Epílogo
¡Hola, lector/a de historias! ✨
Te doy la bienvenida oficial a esta aventura, si has llegado hasta aquí buscando romance de época, una buena dosis de tensión, diálogos sarcásticos y personajes que juran odiarse... estás en el lugar correcto.
Los comentarios siempre están abiertos para leernos, teorizar y gritar juntas en cada capítulo, gracias por darle una oportunidad a mis letras y permitirme acompañarte un rato.
¡Disfruta la lectura! 📖🕯️
Con cariño,
Luantmon ♡
Dicen que los mayores escándalos de la sociedad no nacen de los pecados, sino de los rumores.
Una mirada demasiado larga. Una conversación escuchada a medias. Una puerta cerrada en el momento equivocado. Eso es todo lo que necesita la sociedad para construir una historia, adornarla con detalles inexistentes y repetirla hasta convertirla en verdad. Las habladurías viajan más rápido que cualquier carruaje. Cambian destinos y condenan a inocentes sin necesidad de una sola prueba.
Después de todo, las historias más peligrosas no son las que ocurrieron.
Son las que todos decidieron creer.
En el epicentro de Manchester Square, un lugar donde se devoran reputaciones en el desayuno, dos almas rotas arrastraban cadenas invisibles y secretos que no revelarían a cualquiera.
La tormenta rugía afuera cuando el carruaje de las Sunderford pidió ayuda a un carruaje de los Frostcrook. No hubo cortejo, ni cartas de romance, y mucho menos miradas cómplices de amor. Solo dos madres desesperadas detrás de todo y dos jóvenes arrastrados al matadero del mercado matrimonial. Cuando sus miradas se cruzaron, la decisión era clara ante sus ojos.
Él la vio: demasiado brillante, bastante ruidosa, con una luz que le resultaba ofensiva para el invierno que él llevaba dentro. Pensó que era una imprudente dispuesta a arrastrarlo a una broma de la que no quería participar.
Ella lo vio: demasiado frío y arrogante, con unos ojos que la juzgaban y la condenaban sin conocerla. Hubiera preferido el exilio antes que someterse a la amargura de ese hombre.
Sobre la mesa de caoba descansaba un documento que no hablaba de promesas eternas, sino de límites. Cero lazos emocionales. Un contrato diseñado para salvar sus vidas de diferentes maneras.
Lord Frostcrook mojó la pluma en la tinta. Sus ojos azul oscuro se clavaron en los de ella con una advertencia silenciosa. Aquello no era un matrimonio; se podría describir más bien como una tregua.
Ella sostuvo su mirada con un temblor disimulado en las manos, pero sin perder esa calidez con la que contemplaba el mundo, firmando la parte que le correspondía de aquel papel.
Para la señorita Sunderford, la protección era lo único que importaba. Después de todo, dudaba poder entrar en un lugar tan oscuro como el corazón de aquel lord.
La trampa estaba pactada y aquella mentira, escrita. Sus secretos estaban cerca de colisionar, obligándolos a decidir si era mejor destruirse mutuamente... o salvarse juntos.
Prólogo
Abril, 1798
Manchester Square
A los diez años, Dane Frostcrook no creía en las leyendas de caballeros ni en las historias que las nodrizas inventaban al calor de la chimenea. No lo necesitaba, porque la magia más deslumbrante de la Regencia ocurría cada tarde en el salón principal de su propia casa.
Para él, sus padres no eran solo los marqueses o figuras de autoridad: eran la prueba viviente de que el amor perfecto si existía.
Le fascinaba escuchar, una y otra vez, el relato de cómo se habían conocido. Se sentaba en la alfombra junto a sus hermanos, con las manos apoyadas en las rodillas y los ojos brillando de fascinación, mientras su padre, con esa postura impecable y voz pausada, recordaba aquella noche.
—Ella estaba acorralada cerca del balcón —decía su padre, dedicándole una sonrisa cómplice a su esposa—. Dos lores insistentes para bailar, no la dejaban en paz. Así que intervine. Una reverencia formal, un par de palabras bien colocadas para exigir el respeto que le correspondía, y le ofrecí mi brazo para sacarla de allí.
—¿Y ella se enamoró de ti en ese mismo instante, padre? —preguntaba la hermana menor de Dane, mientras él absorbía cada detalle como si fuera una lección vital.
Su madre dejaba escapar una risa suave, un sonido lleno de luz que iluminaba toda la estancia, y se acercaba para acomodar el cabello rebelde de su hijo.
—Ni bien tu padre me vio para defenderme, mi vida —respondía ella, mirando a su esposo con una devoción intacta—. Tu padre me salvó y desde esa noche, no volvió a haber nadie más para ninguno de los dos.
Dane sonreía, convencido. El amor debía funcionar exactamente así: un acto de valentía, un flechazo inevitable y una promesa eterna. Se acostaba cada noche pensando que, cuando fuera mayor, él también encontraría aquella dama, buscaría a alguien a quien proteger, alguien que le devolviera esa misma mirada deslumbrada.
Aunque en su hogar la calidez abundaba, las dinámicas entre los hermanos Frostcrook seguían sus propios ritmos. Dane no era íntimo con la mayoría de ellos, pues cada uno vivía sumergido en sus propios intereses. Su hermano mayor solía actuar con un aire maduro y severo, algo mandón cuando intentaba imponer el orden, aunque jamás con mala intención. Con la tercera hermana, la relación era una batalla constante de bromas pesadas; por eso mismo, Dane pasaba más tiempo con la menor de todos, a quien adoraba entretener e involucrar en sus juegos para hacerla reír.
Sin embargo, su verdadero núcleo social y su gran apoyo comenzó a formarse fuera del círculo directo de sus hermanos.
La primera pieza de ese grupo llegó de forma inesperada cuando su primo Andrew se incorporó a la familia. A pesar de que Dane le llevaba tres años, la química entre ambos fue inmediata y no tardaron en volverse confidentes inseparables.
Tiempo después, Dane tenía trece años y Andrew diez, un pequeño incidente terminó por moldear al resto del grupo; paseando por los linderos de la propiedad, escucharon sollozos provenientes de la copa de un roble.
—¡Dane, mira arriba! —exclamó Andrew, señalando hacia la copa de un roble gigantesco—. ¡Hay un niño atorado!... y parece que está intentando —al ver bien al niño Andrew giró un poco su cabeza confundido—. ¿Comunicarse con los pájaros?
En la rama más alta, un niño de unos diez años pataleaba desesperado, atascado por el cuello de su propia camisa.
—¡No, me voy a caer, me van a comer las ardillas! —gritaba el niño desde las alturas, al borde del colapso.
—Tranquilo, no hay ardillas en este lado —le aseguró Dane, evaluando la situación mientras se quitaba la chaqueta de sastre con absoluta calma—. Andrew, ponte abajo. Si se desprende, actúas como colchón.
—¿Cómo que como colchón? ¡Si cae encima de mí me va doler, no quiero!
—No seas llorón, espérame aquí,
Dane trepó hasta alcanzarlo y, tras un forcejeo donde recibió un zapatazo involuntario en la mejilla, logró desengancharlo y bajarlo a salvo. Apenas tocaron tierra, una figura enfurecida emergió de entre los arbustos. Era un muchacho de la edad de Dane, despeinado, con la corbata de lado y la respiración entrecortada.
—¡Te dije que no te subieras ahí, animal! —gritaba el recién llegado, agarrando a su hermano menor por los hombros y zarandeándolo sin la menor delicadeza. —. ¿Tienes idea del problema en el que me vas a meter con padre si te rompes el cuello?
—¡Había un nido! —se justificó el pequeño, limpiándose la nariz con la manga.
—¡No me importa, eres un tonto! —El chico se giró hacia Dane y Andrew, aun molesto, pero ajustándose la chaqueta con elegancia, dejo su papel de amargado y se volvió un poco tímido—. Yo…supongo que les debo una. Soy… soy Oliver Galecroft y este tonto es mi hermano Ronald. Si le cobran por el rescate, les sugiero que pidan sus canicas, porque no tiene nada más de valor.
—Aceptamos el pago en comida —respondió Andrew riéndose—. Por cierto, soy Andrew Frostcrook. Él es mi primo Dane, el cazador de niños voladores.
Los cuatro terminaron riendo en el césped para luego jugar y comer en la casa de los Frostcrook, lo que parecía solo una tarde de juegos y que no se verían más, se convirtió en un grupo de amigos que se veían casi diario.
La última pieza del rompecabezas llegó semanas después, cuando un nuevo vecino se mudó a la residencia situada justo frente a la casa de Dane.
En cuestión de semanas, los cinco muchachos se volvieron inseparables. Se les veía juntos a todas horas: corriendo por los campos, compartiendo confidencias, planeando travesuras y disfrutando de una juventud dorada. Para Dane, la vida en esos años era sencilla, luminosa y perfecta, desprovista de responsabilidades o dificultades que no pudieran resolverse antes del atardecer.
La tragedia, no llegó como un golpe repentino, sino como una sombra que fue devorando la casa poco a poco.
Empezó con una fatiga inusual, con paseos por el jardín que se volvieron cada vez más cortos y tos lejana en mitad de la noche. El corazón del marqués Frostcrook, aquel que parecía invencible para Dane, comenzó a debilitarse de manera progresiva a lo largo de los años, la música del piano cesó lentamente y los paseos a caballo quedaron en el olvido.
Hasta que el destino cobró su deuda final en 1804, a los dieciséis años, Dane ya no era un niño, pero aún conservaba intacto el recuerdo de aquella luz. Sin embargo, la muerte de su padre apagó la casa por completo.
Su madre, siempre fuerte, intentó mantenerse en pie por él y por sus hermanos. Les sonreía durante el desayuno, supervisaba sus lecciones y procuraba que el luto no aplastara la juventud de sus hijos. Pero Dane la observaba en silencio. Los ojos que antes reflejaban un brillo cálido y vital, ahora lucían opacos, apagados por un dolor silencioso que no cedía con los meses.
Un atardecer, la encontró en la biblioteca, sosteniendo un pañuelo contra su pecho mientras contemplaba el gran retrato de su esposo en la pared.
—Madre... —murmuró Dane acercándose despacio.
Ella se limpió apresuradamente la mejilla y forzó una sonrisa.
—Estoy bien, querido, solo... recordaba.
—Él no querría verte tan triste —dijo él, sentándose a su lado y tomándole la mano—. Quizás... quizás, esta casa vuelve a llenarse de ilusión de la que siempre hablaban en sus historias si alguien contrae nupcias.
Su madre lo vio, las comisuras de sus labios se elevaron apenas, esbozando una calidez que buscaba consolar, mientras que en el fondo de sus ojos se instalaba una sombra callada. Era una expresión que abrazaba y dolía al mismo tiempo.
—El amor es maravilloso, Dane, pero cuando es real... querido el amor no se busca solo se encuentra y ahí es cuando tú eliges luchar por él o no.
Ingenuo y desesperado por devolver esa ilusión también a su vida, Dane decidió buscar a su dama, a ese amor idealizado que le devolviera el sentido a todo. Pero la alta sociedad no era el cuento de hadas que su padre le había relatado.
Se topó con la superficialidad, las ambiciones calculadas, el interés financiero disfrazado de afecto y la traición vestida de gala, descubrió que las damas no buscaban un salvador, sino un título, y que las promesas duraban lo que tardaba en enfriarse el té. La decepción no solo le rompió la ilusión; destruyó al niño que creía en los finales felices.
Comprendió la amarga verdad: sus padres habían sido la excepción, un milagro irrepetible, pero el amor perfecto no existía para el resto del mundo, y mucho menos para él, que ya lo había perdido todo.
Decidido a enterrar cualquier atisbo de romanticismo, Dane encauzó su dolor y su mente hacia algo frío, tangible y bajo su propio control así que en 1808 abrió las puertas de una hermosa librería en el corazón de Londres.
Allí no había espacio para falsas esperanzas ni pasiones traicioneras. Las historias de amor se quedaban encerradas en el papel, vendidas al mejor postor, mientras él se dedicaba con disciplina a hacer crecer su negocio.
Para 1815, a los veintisiete años, Lord Dane Frostcrook era un hombre de negocios bajo un seudónimo y pasando desapercibido en su propia librería principal, odiaba a las personas de la sociedad que solo se acercaban a él por ser un Frostcrook y por tener un simple título que se le había otorgado sin ser autentico, su red de librerías contaba con varias sedes prósperas, su fortuna se había consolidado por él mismo y su reputación era la de un hombre misterioso incluso a veces cruel.
Desde el piso superior de su establecimiento principal, observaba a los clientes hojear novelas de romance con sonrisas soñadoras. Él solo veía tinta y papel; un comercio rentable de ilusiones baratas. Pero su librería era lo único que le importaba, le gustaba la tranquilidad de los libros abriéndose, el olor de las hojas nuevas y la calidez del sol que traspasaba por los ventanales.
Tenía un imperio bajo sus pies y una posición envidiable en la sociedad, pero bajo su elegante chaqueta no quedaba ni una sola pizca de fe, calor o ilusión que ofrecer al mundo. Se había convertido en un hombre impenetrable, convencido de que el corazón solo servía para mantenerse con vida, no para entregarlo.








