Capítulo 1: El peso de la corona
El agua de la piscina estaba perfecta. Templada, como si el mismo sol se hubiera tomado el tiempo de calentarla con paciencia durante toda la tarde. Era una de las propiedades privadas de la familia real, una de esas que el público jamás veía en los folletos turísticos, rodeada de jardines inmaculados y un silencio que solo el dinero podía comprar.
Arthur flotaba boca arriba, con los brazos extendidos como si quisiera abrazar el cielo gris de Londres. Cerró los ojos y dejó que el agua lo meciera. No pensaba en nada. Esa era la mejor parte: no pensar en las reuniones del consejo, no pensar en los discursos que tenía que ensayar, no pensar en las omegas de buena familia que su madre le presentaba en cada cena con la esperanza de que "por fin" eligiera una.
Solo el agua. Solo el silencio. Solo el lujo silencioso de la propiedad, donde nadie lo molestaba cuando se metía a la piscina.
—¿Piensas pasar toda la tarde sumergido como un pez dorado, Arthur?
La voz de su padre lo sacó del letargo con la precisión de un bisturí. Arthur abrió los ojos lentamente y giró la cabeza hacia la orilla. El rey Eduardo estaba de pie junto a una de las mesas de mármol blanco, con un traje impecable de tres piezas, el cabello plateado perfectamente peinado hacia atrás y ese ceño fruncido que parecía su única expresión desde que Arthur tenía memoria.
Arthur sonrió. Y era una sonrisa tan desinteresada, tan vacía de preocupaciones, que por un segundo el rey parpadeó, desconcertado. No era la sonrisa de un príncipe. Era la sonrisa de un joven cualquiera que acababa de pasar una tarde perfecta en la alberca.
—No pretendía ofender a los peces dorados, padre —respondió Arthur sin moverse, flotando perezoso—. Pero debo admitir que su estilo de vida tiene ciertos atractivos que la realeza no ofrece.
El rey Eduardo apretó la mandíbula. Ese gesto Arthur lo conocía mejor que su propio reflejo en el espejo.
—Esta noche tienes un compromiso ineludible. La cena con la familia Montgomery. La hija mayor, Cassandra, viaja especialmente desde Escocia para conocerte. Espero que tengas la cortesía de presentarte adecuadamente.
Arthur soltó un suspiro tan largo que agitó la superficie del agua a su alrededor.
—Padre, ya he tenido el placer de conocer a Cassandra Montgomery en el festival de Ascot del año pasado. Y, con el debido respeto, no recuerdo una conversación más tediosa en toda mi vida. Tres horas de su colección de sombreros, padre. Tres horas.
—Cassandra es una omega de excelente linaje y educación impecable —replicó el rey, con ese tono de "no se discute, se acata"—. Además, la familia Montgomery posee extensiones de tierra en las Tierras Altas que resultan estratégicas para la corona. Una alianza con ellos fortalecería nuestra posición en el norte.
—Ah, claro. Las tierras —murmuró Arthur mientras nadaba hasta la escalera del fondo. Emergió con un movimiento fluido, el agua escurriendo por su torso, por sus hombros anchos, por ese cuerpo de Alfa Dominante que había sido esculpido por generaciones de sangre real y horas de entrenamiento diario. El aroma a miel y whisky se intensificó al contacto con el aire, un olor dulce pero firme, propio de los Alfas de sangre pura. Un aroma que decía "soy poderoso" sin necesidad de palabras—. Porque el amor en esta familia siempre ha sido cuestión de hectáreas, ¿no es así?
El rey dio un paso al frente, y su voz bajó un tono, volviéndose peligrosamente serena.
—No emplees ese tono conmigo, hijo. Sabes perfectamente lo que está en juego. La corona no es un juego de niños. Es una responsabilidad que pesa sobre tus hombros desde el día en que naciste, y que pesará sobre ti hasta el día de tu muerte. O hasta que abdiques, lo cual no voy a permitir.
Arthur tomó una toalla blanca de la silla más cercana y se secó el cabello con movimientos bruscos. El agua salpicó el mármol a sus pies.
—Lo sé, padre. Lo sé todo. La corona. La tradición. El legado. El "qué dirán". Lo sé porque no he tenido un solo día en mi vida en el que no me lo hayan recordado. Por eso estoy aquí, en esta jaula dorada, haciendo exactamente lo que se espera de mí.
La tensión entre ambos era tan densa que hasta los jardineros que podaban los setos al fondo del jardín parecían haberse congelado en sus movimientos.
El rey Eduardo lo miró con una mezcla de cansancio y advertencia.Su olor a sándalo y cuero inundaba el aire
—No es una jaula, Arthur. Es tu destino. Es el destino que tus antepasados forjaron con sangre y sacrificio para que tú pudieras estar aquí hoy. No lo menosprecies.
Arthur lo miró a los ojos. Y por un segundo, el rey Eduardo vio algo que no le gustó. Vio hambre. Vio rebeldía. Vio a un Alfa que no estaba dispuesto a ser domesticado, ni siquiera por su propio padre.
—Mi destino —repitió Arthur, con un dejo de amargura en la voz—. Dígame, padre, ¿acaso un destino impuesto merece llamarse destino? ¿O es simplemente una condena con nombre bonito?
El rey abrió la boca para responder, pero Arthur no le dio tiempo. Se ajustó la bata de baño sobre los hombros, el aroma a miel y whisky aún flotando a su alrededor, y pasó junto a su padre. Lo rozó apenas con el hombro, un gesto casi imperceptible de desafío.
—Voy a prepararme para la cena —dijo sin mirar atrás.
—Arthur —lo detuvo la voz del rey, firme pero con un matiz de súplica—. Ve a conocer a Cassandra. Sonríe. Sé el príncipe que el pueblo espera que seas. No me falles.
Arthur se detuvo en la puerta de cristal que daba al interior de la residencia. Volvió la cabeza y lanzó esa misma sonrisa desinteresada, pero ahora tenía un filo peligroso, una chispa de rebeldía mal contenida.
—Por supuesto, padre. Seré el príncipe perfecto. Como siempre.
Y mientras cruzaba el umbral, el aroma a miel y menta se desvaneció lentamente en el jardín, mezclándose con el olor a césped recién cortado. Pero en sus ojos, Arthur ya no estaba pensando en Cassandra Montgomery. No pensaba en las tierras de los Montgomery, ni en el consejo real, ni en las cámaras que lo estarían esperando en la cena.
Estaba pensando en el club del que le había hablado su primo Henry. Ese lugar en el East End. Donde las reglas no existían. Donde los Alfas no eran reyes, solo hombres. Donde nadie sabía quién era.
Donde podía ser él mismo.
Arthur subió las escaleras hacia su suite con paso decidido. Había planeado todo con cuidado. La cena terminaría temprano, su padre estaría ocupado entreteniendo a los Montgomery, y él tendría la noche libre.








