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SasuNaru| Conversaciones del futuro

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Sinopsis

La muerte lo hizo libre.

Genero:
Romance
Autor/a:
Daikiwoo
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo único

1.

El gato negro abrió los ojos y recuperó lentamente la conciencia. A su alrededor todo era oscuro. Estaba en un espacio reducido. La vista de los gatos es muy buena, y gracias a un poco de luz que caía desde arriba, pudo ver con claridad el lugar en el que se encontraba.

Era un espacio cerrado. Sus pupilas se dilataron para captar más luz, y vio que a su lado había una caja cuadrada. En la punta de su nariz olfateó un poco de polvo y un olor húmedo. Alzó la pata, y sus orejas se levantaron y giraron: el sonido de la lluvia golpeando las plantas y el suelo llegó hasta él.

Estaba lloviendo.

El gato negro salió ágilmente del hueco hundido en el suelo, apoyándose con ligereza sobre la tierra. La fina lluvia empapó su brillante pelaje negro. El cielo gris y sombrío se extendía en todas direcciones, cubriendo el mundo entero, como si no tuviera fin.

Miró el agujero por el que había salido. Era un cementerio. El lugar donde acababa de despertar era el ataúd de alguien. Estaba roto por una esquina, descuidado por el paso de los años, y solo por estar en una zona alta no se había inundado con la lluvia.

Parecía que llevaba lloviendo mucho tiempo. Alzó la vista hacia el cielo alto y nublado, donde miles de hilos de lluvia caían sin cesar, arrasando con todo. El suelo estaba empapado y se había vuelto lodoso. De las hojas de las plantas goteaban una tras otra las gotas de agua. Los cantos de ranas y el zumbido de las cigarras rompían el silencio del prado.

Toda la tierra estaba mojada.

El gato negro lamió su pata y se acercó a un charco. El agua tranquila reflejaba su figura: su cuerpo era ágil, esbelto y fuerte, con ojos también negros, rodeados por un anillo de iris dorado.

Sacó la lengua y bebió un par de sorbos de agua de lluvia. En la punta de sus orejas percibió una vibración en el aire. Frente a su vista apareció un humano del tamaño de un pulgar, pero con un par de alas finas como las de una libélula en la espalda. La vibración en el aire que el gato había sentido venía de esas alas.

Ese diminuto humano alado también estaba junto al charco. Arrodillado sobre el barro, juntó las manos para recoger un poco de agua y bebió a pequeños sorbos. El gato negro notó que sus ojos azules brillaban con intensidad.

Después de beber, levantó la vista y miró al gato. Los ojos del gato se encontraron con los suyos. Esa criatura desconocida, al notar que el gato lo observaba, pasó de tener una expresión neutra a una de sorpresa. De repente, batió las alas y se elevó en el aire emitiendo un zumbido. El gato notó que su cuerpo no tenía ni una sola mancha de suciedad.

La criatura desconocida volaba de un lado a otro frente al gato negro. El gato observaba cómo su expresión cambiaba constantemente. Justo cuando la criatura parecía a punto de decir algo, el gato levantó la pata y lo aplastó contra el charco.

Muy ruidoso, pensó el gato.

Pero al parecer, al hada no le molestó haber sido aplastado en el agua. Se subió de nuevo y cayó sobre la punta de la nariz del gato, gritando: —¡¿Puedes verme?!

Las orejas del gato se estremecieron. Sí, definitivamente es muy ruidoso, pensó.

2.

—¡¿Por qué no me haces caso, por qué no me haces caso?! —seguía gritando la criatura, que se autoproclamaba un hada—. ¡Eres el primero que puede verme! ¡No, el primer gato que puede verme!

Gritaba, aleteando mientras volaba frente al gato negro, tratando de captar su atención, pero fue ignorado. El cuerpo del gato se deslizó junto a él, haciéndolo caer en el aire. Aun así, el hada insistía y volvía a trepar hasta él.

—¿Acaso no sientes curiosidad? ¡Soy un hada! —subió hasta la cara del gato y, con sus diminutas manos, acarició su suave pelaje, luego lo sujetó y le suplicó—: ¡Háblame, por favor! ¿Por qué sigues caminando? ¿A dónde vas?

La mirada del gato se enfocó en la punta de su nariz, adoptando una expresión un tanto ridícula. Observó al hada y resopló.

El hada salió volando por la fuerza del aire, pero con perseverancia volvió a alzar el vuelo, sujetándose al pelaje de la oreja del gato mientras murmuraba quejas.

A pesar de todo, el gato negro era el único ser que el hada había encontrado que podía verla. Así que, aunque fuese distante, seguía pegado a él, parloteando sin cesar, como si llevara demasiado tiempo con palabras atascadas en la garganta que ahora por fin podía soltar, temiendo que, si no lo hacía, algo se perdería.

El gato no dejaba de caminar. El hada no sabía a dónde iba, solo lo seguía, atravesando un lugar tras otro. Cada vez que el gato se detenía en algún sitio, el hada pensaba que habían llegado a su destino, pero el gato solo hacía una pausa breve y volvía a partir. El hada no tenía más opción que seguirlo.

El gato nunca se detenía. La lluvia tampoco cesaba, empapando su hermoso y brillante pelaje. El hada, en cambio, permanecía completamente limpia. La suciedad nunca se le adhería.

—¿Por qué no hablas conmigo? ¡Estoy muy aburrido! ¡No me ignores! —decía el hada.

En ese momento estaban bajo el alero de un edificio, refugiándose de la lluvia. Había empezado a llover con más fuerza, y el gato negro tuvo que detenerse. Observaba a las personas corriendo a toda prisa, esquivando la repentina tormenta.

Al escuchar lo que dijo el hada, se dio la vuelta y lo miró. En sus ojos dorados y negros entrelazados apareció, sorprendentemente, una expresión de desprecio... muy parecida a la de un humano.

El hada se enfadó. Se aferró a la punta de la cola del gato e intentó arrastrarlo, pero acabó jadeando por el esfuerzo, y el gato ni se movió. Agitó su cola con pereza y el hada salió volando a un lado. Furioso, trepó por su suave abdomen y empezó a jalarle el pelaje.

Cansado de jugar, se echó encima del gato, hundido en su cálido y suave pecho, que subía y bajaba al ritmo de su respiración. Dijo: —Ya sé que no puedes hablar, ¡pero soy un hada! Si solo abres la boca, puedo entender todo lo que quieras decir.

El gato negro seguía sin responder.

El hada le preguntó: —¿Tienes dueño? ¿Eras el gato del dueño de esa tumba? Yo he estado en ese cementerio desde que desperté, pero no te había visto antes. ¿De dónde vienes?

La lluvia fue disminuyendo poco a poco. El agua cubría el suelo, fluyendo en todas direcciones como pequeños ríos. El gato no respondió a las preguntas del hada, pero en su mente apareció la silueta dorada de una persona.

El gato reanudó su camino, y el hada siguió acompañándolo.

3.

El gato negro recorrió muchos lugares. El mundo ya no era como lo recordaba. Le costó algo de trabajo encontrar el sitio que buscaba. Las direcciones y señales seguían siendo las mismas, pero aquella casa de dos pisos ya había sido demolida, y en su lugar solo quedaban ruinas.

Entre los muros derruidos crecían malas hierbas, aunque aún podía distinguirse, a duras penas, la apariencia ordenada de cuando alguien solía cuidar ese lugar. La lluvia aún caía. El gato caminaba entre la hierba húmeda, y el hada revoloteaba a su alrededor, sin saber dónde estaban.

El gato saltó con agilidad sobre una plataforma de concreto que sobresalía, y guiándose por sus recuerdos, encontró lo que debía ser el lugar bajo el alero de la casa.

El hada le preguntó: —¿Esta era la casa de tu dueño?

El gato negro no respondió. En su mente apareció un recuerdo: un hombre de ojos azules brillantes, con una marca de nacimiento en el rostro. Ya era mayor, y las arrugas en su cara le daban un aire aún más apacible. Aunque los ojos del gato solo podían ver en azul y verde, sabía que ese hombre tenía un cabello dorado y resplandeciente.

En medio de aquellos recuerdos en tonos grises, solo esos ojos azules brillaban intensamente. Luego, el hombre tomaba al gato negro en brazos, se sentaba en el patio a tomar el sol, y con los dedos acariciaba suavemente la barbilla del gato, que ronroneaba de gusto.

Después, el gato era levantado por unos bracitos suaves e infantiles. Un niño, con los mismos ojos brillantes que el hombre, reía a carcajadas. El hombre le acarició la cabeza con ternura y le dijo que lo soltara, que al gato no le gustaba que lo tocase otra gente.

El niño frunció el ceño, con expresión de tristeza, y preguntó por qué. —¡Pero a ti sí te deja que lo abraces, abuelo! —El hombre estaba a punto de explicarle, pero el gato negro ya se había escabullido de los brazos del niño, saltando hasta lo alto del muro del patio. El niño lo miró atónito desde abajo; al darse cuenta, frunció los labios, a punto de llorar. El hombre lo levantó, lo sentó en sus rodillas y empezó a consolarlo en voz baja.

Desde la casa, una mujer les llamó la atención, diciéndoles que ya era de día, que no debían quedarse fuera tanto tiempo o se resfriarían. Entonces, el hombre se levantó despacio, tomó al niño de la mano y entraron juntos a la casa.

El gato negro, de pie sobre el muro, los miró alejarse. Estaba por marcharse, cuando el hombre dió la vuelta y le dijo: —No te vayas muy lejos. No seas como él. Acuérdate de volver a casa.

El recuerdo terminó ahí. El gato se acurrucó en el lugar donde el hombre solía sentarse, envolviéndose con la cola, observando en silencio la lluvia.

Entre ruinas, no había nada que pudiera servir de resguardo. Pronto, el gato negro ya estaba completamente empapado. A ningún gato le gusta mojarse, pero este era distinto. Permanecía ahí, inmóvil.

El hada dio unas vueltas sobre él, intentando protegerlo de las gotas, pero la lluvia, tan fina como hilos, atravesaba su cuerpo translúcido y seguía cayendo sin cesar.

4.

Cuando el hada pensó que el gato negro había decidido quedarse allí a vivir, pero este volvió a ponerse en marcha. Siguió avanzando, y aunque el hada le preguntó adónde iba, nunca obtuvo una respuesta.

El cielo seguía sin despejarse. La temporada de lluvias envolvía todo en una niebla húmeda y persistente. El hada no podía soportar el silencio; cada vez que llegaban a un lugar nuevo, se lanzaba a explorar sin rumbo. Pero no tardaba en regresar: siempre lograba encontrar exactamente dónde estaba el gato negro.

El gato negro ya se había acostumbrado a su presencia. Esa vez, el hada tardó mucho en volver, y al ver que el gato seguía allí, esperándolo, se lanzó sobre él con alegría y rodó sobre su espalda. Junto con esa alegría llegó también la culpa.

El hada dijo: —Perdón por haberte hecho esperar tanto. Es que hace tanto tiempo que no salía a jugar... por favor no me dejes atrás. No es que me gusté tanto andar por ahí... antes sí viajé mucho, fui a muchos lugares con mi dueño... yo solo... solo hacía mucho que no salía.

El gato negro lo miró en silencio, agitó la cola y reanudó su camino.

Cruzó un río, un puente y un valle. La lluvia lo acompañaba a cada paso, cayendo sobre cada lugar por el que pasaba. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba lloviendo ya.

El hada, sorprendida, exclamó: —¿Tú también conoces este lugar? ¡Yo también vine aquí con mi dueño una vez! Cada vez que lo visitábamos era una experiencia inolvidable... pero un día, de pronto, me quedé dormido. Desde entonces, no pude volver a ver el mundo exterior.

Le preguntó al gato: —¿Será que tuvimos al mismo dueño?

El gato, como siempre, no respondió. Porque él no era el gato de nadie.

La lluvia transparente caía sobre la noche oscura. No se veía nada al estirar la mano. Bueno... no se veía al gato negro. El hada, por el contrario, era muy llamativa en cualquier lugar, aunque solo el gato podía verlo. Esa noche, encontraron refugio bajo el alero de una casa familiar.

El dueño de la casa era bastante amable. Incluso le dejó comida al gato negro, a pesar de que parecía una persona callada. Al gato no le gustaba deberle nada a nadie, así que, como forma de agradecerle, le ayudó a cazar los ratones que llevaban tiempo causando problemas. El hada lo animaba desde un lado, vitoreándolo.

El dueño, al ver los ratones muertos apilados con un solo golpe certero, se quedó aún más callado. Luego salió, tomó unas herramientas, los barrió y los tiró en la basura, antes de volver a su mesa, donde se puso a escribir algo.

Dejó una ventana abierta para el gato negro, de esas que se pueden apoyar en ángulo, así que no había que preocuparse por las salpicaduras de lluvia. La cálida luz amarilla de la lámpara iluminaba el interior de la casa, filtrándose hacia la oscuridad de la noche lluviosa. El gato negro, recostado junto a la ventana, bostezó perezosamente. El hada se acurrucó en su suave pelaje, adormilado.

El dueño se levantó, hizo una bola con los papeles que había escrito y los arrojó al cubo de basura. Ya era medianoche, así que apagó la luz y se fue a dormir a su habitación.

El gato negro aún no dormía. Estaba escuchando la lluvia. Todo estaba en absoluto silencio. Ni siquiera la niebla de lluvia hacía ruido, solo se oían las gotas formarse con el vapor de agua condensándose en diferentes superficies y luego caer. El hada lo acompañó escuchando un rato, y se acurrucó un poco más contra el suave vientre del gato negro. No le gustaba la lluvia. La lluvia era tan solitaria...

Justo cuando el hada estaba por quedarse dormida, escuchó el zumbido de unas alas. El gato negro también lo oyó. Ambos se giraron al mismo tiempo y vieron que algo, igual al hada, estaba surgiendo del cuello del dueño, agitaba sus alas mientras se esforzaba por despegar.

El gato negro miró al hada. El hada entendió que le estaba preguntando algo, pero él tampoco sabía qué estaba pasando. Era la primera vez que veía a otro como él. Así que abrió sus alas y voló hasta el aire para hablar con el otro espíritu. —Hola, ¿puedo preguntarte si eres el espíritu de este dueño?

El espíritu frente a él asintió tímidamente. Era una chica, con una linda coleta, y su voz era suave y dulce. Dijo: —Hola, soy el espíritu que nació de los sentimientos de mi dueño.

Los ojos del hada brillaron de emoción, y exclamó feliz: —¡Yo también lo soy!

El gato negro saltó desde la ventana hasta el suelo sin hacer ruido, observando en silencio cómo los dos espíritus intercambiaban información.

El espíritu del dueño habló: —Yo... soy el espíritu de mi dueño, pero no quiero desaparecer.

El hada le preguntó: —¿Por qué ibas a desaparecer?

Ella respondió: —Tú también debes saberlo, ¿no? Nosotros nacemos de los sentimientos de nuestro dueño, y tomamos la forma de la persona que más aman. Mi dueño está enamorado de una chica. Mira, ahora mismo tengo su aspecto.

El hada dijo: —¡Lo sé! ¡Conmigo es igual! Pero ahora no puedo encontrar a mi dueño...

El gato negro miró de reojo al hada. Ella siguió hablando, casi al borde de las lágrimas: —Pero mi dueño no se atreve a confesarse. No sé por qué. Está claro que le gusta mucho, incluso escribió todo lo que sentía, pero no hace más que esconderlo. Estoy a punto de desaparecer. No quiero desaparecer...

El hada suspiró y dijo: —¿Y qué podemos hacer? ¿Sabes dónde vive esa chica? Tal vez podamos ayudarte. ¿Verdad? —le preguntó al gato negro.

Miró al gato negro. Este seguía sentado tranquilamente en el mismo lugar, sus pupilas negras se habían afilado en una delgada línea, dejando ver un amplio brillo dorado. Todo en su cuerpo irradiaba una elegancia majestuosa.

—Vive justo al lado —dijo—. Crecieron juntos desde pequeños.

El espíritu estaba a punto de decir “entonces vamos a verla”, pero antes de abrir la boca, una sombra negra pasó velozmente: el gato negro había agarrado con la boca una bola de papel arrugada del basurero y salió corriendo.

—¡Tiene una idea, vamos tras él! —gritó el espíritu, muy emocionado.

Pero el gato se movía rápido. Cuando llegaron, él ya había salido del cuarto de la chica. Su cola estaba erguida, formando un arco fluido. El espíritu le habló a ella con seriedad: —Mira, ya está todo resuelto. Pero ahora es muy tarde, esperemos hasta mañana.

Ella estaba muy feliz y volvió al lado de su dueño, sentándose junto a su cama. El gato negro también regresó a la ventana, su cola colgaba y se movía lentamente mientras seguía escuchando la lluvia. El hada se acurrucó sobre él y se quedó dormido.

A la mañana siguiente, la lluvia aún no había parado, pero la chica vino. No traía paraguas. Llamó a la puerta del dueño, quien al abrir se quedó mirando a la chica, atónito.

Ella apretaba en la mano esa hoja arrugada, sus mejillas estaban rojas, pero con mucho valor dijo: —Buenos días... ¿Puedo pasar?

El dueño, nervioso, la hizo entrar. La pequeña hada, sentada sobre su hombro, sonreía feliz, y luego se transformó en una luz que se fundió en el pecho del joven.

El hada, sentado sobre la cabeza del gato negro, le tiraba de las orejas con los ojos llenos de lágrimas y dijo: —Qué bien... Me pregunto dónde estará mi dueño...

5.

El gato negro siguió caminando. Ya había recorrido muchos lugares. El hada sentía que había dado la vuelta al mundo entero, pero aún no encontraba su destino.

Así que decidieron volver por el mismo camino. Pasaron otra vez por un valle, un puente y un río. El hada, al ver el paisaje familiar, le dijo al gato negro: —He venido a estos lugares con mi dueño antes.

—¿Sabes? Realmente he estado en muchos lugares. Mi dueño era una persona callada y reservada. Lo acompañé desde hace mucho tiempo, pero él nunca se dio cuenta de mi existencia. Pero no importa, nosotros simplemente somos así, solitarios.

—Pero un día dejé de sentir mi propia existencia. Cuando volví a despertar, ya estaba en ese cementerio. Esperé allí durante muchísimo tiempo, hasta que te encontré a ti.

—Sé que mi dueño escondió sus sentimientos. Cuando vio a ese chico rubio tomando de la mano a aquella chica hermosa, muchas personas los felicitaban, y mi dueño se marchó en silencio.

—Desde ese día, yo también desaparecí.

—Pero ahora, después de haber recorrido tantos lugares contigo, aún no he podido encontrar a mi dueño.

Miró al gato negro y dijo: — No sé si es que ya no puedo encontrarlo... ¿o será que él fue quien me abandonó?

El gato negro no respondió. No sabía cómo responder.

Regresaron una vez más al cementerio. Las tumbas estaban desordenadas, hacía mucho que nadie pasaba por ahí. La lluvia fría golpeaba con fuerza las lápidas, lavando las inscripciones ya desgastadas por el tiempo.

El gato negro se tumbó sobre una lápida, escuchando en silencio la lluvia. El hada lo observaba. Él siempre era así, sin decir nada, silencioso y solitario.

La lluvia seguía cayendo, empapando otra vez al gato negro. Finalmente se movió. Saltó desde la lápida. Al lado de esa tumba, crecía torcidamente un árbol, cuyas ramas se extendían por encima, como si quisiera protegerla del viento y la lluvia.

El gato negro se detuvo frente a la lápida. Era el mismo lugar del que había salido al principio. El hada sintió que algo no iba bien y, agitando sus alas, voló hasta colocarse junto al gato.

Por primera vez, el gato negro habló: —Le regalé un gato negro.

El hada abrió sus grandes y hermosos ojos azules con sorpresa.

Sasuke le regaló a Naruto un gato negro, hace mucho tiempo atrás. Era su forma de compensar los años que no estuvo a su lado, de seguir observando, a través de los ojos del gato, la vida tranquila y feliz que llevaba.

Después, cuando Naruto falleció, el gato negro también murió. Hinata lo enterró junto a su esposo. No pasó mucho tiempo antes de que ella también falleciera, y entonces fue Sasuke quien la enterró al lado de Naruto.

Y más tarde, Sasuke también murió, custodiando la tumba de Naruto.

Enterró sus sentimientos en lo más profundo de su corazón, sin mostrar nunca ni una pizca de ellos, sin cruzar nunca ninguna línea, sepultando todo lo que era junto a esa persona, hasta la muerte. Permaneció allí, siempre protegiendo a Naruto en silencio.

Y aun después de su muerte, sus sentimientos no desaparecieron. Quedaron flotando en el viento.

El hada de ojos azules lo miró con lágrimas en los ojos: —Entonces... ¿tú me escondiste, verdad?

Él respondió: —Lo siento... por todo.

El hada sonrió y dijo: —No importa. Ahora ya se han cumplido nuestros deseos. Gracias —dijo, volando hacia él, tan cerca como la primera vez que se vieron. Se posó sobre la punta de su nariz, acarició su suave pelaje, y dejó un beso en el centro de su frente.

El gato negro dijo: —Adiós... Naruto.

Las lágrimas del espíritu rodaron por sus mejillas mientras sonreía: —Adiós.

Y luego se transformó en una luz, fundiéndose en el pecho del gato negro.

Un dolor inmenso estalló desde el pecho del gato, haciendo que sus bigotes temblaran. Caminó lentamente hasta el árbol. La lluvia por fin se había detenido. La luz del sol se filtraba entre las hojas, iluminando su hermoso pelaje.

Debajo del árbol, el gato negro se hizo un ovillo y cerró los ojos.

El viento soplaba suavemente, y entre las sombras del árbol, el tiempo empezó a retroceder: del gato pasó a ser humano, luego un hombre de cuarenta años, de treinta y dos, de diecinueve, diecisiete, quince... hasta convertirse en un niño de doce, luego de siete años. Acurrucado bajo el árbol, se quedó dormido suavemente, con un sueño tan profundo que parecía que nunca volvería a despertar.

En su sueño, vio a un Naruto igual de joven. Este le hizo un gesto con la cabeza. Naruto le sonrió, le tomó la mano que nunca habían podido tomarse en el pasado, y caminaron juntos hacia el horizonte.

El tiempo fluía. Las sombras del árbol crujían suavemente con el viento.

Fin

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