Lobos Del Sur Del Mundo por VictoriaLombardo en Inkitt
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Lobos del sur del mundo

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Sinopsis

Ya no había nada que negociar en el hielo del norte. El frío de Canadá acababa de congelarla por completo, y el único lugar seguro en el mundo era, irónicamente, el fuego lejano de un volcán al otro lado del planeta. El eco del hielo se había convertido en un llamado del sur, y Ophelia supo que su destino estaba escrito en agua y lava.

Estado:
En proceso
Capítulos:
3
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Clasificación por edades:
18+

El eco del hielo y el sur


El eco del hielo y el sur

El invierno en los Territorios del Noroeste de Canadá no perdonaba a nadie, y menos a los débiles. No era solo un clima: era un dios antiguo que caminaba sobre la tierra con pasos de escarcha, congelando los recuerdos de quienes no lograban escapar. Las casas crujían como si fueran huesos bajo su peso, y los árboles, cubiertos de nieve, parecían guardianes petrificados que vigilaban en silencio.

En lo más profundo de los dominios de la Manada Colmillo de Hielo —famosa en todo el continente por criar a los guerreros más implacables y mantener un régimen de jerarquías de hierro bajo cero—, el viento aullaba como un lamento fúnebre contra los ventanales de la gran cabaña principal. Cada ráfaga traía consigo voces de lobos antiguos, ecos de batallas que nadie recordaba pero que todos escuchaban en el corazón.

Dentro, iluminada únicamente por la luz ámbar de una lámpara de aceite, Ophelia ajustaba los bordes de sus gafas de lectura mientras repasaba un manuscrito universitario. Estudiar lenguas románicas y especializarse en la fonética y literatura del español había sido su refugio durante los últimos tres años; una forma sofisticada de escapar del peso asfixiante de pertenecer a una estirpe de cambiaformas donde el valor de una loba se medía únicamente por la ferocidad de sus colmillos o el linaje de su sangre. En cada palabra que leía, escuchaba un murmullo distinto: las letras se desprendían del papel y flotaban en el aire, formando pequeñas mariposas de tinta que revoloteaban sobre su escritorio antes de deshacerse en humo.

Sobre la esquina de su rústico escritorio de roble descansaba un sobre pesado, de un papel artesanal oscuro que desprendía un tenue aroma a tierra húmeda, ceniza volcánica y lluvia austral. El sobre latía como si tuviera corazón propio. Llevaba el sello de la Manada Kuyenlafken (Kuyen, la luna; Lafken, el lago), la comunidad de hombres lobo más austral del mundo, asentada en el misterioso y boscoso rincón de Licán Ray, en el sur de Chile. Cada vez que Ophelia lo tocaba, escuchaba el rumor de un lago lejano y veía destellos de luna reflejados en sus dedos.

Le habían ofrecido un puesto temporal como archivista y traductora, un santuario en el fin del mundo para alejarse del frío glacial de Canadá. Pero hasta hacía apenas unas horas, Ophelia estaba completamente decidida a rechazarlo. Su vida, por miserable que fuera, estaba anclada aquí. O al menos eso creía.

Un temblor sordo recorrió las paredes de su pecho. No era el frío exterior; era Lyra, su loba. La criatura que habitaba bajo su piel se encontraba famélica, apagada y encogida en un rincón oscuro de su conciencia. El vínculo que las unía a su compañero predestinado se estaba pudriendo desde dentro, convirtiéndose en una soga invisible que la ahogaba lentamente. Cada respiración era un hilo de hielo que se enredaba en su garganta.

Él no la quería.

Las palabras de Ronan, hijo del gamma de la manada y uno de los guerreros más temidos y letales del clan, aún resonaban en su memoria con la precisión de un corte de cuchillo. Pero no eran solo palabras: cada sílaba se había convertido en cuchillas de escarcha que aún flotaban en el aire, clavándose en su piel invisible.

—Eres una decepción, Ophelia. Una loba con alma de bibliotecaria que apenas sabe sostenerse en su forma animal. No puedes estar al lado de un futuro comandante. No te mato el lazo de puro milagro, pero para mí estás muerta.

El rechazo no había sido completo ante los ancianos de la manada —lo que la habría liberado por ley de la tortura del vínculo—, sino verbal, cruel y despectivo, manteniéndola atada a él mientras él la trataba como a un fantasma invisible. Y en efecto, Ophelia sentía que su sombra se desdibujaba: cada día era menos visible para los demás, como si el hielo la estuviera borrando poco a poco.

Ophelia cerró el libro de gramática española con un suspiro tembloroso. El aire se llenó de mariposas de escarcha que nacieron de su aliento y se deshicieron al tocar el suelo. Necesitaba terminar con esto de una vez por todas. Necesitaba mirarle a los ojos, devolverle la última carta de advertencia de los ancianos sobre su conducta y, de una vez por todas, encontrar el valor para estampar su firma en el documento de aceptación de la Manada Kuyenlafken.

Tomó el sobre del sur entre sus dedos fríos y salió al pasillo de la casa comunal. El papel vibraba como si quisiera guiarla hacia otro destino.

El ambiente estaba extrañamente silencioso. Los guerreros solían celebrar sus victorias de caza a estas horas, pero el sector privado de los altos mandos, situado en la parte trasera del complejo junto a los antiguos pabellones de entrenamiento, parecía sumido en una tensa y pesada penumbra. Las paredes exhalaban un aire denso, como si respiraran con dificultad.

Siguiendo el rastro de un olor inconfundible —pino nevado mezclado con el almizcle denso y arrogante de Ronan—, Ophelia avanzó por los pasillos de madera oscura. Su corazón comenzó a latir desbocado, no por deseo, sino por el terror visceral que su loba sentía al acercarse a su verdugo. Cada latido se transformaba en un tambor que resonaba en el techo, como si la casa misma quisiera advertirle.

Se detuvo frente a la puerta semiabierta del despacho privado de los guerreros de élite. Una rendija de luz dorada se filtraba hacia el pasillo oscuro, y en esa luz danzaban diminutas figuras: lobos de fuego que se deshacían al chocar contra la madera.

Iba a levantar la mano para golpear cuando un sonido ahogado, un suspiro de placer mezclado con un gruñido gutural y posesivo, la paralizó por completo. El aire se llenó de un perfume dulzón y empalagoso a jazmín silvestre. Era el aroma de Sienna, la hija del beta de la manada; una loba altiva, cruel y perfectamente adaptada a las exigencias de sangre de la aristocracia norteña.

El pulso de Ophelia se detuvo. Con el aliento atorado en la garganta, empujó ligeramente la pesada puerta de roble. El sobre del sur temblaba en su mano, como si quisiera escapar.

La escena frente a sus ojos fue un golpe directo al alma. Sobre la gran mesa de mapas, con la ropa desgarrada y enzarzados en un apareamiento salvaje y frenético que desafiaba cualquier decoro de la manada, estaban Ronan y Sienna. Pero no eran solo cuerpos: alrededor de ellos flotaban lobos espectrales que aullaban en silencio, celebrando la unión con un ritual invisible. Los ojos dorados y despiadados de Ronan se alzaron hacia la puerta justo en el instante en que sus embestidas alcanzaban el clímax, encontrándose con la mirada devastada y cristalina de Ophelia.

No hubo vergüenza en su rostro. Solo una mueca de fría y absoluta indiferencia, coronada por una sonrisa torcida antes de volver a hundir sus manos en el cabello de la hija del beta. En ese gesto, Ophelia vio cómo su vínculo se quebraba: un hilo de plata que unía sus almas se rompió en mil pedazos, y cada fragmento se convirtió en mariposa de escarcha que revoloteó por la habitación antes de morir.

El sonido del mundo exterior se apagó para Ophelia. Sintió cómo el último fragmento de su corazón se rompía en mil pedazos dentro del pecho, y cómo su loba, finalmente resignada a la muerte del vínculo, exhalaba su último suspiro de dolor. Ese suspiro se convirtió en un viento helado que apagó la lámpara del pasillo.

La carta del sur tembló con fuerza entre sus dedos inertes. Ya no era un simple documento: era un pasaporte vivo que ardía con fuego volcánico, iluminando su piel con destellos rojos imposibles.

Ya no había nada que negociar en el hielo del norte. El frío de Canadá acababa de congelarla por completo, y el único lugar seguro en el mundo era, irónicamente, el fuego lejano de un volcán al otro lado del planeta. El eco del hielo se había convertido en un llamado del sur, y Ophelia supo que su destino estaba escrito en agua y lava.

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