LA BIBLIOTECA DE LOS RECUERDOS PERDIDOS
Elara Voss odiaba las noches de lluvia, no porque le dieran miedo, sino porque durante ellas los sueños regresaban, y los sueños siempre traían recuerdos que no le pertenecían.
Aquella tarde, la lluvia caía sobre Ravenshollow desde hacía horas. Golpeaba los ventanales de la vieja biblioteca municipal con una monotonía casi hipnótica. La mayoría de las personas encontraban aquel sonido relajante.
Elara no.
Llevaba semanas sin dormir más de tres horas seguidas. Cada vez que cerraba los ojos veía el mismo bosque, los mismos árboles, la misma luna oscurecida y a la misma mujer pelirroja observándola desde la distancia. Nunca hablaba. Nunca se acercaba. Simplemente esperaba, como si supiera algo, como si estuviera aguardando el momento adecuado.
- ¿Vas a quedarte mirando la lluvia toda la tarde? —La voz de la bibliotecaria rompió sus pensamientos.
Elara apartó la vista de la ventana.
- Estoy trabajando.
- Estás existiendo cerca de unos libros. No es lo mismo.
La joven sonrió apenas. Aquella conversación se repetía prácticamente todos los días y agradecía que así fuera. La normalidad se había convertido en un refugio, uno cada vez más frágil. Volvió a ordenar algunos ejemplares: Historia local, mitología y folclore.
Nada particularmente interesante, hasta que encontró uno que no recordaba haber visto antes. Su cubierta estaba desgastada, negra, sin título, sin autor, sin código de inventario.
Esto era extraño, Muy extraño.
La biblioteca registraba todos sus libros, todos.
Elara lo tomó entre las manos. El cuero estaba frío, demasiado frío, como si hubiera permanecido enterrado bajo tierra.
- ¿De dónde saliste tú? —murmuró.
Abrió la primera página. Estaba vacía, la segunda también, la tercera, la cuarta. Todas vacías hasta llegar al centro. Entonces encontró una única frase, escrita con una tinta oscura, tan oscura que parecía absorber la luz.
La frase estaba en un idioma desconocido, pero, por alguna razón, pudo leerla, como si la hubiera conocido toda su vida:
Ael Vhor Sethar.
«El alma recuerda aquello que el mundo intenta olvidar».
Su corazón se detuvo y una imagen atravesó su mente.
Un eclipse.
Sangre.
Gritos.
Miles de voces pronunciando su nombre.
El libro cayó de sus manos y golpeó el suelo con fuerza. Algunas personas levantaron la vista. Elara respiraba agitadamente. Le dolía la cabeza.
- ¿Te encuentras bien? —preguntó la bibliotecaria.
- Sí —mintió—. Solo me mareé.
Volvió a mirar el libro y la página estaba vacía, la frase había desaparecido.
Aquella noche no consiguió dormir otra vez. Acostada en la oscuridad, observó las agujas del reloj avanzar.
01:12
02:47
03:16
03:17
Y entonces ocurrió: el sonido. Tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Provenían del interior de la pared, no del exterior, no de una ventana sino de dentro de la pared.
Elara permaneció inmóvil, escuchando. El silencio regresó y durante varios segundos creyó haberlo imaginado, pero entonces volvió.
Toc.
Toc.
Toc.
Más fuerte, más cerca. Como si algo estuviera intentando salir.
Se incorporó lentamente, el corazón le golpeaba con fuerza. Se acercó a la pared y apoyó la mano fría, helada.
Entonces escuchó una voz muy débil; apenas un susurro, una voz femenina.
- Elara...
Retrocedió inmediatamente.
La habitación quedó en silencio.
- ¿Quién está ahí?
Nadie respondió y por primera vez sintió verdadero miedo. No el miedo racional, no el miedo humano. Algo más profundo: el miedo de encontrarse frente a algo que no debería existir.
Cuando finalmente consiguió dormir, soñó.
Estaba nuevamente en el bosque, pero esta vez era diferente: las flores brillaban, las raíces respiraban y, sobre el cielo, se alzaba un eclipse gigantesco, más grande que nunca.
Entonces la vio: la mujer pelirroja.
Cabello cobrizo hasta la cintura, ojos verdes, pecas. Vestida con tonos negros y rojo oscuro, una corona de ramas secas descansaba sobre su cabeza.
Esta vez estaba más cerca, mucho más cerca, y por primera vez habló.
- Llegas tarde.
Elara sintió un escalofrío.
- ¿Quién eres?
La mujer sonrió. Una sonrisa triste, como la de alguien que lleva demasiado tiempo esperando.
- Mi nombre es Kaethya Varyn.
El bosque entero pareció contener la respiración e incluso el viento desapareció.
- ¿Dónde estoy?
- Entre lo que fue olvidado.
- No entiendo.
- Lo harás.
Kaethya levantó una mano y las raíces comenzaron a moverse bajo sus pies, formando símbolos. Los mismos símbolos que Elara había visto en el libro. Símbolos del Aetheris: el lenguaje del Primer Eclipse.
- Escúchame atentamente, Elara.
Por primera vez, su voz sonó diferente. No como la de una guía, no como la de una maestra sino como la de alguien aterrorizado.
- Porque ya no queda tiempo.
- ¿Tiempo para qué?
Kaethya no respondió de inmediato. Su mirada se desplazó hacia la oscuridad del bosque y entonces Elara escuchó algo. Un sonido lejano, profundo, como el crujido de un árbol gigantesco partiéndose en dos. Después otro y otro más.
Las copas de los árboles comenzaron a agitarse, algo avanzaba entre ellos, algo enorme. Las flores luminosas que cubrían el suelo empezaron a apagarse una por una, como estrellas muriendo.
El bosque entero pareció contener la respiración. Incluso los susurros desaparecieron.
Kaethya palideció.
- No...
Elara nunca había visto miedo en su rostro, pero aquello era miedo, miedo verdadero.
- ¿Qué ocurre?
Kaethya retrocedió un paso sin apartar la vista de la oscuridad.
- Nos encontró.
- ¿Quién?
El rugido volvió a escucharse, mucho más cerca, tan cerca que hizo temblar el suelo. Los árboles comenzaron a inclinarse, como si algo gigantesco estuviera atravesándolos.
Elara observó horrorizada cómo enormes sombras se movían entre la niebla. No podía distinguir una forma, solo ojos, decenas de ojos brillando entre los troncos y una sensación insoportable, como si aquello la conociera, como si hubiera estado buscándola durante siglos.
- Kaethya...
- No lo mires.
- ¿Qué es?
- Todavía no tiene nombre.
Las raíces comenzaron a retorcerse. Las flores murieron, la luz desapareció, la oscuridad avanzó rápidamente, demasiado rápido, y entonces Elara escuchó algo peor que el rugido: una voz.
Profunda.
Antigua.
Imposible.
Pronunciando una sola palabra: su nombre.
- Elara...
La joven sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Aquella voz no sonaba humana, sonaba como miles de voces hablando al mismo tiempo, como una montaña intentando pronunciar una palabra.
Kaethya corrió hacia ella. Sujetó su rostro entre las manos, sus ojos verdes estaban llenos de desesperación.
- Escúchame. No importa lo que veas, no importa lo que te diga, no respondas.
- ¿Qué?
La mirada de Kaethya se endureció.
- Ellos ya conocen el nombre que te dieron los humanos.
Elara frunció el ceño.
- ¿De qué estás hablando?
Un rugido atravesó el bosque. Más cerca, mucho más cerca.
Kaethya apenas parecía escucharlo. Sus ojos verdes permanecían fijos en ella.
- Escúchame atentamente, porque no volveré a repetirlo.
Elara sintió que el miedo comenzaba a crecer en su pecho.
- ¿Repetir qué?
Kaethya dio un paso adelante y, por primera vez, pareció observar algo más allá de su rostro, como si estuviera mirando directamente su alma.
- No les entregues el nombre que el Eclipse te dio.
Elara sintió un escalofrío.
- No entiendo.
- Lo sé.
Por un instante, la tristeza cruzó el rostro de la pelirroja.
- Porque te obligaron a olvidarlo.
La tierra volvió a temblar. Las flores comenzaron a apagarse. La oscuridad avanzaba entre los árboles.
- Kaethya...
- Cuando llegue el momento, intentarán arrebatártelo.
- ¿Quiénes?
- Aquellos que recuerdan lo que ocurrió antes de que nacieras.
El rugido volvió a escucharse, esta vez tan cerca que los árboles se inclinaron. Kaethya levantó la vista hacia la oscuridad y pareció verdaderamente aterrorizada.
- Si descubren tu Nombre Verdadero...
La frase quedó inconclusa. Algo se movió entre la niebla, algo gigantesco, algo imposible.
Kaethya volvió a sujetar el rostro de Elara. Sus manos temblaban.
- Prométeme que jamás lo pronunciarás delante de nadie.
- ¿Qué nombre?
- El que duerme dentro de tu alma.
- ¡Corre, Elara!
La oscuridad se lanzó hacia ellas. Kaethya empujó a Elara hacia atrás. El eclipse se abrió sobre el cielo como un ojo inmenso. El mundo comenzó a romperse y el último sonido que escuchó fue la voz desesperada de Kaethya:
- ¡Despierta!
Y entonces Elara abrió los ojos en su habitación, empapada en sudor, respirando con dificultad.
El reloj marcaba las 3:17 de la madrugada, pero algo había cambiado, Sobre su mesa de noche descansaba una flor roja, húmeda, recién cortada.
Elara permaneció inmóvil observando la flor, intentando convencerse de que seguía dormida; de que aquello era otra parte del sueño, otra alucinación provocada por el cansancio. Pero la habitación olía a tierra húmeda, a bosque, a lluvia, y cuando extendió la mano hacia la flor, sus dedos encontraron espinas reales, afiladas.
Una gota de sangre descendió por su dedo índice. Elara contuvo la respiración, porque en el mismo instante en que la sangre tocó los pétalos, algo apareció sobre ellos: símbolos oscuros, brillando apenas. Los mismos símbolos que había visto en el libro, los mismos símbolos que Kaethya había dibujado con raíces bajo el eclipse: Aetheris.
Y por primera vez comprendió algo aterrador: aquello no era un sueño, el sueño había encontrado una forma de seguirla hasta el mundo real.
En la pared, cerca de la rosa, escrita con una tinta oscura que no estaba allí antes, aparecía una sola palabra:
CORRE.








