Sangre Borbónica y Jaulas de Oro
Las Cenizas de la Corona (Nápoles, 1850)
El aire de Nápoles siempre ha sabido a sal, a pólvora y a los higos maduros que se pudren bajo el sol implacable del sur. Pero aquella noche, la noche en que la dinastía de los Borbones comenzó a desmoronarse como la cal de un muro viejo, el viento traía un aroma distinto, el perfume dulzón y metálico de la traición fresca.
En los muelles del puerto, donde el mar golpeaba con un rumor sordo contra las maderas carcomidas, el fango parecía tragarse la poca luz de las farolas de gas. Sasuke Uchiha contemplaba el agua oscura; tenía apenas diecisiete años, pero sus ojos ya albergaban la frialdad de un invierno eterno. La seda de su camisa, una prenda fina que delataba el estatus que su familia alguna vez ostentó como confidente silenciosa de la corte estaba rasgada en el hombro, empapada de un sudor frío y de la sangre que no le pertenecía.
A unos pasos, el humo de los carruajes incendiados se mezclaba con la niebla del golfo; el pacto secreto se había roto. Los mismos nobles que ayer pagaban al clan Uchiha para mantener el orden en los callejones y espiar a los revolucionarios, hoy ante el avance inminente de la Unificación, habían decidido limpiar sus lazos, borrando a sus perros de caza para no dejar cabos sueltos ante el nuevo régimen. Habían sido emboscados. Su familia, sus hombres... todos masacrados bajo la orden silenciosa de una aristocracia cobarde.
Su hermano mayor, Itachi, con los ojos inyectados en sangre y la respiración rota, lo había empujado hacia el laberinto de las alcantarillas portuarias apenas unos minutos antes de que el acero de los mercenarios le atravesara el pecho.“Sálvate, Sasuke. Reconstruye... sobre el fango”, habían sido sus últimas palabras, un suspiro ahogado que se clavó en los adoquines húmedos.
Sasuke apretó los puños. Sentía el roce áspero de la ceniza flotando en el aire, asentándose sobre su piel; miró hacia las colinas de la ciudad, donde los palacios reales resplandecían ajenos a la miseria del puerto, con sus lámparas de cristal encendidas y sus violines sonando a lo lejos.
-Que caiga la corona -susurró, y su voz, aunque joven, arrastró el peso de una sentencia irrevocable-. Que se pudra en su propia hipocresía. Si ellos gobiernan desde los salones, yo gobernaré desde las cloacas.
Lentamente, se agachó para recoger del suelo un sombrero de copa abandonado por algún caballero que había huido del caos. Lo sacudió con lentitud limpiando la tierra de la tela negra y brillante, y se lo colocó dejando que la sombra ocultara su mirada. En su mano derecha, un bastón de plata que perteneció a su padre brillaba bajo la luna. Nápoles iba a cambiar de manos, y él se aseguraría de que la nueva Camorra no vistiera con harapos, sino con la alta costura de sus propios verdugos.
La Jaula de Terciopelo (Nápoles, 1860)
El crujido de las ballenas del corsé era el único sonido rítmico en la vasta habitación de techos decorados con frescos renacentistas. Sakura Haruno contuvo el aliento mientras la doncella tiraba con fuerza de los lazos de seda rosa, buscando reducir su cintura a una medida ridícula, casi inhumana. Sentía que el aire se le escapaba en pequeños suspiros aristocráticos, pero la verdadera asfixia no venía de la prenda; venía del anillo de oro y rubí que pesaba como el plomo en su dedo anular.
Frente al gran espejo de marco dorado, su reflejo le devolvía la imagen de una muñeca de porcelana perfecta. Su cabello exótico, del color de los cerezos en primavera, estaba recogido en un peinado intrincado que tiraba de sus sienes. Sus ojos verdes, sin embargo, vibraban con una rebeldía y una tormenta silenciosa que amenazaba con romper el cristal.
La puerta se abrió sin anunciar, y el eco de unos pasos lentos y pesados hizo que la doncella diera un paso atrás, agachando la cabeza de inmediato.
El Conde Hidan Yagakure entró en la estancia, vistiendo un levita negro de corte militar impecable. Llevaba un rosario de plata enredado entre los dedos, golpeando las cuentas con una cadencia hipnótica. Su rostro era apuesto, de una palidez casi sepulcral, pero la sonrisa que curvaba sus labios carecía de cualquier rastro de calidez humana; era la sonrisa de un depredador que se deleita con el cautiverio de su presa.
-Mírate, mi pequeño cerezo -dijo Hidan, acercándose por detrás. Sus manos, frías como el mármol, se posaron sobre los hombros descubiertos de Sakura, deslizándose sutilmente hacia arriba, rozando la línea de su cuello con una presión innecesaria-. Una criatura tan pura, tan intacta... un templo que solo yo tengo el derecho divino de consagrar.
Sakura experimentó un escalofrío de repulsión que le recorrió la espina dorsal, un sabor amargo en la garganta, pero obligó a sus músculos a no tensarse. Había aprendido a ocultarse detrás de una máscara de sumisión perfecta; sabía que Hidan, bajo su fachada de noble ultrareligioso y devoto, escondía una mente sádica, un hombre que disfrutaba del dolor ajeno y cuyos ojos se encendían con un brillo demente cuando hablaba de castigos y ritos oscuros. Su padre había entregado su mano a cambio de estatus y protección política en la nueva Italia, vendiéndola a una jaula de oro de la que no había escapatoria legal.
-El contrato con vuestro padre está completamente sellado, mi querida -susurró él al oído de Sakura, y el olor a incienso rancio que siempre desprendía su ropa la mareó-. La Iglesia bendecirá nuestra unión muy pronto. Y te aseguro... que te enseñaré el verdadero significado de la sumisión ante Dios y ante tu esposo. Sufrir es purificar el alma, Sakura; y tu alma me pertenece.
-Es un honor... Conde -respondió ella, forzando un hilo de voz que sonó aterciopelado, aunque por dentro la adrenalina le encendía la sangre.
Hidan sonrió, complacido por la docilidad de su prometida, y tras besarle la mejilla con un roce áspero, dio media vuelta y abandonó la habitación, dejando tras de sí el eco de su rosario titilando en la penumbra.
En cuanto la puerta se cerró, Sakura dejó salir todo el aire acumulado en sus pulmones. Sus manos temblaban, pero no de miedo, sino de una furia salvaje. Miró el anillo en su mano, sabía que si se quedaba allí, si aceptaba el destino que la alta sociedad le imponía, Hidan terminaría por destruirla, por apagar la vida de sus ojos.
Se volvió hacia la doncella, que aún aguardaba temblorosa en la esquina.
-Trae mi capa negra -ordenó Sakura, y su voz ya no tenía la suavidad de una cortesana de salón; era firme, cortante como una navaja-. La de seda pesada y dile a Hinata que prepare los carruajes en la salida trasera.
Aquella noche, mientras la aristocracia se emborrachaba con champán y discutía sobre leyes en sus palacios, Sakura Haruno descendería al fango por voluntad propia. Utilizaría su herencia secreta, las joyas de su madre y cada gramo de su intelecto para levantar un imperio propio en las sombras de las colinas napolitanas:El Sindicato de las Flores. Un burdel de ultra lujo, un palacio del pecado donde los hombres más poderosos de Italia irían a arrodillarse ante ella sin saber jamás quién era la mujer detrás del antifaz de encaje.
Sería la mánager intocable; manejaría los deseos y los secretos de todo el reino, pero nadie la poseería jamás. Guardaría su pureza como su última línea de defensa, como un acto de absoluta rebeldía contra el monstruo que pretendía encadenarla al altar.
Seda Sangrienta (Nápoles, 1865 - Presente)
La lluvia de la medianoche repicaba sobre los adoquines de los muelles oscuros, lavando la suciedad de las calles pero no el olor a pólvora de la última pelea.
Sasuke Uchiha, ahora un hombre hecho y derecho, el Capo indiscutible de la Camorra Elegante, caminaba bajo el agua sin prisa alguna. Su gabardina italiana de alta costura estaba perfectamente abotonada, y su sombrero de copa desviaba las gotas que caían con insistencia. En un callejón portuario, los cuerpos de tres hombres pertenecientes a una banda rival afiliada a los Yagakure yacían inertes sobre los charcos.
Con calma Sasuke sacó un pañuelo de seda roja del bolsillo de su chaleco y con movimientos pausados, casi aristocráticos, comenzó a limpiar la empuñadura de plata de su bastón, quitando los hilos de sangre fresca que amenazaban con manchar la pureza del metal.
A su lado, un joven rubio de ojos azules y sonrisa cansada, Naruto Uzumaki, guardaba una pesada navaja en su cinturón, mientras un poco más atrás, Kiba Inuzuka calmaba a su enorme perro guardián, cuyos dientes aún goteaban agua y rabia.
-Los Yagakure están desesperados, Sasuke -dijo Naruto, pasándose una mano por el cabello empapado-. Están intentando meter las manos en la Lottería y en el opio del puerto. El Conde Hidan cree que porque tiene títulos nobles puede venir a mandar en nuestro suelo.
Sasuke no respondió de inmediato, primero terminó de limpiar el bastón y miró el pañuelo, ahora teñido con una mancha carmesí que se expandía sobre el tejido delicado.
-Que sigan intentándolo -pronunció Sasuke, y su voz arrastró el frío del acero, una melodía baja que hizo que Naruto guardara silencio-. Nápoles tiene un solo dueño. Pero Shikamaru tiene razón... necesitamos un terreno neutral para lavar el oro y mover los hilos de los ministros sin que la policía unificada husmee en los muelles.
-¿Y a dónde sugieres que vayamos? -preguntó Kiba, ajustándose el sombrero bajo la lluvia.
Sasuke tiró el pañuelo ensangrentado al fango, dejando que el agua se lo llevara hacia las alcantarillas. Giró la empuñadura de su bastón y miró hacia las colinas de la ciudad, donde un nuevo y misterioso palacio de luces atenuadas acababa de abrir sus puertas.
-Me han hablado de un lugar en las colinas -dijo Sasuke, y por primera vez en la noche, una sonrisa de medio lado, fascinada y peligrosa, dibujó sus labios-. Un Sindicato de Flores manejado por una mánager de la que nadie conoce el rostro. Dicen que la seda allí es la más fina de Italia... y que los secretos se venden al precio más alto.
-Es un burdel de la alta sociedad, Sasuke -advirtió Naruto con una mueca-. Esa gente nos odia.
-Quelle persone hanno bisogno di noi(Esa gente nos necesita) -sentenció Sasuke, ajustándose el sombrero de copa-.
El rey de las calles y la reina del subsuelo estaban a punto de cruzar sus caminos, y ni los salones dorados de la aristocracia ni la locura de un conde sádico serían suficientes para detener el incendio que estaba por comenzar.