PRÓLOGO: EL CRONISTA
Del Libro del Testigo. Escrito por el Cronista quinientos cincuenta y cinco.
Escribo cuanto mis ojos contemplan, para que ningún reino pueda negar lo ocurrido.
Y vi a siete ángeles delante de los cielos. Cada uno sostenía una trompeta en sus manos. Entonces otro ángel avanzó y permaneció frente a ellos. Detrás aguardaban las huestes celestiales. Habían elegido la forma del hombre: vestían armaduras de oro, empuñaban espadas de luz y extendían alas blancas sobre la creación.
Y estaban allí los doce Misterios. Los reconocí, pues solo ellos habían regresado de la confrontación anterior. Once de ellos sostenían un arma antigua; el número doce se encontraba delante de todos, con sus manos desarmadas.
La tierra tenía un color irreconocible, mezclada con cenizas y brasas ardiendo; la penumbra era el manto que cubría la escena.
Y los siete ángeles que tenían trompetas se dispusieron a hacerlas sonar. El primero tocó y los ejércitos divinos desenvainaron sus espadas. Y ninguna espada produjo ruido, pues el silencio también aguardaba la batalla.
El segundo tocó y el estruendo retumbó por el cielo rojo; el ejército divino puso sus escudos por delante. Y la tierra vibró bajo mis pies. Confieso que por un instante creí que también mi mano dejaría de sostener la pluma. Las legiones demoníacas avanzaban desde un costado... cada una comandada por un duque, príncipe o regente. Y sobre todos ellos caminaban los tres soberanos del Infierno: Lucifer, Baal y Leviatán.
El tercer ángel tocó y los estandartes comenzaron a ondear en el cielo, en dirección a un solo lugar. Las legiones avanzaban desde el oeste; las huestes permanecían quietas en las alturas. Y toda cifra dejó de tener sentido ante mis ojos: los ejércitos formaban columnas y falanges.
El cuarto ángel tocó y el ángel sobre todos apuntó a la tierra; en ese momento las huestes celestiales comenzaron a descender poco a poco. Y en ese instante escuché un sonido estremecedor, como pasos enormes, pisadas de un gigante que se aproximaba al centro. Las legiones reaccionaron al ruido y levantaron sus lanzas oscuras.
El quinto ángel tocó y el primero de ellos pisó la tierra. Miré cómo los tres soberanos del Infierno sacaban sus armas (una lanza, una espada y una daga), caminando hacia el encuentro del ejército de ángeles. Observé también que la distancia entre las enormes fuerzas se iba haciendo pequeña. En tanto, el cielo se tornó más rojo y una brisa pesada parecía cortar la existencia misma. Y yo pude oír cómo las pisadas se iban acercando cada vez más, como si se aproximaran a una puerta para abrirla.
Fue cuando el sexto ángel hizo sonar su trompeta que los ejércitos del cielo se posicionaron en la tierra y sus estandartes se enterraron con fuerza en el suelo. Los Misterios descendieron con lentitud hasta ubicarse por delante del ejército, junto al arcángel mayor. De las formaciones se elevó un ángel celestial e hizo sonar un shofar, un cuerno de carnero cuyo eco retumbó en las armaduras.
—¡Humus vena’aleh lamilchamah! —se escuchó entre las filas, al mismo tiempo que las espadas golpeaban los escudos dorados.
«¡Levántense y subamos a la batalla!». Era la orden que se escuchaba.
Desde el oeste vi cómo las legiones, que también habían elegido la forma del hombre, con rostros oscuros y armaduras negras, solo repetían cada vez más alto con voz áspera y gruesa:
—¡Barritus!, ¡Barritus!, ¡Barritus!
Y el séptimo ángel tocó su trompeta. Escuché solo silencio sobre la quietud misma. La brisa se cortó de golpe. Y atestigüé cómo las dos fuerzas naturales del orden del universo estaban separadas por el largo de un acero. El ángel sobre todos se paró de frente ante los soberanos empuñando su espada, y los soberanos apretaron sus armas con fuerza. Y ninguno levantó su arma contra el otro. Solo el silencio permanecía.
El tiempo era irrelevante. El tiempo dejó de tener significado. El universo no era más grande que aquel instante.
Ángeles y demonios, soldados, príncipes y generales voltearon a la izquierda al mismo tiempo. Entonces yo también volteé.
Y vi al hombre por quien habían venido. No vestía armadura. No llevaba espada. No cargaba escudo. No llevaba corona. Vestía como cualquier hijo de los hombres.
Las pisadas cesaron. El estruendo que hacía temblar la tierra desapareció como si jamás hubiera existido.
Entonces lo vi. Primero la silueta. Luego el rostro.
Beizar.
—¿Han venido por Beizar? —levanta apenas la vista hacia ambos ejércitos.
El silencio permanece.
—Entonces... vengan por él.








