdida de la hacienda llegaba a oídos de Felipe esa noche, el compromiso se esfumaría y su familia terminaría en la calle o, peor aún, en la cárcel de deudores.

—Límpiate la cara, Gerardo —ordenó Beatriz con una frialdad que la sorprendió a ella misma—. Tía, buscaremos una solución. Por ahora, debemos ir a ese baile. Si nos quedamos en casa, los rumores empezarán antes de la medianoche. Debemos sonreír como si fuéramos los dueños del mundo.

El trayecto en carruaje hacia el palacio de la Marquesa fue un silencio sepulcral, interrumpido solo por el traqueteo de las ruedas sobre el empedrado irregular de la ciudad colonial. Las calles estaban iluminadas por antorchas en las esquinas, y el sereno gritaba las horas con una monotonía que resultaba casi fúnebre.

Al llegar, la magnificencia del palacio intentó abrumarla. Cientos de velas de cera de abeja iluminaban la fachada de piedra tallada, y una hilera de sirvientes con librea recibía a los invitados. Beatriz bajó del carruaje con la cabeza en alto, y desplegó su abanico de encaje con un movimiento fluido que ocultó su mandíbula tensa.

El salón de baile era un hervidero de sedas, pelucas empolvadas y murmullos constantes. El olor a sudor oculto tras perfumes caros y el calor de las velas creaban una atmósfera embriagadora. Beatriz caminó por el salón y saludó con inclinaciones de cabeza perfectamente calculadas. Sentía los ojos de la sociedad sobre ella, que evaluaban cada detalle de su atuendo y buscaban la más mínima grieta en su armadura de nobleza.

Felipe no tardó en aparecer. Se movía entre la multitud con la seguridad de quien se sabe dueño de la situación. Su rostro, marcado por una expresión de serenidad arrogante, se iluminó ligeramente al ver a Beatriz.

—Señorita Aguilar, luce usted radiante esta noche. El azul le sienta de maravilla, aunque debo decir que sus ojos parecen tener una tormenta oculta —dijo Felipe. Tomó la mano de Beatriz para depositar un beso protocolario sobre sus guantes.

—Es solo la emoción de la velada, don Felipe. La Marquesa siempre logra reunir a lo más distinguido de la ciudad —respondió ella, y forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Pronto no tendremos que depender de las invitaciones de otros para celebrar, Beatriz. He estado hablando con vuestro padre sobre los detalles finales. Nuestra unión será el evento del año —comentó él, mientras la conducía hacia la pista de baile.

Mientras bailaban el minueto, Beatriz intentaba concentrarse en los pasos, pero su mente volvía una y otra vez a la confesión de Gerardo. La hacienda, su hogar de infancia, ahora pertenecía a un extraño llamado Damián. La idea de que un hombre sin linaje se apoderara de sus recuerdos la llenaba de una mezcla de rabia y terror.

De repente, el ritmo de la música pareció desvanecerse en sus oídos. En el extremo opuesto del salón, cerca de los grandes ventanales que daban al jardín, un hombre permanecía de pie; observaba la escena con una indiferencia que rayaba en el insulto. No vestía los colores brillantes de la aristocracia; llevaba una casaca de color gris ceniza, de corte impecable pero sin adornos superfluos. No llevaba peluca, y su cabello oscuro estaba recogido en una coleta sencilla.

Lo que más impactó a Beatriz no fue su vestimenta, sino su mirada. Era una mirada inteligente, despojada de las pretensiones que inundaban el salón. Cuando sus ojos se encontraron con los de Beatriz, ella sintió una descarga eléctrica que recorrió su columna vertebral. No era la mirada de un pretendiente, ni la de un subordinado. Era la mirada de alguien que sabía exactamente qué había detrás de la máscara de seda azul.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Beatriz a Felipe, en un intento de sonar casual.

Felipe desvió la vista un segundo y frunció el ceño con desdén. —Un advenedizo. Se llama Damián. Dicen que es arquitecto, traído de la metrópoli para supervisar las obras de la catedral. No sé qué hace aquí; la Marquesa a veces tiene gustos demasiado eclécticos para sus invitados.

Beatriz sintió que el corazón le daba un vuelco. Era él. El hombre que tenía en sus manos el destino de su familia. El extraño no apartó la vista. Por el contrario, esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, y levantó ligeramente su copa de vino hacia ella en un brindis silencioso.

En ese momento, la música se detuvo. El calor del salón se volvió asfixiante. Beatriz sintió que las piedras de cristal de su collar pesaban como plomo. Sabía que su vida, tal como la conocía, acababa de terminar, y que aquel hombre de gris era el arquitecto, no solo de la catedral, sino de su propia destrucción o, tal vez, de algo que aún no se atrevía a imaginar.

¡Cuéntale a HABLANDO lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

El Fuego de tu Amor

lisbetmilagro26041: No podía dejar de leer,me gustó muchísimo. Lástima que fuera tan corta. Muchas gracias

Leer ahora
La favorita de la profesora

Jud: Historia corta con buen desarrollo y ritmo

Leer ahora
Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Embarazada del bebé de su hombre lobo 🌙 Kookmin Adap.

janneth1108: Dios ya quiero mas .. me encanta 😍😍😍

Leer ahora
Amor en cláusulas.

Elena: Me s gustado todo

Leer ahora
Game Time. 1°

__lirios__: El hecho dq solo m descargue esta aplicación para buscarte cuando t bajaron d wattpad m encanta, tus libros son los mejores d poliamor q lei ( y eso q lei banda JAJAJAJ), este libro en especial m parece adictivo, ns cuantas veces lo voy releyendo, como el d mis mejores errores, ns como hace para q m...

Leer ahora
Chica nueva, Jefe nuevo

MaríEn: Me gusta la temática y no me gusta que la dejen a medias

Leer ahora
Vuelve a mi

Hildaaaa: Me ha gustado mucho pero creo que se necesitaban más contexto o como capítulos del pasado.

Leer ahora