1: Nobleza
Hardy D’Rouse creció bajo el seno de una familia noble, nada de esos lujos lo llenó jamás, solo había una cosa buena: Damiano Villiers. Era la única compañía que le permitían al ser el hijo del marqués, era una buena compañía, eso pensaban sus padres. Para Hardy era más sencillo, Damiano representaba riesgo, porque cada vez que estaban juntos el caos estallaba entre risas infantiles que se salían de lo protocolario. Sus padres estaban demasiado ocupados en apariencias que no lo miraban, o quizá solo no querían ver porque era mejor ignorar lo que no te gusta.
A Hardy no le importaba. Nunca le importó, con sus 10 años de edad, el mundo le daba igual, la etiqueta le parecía una broma de mal gusto y tener que comportarse como un pequeño señorito estirado le daba arcadas. Era la vida en la que había nacido, pero juraba cada noche que lo cambiaría y cuando corría por los barrios bajos de la ciudad junto a Damiano, creía que era posible.
No quería ser el futuro donde D’Rouse y sabía que Damiano tampoco quería ser el marqués Villiers, y por eso se entendían tan bien. Eran aliados porque admitir en voz alta que eran amigos, camaradas, sonaba peligroso en el centro de la élite social, y eso lo sabían incluso con diez años.
Y porque los amigos no eran reales en el mundo de la hipocresía. Hardy no quería pensar mal de Damiano, así que se arriesgaba todo lo que un niño se podía arriesgar, con ingenuidad a pesar de su educación, con una ilusión por vivir aventuras aunque solo fuera en sueños.
Además, algo dentro de Hardy lo empujaba hacia nuevos rincones y con compañía era mejor. Nunca entendió qué era sensación casi eléctrica que parecía cargarse en su estómago y que alguna vez explotaría, pero hoy no sería ese día.
En aquel momento en que ambos estaban en una sala de la mansión D’Rouse jugando al ajedrez, los dos se sentía en paz. Bajo la supervisión de sus sirvientes leales, que nunca revelaban las travesuras de los niños, ellos dos podían ser lo que eran, niños.
— Haces trampa. — Se quejó Hardy.
Damiano le devolvió una sonrisa inocente, si es que él podía ser algo de eso. Era un demonio disfrazado de ángel que hacía trampas al ajedrez y eso lo sabía bien Hardy.
— No hago trampas, admite que soy invencible.
— No lo eres.
Damiano le sacó la lengua en un gesto de burla que haría que la marquesa pusiera el grito en el cielo porque su hijo se comportaba peor que un animal.
La reacción de Hardy resultó encantadora para su observador: infló las mejillas en un gesto de enfado que lo hacía ver adorable y que le costaría una reprimenda de la condesa si lo viera.
Los guardias y sirvientas supervisaban todo, pero para ellos no existían más que como espectadores de una amistad que trascendía el protocolo.
Damiano se despidió al cabo de un rato, dejando sutilmente una nota escondida en el libro favorito de Hardy. Era su modo de comunicarse porque se sentía como si hicieran algo secreto en clave. Y porque las cartas las revisaban sus padres así que estaban obligados a mantener una correspondencia formal en apariencia. Para temas banales o sus conspiraciones malvadas, como ir al barrio del puerto, donde tenían prohibido ir, para eso estaban sus notas.
Hardy sonrió como si no hubiera roto un plato en su vida, y había roto muchos. Cogió su libro, el favorito de todos en estantería personal, porque era el único que trataba de aventuras y no de protocolo, idiomas, política y un sinfín de temas que le resultaban tediosos a su corta edad, pero su edad no importaba ya que era el heredero del conde y debía estar a la altura. El problema era que nunca estaría a la altura, no siendo como era de desastre.
Abrió el libro por la mitad descubriendo la nota de su mejor y único amigo, en la intimidad de su habitación se permitió leer la ubicación y la hora varias veces, como si tratara de memorizarlo.
Los sirvientes eran los testigos silenciosos de esa amistad que más parecía una alianza entre dos huracanes, porque esos niños tenían esa fuerza y más. Y nadie diría nada porque delatar sus travesuras acabaría con la sonrisa del «joven amo» y para sirvientes que estaban más presentes que los padres, esto era lo más importante.
Hardy pasó los días contando las horas que quedaban para ver a Damiano. Así era su vida, entre obligaciones aburridas y enseñanzas que poco le valdrían en la vida real. La vida en el puerto era tan diferente, la gente bullía de energía y no eran unos estirados como en la alta sociedad. Hardy no entendía mucho, solo sabía que se sentía mejor en el puerto y las calles secundarias que en la mansión del conde. Curiosamente el conde no se sentía como un padre y aquel lugar parecía más una prisión para el más joven.
Damiano compartía en parte está presión, aunque se adaptaba mejor, era el que mejor entendía a Hardy, por eso eran amigos, por eso eran compañeros.
Se veían de igual a igual. Hardy en cierto modo se agarraba al ideal de que siempre estarían bien si se tenían el uno al otro.
En un mundo que prestaba más atención a las apariencias, al dinero y al poder, no se podía esperar lealtad. Y aún así, aún dentro de esa espiral, Hardy soñaba.
Soñaba porque podía, porque era todavía ingenuo a la vida. Soñaba porque era su primera vida, y no habría otra, así que se permitía anhelar una salvación que solo los lugares más recónditos podrían otorgarle.
A los 15 años Hardy era un chico seguro de sí mismo y demasiado coqueto para gusto del conde. Su pelo negro caía en ondas hasta debajo de sus hombros y sus ojos de un negro profundo, producto de las lentillas que cubrían su verdadero color de ojos, robaban los suspiros de muchas damas. A Hardy no le importaba, solo quería vivir aventuras y una vida de casado no era lo ideal para eso, aunque sabía lo que se esperaba de él, las expectativas no habían menguado con los años sino que habían aumentado de manera abismal. Estaba seguro de que podría caer en ese abismo si perdía de vista su objetivo.
No tenía claro cual era su objetivo: vivir aventuras, huir, o ambas. Y arrastrar consigo a Damiano.
Hardy no encajaba, no solo porque no quisiera hacerlo, sino porque su condición lo propiciaba. Sus ojos de un color morado amatista natural eran hermosos, o eso había dicho Damiano la única vez que los vio sin lentillas. Su padre por el contrario pensaba que era una aberración, el signo de mal augurio sobre la familia. Hardy solía ignorar los comentarios de su familia.
Mientras el conde debatía en alguna velada de gran prestigio si era mejor mandar a Hardy al ejército para disciplinarse o al internado para sentar las bases de una correcta educación, el centro de todo esto vivía su vida al límite, dentro de sus posibilidades.
Las escapadas a los suburbios no habían parado e incluso aumentaron. Los rumores sobre el heredero del ducado D’Rouse rondando bares de baja reputación. Por supuesto fue un escándalo la primera vez, pero a medida que esto se fue repitiendo, empezó a dar igual. Hardy podía hacer lo que quisiera porque tarde o temprano tendría que dejarse de tonterías y aceptar su destino.
Sin embargo eso no funcionaría, no con Hardy, porque él seguía soñando y tal vez no dejaría de soñar nunca con el océano, con el horizonte infinito, con las estrellas que se asemejaban a canicas luminosas. Ceder ante un compromiso arreglado, ante las exigencias de su padre, servir al reino tal como su familia siempre había hecho, eran cosas que no iban con él. Nunca sería lo que esperan de él porque no había nacido para complacer.
Deseaba con tantas ansias ser libre. Quizá no estaba encarcelado y tenía lo que muchos querían, sin embargo Hardy solo podía pensar que todos estaban equivocados, que la riqueza puede sonar liberadora, pero de qué te sirve si no puedes ser tú mismo. A veces sentía la necesidad de liberar la «chispa» que había sentido en su interior toda la vida.








