PRÓLOGO
El aire de la ciudad se sentía fresco. Las aves cantaban mientras volaban hacia el sur por el cielo despejado. Era un buen día para dar un paseo.
Iván se adentró en la casa en búsqueda de su hija; ella amaba ese clima porque significaba que podría jugar afuera.
La encontró en su habitación, jugando con un oso de felpa que él le había obsequiado cuando cumplió cuatro años. La pequeña alzó la vista y esbozó una enorme sonrisa al darse cuenta de que su padre estaba de pie en el umbral de su puerta.
—Amanda, ¿quieres dar un paseo?
Ella asintió animadamente y bajó de la cama de un brinco para colocarse sus zapatillas moradas favoritas.
—¿A dónde iremos, papá?
—A ningún lado si sigues con ese desorden.
La pequeña niña hizo un puchero.
—Tranquila, Amanda. Te ayudaré para que sea más rápido y podremos ir a jugar con las hojas secas.
Marina le lanzó una mirada de desaprobación.
—No. Ella tiene que aprender a hacer sus cosas sola; ¿qué crees que hará cuando no estemos con ella? —volteó a ver a la niña que se escondía tras su peluche y gritó—: ¡Recoge tus cosas, Amanda! ¡Hoy no saldrás a jugar!
Las lágrimas amenazaban con salir de los ojos de Amanda, pero no quería que las cosas empeoraran, así que se limitó a abrazar con más fuerza el oso de felpa.
—¿Vas a llorar? Te daré una buena razón para hacerlo si no obedeces—dijo con dureza.
—Marina, ¿no crees que es demasiado? Solo son un par de juguetes en su cama...
—Siempre la justificas, ¿cómo te atreves a desacreditarme en frente de ella? La vas a poner en mi contra.
—Mi intención no es desacreditarte—aclaró, intentando no alzar la voz en frente de su hija—. Sólo creo que estás siendo muy dura.
—Siempre soy la mala. Es tu culpa que ella sea así, la malcrías demasiado. Los niños necesitan carácter, no pueden ir por la vida haciendo lo que les plazca.
Iván volteó a ver a su hija y vio cómo intentaba limpiarse las lágrimas disimuladamente con su peluche.
Sintió como su pecho se oprimía al verla así.
—Marina, escúchame. Amanda sólo tiene cinco años, no debes hablarle así. No deberíamos seguir discutiendo esto enfrente de ella—le hizo una seña para que salieran de la habitación y cerró la puerta tras de sí.
Amanda escuchó los gritos a lo lejos, amortiguados por las paredes. Se apresuró a recoger los juguetes que estaba usando unos minutos antes y los guardó en la caja que su padre le había regalado. Luego, organizó su cama lo mejor que pudo y se sentó en el suelo para no desordenarla.
Volvió a abrazar con fuerza a su peluche. No quería llorar por miedo a que su madre volviera y se enojara aún más por verla en ese estado. Nunca quiso hacerla enojar, se disculparía con ella más tarde.
Luego de unas horas, su padre entró a su habitación y se sentó junto a ella.
—Lamento que hayas visto eso.
La pequeña se acurrucó en el regazo de su padre.
—Puedes llorar si quieres, está bien—dijo con suavidad—. No dejaré que te haga nada.
Las lágrimas que llevaba un par de horas aguantando cayeron como cascadas sin que ella pudiese evitarlo.
—Está bien, Mandi. Todo va a estar bien.
—Papi, ¿mamá y tú pelearon por mi culpa?
Iván tragó el nudo que se había formado en su garganta antes de responder.
—No, Mandi. No fue tu culpa. Mamá sólo estaba estresada por el trabajo.
—¿Y por qué reaccionó así con nosotros?
—A veces las personas no saben cómo controlar sus impulsos, Mandi. Espero que tú sí puedas aprender a controlarlos.
—Lo prometo—respondió la pequeña.
Iván esbozó una pequeña sonrisa y depositó un pequeño beso en su cabeza.
—Vamos a cenar, prometo que te llevaré a jugar con las hojas mañana.
Amanda asintió con una sonrisa. Su padre siempre cumplía sus promesas.
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