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La Hacedora del Sol

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Sinopsis

Aryanne, hija del Primer Ministro del Imperio de Wisteria, nació marcada por los dioses. Sus ojos rosados, señal de la bendición de Aelira, la convierten en la futura emperatriz. Su destino quedó sellado desde el momento en que nació, y desde entonces ha vivido bajo una única regla: jamás debe enamorarse, para alguien como ella el amor es lo más peligroso y lo que puede destruirla. Corio, en cambio, nació para ser olvidado. Hijo de la Noble Consorte, creció a la sombra del heredero, relegado a un lugar que nunca eligió, sin derecho al trono ni un sitio en la corte, aprendió que en Wisteria el poder no se concede… se arrebata. Y Corio está dispuesto a tomarlo, sin importar el precio. Cuando sus caminos se cruzan, lo que comienza como un encuentro inevitable se convierte en una atracción imposible de ignorar. En un mundo donde el amor es una debilidad y el poder lo es todo, ambos terminan entregando un corazón que nunca debieron ofrecer. Pero el destino no es algo que se desafíe sin consecuencias. Mientras Aryanne lucha por no perderse dentro del papel que le fue impuesto, Corio avanza cada vez más profundo en un juego donde la ambición y la traición marcan cada movimiento. Y cuando el poder se interpone entre ellos, ambos deberán enfrentarse a una verdad imposible de ignorar: en Wisteria, el amor no basta para cambiar el destino… y algunos finales felices no están hechos para durar. Porque hay amores que no nacen para salvarse… sino para destruirse.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Bajo la Misma Luz

5 de Julen del 752

—¿Tú serás mi futuro esposo?

Aquel niño alzo su mirada sorprendido de escuchar una voz desconocida, sus ojos, de un dorado tenue, aún estaban húmedos, aunque había hecho un evidente esfuerzo por contener el llanto. La observó en silencio, como si no terminara de comprender la pregunta. Delante de él se encontraba una niña de diez años con una sonrisa radiante teniendo al sol detrás de ella, sus ojos rosas eran inigualables, su cabello castaño miel estaba completamente rizado y lo llevaba recogido en una coleta alta, su flequillo cuadrado no lograba cubrir aquellos ojos poco comunes, de los cuales sabía cuál era su significado. En cambio, Aryanne lo miraba con total naturalidad, no había vergüenza ni duda en su expresión; para ella, aquella pregunta no tenía nada de extraño. Era la primera vez que visitaba el palacio imperial. Había llegado esa misma mañana acompañada de su madre y de sus dos hermanos menores, quienes, desde el momento en que pusieron un pie en los jardines, parecieron olvidar cualquier noción de compostura. Apenas las niñeras aflojaron su agarre, ambos se soltaron con rapidez y echaron a correr entre los senderos, riendo mientras las criadas los perseguían entre llamados que se perdían en la distancia. Su madre ya no se alteraba acostumbrando al poco comportamiento gentil de sus hermanos menores, sabía que era unos demonios que no podía controlarse, así que ya sabía cómo manejar esa situación.

—Quédate aquí Aryanne en lo que regreso —le indicó con firmeza—. ¡Esos niños terminarán volviéndome loca!

Aryanne asintió obediente de seguir las ordenes de su madre, es lo menos que podía hacer por ella, ya que tenía que lidiar con sus dos hermanos menores que eran gemelos, un caos completo, así al menos podía ayudarle a preocuparse por un hijo menos. No tenía intención de desobedecer, sabía cuál era su lugar, y sabía permanecer en él, pero entonces apareció la mariposa. Cruzó frente a ella con un movimiento ligero, casi imperceptible, y aun así imposible de ignorar. Sus alas eran de un rosa suave, translúcidas bajo la luz, como si estuvieran hechas de algo más delicado que el aire mismo. Cada aleteo parecía dejar un rastro tenue, un brillo efímero que no terminaba de desaparecer, como si llevara consigo un fragmento de algo que no pertenecía a ese mundo. Aryanne la siguió con la mirada, inmóvil al principio. Sabía que debía quedarse y sabía que su madre había sido clara, pero la mariposa no se alejaba del todo; se detenía, giraba apenas sobre sí misma, como si aguardara por ella, como si la invitara a seguirla. Dudó solo un instante, breve pero suficiente para marcar una diferencia, y luego avanzó.

El primer paso fue cuidadoso, casi medido; el siguiente, más decidido. Para cuando quiso notarlo, el sendero principal había quedado atrás y ya no había rastro del lugar donde se le había indicado permanecer. Los jardines cambiaron a su alrededor de forma casi imperceptible: los caminos rectos y perfectamente delineados dieron paso a senderos más estrechos, donde la vegetación crecía con una libertad que contrastaba con el orden anterior. El murmullo de las voces fue desapareciendo poco a poco, sustituido por el sonido suave del viento entre las hojas y el crujir leve de la grava bajo sus pies. La mariposa continuó guiándola, siempre lo suficientemente cerca como para no perderla y lo bastante lejos como para obligarla a seguir avanzando, hasta que finalmente se detuvo frente a un árbol. Era un cerezo en plena floración, alto y frondoso, con ramas que se extendían como si protegieran el espacio bajo ellas. Sus flores, de un rosa más intenso, caían lentamente en pétalos ligeros que cubrían el suelo como una alfombra suave, tiñendo el jardín de un tono delicado, casi irreal, mientras la luz se filtraba entre las hojas creando destellos suspendidos en el aire.

Todo allí se sentía distinto, más silencioso, más apartado, como si aquel rincón no formara parte del resto del palacio. Aryanne dio un paso más, observando el entorno con una calma que ocultaba su curiosidad, hasta que un sonido leve interrumpió la quietud: un sollozo, bajo y contenido, como si quien lo emitiera no quisiera ser escuchado. Siguió el sonido con la mirada, y entonces lo vio. Bajo la sombra del cerezo, entre los pétalos caídos, estaba el niño. El cielo sobre el jardín se extendía en un azul claro y limpio, apenas interrumpido por nubes delgadas que se deslizaban con lentitud, como si no tuvieran prisa alguna. La luz del sol caía de forma suave, filtrándose entre las ramas del cerezo y creando destellos cálidos que danzaban sobre los pétalos esparcidos en el suelo. No era una luz intensa, sino envolvente, casi delicada, como si aquel rincón hubiera sido apartado incluso del paso del tiempo. El pasto, de un verde profundo, crecía más libre que en los jardines principales, sin la perfección rígida de los senderos por los que había pasado antes. Bajo sus pies, la tierra se sentía blanda, amortiguada por la capa de flores caídas, y cada paso producía apenas un susurro leve, casi imperceptible.

El sonido allí era distinto. No había voces, ni pasos apresurados, ni el eco distante de la actividad del palacio. Solo el murmullo del viento al rozar las hojas, el zumbido ocasional de algún insecto oculto entre las flores y el canto lejano de aves que no lograba distinguir. Era un silencio vivo, lleno de pequeños sonidos que no exigían atención, pero que estaban siempre presentes. El aire llevaba consigo un aroma suave y dulce, impregnado por las flores del cerezo, mezclado con la frescura húmeda de la tierra y un leve rastro vegetal que recordaba a hojas recién agitadas por la brisa. No era un olor que abrumara, sino uno que permanecía, que se asentaba con calma, como si formara parte del lugar tanto como la luz o el silencio. Todo en aquel jardín parecía existir en un equilibrio distinto, ajeno al orden del resto del palacio, como si hubiera sido olvidado… o quizá preservado con intención. Aryanne pensó, por un instante, que aquel lugar estaba completamente desolado. No había rastro de pasos, ni de voces, ni de presencia alguna que indicara que alguien más pudiera encontrarse allí.

Todo parecía demasiado tranquilo, demasiado apartado, como si hubiera sido olvidado por el resto del palacio, se preguntó qué clase de persona podía habitar este palacio, ¿pertenecería a alguien de la familia imperial? Entonces lo escuchó; un llanto suave, contenido, casi ahogado, como si quien lo emitiera estuviera intentando que nadie lo descubriera. Aryanne ladeó ligeramente el rostro y avanzó con cautela, guiándose por el sonido hasta encontrar su origen. Bajo el cerezo, entre los pétalos caídos, había un niño. Estaba encogido sobre sí mismo, con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos aferrándose a ellas, ocultando el rostro entre la tela de su ropa. Su cabello, blanco como la luz más pura, caía en mechones desordenados sobre su figura. Aryanne reconoció en silencio aquel color de cabello, el cabello blanco era característico de la familia imperial; pocas casas lo poseían, y ninguna con la misma pureza. La posibilidad era evidente, sabía lo que eso podía significar, aquel niño podía ser su futuro esposo. Por un momento consideró ignorarlo, no era su deber involucrarse, y mucho menos en un lugar como aquel. Pero la pregunta se le escapó antes de poder detenerla.

—¿Tú serás mi futuro esposo?

El niño se sobresaltó ligeramente y alzó la mirada de inmediato, visiblemente avergonzado de haber sido descubierto en un momento tan vulnerable. Y entonces Aryanne lo vio. Sus ojos eran dorados, luminosos, del mismo tono que el sol al tocar el horizonte. No había duda alguna: era un rasgo inconfundible de la familia imperial. Seguramente aquel niño era el príncipe heredero. Pero él también la observaba. Y cuando lo hizo, su expresión cambió. Sus ojos se abrieron con sorpresa al encontrarse con los de ella: rosados, suaves, imposibles de ignorar. Un color reservado únicamente para aquellas bendecidas por Aelira, marcadas por el destino para convertirse en emperatrices, en la luna del imperio, eso era lo que le habían enseñado en el templo y eso era lo que sería.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el niño de repente, incorporándose con torpeza—. Esta zona del palacio está prohibida, debes irte antes de que alguien te vea… podrían castigarte.

Su voz no era firme, Aryanne tenía diez años y aquel príncipe debía de tener un años más que ella. A pesar de ser mayor que ella, había inseguridad en su tono, una vacilación que lo hacía parecer más pequeño de lo que realmente era. Aryanne lo miró con curiosidad, sin previo aviso, dio un paso al frente, acortando la distancia entre ellos hasta quedar a escasos centímetros. El gesto fue tan repentino que el niño apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—Su Alteza Imperial —dijo con suavidad—. Si me permite preguntarle… ¿qué hace aquí, sentado y llorando en un lugar tan remoto como este?

El niño se sonrojó de inmediato, Aryanne no supo si era por la vergüenza de haber sido descubierto o por la cercanía repentina, aunque supuso que era lo segundo, pues él se apartó con rapidez, mirándola con una mezcla de desconcierto y algo que parecía miedo. Aquello la desconcertó, no solía ser la reacción habitual que la mayoría de las personas, nobles o plebeyos tenían al verla, era todo lo contrario, se acercaban a ella con admiración, con una devoción casi desesperada, rogándole que bendijera sus matrimonios o que las bendijera con muchos hijos, pero nunca había miedo, hasta ahora.

—Yo… no soy tu futuro esposo —dijo él de pronto, con prisa—. Soy el segundo príncipe, Corioneus Helioris… hijo de la consorte noble.

Aryanne lo observó en silencio. Entonces comprendió porque su mirada, no era miedo a ella, sino al mundo que los rodeaba. Después de todo se encontraba en un lugar apartado con la futura prometida de su hermano mayor, aunque sean pequeños, sabía que la familia imperial era estricta, podía castigarlo solo por eso.

—Eso no debería definirte —lo alentó—. Mi nana siempre dice que todas las personas son valiosas y que su origen no determina quiénes son.

Corio guardó silencio. Por un instante, algo en su expresión cambió, como si aquellas palabras hubieran alcanzado un lugar que no estaba acostumbrado a ser tocado.

—Además —añadió Aryanne con naturalidad—, no tienes de qué preocuparte. Este encuentro quedará entre nosotros. Después de todo, fui yo quien llegó sin invitación.

Corio bajó la mirada, y su expresión volvió a ensombrecerse.

—Eso no importará… ni mi padre ni la emperatriz lo verán así.

Aryanne frunció levemente el ceño, como si aquello no tuviera sentido. Entonces, sin previo aviso, le dio una palmada firme en el hombro que casi lo hizo perder el equilibrio.

—Entonces hazte fuerte —lo animo—. Tan fuerte que ninguno de ellos pueda derribarte.

Corio la miró, sorprendido.

—¿Por eso estás llorando? —preguntó curiosa—.

Él dudó un instante, pero finalmente asintió, Aryanne sonrió.

—Demuéstrales que no eres un príncipe que cae con la menor brisa —le aconsejo—. Echa raíces tan fuertes que puedas resistir incluso las peores tormentas, porque si sigues así… todos te pisotearán, y nadie te respetará como un príncipe.

Los ojos de Corio se iluminaron, el silencio que siguió fue distinto.

—Gracias… —murmuró él.

Aryanne le dedicó una última sonrisa, tranquila, como si nada de aquello tuviera mayor peso.

—Deberías empezar a desear las cosas de tu hermano —dijo, casi como un pensamiento en voz alta.

Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a alejarse., Aryanne era demasiado joven e ingenua para saber que aquellas palabras que había pronunciado con inocencia se incrustarían en el fondo del corazón de Corio y pronto comenzaría a desear todo lo que le pertenezca a su hermano. Aryanne regresó por el mismo camino por el que había seguido a la mariposa, avanzando entre los senderos estrechos que poco a poco volvían a transformarse en los jardines ordenados del palacio. Sus pasos eran tranquilos y medidos, pero su mente no lo estaba. Pensaba en él, en la forma en que se había encogido sobre sí mismo, en su voz insegura, en el miedo que no había podido ocultar. Su mirada se ensombreció ligeramente mientras avanzaba, reflexionando en silencio. Sabía cómo eran tratadas las concubinas y sus hijos; las esposas legítimas rara vez toleraban su existencia, y aunque nadie lo decía abiertamente, todos entendían lo que eso significaba. Incluso en la familia imperial, aquello no parecía ser diferente.

Bajó la mirada por un instante. Por primera vez, pensó en algo que nunca antes había considerado con claridad: agradecía que su padre no hubiera tomado concubinas. No sabía si habría podido soportar compartir su lugar con otros hijos, ni si habría podido aceptar una realidad como aquella. Continuó caminando sin detenerse. El camino comenzó a resultarle familiar y no tardó en reconocer el lugar donde su madre le había indicado que permaneciera. Se detuvo allí, exactamente en el mismo punto, como si nunca se hubiera movido, aunque sabía que sí lo había hecho. Giró levemente el rostro y miró hacia atrás, hacia el sendero por el que había llegado. El jardín oculto ya no podía verse desde allí, ni el cerezo, ni la sombra bajo la que había encontrado al príncipe. Sintió una ligera punzada en el pecho. Se sentía triste por él, pero también sabía que aquello no importaba. Nunca más volverían a verse, no de esa manera, ese sería su primera y último encuentro juntos, volvería a encontrarse cuando ella se convirtiera en la esposa de su hermano mayor. Pero sus caminos no estaban destinados a cruzarse, y eso… era lo mejor. Aryanne enderezó la postura con suavidad, como si con ello también organizara sus pensamientos. Solo esperaba que el camino que le aguardaba no fuera tan difícil como el de aquel niño.

—Aryanne.

La voz de su madre la hizo girar de inmediato. Fortienne se acercaba con paso firme, acompañada por el sonido apresurado de las criadas que aún intentaban controlar a los gemelos a la distancia.

—Debemos irnos —dijo sin rodeos—. La emperatriz y el príncipe heredero nos están esperando.

Aryanne asintió, su madre se detuvo frente a ella, observándola con atención.

—¿Sabes cómo debes comportarte?

Aryanne sonrió con suavidad.

—Sí, madre —respondió calmada—. No debe preocuparse, daré una buena impresión.

Fortienne sostuvo su mirada por un instante más y luego sonrió con satisfacción.

—Esa es mi niña.

Con delicadeza, acomodó la falda de su vestido y tomó su mano, guiándola hacia el camino principal. Aryanne avanzó junto a ella sin oponer resistencia, pero antes de continuar no pudo evitar mirar hacia atrás una última vez, en un gesto breve y silencioso, como una despedida que nadie más vio.

Cuando Aryanne llegó a su hogar después de la reunión con la emperatriz y el príncipe heredero, fue recibida de inmediato por sus doncellas, quienes comenzaron a retirarle el vestido lujoso que había usado para la ocasión. Las telas pesadas cayeron con cuidado, sustituidas por prendas más ligeras y cómodas que le permitieran continuar con el resto de su jornada. No hubo tiempo para descanso, su maestra de baile ya la esperaba. Había causado una buena impresión, de eso no tenía duda, la emperatriz había parecido complacida con su comportamiento, con su porte, con cada palabra medida que había pronunciado. Pero Aryanne sabía que aquello no significaba nada definitivo, la aprobación podía cambiar en cualquier momento, y una sola falla sería suficiente para sembrar duda. Aunque estuviera destinada a ser la elegida, no podía permitirse cometer errores que hicieran cuestionar esa decisión. Debía esforzarse más que nadie, debía ser perfecta, ella sería la futura emperatriz, la madre de la nación, el ejemplo para todas las mujeres del imperio. No importaba cuán cansada se sintiera, no importaba si su cuerpo le pedía descanso; rendirse nunca fue una opción. La voz de su maestra la sacó de sus pensamientos.

—Más alto.

Aryanne elevó la pierna hasta donde le fue posible, sintiendo cómo el músculo se tensaba hasta doler, obligándola a sostenerla en una posición que desafiaba su resistencia. Su espalda debía permanecer recta, su cabeza en alto, su expresión intacta.

—La postura —continuó la maestra—. Una bailarina no solo se mueve, se impone, bailarás frente a los nobles del imperio —su voz era severa—. No puedes permitirte ni el más mínimo error —la miro con severidad—. Tu error será el error de la corona, siempre recuérdalo.

Aryanne lo sabía, apretó ligeramente los labios y mantuvo la posición, soportando el dolor en silencio, sin bajar la pierna, sin quebrar la postura. Cuando finalmente terminó, no hubo descanso real. El siguiente maestro ya la esperaba, frente al piano, Aryanne colocó las manos sobre las teclas, dejando que sus dedos se deslizaran con suavidad. La melodía comenzó a tomar forma, delicada y precisa… hasta que una nota falló. El golpe llegó de inmediato. La varilla impactó contra sus manos con firmeza, Aryanne no se movió, no se quejó, no lloró, solo volvió a colocar los dedos en su posición y repitió la secuencia desde el inicio, concentrándose aún más, cuidando cada movimiento, cada sonido, hasta lograrlo sin error.

—Bien —dijo el maestro.

Una sola palabra, pero fue suficiente para hacer que sonriera, Aryanne no pudo evitar una leve sonrisa. No necesitaba más, aquella mínima aprobación era suficiente para hacerla sentir que su esfuerzo valía la pena. Después continuaron sus clases de etiqueta. Sentada frente a una mesa cuidadosamente dispuesta, debía aprender qué utensilio usar con cada platillo que era colocado ante ella. La comida era exquisita, perfectamente preparada, pero no podía tocarla. Si engordaba, sería una decepción. Nadie quería una emperatriz gorda. Aunque el hambre comenzaba a hacerse presente, Aryanne no dijo nada, lo soportó en silencio como todo lo demás. Finalmente, llegaron sus lecciones de historia. Con una enciclopedia equilibrada sobre su cabeza para mantener la postura, recitaba cada dato con precisión mientras su maestro la observaba con atención. Cada error era castigado con un golpe seco de varilla en los tobillos, lo suficiente para hacerla vacilar… pero no caer.

—El descanso es para los débiles —dijo severo—. Tú descansarás cuando estés en la tumba.

Aryanne no lo cuestionaba, no lo dudaba, porque Aryanne debía ser perfecta, cometer un error era inaceptable, sus sentimientos no importaban, así que debía de enterrarlos profundo para que nunca fueran una debilidad.

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