Turno Noche
El kiosco de la esquina de Las Alondras olía a una mezcla que solo existe a las tres de la madrugada: golosinas baratas que ya perdieron el sabor, cigarrillos abiertos en el cenicero de metal, café recalentado en un termo que nunca se limpia bien y ese olor a humedad que se mete en las paredes cuando el frío de afuera se pelea con el calor del tubo fluorescente. La persiana estaba a media altura. Afuera, la calle era un páramo de faroles titilantes y veredas vacías. Adentro, solo había un sonido constante: el zumbido bajo de la heladera de bebidas y el roce de una cola plateada contra el banquito detrás del mostrador.
Lisandro “Liso” Peralta estaba ahí, como todas las noches. Veintidós años, zorro plateado, pelo largo con mechones que le caían sobre un ojo, crop top negro que le dejaba el ombligo al aire y un short de algodón tan corto que cuando se agachaba se le marcaba todo el culo. Y el culo lo tenía grande. Redondo, firme, de esos que se mueven solos aunque el dueño no se proponga. La colita se le balanceaba despacio cada vez que se corría de un lado al otro del mostrador, buscando algo, acomodando paquetes, o simplemente porque le gustaba sentir cómo se le movía el trasero.
Estaba aburrido. La madrugada era lenta. Había vendido tres paquetes de cigarrillos, dos chocolates y una lata de gaseosa a un tipo que casi no habló. Ahora esperaba. Siempre esperaba lo mismo a esa hora.
El paso pesado se escuchó antes de que la puerta se abriera. Botas militares, paso firme, como si todavía estuviera en un cuartel. Héctor Montalvo entró y el aire del kiosco cambió. El dóberman era grande. Casi dos metros, hombros anchos, pecho amplio bajo el uniforme azul oscuro de policía de barrio. Las cicatrices le cruzaban el hocico y una de las manos. La mirada era la de alguien que ya vio demasiado y decidió que no valía la pena sonreír. Cuarenta y cinco años, degradado de militar a esta rutina de esquina, viviendo solo en un depto que olía a orden y a silencio.
Liso lo miró y sonrió. Esa sonrisa fácil, un poco coqueta, un poco inocente, que usaba como arma.
—¿Lo de siempre, oficial?
Héctor no contestó de inmediato. Apoyó los nudillos sobre el mostrador de metal, como siempre, y miró el estante de cigarrillos.
—Los negros. Los de siempre.
Liso se inclinó para agarrarlos. El movimiento fue lento a propósito. El crop top se le subió un poco más, el short se le metió entre los glúteos y la cola plateada se movió de un lado al otro. Héctor lo vio. No quiso, pero lo vio. Tragó saliva y apartó la vista hacia la heladera.
—Pesa el uniforme, ¿no? —dijo Liso mientras le alcanzaba el paquete—. Se te nota en la cara. Como si cargaras con medio barrio encima.
Héctor le sostuvo la mirada un segundo. El contraste era brutal. Él, grandote, curtido, manos enormes llenas de callos y cicatrices. El zorrito, flaco, suave, uñas pintadas de un rosa chicle, perfume dulzón que se le metía en la nariz aunque no quisiera.
—No es asunto tuyo.
Liso se rio bajito, un sonido casi de ronroneo.
—Tranquilo, no te estoy interrogando. Solo digo que se te nota el peso. Acá a la noche todo se nota más.
Cuando le pasó el vuelto, Liso dejó que los dedos se rozaran. Fue apenas un segundo, pero Héctor sintió el cosquilleo subir por el brazo como una descarga chiquita. Apartó la mano más rápido de lo necesario.
—Tenés manos enormes —soltó Liso, mirándole los nudillos—. Apuesto que podrían agarrarme entero de la cintura.
El silencio se volvió denso. Héctor apretó la mandíbula. No respondió. Guardó los cigarrillos en el bolsillo del pantalón y se dio media vuelta para irse. Pero antes de llegar a la puerta, se detuvo. No sabía por qué. Solo se detuvo.
Liso se había dado vuelta para acomodar unas bolsas en la repisa de atrás. El short le marcaba el culo perfecto, grande y redondo, y la cola se movía despacio, como si estuviera bailando una canción que solo él escuchaba. Héctor lo miró más de lo que debía. Cuando Liso giró la cabeza, lo atrapó.
—Si algún día querés charlar sin el uniforme, vivo arriba —dijo, señalando el techo con un dedo—. Se pone aburrido estar solo todas las noches.
Héctor no contestó. Salió a la calle con paso duro. El frío de la madrugada le pegó en la cara, pero el calor que tenía en la panza no se iba. Sentía la erección a medio levantar contra el pantalón, y eso lo enfurecía tanto como lo excitaba. Caminó dos cuadras, dio la vuelta a la manzana y volvió. No sabía por qué volvía. Solo lo hizo.
Cuando entró de nuevo, Liso ya no estaba solo.
Había un tipo del barrio, un labrador viejo de sesenta y pico, con una gorra gastada y una remera que decía el nombre de un club de fútbol que ya no existía. Estaba apoyado en el mostrador, charlando como si fuera de día.
—…y te digo, pibe, que el frío este año viene más jodido. Mi señora ya me tiene podrido con el tema de la calefacción.
Liso le sonreía con esa misma facilidad de siempre.
—Dale, don Rulo, no seas exagerado. El año pasado fue peor. ¿Querés el café de siempre o te animás a un té?
—Café. Negro. Como el alma de mi suegra.
Héctor se quedó parado cerca de la puerta, sin molestar. El labrador lo miró de reojo y asintió con la cabeza, respetuoso.
—Oficial. Todo en orden por acá?
—Todo bien —contestó Héctor, con esa voz grave que no invitaba a seguir la charla.
Don Rulo tomó el café, pagó, y se quedó un rato más hablando de boludeces: el precio de la carne, un vecino que tenía el auto mal estacionado, el partido del domingo. Liso le respondía con naturalidad, sin apuro, moviendo la cola de vez en cuando. Héctor escuchaba sin querer. Había algo raro en ver al zorrito hablar así, normal, sin la provocación de siempre. Como si tuviera dos modos: uno para los clientes del barrio y otro, más peligroso, para él.
Cuando el labrador se fue, el kiosco volvió a quedar en silencio. Liso se apoyó en el mostrador con los codos, el crop top subido un poco más, y lo miró.
—Volviste.
—Pasaba.
—Mentira. Nadie “pasa” dos veces a las tres de la mañana sin una razón.
Héctor no contestó. Sacó un cigarrillo, lo prendió aunque sabía que adentro no se podía, y miró hacia la calle. El humo le salió por la nariz.
Liso se acercó un poco más. El perfume dulzón volvió a llenar el espacio entre ellos.
—¿Te molesta que te hable así? —preguntó, más bajo—. Porque puedo parar. Pero no quiero.
—Hablás demasiado.
—Y vos demasiado poco. Capaz que nos equilibramos.
Héctor lo miró de frente. Por un segundo pensó en decirle que se callara, que no jodiera, que él no estaba para juegos de pibes. Pero no lo dijo. En cambio, se quedó mirando la curva de la cintura del zorrito, la forma en que el short se le clavaba entre las nalgas, la cola que se movía despacio como si estuviera invitando.
—Vivo arriba —repitió Liso—. No es un depto grande. Tengo ropa tirada, luces de colores, un colchón que hace ruido. Pero es mío. Y a esta hora nadie molesta.
Héctor apagó el cigarrillo en el cenicero del mostrador. El gesto fue lento.
—No voy a subir.
—Todavía no —corrigió Liso, con una sonrisa chiquita—. Todavía no.
Se quedaron en silencio un rato. Afuera pasó un auto solo, el ruido del motor se perdió rápido. Adentro, el zumbido de la heladera era lo único que se escuchaba. Liso se movió alrededor del mostrador, acomodando cosas que no necesitaban acomodarse, agachándose de más, dejando que el short se le subiera. Héctor lo seguía con la mirada aunque intentara no hacerlo. Cada vez que el zorrito se inclinaba, el culo se le marcaba perfecto, grande, redondo, y la cola se movía como si estuviera bailando una canción lenta.
—¿Por qué trabajás a esta hora? —preguntó Héctor de golpe, sin saber por qué.
Liso se enderezó y lo miró sorprendido. Era la primera pregunta real que le hacía.
—Porque de día no me gusta. La gente de día es más falsa. De noche… de noche la gente dice lo que piensa. O no dice nada. Y a mí me gusta cuando no dicen nada y igual se les nota todo.
Héctor asintió apenas. Entendía eso más de lo que quería admitir.
—Y vos —continuó Liso—, ¿por qué patrullás solo a esta hora? Podrías estar en cualquier lado.
—Porque es mi sector.
—Mentira. Podrías cambiar de sector. Pero venís acá todas las noches. Incluso antes de que yo estuviera.
Héctor no contestó. Miró hacia la calle otra vez. El frío de afuera se filtraba por debajo de la puerta. Adentro, el calor del cuerpo del zorrito parecía más cerca de lo que realmente estaba.
Liso se acercó un poco más. Ahora solo el mostrador los separaba. Apoyó las manos sobre el metal y se inclinó, dejando que el crop top se subiera hasta casi mostrar el pecho.
—No te voy a tocar si no querés —dijo, voz más baja, más seria—. Pero tampoco voy a fingir que no me gusta mirarte. Tenés cara de tipo que se guarda todo. Y yo… yo soy de los que gastan todo rápido.
Héctor sintió cómo la verga se le endurecía de verdad esta vez. El pantalón del uniforme le quedaba apretado. Apretó los dientes.
—Basta.
—¿Basta de qué? ¿De hablar? ¿O de que te mire el bulto?
El silencio que siguió fue más pesado que todos los anteriores. Héctor dio un paso atrás. Luego otro. Llegó hasta la puerta, puso la mano en el marco y se quedó ahí un segundo, sin salir.
—Mañana paso de nuevo —dijo, sin mirarlo.
Liso sonrió, la cola moviéndose despacio.
—Yo voy a estar. Con el mismo short. O sin él. Depende del humor.
Héctor salió. La puerta se cerró detrás de él con un golpe suave. Caminó por la vereda con las manos en los bolsillos, el frío pegándole en la cara, la erección todavía marcada contra el pantalón. No sabía si estaba enojado o excitado. Quizás las dos cosas. Quizás eso era lo peor.
Desde adentro, Liso lo miró por la ventanita hasta que se perdió en la oscuridad de la esquina. Después se quedó un rato apoyado en el mostrador, moviendo la cola, pensando en las manos grandes del dóberman, en cómo se sentirían agarrándole la cintura, en cómo se sentirían abriéndole el culo.
La madrugada siguió igual de silenciosa. Pero algo ya no era igual.
En el pecho de Héctor, después de años de disciplina, de silencio, de rutina militar, un zorrito descarado había dejado la primera grieta. Y las grietas, una vez que aparecen, solo saben agrandarse.








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