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Cien días con el enemigo

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Sinopsis

Un taller en quiebra. Un cheque en blanco. Y cien días de matrimonio falso con el multimillonario más frío e imponente de la ciudad.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1


Elena se reajustó el auricular derecho mientras el ritmo de Karol G y Feid retumbaba en su cabeza, intentando tapar el pulso frenético que sentía en la garganta. A sus 21 años, no debería estar pisando la moqueta mullida del último piso de las Torres Vane, vistiendo jeans desgastados y oliendo a aceite de motor. Sus ojos negros como el carbón —profundos e intensos, contrastando de forma salvaje con su indomable melena pelirroja y rizada— se paseaban con nerviosismo por el lujoso despacho. Toda la vida se habían reído de su "pelo de mopa" y sus pecas, acusándola de torpe por tropezar con su propia sombra, pero allí, en el foso del taller de su familia, ella era libre: diseñaba bocetos únicos para customizar carrocerías y cuidaba a Tuerca, el gato que rescató de una caja bajo una helada noche de invierno.

Pero el taller agonizaba. En su bolsillo pesaba la orden de embargo; el negocio familiar pasaría a subasta en cuestión de horas si no conseguía una fortuna de inmediato.

Frente a ella, de pie tras un imponente escritorio de nogal, Alexander Vane parecía un depredador en su hábitat. A sus 28 años, sus 1,90 metros de estatura proyectaban una sombra helada que hacía sentir a Elena ridículamente pequeña y expuesta. Poseía una belleza peligrosa: mandíbula de piedra, piel pálida y unos ojos grises afilados que escudriñaban cada uno de sus movimientos a través de unas gafas de montura negra fina. El aroma a madera de cedro, cuero caro y tabaco dulce que emanaba de él llenaba la estancia, acelerando los latidos de Elena hasta ahogarla.

Alexander se quitó pausadamente las gafas. Al estirar el brazo, la manga de su impecable traje italiano a medida se desplazó un centímetro, dejando al descubierto la tinta oscura de un tatuaje en su muñeca: una corona de espinas rodeando una daga. Un detalle siniestro que no encajaba con la fachada de un simple ejecutivo.

—Tienes diez minutos, Elena —dijo él con una voz grave que heló el aire—. El cheque para cancelar la subasta de tu taller está sobre la mesa. No es una donación.

Elena apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas mientras sus ojos oscuros se fijaban en él.

—¿Qué quieres a cambio?

Alexander deslizó un documento impreso de diez páginas.

—Cien días de matrimonio falso. Sin prensa, sin escándalos y sin involucrar sentimientos.

—¿Un matrimonio? —protestó ella, dando un paso impulsivo y tropezando torpemente con el borde de la alfombra antes de recuperar el equilibrio—. ¡Es una locura!

—Es un negocio —la corrigió él, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros. Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. Pero escucha bien la cláusula de oro: si uno de los dos rompe la distancia profesional o comete la estupidez de enamorarse, el contrato se anula, el dinero regresa a mi cuenta y tu taller va directo a la subasta.

l bolígrafo de metal pesaba en la mano de Elena como si estuviera hecho de plomo. Las cláusulas del documento se amontonaban ante sus ojos negros como el carbón, pero la imagen del taller cerrado con precinto judicial y de su padre derrotado pesaba mucho más.

—Tengo dos condiciones —dijo ella, alzando la barbilla para sostener la fría mirada de Alexander—. Tuerca viene conmigo. Y las tardes que no tenga compromisos oficiales sigo trabajando en el foso del taller. No voy a renunciar a mi vida.

Alexander arqueó una ceja. Por un segundo, sus ojos grises recorrieron el desorden de sus rizos pelirrojos antes de asentir con frialdad.

—Concedido. Pero de lunes a viernes dormirás en mi ático y acudirás a cada evento público a mi lado. Firma.

Elena estampó su nombre en la última página con pulso tembloroso. En menos de diez segundos, Alexander tecleó una orden en su ordenador. El teléfono de Elena vibró en su bolsillo con la notificación del banco: deuda saldada, subasta cancelada. El alivio la dejó sin aliento, pero el nudo en el estómago no desapareció.

Al regresar al taller, la radio sonaba de fondo en los altavoces de la nave. Elena susurró para sí misma parte de la letra que resonaba en el aire para calmar sus nervios: «...que lo que se fue no vuelve, pero lo que viene es mejor...», tarareando la melodía urbana mientras cruzaba el umbral.

Allí la esperaban sus dos mejores amigos, comiéndose las uñas de la angustia junto a su padre: Lucía, tan dramática y expresiva como siempre, y Nico, su inseparable compañero de grasa y herramientas en el foso.

—¡Dinos algo, Elena! —gritó Lucía corriendo a abrazarla—. Nos tenías en vilo, ¡pensábamos que la policía venía a precintar la puerta!

—Se ha solucionado —anunció Elena, sonriendo para no levantar sospechas mientras tomaba en brazos a Tuerca, su gato mestizo—. Un inversor privado ha pagado la deuda por completo. A cambio, he firmado un contrato exclusivo para diseñar y customizar varios vehículos de su colección privada durante tres meses. Tendré que trasladarme a su residencia entre semana.

—¿Tres meses fuera? —preguntó Nico, rascándose la nuca con una llave inglesa en la mano—. Es una locura, enana, pero si paga las facturas y salva el negocio...

La tarde pasó volando entre abrazos, bromas de Lucía sobre el "jefe estirado" y los consejos de Nico para que no dejara de dibujar sus bocetos.

A las ocho en punto, un deslumbrante sedán negro de cristales tintados se aparcó justo en la puerta. Un chófer impecablemente vestido bajó del vehículo y llamó a la puerta de chapa.

—Señorita Elena, el señor Vane requiere su presencia. Su traslado al ático empieza esta misma noche.

Elena abrazó con fuerza a su padre, se despidió de Lucía y Nico, y agarró su bolsa de viaje junto al transportín de Tuerca. Sin sospechar ni por un segundo el verdadero mundo que se ocultaba tras el apellido Vane, subió al coche rumbo a su nueva vida

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1. Chapter 1
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